El jueves 4 de junio, en toda la Iglesia Católica se celebró la fiesta de Corpus Christi. En muchos lugares, sin embargo, por razones pastorales —para favorecer la participación de los fieles que no siempre logran liberarse entre semana para asistir a los oficios de culto—, la celebración se trasladó al domingo 7 de junio.
En Ecuador hemos celebrado esta hermosa fiesta en ambas fechas: el jueves participamos de la misa y procesión de Corpus Christi en Puerto López, junto con todas las parroquias de nuestro sector, y el domingo lo hicimos en nuestras parroquias de Nuestra Señora de la Merced y de San Jacinto.
Quería compartir brevemente algunas impresiones sobre estas dos celebraciones parroquiales, que el Señor quiso convertir en verdaderas batallas de fe.
En ambas parroquias, luego de la Santa Misa, comenzamos con la solemne procesión. Todo estaba preparado: los monaguillos con las antorchas y el incienso, los cantos, el sistema de audio, y el tapiz hecho de aserrín coloreado representando el Santo Cáliz y la Sagrada Hostia. Sin lugar a dudas, la procesión de Corpus Christi es una de las más hermosas del año litúrgico. En ambos casos, sin embargo, Jesús Sacramentado saldría al encuentro de su pueblo… y el enemigo también saldría a su encuentro.
En Nuestra Señora de la Merced, a medida que avanzábamos en nuestro recorrido, comenzamos a escuchar música a todo volumen y lo que parecían gritos. Al acercarnos, vimos de qué se trataba: un grupúsculo de sectarios protestantes se había instalado deliberadamente en el camino de la procesión para hacer bullicio y burlarse a viva voz de los "idólatras" católicos. Pedimos respeto para ese momento sagrado de oración, pero de ninguna manera accedieron a guardar silencio, ante la reprobación general no solo de la comunidad católica, sino de todos los testigos del hecho. Lejos de detenerse o de turbarse, la procesión avanzó imperturbable, como un ejército en marcha, levantando con más fuerza aún sus cantos y aclamaciones a Jesús Sacramentado. Hemos rezado por aquellos hermanos, pidiendo a Nuestro Señor que se apiade de ellos, perdone sus pecados y les conceda la gracia de la conversión.
En San Jacinto, pocos minutos después de comenzada la procesión, empezaron a caer algunas gotas de lluvia que rápidamente se transformaron en una verdadera tormenta. Y sin embargo —¡y este fue el verdadero prodigio! — nadie abandonó la procesión. Niños, jóvenes, familias enteras, ancianos: todo un pueblo fiel siguió adorando al Señor bajo la lluvia, con un fervor que parecía no tener miedo a nada, arrodillándose en el barro a cada bendición, dando testimonio público y heroico de fe eucarística ante el cielo y ante la tierra. Al final, ya de regreso en el templo parroquial, empapados pero radiantes, muchos lloraban de pura emoción.
Como decía Santo Tomás de Aquino, doctor de la Eucaristía: "No hay lengua capaz de explicar las dulzuras de este Sacramento, pues en la Sagrada Comunión bebemos la dulzura en la propia fuente."
Ni el ruido de los hombres ni la furia del cielo pudieron contra la fe de un pueblo que sabe a Quién adora. Damos gracias a Nuestro Señor Jesucristo por habernos amado hasta el extremo, por habernos amado hasta la Eucaristía.
¡Auméntanos, Señor, la fe! ¡Que no haya, Señor, sagrarios abandonados! ¡Que vengamos siempre a tu encuentro para adorarte y recibir de Ti la gracia!
Bendito y alabado sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.