“Escena campestre”, Fernando Fader.
Por Juan Carlos Rogé
El crío no tendría más de doce años cuando la madre los dejó.
-Vos te quedás pa'yudar a tu padre, yo me llevo a la guagua (1) -le dijo la mujer, mientras sujetaba el atado de ropa con los tientos (2) de la montura. El muchacho la miraba medio asustado, medio como queriendo llorar.
-No me vaya'flojar m'hijo, usté ya es casi un hombre y alguna vez va'comprender. Dígale a su padre, cuando suba al puesto (3), que me fui sin despedir porque así es mejor... Ya'stá por empezar la veranada (4) y se me ha puesto que no hi de soterrarme (5) en estas soledades dejadas de la mano'e Dios... Y qu'el Señor me perdone. Me voy a la finca'e los Quirogas cerca'e Tres Esquinas, en Chilecito, que ya nos himos apalabrao pa'cuidarles los niños y la güerta, horniar el pan, ordeñar y vigilar los gallineros y esas cosas. Son buena gente y me quieren como'e la familia. Digalé también a su padre que alguna vez puede dir a visitarme y ver a su hija, y a vos también te digo lo mismo aunque no puedan bajar juntos por no dejar el puesto solo.- La mujer, en un impulso, abrazó fuerte contra su pecho al atribulado muchacho, después, apartándolo, tomó las riendas, estribó y de un envión se enhorquetó sobre los pellones de la montura, se acomodó las polleras y le pidió a su hijo que le alzara la guagua y acomodándola por delante, aguantando las lágrimas y con un nudo en la garganta, taloneó al caballo sin volverse a mirar al muchacho, que también lloraba, como casi un hombre.
Como estaba previsto, el puestero llegó dos o tres días después de la partida de su mujer con la niña. Su hijo, que lo había divisado venir desde lejos, advertido por los perros que tironeaban las cadenas y gruñían alertados e inquietos, se sentó, junto a la entrada, en la pared de pirca (6) que rodeaba las casas y se sintió tan nervioso, el pobre, como los perros. Apenas se saludaron (los puesteros serranos son gente de pocas palabras) y se pusieron a descargar las mulas de tiro de las arganas (7) con los bastimentos. Después llevaron los animales al corral y volvieron con los aperos (8). El hombre, que caminaba adelante, preguntó como hablando solo:
-¿Dónd'está mi mujer que no hai salido?- Pasó un momento y el muchacho se detuvo, hizo de tripas corazón y dijo:
-¡Pare tata, sepa que ya no tiene mujer, la mama nos ha botao (9) y bajó pa'los Chilecitos con la guagua, pa' quedarse!
(Al tiempo, poco a poco, con los días y los meses, la vida del puesto se fue resignando a la ausencia. Padre e hijo trabajaban duro y parejo y recién a la hora del mate, a la tardecita, junto al brasero, cambiaban algunas palabras con las novedades del día. En una ocasión el hijo, al que ya le apuntaba la pelusa, contó:
-Fíjese tata que cerquita del puquio (10) del bajo me topé con el lión (11) dañinero que nos anda por los corrales, yo lo venía rastriando siguro que iba'l agua. Le chumbé los perros y en cuantito lo acorralaron lo tumbé de un bolazo y dispués lo achuré (12) y traje el cuero pa'sobarlo. ¡Va'salir un lindo sobrepuesto (13)!
-¡Bien hecho!- dijo el padre disimulando el orgullo por ese muchacho suyo que ya estaba siendo un hombre.
De tarde en tarde recibían alguna visita inesperada de puesteros cercanos a Las Tierras Blancas, donde ellos estaban, que venían de pasada y entonces era motivo para carnear un chivito o un lechón y mostrar la hospitalidad que acostumbra el criollo. Si traían los animales muy cansados podían quedarse un par de días. En los potreros había buen pasto y la ramada estaba siempre lista para hacer noche. Otras visitas que se allegaban al puesto para las Navidades, fiestas patrias, casorios, bautizos, acabos (14) de mingas (15) o de novenas, dueños de santos, comilonas de comité y velorios de angelitos eran las que venían para encargarles chivos o chivitos, según el tiempo. Estos eran los contados contactos con semejantes que ellos tenían. El padre cada vez era menos dado y bajaba muy de tiempo en tiempo a La Consulta, Eugenio Bustos, la villa de San Carlos, Chilecito, Tres Esquinas o Pareditas. En estas pocas salidas, unas tres o cuatro veces al año, siempre se arrimaba por la finca de los Quirogas a visitar a su mujer y a asombrarse con la hija ya grandecita. Sabía volver al puesto, buscando olvido, al otro día o después, medio chupao (16) el pobre y gracias a que el caballo lo traía solo.
Pasaron muchas veranadas, como diez. Con los años el hombre se fue apagando, cada vez se acovachaba (17) más y el hijo, bien dispuesto, lo cuidaba y se daba maña para mantener el puesto. Un día sintiéndose muy achacado y que le faltaba el resuello, llamó al mozo junto al catre para decirle:
-Vaya sabiendo m'hijo que su padre también se va'dir, por finao, no sé en cuales momentos pero prontito nomás y no me quiero cortar (18) sin decirle antes, que usté ya es un hombre hecho y derecho, qu'el puesto con todo es suyo y no quiero que lo deje, pero tampoco quiero que se quede solito su alma en esta lejanía. No. Debe buscar mujer que lo acompañe, que aprienda a quererlo a usté y, a su lao, a esta tierra qu'es buena si se sabe conocer. Yo no tuve'sa suerte. Dios sabrá.- Y se calló, dando vuelta la cabeza para que su hijo no viera que lloraba. El joven, discreto, y con una pena que lo aturdía, se fue yendo despacito.
Una madrugada días después, oscuro todavía, los perros, sueltos por la noche, que habían estado medio desasosegados, empezaron a aullar en el patio, frente al rancho de pirca. El hijo los sintió, desde el sueño y supo, ya despierto que su padre había muerto, y lo lloró en silencio, como un hombre.
No mucho tiempo después el mozo empezó a bajar seguido al poblado. Visitaba a su madre, ahora viuda, y aprovechando que los Quirogas lo recibían con bastante buen talante, les semblantiaba a la menor de las hijas, que era una donosura, linda como ella sola. Supo por su madre que se llamaba Sabina y se enamoró tanto del nombre como de la niña. Sabina...
En el puesto, mientras mateaba, con la única compañía de los perros, en ese crepúsculo tristón entre dos luces (19), cuando el silencio se hace más espeso y las estrellas se empiezan a encender, el joven enamorado evocaba la imagen de Sabina con su carita rosada, sus grandes ojos oscuros y las renegridas chapecas (20) atadas con blancas cintitas. Su andar milagroso, como si no pisara el suelo, sus manitas blancas que apenas rozaba al recibir el mate y que hubiera querido aferrar suavemente, con pasión. Y la voz, esa voz cristalina pero firme de mujer ya madura que ha dejado de ser niña, que lo envolvía, como una música sensual desconocida, haciéndole sentir sentires que ahora descubría. ¡Pobre enamorado, había descubierto el amor sin saberlo!
Aquella tarde, cerca de la oración, se despidió de su madre en el corredor pero ella no lo acompañó, como otras veces, hasta el palenque del guardapatio donde estaba atado su caballo. No le dio importancia, estaría cansada, pensó el joven, recordando haberle notado blanquear algunas canas en los sentidos (21). Montó y en eso vio venir a la Sabina, con su andar de gama, trayéndole el último mate.
-El del estribo- le dijo la muchacha con una tenue sonrisa de ángel. Él, con su torpeza cerril, no atinó a contestar pero no le sacó los ojos de encima mientras ella acariciaba el cuello del animal. Cuando recibió el mate agregó, mirándolo a los ojos y mostrando sus perfectos dientes al sonreírle:
-Y no se pierda...- El jinete, nuevamente no supo qué contestar, hizo un mudo asentimiento con la cabeza, sintió que las puertas del cielo se abrían de par en par y entró al paso lento de su caballo en el paraíso.
Ya era noche cerrada cuando los ladridos de los perros, saludando su llegada al puesto, lo volvieron a la realidad.
El tiempo y la distancia no hicieron más que enardecer el amor del joven que ahora creía estar seguro que la Sabina le correspondía. Sabina...
Era viernes de novena. La reunión tocaba en la casa de doña Presentación Ontiveros, sobre el Carril, cerca de la estafeta, en Eugenio Bustos. No había luna y afuera la oscurana casi se tocaba. En la sala de la casona, alumbrada por lámparas de alcohol, estaba la gente sentada, mujeres de todas las edades, cubiertas con sus mantillas: negras las viejas y no tan viejas, y blancas las mozas que ya presumían. Los pocos hombres esperaban en la penumbra del corredor, como es sabido, pitaban (22) sus armados (23) y conversaban bajito. De cuando en cuando alguno se descubría y se asomaba despacito a mosquetear (24) el rezo, persignándose si alguien se daba vuelta y lo veía.
Al fin se acabó la novena y con el último amén unas chinitas (25), con un pañuelito prendido de las mechas de la cabeza, sirvieron té de manzanilla o de boldo con bizcochitos de anís a la devota concurrencia femenina y a los hombres, afuera, les arrimaron unos vasitos de caña quemada que tuvieron que hacer durar porque no pasaban dos veces.
De estos encuentros, como de otros que se usaban en el pago, no participaba el joven puestero. Su madre sabía ir, alguna vez, cuando vivía en el puesto, si por un casual bajaban un viernes. El padre era huraño y le mezquinaba a las reuniones, y así acostumbró al hijo.
Pero esa noche el mozo se allegó sin hacerse notar. Se quedó montado al final de los coches y caballos atados a la reja de fierro que cerraba el patio frente a la casa y que le daba un cierto prestigio y respeto. Tenía ensillado ese potro oscuro retinto, medio redomón, que había amansado con cariño, a lo indio y conseguido que caballo y jinete fueran una sola persona.
Las mujeres salieron primero al patio, a los cuchicheos y ruiditos de rosario, y áhi fueron los interminables despidos y contares de sucedidos, y a las cansadas fueron saliendo por el portón tanteando en lo oscuro sus sulquis, cabriolés o mariposas. Los hombres no tenían apuro y se demoraban dejando que los coches se fueran acomodando; ya los alcanzarían, de un galopito, cada cual al suyo, para acompañarlos hasta las casas. Las Quirogas: madre con sus tres hijas y la viuda con la suya, habían venido en un landó que estaba atado cerca del portón de entrada. Todas fueron subiendo de a una y la Sabina, por ser la menor, quedó última. En eso se sintieron unos movimientos y resoplidos de caballos sujetos que tironeaban asustados y del fondo de la oscuridad apareció la sombra de un jinete emponchado de negro, con un sombrero aludo, también negro que le ocultaba la cara. La sombra se avalanzó sobre la gente que se desparramó despavorida. Una mujer espantada gritó:
-¡Dios nos libre, es el Futre (26)!- y tuvieron que sujetarla medio desgonzada. Todo fue un instante. En el alboroto el jinete alzó a la Sabina, la cruzó por delante y disparó a la negrura de la noche que se lo tragó. Sólo se oyó el galope tendido de un caballo que se perdía a lo lejos. -¡Cosa'e Mandinga!- dijo alguien.
Pasaron los días. Las partidas de milicos pillaron cuanto vago, borracho, malentretenido o matrero encontraron y hasta un gringo (27) forastero que iba de paso y ni hablaba la castilla (28). Pero aunque los sobaron a lonja mojada, como es debido, para que confesaran, salieron a relucir mil fechorías pero nunca el robo de una cristiana. ¡No, eso no! El comisario no sabía qué decirle al juez de paz y éste no sabía qué decirle a don Quiroga.
Largos días después, la viuda del puestero de Las Tierras Blancas se decidió'apalabrar a don Quiroga y le dijo:
-Ustedes nos recogieron a mí y a la guagua, hace una punta de años y le debimos el amparo que nos han dao. Por eso voy a'yudarlo a encontrar a la Sabina. Yo tengo un prisentimiento y estoy con la tema (29) que sé donde'stá. Pero tenimos que ir los dos solos, nadies más, mañana tempranito.
Así fue, al alba salieron de a caballo don Quiroga y la mujer. Todo el tiempo fueron callados, cada cual rumiando sus pensamientos. Abajo fueron dejando los campos de sembradíos y potreros, después siguieron por quebradas, costearon cerros y morenas que la mujer conocía, hasta llegar, con el sol alto, al puesto de Las Tierras Blancas. Los perros, que de día estaban siempre atados, anunciaron su llegada alborotados Ninguno de los dos viajeros se apeó y esperaron frente a la tranquera del guardapatio. En eso se abrió la puerta del rancho y salió el joven puestero, que se paró afirmando las manos en ambos lados del quicio, como defendiendo la entrada. La primera en hablar fue su madre:
-Vea m'hijo... sabimos que aquí está la Sabina, su padre y yo vinimos pa' llevarla. Nadies está enterao y don Quiroga no lo va'denunciar.- Pasó un largo silencio. El mozo los miraba con fijeza sin contestar, cuando de atrás apareció la Sabina que, apartándolo, se plantó a su lado y tomándolo de la mano encaró a los recién llegados:
-¡Sepan que no hay nada que denunciar! ¡A mí no me van a llevar porque no me quiero dir! ¡Es verdá que mi han robao... pero sepan que yo me dejé robar!
Post scriptum: Cuenta una leyenda itálica que las esposas e hijas de los sabinos, antiguo pueblo latino establecido cerca de Roma, fueron raptadas en una fiesta por lo súbditos de Rómulo. Tiempo después los sabinos marcharon contra los raptores e iba a trabarse la pelea cuando acudieron las sabinas, llevando a sus hijos en brazos, a interponerse entre los lidiadores y evitaron la trifulca. Más adelante los sabinos se hicieron ciudadanos romanos y todo quedó en casa.
En el parque Sarmiento de la ciudad de Córdoba hay una réplica de El Rapto de las Sabinas del escultor y arquitecto de origen flamenco Gianbologna (Giovanni da Bologna), 1529-1608, cuyo grupo marmóreo original se encuentra en la Loggia dei Lanzi en Florencia.
Vocabulario
1) guagua: voz quichua de nene o nena, rorro.
(2) tiento: tira de cuero de vacuno, equino o caprino.
(3) puesto: establecimiento rural, campero o serrano del criollo.
(4) veranada: tiempo de noviembre a abril de pastaje en campos cordilleranos.
(5) soterrarme: de soterrado, solitario, alejado, recóndito.
(6) pirca: del quichua, pared de piedra en seco.
(7) arganas: bolsones de cuero, unidos, que se cuelgan a cada lado del lomo del animal para llevar cargas.
(8) aperos: recado de montar y arneses de tiro y carga.
(9) botao: de botar, dejar, abandonar.
(10) puquio: del quichua vertiente, surgente natural.
(11) lión: león americano, puma, voz quichua.
(12) achuré: de achurar, cuerear, desollar.
(13) sobrepuesto: última prenda y la más vistosa de la montura mendocina.
(14) acabo: festejo popular al terminar un acontecimiento o faena.
(15) minga: del quichua, trabajo comunitario como la trilla, yerra y apartadas
(16) chupao: chupado, ebrio
(17) acovachaba: recluía, rehuía la compañía de los demás
(18) cortar: morir, fallecer
(19) entre dos luces: atardecer, crepúsculo vespertino, hora de la oración.
(20) chapeca: del mapuche, trenza de cabellos.
(21) sentidos: sienes, partes laterales de la frente.
(22) pitaban: de pitar del guaraní, fumar.
(23) armados: cigarrillos armados a mano con el papel y tabaco llevados en la chuspa, del quichua, bolsita, talega.
(24) mosquetear: curiosear, espiar.
(25) chinitas: mujer joven de servicio doméstico.
(26) Futre: personaje del folclore mendocino; aparición espectral de un inglés que había muerto malamente en la montaña y nunca se lo encontró; su figura viste de negro como un petimetre.
(27) gringo: extranjero de origen sajón, después también los italianos.
(28) castilla: idioma español, castellano.
(29) tema: idea fija