Varios I

El Hoyo

Cavo un hondo agujero con mis propias manos. Las puntas de los dedos comienzan a despellejarse dolorosamente, puesto que ya no me quedan uñas. He debido perderlas entre la tierra. El olor a tierra húmeda acude a mi nariz y me apremia para que excave con más rapidez.

A mi alrededor todo está oscuro pero al fondo la luz de un nuevo amanecer me amenaza. Quiero escapar de los rayos del sol, no quiero que mi miseria y desesperación sean iluminadas. Quiero ocultarme a los ojos del mundo, a los ojos de todos.

Creo que el hoyo ya es bastante profundo. No me meto en él, directamente me dejo caer y me acurruco como un bebé en el vientre de su madre. La Tierra es mi Madre. Apoyo mi mejilla blanca en la tierra y siento el cosquilleo de una lombriz de tierra que me saluda y me acoge como nueva compañera. Elevo mis manos ensangrentadas y sucias y me cubro de nuevo de tierra. Sonrío mientras cierro los ojos y me rodean las vibraciones de toda la vida que hay bajo el suelo sobre el que caminamos.

Cuidado donde pisas.

El Bosque

Corro por el bosque. Delante de mí todo está oscuro. Detrás de mi... no me atrevo a mirar.

Voy retirando las ramas que aparecen delante de mi rostro con torpes movimientos de mis temblorosas manos. Parece que quieren agarrarme, que quieren retenerme, que quieren que funda con esos troncos húmedos y agrietados.

El terreno bajo mis pies es fango cubierto de hojas secas, el otoño me ha sorprendido. Encima de mi cabeza sólo ramas y troncos desnudos, y un brillo blanco y pálido que proviene de una luna cuarteada que me mira imponente, impasible, impoluta.

Siento un aliento en la nuca y mi piel se eriza; está a punto de alcanzarme y por más que corro no me alejo del peligro que me persigue. Unas uñas afiladas han desgarrado mis ropas y me han provocado dolorosos arañazos en la espalda.

Tropiezo y caigo de bruces al suelo, mis labios topan con la alfombra de hojas muertas que cubre el suelo y en mi boca siento el sabor del barro, la humedad de la lluvia encharcada.

Entonces unos dedos acarician mi mejilla. Me doy la vuelta temblorosa, jadeante, asustada, llorosa y... veo el rostro más hermoso que haya podido imaginar... Soledad... ¿por qué he estado escapando de ti?

La Estatua

Miro con indiferencia una araña que cuelga de mis cabellos. Extiendo una mano, se posa sobre mis dedos, y tras tejer una tela rápidamente, sigue descendiendo hasta el suelo. La observo mientras huye moviendo con celeridad sus largas patas.

Mis manos están llenas de polvo gris y mis pies van cediendo lentamente en el terreno, se cubren de hiedra fresca y verde que ya casi alcanzan mis rodillas. Sé que voy perdiendo el color en mis ojos, en mis labios. Los que me ven, sienten lástima y compasión, pero pasan de largo y aquí me dejan.
Una vez alguien me dejó aquí y prometió que volvería. Cumplí mi palabra y desde entonces no me he movido de aquí; me cubro de polvo por el paso del tiempo, pequeños animales encuentran refugio en mis cabellos, entre mis pies, en los pliegues de mis ropas...

Soy gris, silenciosa, inmóvil. Paciente. Indolente.

La celda

El suelo está duro pero permanezco tumbada sobre las frías losas de mi oscura celda. Contemplo mis manos blancas e inmóviles, apoyadas sobre la piedra gris y húmeda. Veo algunos mechones de mi cabello oscuro, enredados, húmedos. Ha debido amanecer; veo en la pared los rayos del sol y la estancia en la que me encuentro aparece todavía más patética.

Alguien entra en la prisión; veo sus zapatos, no sé si es un hombre o una mujer pero no me preocupa. Deja ante mí una bandeja de comida y me invita a saborearla. Con insulsas palabras pronunciadas con el mismo tono a diario, pretende darme lecciones sobre la vida, pretende motivarme a levantarme del suelo y a alimentarme. Ni siquiera respondo. Ante mi silencio y mis lágrimas, ese alguien se marcha y cierra de nuevo a cal y a canto la puerta, dejándome sola de nuevo, encerrada, ausente, olvidada.

Un ratoncito aparece atraido por el olor de la comida. Se detiene ante mi y huele mis labios y la punta de mi nariz. No le intereso demasiado, obviamente, por lo que decide dar cuenta de la comida.

Sonrío.

Fiesta

Luces cegadoras no me permiten abrir los ojos más allá de sus destellos de colores. Melodías repetitivas chirrían en mis oídos constantemente; me siento acosada.

La gente me golpea en el hombro mientras camino apresuradamente, tratando de escapar de la muchedumbre que ríe alegre, que habla de grandes cenas, de regalos, de vacaciones, de la nieve del frío... No reparan en mi agobio, en mis ganas de salir a un lugar tranquilo.

Por fin, llego a una pequeña plaza solitaria, alumbrada por cuatro tristes farolas que iluminan el gris pavimento solitario. A lo lejos aún llega el murmullo de los villancicos cantados por niños felices con enormes sonrisas.

Me dejo caer de rodillas en el suelo, sintiendo la frialdad del cemento en las palmas de mis manos. Respiro profundamente, me tranquilizo y deseo que todo pase lo más rápido posible. Intento reflexionar en el motivo de toda esta celebración, si realmente todo es tan mágico, si todos somos tan felices, si estas fechas son tan especiales...

No puedo ponerme en pie y comienzo a llorar, notando que las lágrimas ruedan calientes por mis frías mejillas. Quiero que todo termine. De repente, un gatito negro sale de debajo de un coche y se acerca a mí con curiosidad. Alargo mi mano para acariciar su suave cabeza mientras sonrío temblorosamente, pero escapa de mí asustado al aparecer por la esquina tres chicas con matasuegras y trompetillas...

Feliz Navidad...

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