Efemérides

400 años del nacimiento de Pablo Bruna

Cuando aún resuenan los cientos de homenajes que en el mundo organístico se han rendido al insigne Antonio de Cabezón, nos vemos sorprendidos por la conmemoración del nacimiento de otro gran organista, Pablo Bruna. Entre sus fechas de nacimiento, cien años de distancia, pero muchas similitudes, a veces anecdóticas (ambos ciegos, reconocidos en vida, imitados por insignes discípulos...); pero en el fondo subyace en ambos una vida consagrada enteramente a la composición de música de órgano, en su mayoría dedicada a una función litúrgica e inspirada en melodías heredadas durante siglos por una tradición ancestral.

Colegiata de Santa María (Daroca)

Ambos supieron volcar su vocación religiosa al órgano, dotándole de una entidad propia a través de un nuevo lenguaje compositivo, y ello sin olvidar su verdadera función de embellecimiento litúrgico. De Bruna llegó a decirse que era un río caudaloso de música, insondable por su profundidad. Ahí radica la genialidad de ambos músicos, ambos equiparan su fuente de inspiración con la elevación de sus pensamientos musicales.

El presente curso continúa su andadura intentando tender los puentes entre la tradición organística de nuestro Siglo de Oro y la actualidad: los versos sobre temas gregorianos, los Pange Lingua, las Letanías de la Virgen, los fabordones, y tanta música litúrgica de las escuelas castellana y aragonesa deben servirnos de inspiración para, con las modernas técnicas compositivas, dignificar la liturgia actual. Y en ese camino, las figuras de Cabezón y Bruna son todo un referente.

Bicentenario del nacimiento de Aristide Cavaillé-Coll (1811-1899)

Algunos lo consideran el mejor organero de todos los tiempos, pero de lo que no cabe duda es que Cavaillé-Coll es una figura de máxima importancia en la historia de la organería. El órgano romántico, el órgano del siglo XIX y el tipo de instrumento para el que escribieron y que inspiró las grandes obras de César Franck, Alexandre Guilmant, Charles-Marie Widor o Louis Vierne, no se entendería sin su figura. Cavaillé-Coll estuvo muy unido a España no sólo por su ascendencia catalana y por iniciar su carrera en nuestro país, sino porque España es, después de Francia, el país donde más instrumentos dejó, tanto en calidad como en cantidad y donde, al contrario que en la nación vecina, en general no han sufrido reformas posteriores.

Nacido en Montpellier en 1811, hace dos siglos, hijo y nieto de organeros, pronto se distinguió por su habilidad, por lo que a los 18 años completó los órganos que su padre había comenzado para la catedral de Lérida (destruidos en 1936), incorporando en los mismos dos innovaciones: un nuevo tipo de fuellería, que abastecía de aire al órgano de manera más continua y el enganche de teclados por medio de pedales, evitando que el organista levantara las manos del teclado. Después siguió con sus estudios de diversas materias, elaborando un importante trabajo sobre los armónicos de un tubo. En 1833, recomendado por el operista G. Rossini, Aristide se encontraba en París, ganando el concurso para construir un gran órgano en la Basílica de Saint-Dénis. Este órgano, terminado en 1841 es el primero que Cavaillé-Coll realizó de acuerdo a sus ideas estéticas, las del órgano romántico, aún en estado primario: el corazón del órgano, frente al plenum del barroco, es ahora un importante conjunto de fondos de 16’, 8 y 4’ que empastan, incorporando juegos mordentes procedentes del órgano alemán. El sonido adquiere un

gran ímpetu melódico al aparecer juegos armónicos de boca y de lengüeta y un fuerte color orquestal al elevar las presiones de aire; el sonido se hace dinámico al incorporar la caja expresiva, aún embrionaria en Saint-Dénis y existe la posibilidad de hacer grandes crescendos y diminuendos gracias a colocar los juegos de lengüetas en un arca de viento distinta a la de los fondos, haciéndoles sonar o no a voluntad de un organista por un pedal de combinación. Por último, el órgano incorpora una máquina neumática creada por el organero inglés Charles Barker que permite acoplar teclados sin aumentar la dureza la pulsación, con lo que se pueden usar los distintos teclados como un todo empastado.

A lo largo de su importante carrera, Cavaillé-Coll irá matizando su estilo organero: los juegos estarán cada vez distribuidos con más cuidado, las cajas expresivas serán cada vez más importantes y las mixturas irán cambiando su configuración y papel en el órgano, dejando en sus últimas obras, sobre todo por influencia de A. Guilmant y sus recitales de música antigua, abierto el camino hacia el órgano neoclásico. Entre sus obras destacan los órganos parisinos de La Madeleine (1846), Sainte Clotilde (1861), Saint Sulpice (1863) o Notre Dame de París (1868), así como los de Toulouse (1888) y Saint Ouen de Ruan (1890). En España debemos citar los de Santa María del Coro de San Sebastián (1863), espléndido testimonio inalterado del universo sonoro de César Franck, San Francisco el Grande de Madrid (1884) y Santa María la Real de Azcoitia (1898), último gran órgano construido por A. Cavaillé-Coll antes de que su taller pasara a manos de Charles Mutin y su testamento organero.

Bicentenario del nacimiento de Franz Liszt (1811-1886)

Una de las máximas figuras de la historia del piano y gran representante de la “Nueva escuela alemana” por sus poemas sinfónicos, música que sigue un programa y en la que explora la transformación de motivos musicales, con audacias rítmicas y armónicas. Pero Liszt también contribuyó a aumentar el repertorio de órgano con tres obras monumentales: el Preludio y Fuga sobre B-A-C-H, la Fantasía y Fuga sobre el coral “Ad nos, ad salutarem undam” y las Variaciones sobre “Weinen, Klagen…” que son, respectivamente, un homenaje a la figura romántica de Bach como compositor religioso y familiar a través del tema si bemol, la, do, si natural (en notación alemana, B, A, C, H), una inmensa pieza realizada sobre un coral creado por G. Meyerbeer para su ópera “El Profeta” (Camille Saint-Saëns escribió que la Fantasía y Fuga… era la obra más monumental escrita para órgano) y una serie de variaciones sobre un introspectivo tema de la Misa en si menor de J.S. Bach. En estas tres obras de grandes dimensiones, que demandan un gran virtuosismo, descubrimos la grandeza de Liszt como creador musical y el ímpetu que dio a la obra para órgano, reflejado no sólo en la Sonata sobre el Salmo 94 de su malogrado discípulo Julius Reubke, sino también en la música organística del romanticismo francés.

Pero Liszt no sólo se relacionó con el órgano o la música religiosa con esas tres composiciones. Nacido en 1811, hace 200 años, en el Imperio Austrohúngaro, hijo de un músico aficionado, pronto mostró su precocidad musical, por lo que pudo estudiar piano en Viena con Carl Czerny y composición. Se convirtió en un niño pianista prodigio, realizando importantes giras. Muerto su padre, se estableció en París, donde, impresionado por el virtuosismo de Paganini con el violín, decidió hacer él lo mismo con el piano. Al conseguirlo, volvió a las giras que dejó al establecerse en Weimar como maestro de capilla. Allí, sintiendo la fuerte fe religiosa que desde niño le había acompañado, se hizo terciario franciscano y se trasladó después a Roma para ser sacerdote. No se ordenó, pero sí entró en el estamento clerical al recibir las órdenes menores en 1865. Sus siguientes años los pasó entre Weimar, Budapest y la ciudad eterna. Murió en 1886 en Bayreuth.

Precisamente, en las décadas de 1860 y 70, Liszt, llevado de su fe religiosa compuso no pocas obras litúrgicas para órgano y para voces, siguiendo el espíritu del Cecilianismo que después recogería el Motu Proprio de San Pío X. En el campo del instrumento rey podríamos destacar su Missa pro organo, sobria y evocadora realizada sobre motivos gregorianos, la “Evocación de la Capilla Sixtina” sobre el Miserere de Allegri y el Ave Verum de Mozart, el Ave María de Arcadelt, sobre la famosa obra coral, o sus piezas de temática gregoriana, como el Rosario o los Himnos de iglesia. También fue interesante su aportación a la música vocal sacra, con misas y motetes en los que muchas veces sigue el modelo pallestriniano.

Centenario de la muerte de Alexandre Guilmant (1837-1911)

Sin duda fue uno de los organistas más populares e influyentes de la Belle Époque, no sólo como compositor y pedagogo, sino también por su exhumación de la música francesa para órgano de los siglos XVII y XVIII, de la que realizó, junto a André Pirro, varias reediciones, y sus giras de conciertos por Europa y Norteamérica. En nuestro país estuvo presente varias veces, inaugurando y tocando órganos realizados bien por organeros franceses (como A. Cavaillé-Coll y Mutin) o españoles (A. Amezua).

Sala de exposiciones Cavaillé Coll (París, 1870)

Alexandre Guilmant

Nacido en 1837, fue alumno del famoso organista y pedagogo belga Jacques-Nicolas Lemmens (1823-1881), heredero de J.S. Bach. Tras su aprendizaje, Guilmant obtenía en 1871 la plaza de organista de la parisina iglesia de la Trinité, de la que dimitió lustros después por problemas con el párroco. Tras ello, se dedicó más intensamente a sus giras de conciertos. También es importante mencionar que en el gran órgano que Cavaillé-Coll había instalado en la sala del Trocadero de París con motivo de la Exposición Universal de 1878 dio Guilmant numerosísimos conciertos con obras de autores que no se tocaban desde hacía mucho tiempo como Grigny, F. Couperin, Sweelinck o Buxtehude y por supuesto, obras de Bach y de los propios contemporáneos de Guilmant. También, con sus numerosas giras, contribuyó con construir una cultura organística en lugares donde no existía o había desaparecido.Por si todo esto fuera poco, además Guilmant estuvo muy concienciado sobre la labor del organista litúrgico, pues además de sus ocho sonatas para gran órgano, creó docenas de piezas para armonio u órgano de moderada dificultad para su uso en los oficios, no pocas veces usando temas gregorianos (particularmente, en su colección L’Organiste Liturgiste) anticipando el Motu Proprio de San Pío X. Su compromiso con la causa de la música litúrgica fue tal que en 1894 fundó, junto con Bordes y d’Indy, la Schola Cantorum de París, institución dedicada a la formación de músicos al servicio de la Iglesia con los mismos objetivos que marcaría casi una década después el mencionado Motu Proprio, de la que Guilmant fue profesor de órgano.

Su muerte en 1911, hace 100 años, consternó a todos los círculos organísticos, haciendo el organero Charles Mutin su elogio fúnebre.

El estilo de Guilmant se caracteriza por sus líricos Adagios y sus fogosas marchas y movimientos rápidos, en los que usa sencillas arquitecturas y formas típicas de su época con un lenguaje romántico que no es en general innovador, aunque sus conocimientos de la música del pasado le llevaron a escribir en ocasiones en el estilo de los antiguos organistas franceses, Bach, Haendel o Haydn, pudiéndosele considerar por ello un neoclásico avant la lettre. Influyó en la organería de su época, sobre todo en A. Cavaillé-Coll y en su sucesor C. Mutin, encaminando la organería hacia el neoclasicismo.


50 años de la muerte de Jesús Guridi (1886-1961)

Jesús Guridi, uno de los músicos españoles más importantes de la primera mitad del siglo XX, es recordado por la calidad que alcanzó en diversos géneros y formas musicales: el de la sinfonía (con su Sinfonía Pirenaica (1945), que se nutre de las influencias de Richard Strauss y del Folcklore vasco), el del poema sinfónico (Una aventura de don Quijote (1915) o En un barco fenicio (1925)) el camerístico (Cuarteto en la menor (1949)), el operístico (con Amaya (1920), considerada la gran ópera vasca), el de la zarzuela (con la célebre El Caserío(1926)) o incluso el de la banda sonora cinematográfica. Además, Guridi declaró en una entrevista que “a mí, lo que me gusta es tocar el órgano”, instrumento al que dedicó varias páginas sobresalientes, sin olvidarnos de que también creó un importante elenco de composiciones vocales, tanto sacras como profanas. Guridi, nacido en Vitoria en 1886, procedía de una familia musical. Después de formarse en su localidad natal y en Madrid, se desplaza a París, gracias a una beca, e ingresa en la famosa Schola Cantorum, donde realiza estudios de composición y órgano, que más tarde prosigue en Bruselas con Joseph Jongen y después en Colonia, regresando a Bilbao y pasando a dirigir la Sociedad Coral de la villa vasca, para la cual compuso no poca música. Años después, en 1944, ganó la cátedra de órgano del Conservatorio de Música de Madrid, que desempeñó hasta su muerte hace 50 años, en 1961.

Entre su música para órgano destaca el Tríptico del Buen Pastor (1952), considerada la obra cumbre de la música española para órgano del siglo XX; se trata de una especie de poema organístico (en vez de sinfónico) sobre la parábola de la oveja perdida (Mateo 18:12-14) y fue realizado a instancias de un concurso de composición organizado por Organería Española S.A. No debemos olvidar tampoco las 20 piezas breves que componen la Escuela Española de Órgano (1951, aunque muchas piezas la colección se editaron en distintas versiones mucho antes), pan de cada día de sus alumnos, así como las Variaciones sobre un tema vasco (1947). En cuanto a la obra sacra vocal, hay que destacar su Ave María, su Misa de Réquiem y la Misa en honor de San Ignacio, cuyo tema principal es la conocida Marcha ignaciana.

El lenguaje musical de Guridi es tardorromántico, con influencias de sus profesores Vincent d’Indy y Joseph Jongen, además de las de Wagner, Liszt y Bruckner y sin olvidar su nacionalismo musical que se hace patente viendo que muchos de los temas de sus composiciones provienen del Folklore vasco y castellano. Guridi es uno de los últimos músicos-artesanos ante la irrupción de las neovanguardias posteriores a la II Guerra Mundial.