Varios II

La Violinista

Sentada en la calle con las piernas a un lado, con un vestido raído que dejaba al descubierto unas rodillas fuertes y unos brazos fibrosos, con la melena negra enmarañada pero sorprendentemente limpia y los ojos poseídos por la tristeza, la violinista arrancaba de su instrumento notas trágicas, melancólicas y desgarradoras que la gente que pasaba por la calle ignoraba.

Nadie recordaba cuándo llegó a esa calle, es más, algunos ni siquiera habían reparado en su presencia, casi pisándola cuando pasaban por su lado, pero a ella no le importaba. Tocaba y tocaba, despellejándose los dedos, con los ojos ora cerrados, ora abiertos, ofreciendo lo único que tenía y lo que a nadie le importaba, la música de aquel violín negro que encontró tras salir de una ermita, después de haber maldecido a Dios por su miserable vida.

Un día él se detuvo frente a ella y escuchó pacientemente la sonata que la violinista desgranaba poco a poco, manteniendo los ojos fijos en ella. Cuando acabó la canción, la violinista emitió un profundo suspiro lleno de congoja y levantó la vista, para encontrarse con el rostro más bello que nunca había visto.

Sin dejar de mirar aquellos ojos negros en los que brillaba un fuego traído del más allá, encendido hace siglos, cuando su poseedor fue expulsado del paraíso, la violinista cogió su instrumento y comenzó a tocar frenéticamente. Su respiración se agitó cuando el hombre sonrió y mostró una dentadura blanca y perfecta, de no ser porque todos sus dientes estaban afilados cual colmillos. Las notas se sucedían cada vez más deprisa alcanzando agudos imposibles hasta que desfallecida, dejó caer el violín a un lado. Sin decir una sola palabra, él acarició su mejilla y ella sintió que sus dedos, aunque llenos de consuelo, quemaban su piel.

A la mañana siguiente, la encontraron muerta, sin su violín.

El Martillo

Ya no podía soportarlo más. Llevaba días y días tratando de escapar, de esconderse. Lo mismo subía al monte más alto hasta sentir que el viento helado le cortaba el rostro, como se metía en lo más profundo de una húmeda cueva donde se sentía como un niño en el útero materno. Había pasado tardes en casa, con las cortinas echadas, para no ver a nadie y que nadie la viera, y había frecuentado los pubs nocturnos de moda con sus mejores galas, donde todos la miraban por su resplandor.
Había callado sus penas y tormentos, y los había detallado a todo el que se había cruzado en su camino. Había ignorado las imágenes que acudían a su cabeza y las había estudiado minuciosamente.
Pero todo había sido inútil. El pasado, cual telaraña húmeda, sucia y constante, la acompañaba allá donde fuera y no la dejaba ni a sol ni a sombra. Su corazón se encogía de congoja cuando en los momentos más inesperados volvía a sonar en su cabeza una voz, aparecían ante la vista de su memoria unos ojos, rememoraba su piel el tacto de otra piel...

Aquella tarde, tuvo una nueva idea, algo que no había intentado aún. Cogió la primera herramienta que encontró y la miró fijamente. Un martillo viejo, con el mango de madera, pero lo suficientemente firme como para poder ayudarla. Agarrándolo con las dos manos, descargó un fuerte golpe sobre su propia cabeza. Lo último que vio fueron algunas gotas de sangre salpicando el suelo frente a ella.

Mientras tanto, el sol, para no ver aquella escena, aquel intento inútil de olvidar, se ocultaba tras las montañas echado en un suave manto de luz rosada.

La Cabaña

En la oscuridad del bosque, contemplo la puerta de tu cabaña, la que me acabas de cerrar a cal y canto en pleno rostro. Alzo la mano para golpearla una vez más, pero sé que no aparecerás, sé que estás ahí dentro, en la oscuridad, y que ya no quieres mi ayuda ni mi compañía. Miro a mi alrededor, donde todo es oscuridad y sé que debo continuar mi camino como siempre lo he hecho. El instante de luz que hubo a través del denso follaje de los árboles gracias a tu presencia ha durado muy poco y apenas me ha servido de consuelo.

Me giro dando la espalda a tu cabaña, con las mejillas inundadas en lágrimas al cerciorarme de que el sueño terminó, y en ese momento, distingo vida enmedio de la oscuridad, entre los árboles y arbustos. Un pequeño grupo de animales me observa: una serpiente de Irlanda, un cuervo de Austria y un pajarito de la Rioja me están esperando, así que me acerco a ellos sin miedo y al tiempo que me dejo caer a los pies de un fuerte roble, siento que me rodean y me dan el calor que necesito...

Risas

Risas. Risas burlonas a mi alrededor. Me tapo los oídos y corro por largos pasillos oscuros, me golpeo contra las paredes porque en mi desesperada huida no miro por dónde voy. Les grito que se callen, lloro y suplico pero siguen ahí. Se burlan y su sonido me rasga el alma, hace mella en mi corazón.

Busco una salida, necesito aire fresco porque empiezo a ahogarme. Por fin, distingo algo de luz pero proviene de un ventanal que está demasiado alto y no logro alcanzarlo. Las risas aumentan ante mis esfuerzos de llegar hasta el aire y la luz.

Finalmente, me dejo caer en el suelo y siento que mi piel palidece y se seca. Intento llorar pero ya no puedo, quiero gritar pero no me sale la voz. Me dejo consumir poco a poco. Y en ese instante, las risas cesan y sólo escucho una voz que susurra en mi oído:

- Siempre estarás sola.

Y de nuevo una cruel carcajada rebota entre esas frías paredes.

Salir

He perdido la cuenta de los días, semanas, meses, años, siglos que llevo arrastrándome aquí dentro. El olor a putrefacción ya se ha convertido en algo cotidiano, la humedad casi es hasta reconfortante y las ratas se han convertido en silenciosos testigos de mi deambular por los túneles oscuros, a veces anchos, a veces estrechos, pero siempre llenos de inmundicia.

No camino con mis piernas, sino que me arrastro haciendo impulso con los brazos, dejando tras de mí el leve rastro de sangre que dejan mis rodillas despellejadas. Mis cabellos han crecido, caen frente a mi rostro y rozan el suelo sucio. Estoy pálida por la falta de luz y escuálida por la escasa alimentación... el odio no engorda...

De repente, un día veo una luz brillante que me obliga a entornar los ojos. Mi primer instinto es alejarme, como hacen las ratas y yo he aprendido de ellas, pero después, poco a poco, me arrastro hacia esa marca luminosa en el suelo, y pongo mi mano sobre ella. Es cálida...

Miro hacia arriba y veo una escalera que conduce a una salida, por la que entra el rayo de sol. ¿Qué debo hacer? ¿Permanecer aquí abajo, sola, en un entorno hostil, consumiéndome en mí misma? ¿O sería mejor intentar encontrar otro modo de vivir? Mi corazón me impulsa hacia arriba, parece hasta dar saltos hacia la luz...

Lentamente me incorporo hasta que me agarro a las escaleras y subo lentamente, escurriéndome a veces, dejando atrás la suciedad, la inmundicia y la oscuridad, mientras me acerco a la luz y al calor que me deslumbran. ¿Qué voy a encontrarme cuando llegue arriba?

Leer más:
Comments