La muerte de Jesús no fue simplemente el desenlace de una historia y mucho menos un desenlace casual o circunstancial como hubiera podido ser un final por accidente. La muerte de Jesús fue una consecuencia, una expresión y resumen de la conflictividad de su vida. No murió por un error o por un malentendido (aunque hubiera malentendidos en su condena) sino como un verdadero fruto de su existencia. Jesús murió como murió porque había vivido como había vivido.
Cuando Péguy hace reflexionar a la Virgen sobre las raíces de la muerte de su hijo, pone en los labios de María estas palabras:
Ella ya se lo había dicho a José:
«Esto acabará mal».
¡Habían sido tan felices treinta años!
Pero eso no podía durar.
No podía acabar bien.
Por lo pronto, él se hacía demasiados enemigos y eso no es prudente.
Los enemigos que uno se hace
acaban por encontrarse siempre.
Y él había molestado a demasiada gente.
A la gente no le gusta que la molesten.
¡Qué lástima! ¡Una vida que había comenzado tan bien!
Es cierto: la vida de Jesús estuvo dominada por el horizonte de la muerte precisamente porque estuvo rodeada de amenazas, porque en torno a él fueron creciendo sus enemigos y no dejó de aumentar la hostilidad de éstos. Se amontonó demasiada paja durante su vida para que no llegara un día en que saltara una chispa y toda ella ardiera.
Pero ¿cuáles fueron esos enemigos, con qué grupos chocó Jesús hasta llegar al desenlace de su muerte, de su asesinato?
Esta pregunta tenía respuestas fáciles hasta hace algunos años. En lo teológico la daba el famoso poema de Lista que declamábamos de niños:
¡Muere! ¡Gemid, humanos:
Todos en él pusimos nuestras manos!
En lo histórico la solución no parecía más difícil. Decíamos: los judíos mataron a Jesús. Y aquí concluía el problema.
Hoy toda esta cuestión ha cambiado. Los cristianos, por de pronto, hemos descubierto lo injusto de esta generalización, que, en definitiva, ha estado en el origen de otro crimen horrible: el antisemitismo. El Vaticano II cerraba tajantemente esa larga injusticia:
Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su pasión se hizo no puede ser imputado, ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy.
La puntualización no puede ser más justa. Sería tan absurdo acusar directamente de esa muerte a los judíos de hoy y llamarles «pueblo deicida» como responsabilizar a los alemanes de nuestros días de los delitos de los nazis o llamar «pueblo suicida» al español por la historia de Numancia.
Y tampoco parece justo cargar esa muerte sobre todos los judíos contemporáneos de Jesús. Un alto porcentaje de hebreos de la época vivían fuera de Israel y ni supieron de la existencia o de la muerte de Jesús. Por otro lado, judíos eran María y los apóstoles, y judíos fueron todos los primeros seguidores de Jesús. No parece lógico englobarles en la responsabilidad de aquella muerte.
Habrá que preguntarse, pues, únicamente cuáles fueron las personas o los grupos sociales o religiosos de la época con los que Jesús chocó y que le condujeron a la cruz.
Pero aquí nos encontramos con un nuevo problema: nadie quiere hoy responsabilizarse de esa muerte y los escritores de nuestro tiempo se pelotean las culpas y se obstinan en pasar a «otros» esa patata caliente.
El grupo de escritores judíos que se ha acercado a Jesús con respeto y admiración (David Flusser, Geza Vermes, Paul Winter, Etan Levine, especialmente) han tejido toda una maraña de teorías para cargar la última responsabilidad sobre los romanos o, cuando más, sobre el pequeño grupo de los dirigentes saduceos. En esta línea les siguen hoy los más de los teólogos norteamericanos y no pocos de los seguidores de la teología de la liberación. La obsesión por evitar un injusto antisemitismo, conduce ahora a invertarse un antirromanismo que parece no molestar ya a nadie. Si para ello es necesario torcer la historia y reinterpretar los evangelios, esto parece importar poco.
Y tal vez lo que más impresiona es observar cómo son las posturas ideológicas de los diversos autores las que incitan a cargar sobre éstos o aquellos las máximas responsabilidades: aquellos teólogos más preocupados por lo socioeconómico y que quieren ver en la muerte de Jesús la consecuencia de un choque de clases y el fruto de sus ataques a los poderosos, cargan la máxima culpa sobre los saduceos; los que sitúan la muerte de Jesús en la clave de un conflicto político, encuentran su solución responsabilizando especialmente a los romanos; quienes acentúan los valores religiosos y el nuevo pensamiento defendido por Cristo como orígenes del conflicto, ponen el acento sobre los enfrentamientos de Jesús con los fariseos. Pero ¿cuál fue la verdad? ¿Cuáles fueron los juegos de fuerza que condujeron a ese desenlace?
La respuesta dependerá fundamentalmente de la credibilidad que demos a los evangelistas como historiadores. ¿Contaron éstos realmente las cosas como fueron, o «adaptaron» los hechos para responder a las circunstancias históricas en las que escribían o para satisfacer a sus prejuicios antisemitas o a sus personales enfoques antifariseos?
Paul Winter, judío, parte de la negación prácticamente total del valor histórico de los evangelistas en este campo. Para él los autores del evangelio, por un lado, al escribir Marcos en Roma el texto que sería fuente de todos los demás, trataban de congraciarse con los romanos, de mostrarles que Jesús no fue enemigo de las autoridades civiles de su tiempo y de explicar que, consiguientemente, los cristianos no eran enemigos de Roma. Por ello habrían suavizado todo lo referente a los contactos de Jesús con los romanos y con Pilato y habrían cargado toda la última responsabilidad de su muerte sobre los judíos. Por otro lado, al escribir en plena polémica entre los cristianos y los fariseos de la Iglesia primitiva, habrían colocado en boca de Jesús todos los argumentos que los primeros cristianos dirigían a los fariseos, por lo que en los choques Cristo-fariseos no deberíamos ver lo que realmente ocurrió en tiempo de Jesús, sino la polémica de la Iglesia primitiva, en la que se habría usado la técnica de poner en boca de Jesús frases terribles contra los fariseos que nunca habrían sido dichas por Cristo pero que se le atribuían para darles mayor autoridad.
En la realidad histórica, dirá Winter, no hubo tanta distancia entre Jesús y los fariseos. Jesús, dice, fue un fariseo más que tuvo choques individuales con algunos fariseos, pero no con el grupo como tal. Esas polémicas no tuvieron, además, influjo alguno en su muerte. Y lo que indujo a las autoridades a actuar contra él no fue tanto el contenido de sus doctrinas como los efectos que estas causaban en ciertos sectores del pueblo.
¿Qué hay que pensar de este planteamiento? Por de pronto que es una teoría construida sobre ideas preconcebidas a las que, luego, se adaptan todos los argumentos aportados. Que los evangelistas fueran influidos por la situación del tiempo en que escribieron, es normal. Que hay en Marcos una cierta suavización del dibujo de Pilato, parece también claro. Que hubiera en los evangelistas, sobre todo en Juan, un influjo de las polémicas con los fariseos y que la comunidad cristiana haya acentuado la oposición existente entre Jesús y los fariseos, dando un carácter más tajante y radical a los dichos de Jesús, entra también dentro de lo lógico. Pero pasar de ahí a un invento por parte de los evangelistas de todos sus choques con los grupos fariseos y saduceos hay demasiada distancia. Sobre todo si se tienen en cuenta dos datos: que los problemas por los que Jesús choca con los fariseos existían históricamente de hecho en tiempos de Cristo y antes de su muerte. Y que esos choques no fueron algo accidental y anecdótico sino todo un tejido de encuentros que llena todo el evangelio. Por otro lado ¿sería explicable la muerte de Jesús si esos enfrentamientos no hubieran existido?
Mejor será, por todo ello, acercarnos humildemente a los hechos, tal y como nos los describen de consuno la historia y los evangelios, e intentar seguir este largo conflicto que desembocó en una muerte trágica.
Entonces comenzaremos por descubrir que los hechos fueron mucho más complejos de lo que desearían los juicios preconcebidos. La conflictividad en la vida de Jesús fue una constante, pero sus meandros fueron entretejiéndose con muchos altibajos y con un cruzarse de fuerzas que constituyen una auténtica madeja de hostilidades. Al Final descubriremos que, efectivamente, «todos» pusieron en él sus manos; que todos le odiaron por diversas razones, pero que esos odios diversos se unieron para librarse de aquel que les molestaba.
Como escribe González Faus:
Esta conflictividad sorprende por su agudeza y por su totalidad, puesto que, al final, todos prácticamente parecen estar en contra de Jesús quien, como apunta uno de los evangelistas con cierta ironía, termina por unir de esta manera a los enemigos más irreconciliables: judíos y romanos, jefes y pueblo, Herodes y Pilato. Unos por irritación y otros por desengaño o por miedo, unos por estar contra sus fines y otros por estar contra sus medios, por la razón que sea, todos se encuentran unidos en una especie de «pacto de la Moncloa» cuya monstruosidad mayor radica en el hecho de que es absolutamente necesario: siempre es necesario matar al pobre y al débil y esa es la desautorización más radical del sistema en que vivimos.
Jesús fue, como todos los pobres e inocentes de la historia, víctima de ese conflicto de intereses, opiniones, odios y miedos que acaban siempre por aplastar a los más débiles.
Pero ¿podremos distribuir equitativamente las responsabilidades de cada grupo? No será sencillo, porque los propios evangelistas no lo hacen, impresionados tal vez por esa maraña bajo la que sucumbió Jesús.
Si leemos con atención a los sinópticos descubrimos que son nada menos que 95 las ocasiones en las que describen choques de Jesús con sus adversarios. Pero con frecuencia mezclan y confunden a los grupos en que estos enemigos se reunían. Así nos encontramos con que presentan como opuestos a Jesús:
41 veces a los «ancianos, príncipes de los sacerdotes y escribas»
11 veces a los escribas solos
12 a los escribas y fariseos
14 a los fariseos solos
3 a los «discípulos de Juan» y los fariseos
3 veces a los fariseos y los herodianos
1 vez a fariseos y saduceos
3 veces a los saduceos solos y
1 vez a los fariseos junto a los príncipes de los sacerdotes.
Nunca aparecen, en cambio, durante la vida de Jesús conflictos con los romanos, con los zelotas o con los esenios. Esto en los tres sinópticos. Juan resuelve más facilmente el problema refiriéndose más genéricamente a «los judíos».
¿Cuál fue la realidad de estos choques de Jesús? ¿En qué se basaron estos enfrentamientos? ¿Y cómo se produjeron de hecho?
La chispa iba a ser la resurrección de Lázaro de la que hablaremos en el próximo capítulo. Un milagro tan sonado, con persona tan conocida y a pocos pasos de Jerusalén, debió de conmover la ciudad como un trueno. Y lo que fue para algunos motivo de fe (Jn 11, 45), resultó para los fariseos y sacerdotes la última gota que llenó el vaso de su cólera.
Y esta vez decidieron ir a la cabeza. No querían una muerte a ocultas, con una puñalada en cualquier esquina. Este predicador debía ser públicamente destrozado, ya que públicamente estaba atacándoles.
Acudieron a los príncipes de los sacerdotes y estos convocaron al pleno del sanedrín. Una vez allí, no se anduvieron con hipocresías: ¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos milagros. Si le dejamos así, todos creerán en él, v vendrán los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación (Jn 11, 47-48). No planteaban el problema de Jesús como el de un delincuente. Incluso parecían presentarle como inocente. Más: como un verdadero taumaturgo. Preferían ser prácticos. Ya no les interesaba la verdad, ni la ley. Sólo les preocupaba su propia seguridad. Los romanos empezaban a cansarse de tantos predicadores populares. Si Jesús seguía consiguiendo partidarios, cualquier día verían en él un peligro político. Y los romanos no hacían distinciones. Vendrían y destruirían todo el país: amigos y enemigos de Jesús.
Tomó entonces la palabra un personaje a quien nos encontraremos más tarde en la pasión, un saduceo: José Caifás, que era sumo sacerdote y presidente del sanedrín, la más alta autoridad religiosa del país. Vosotros no sabéis nada dijo despectivamente— ¿no comprendéis que conviene que muera un hombre por todo el pueblo y no que perezca todo el pueblo? (Jn 11, 49-50). Era así de expeditivo. La palabra «muerte» no hacía temblar sus labios. La suerte estaba echada. En aquel momento fariseos, saduceos, sacerdotes, escribas, olvidan sus mutuas diferencias ante el enemigo común. Desde aquel día tomaron la resolución de matarle, dice el evangelista (Jn 11, 53). No se preguntan si es inocente o culpable. La sentencia es anterior al juicio. Les ha provocado demasiado. Es la hora de la venganza.
Ya sólo era necesario hallar la ocasión. Pues los príncipes de los sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes para que, si alguno supiese dónde estaba, lo indicase, a fin de echarle mano (Jn 11, 57). Ya sólo restaba encontrar el momento. Ya sólo faltaba Judas.
Tomado del libro:
Vida y Misterio de Jesús de Nazaret