Jesús y los suyos durmieron en Betania la noche del sábado. Y, con la mañana del domingo, salieron hacia la ciudad santa por la misma carretera de Jericó que habían seguido la víspera. Había en ella un gran movimiento de gentes. La pascua estaba encima y un gran número de caravanas subían a Jerusalén por el mismo camino que Jesús traía. Y la curiosidad de los comentarios surgidos en torno al nuevo profeta, había probablemente aumentado aquel año el número habitual de peregrinos. Los corazones de todos los caminantes estaban alegres. Un judío sentía siempre el júbilo de acercarse a la ciudad santa. Iban con las almas abiertas. Ninguna preparación mejor para lo que estaba a punto de ocurrir.
Salieron, pues, de Betania con la mañana. Caminaban despacio, recitando probablemente salmos y oraciones, como era normal en todo peregrino que se acerca a la ciudad santa. Habían tomado el camino más corto, el que aún hoy conduce de Betania a Jerusalén.
Son en total unos 2.800 metros. De ascensión el primer kilómetro por la vertiente oriental del monte de los olivos y, desde allí, de un rápido descenso hacia la puerta dorada y el templo.
El monte de los olivos, rara vez mencionado en el antiguo testamento, juega un amplio papel en los evangelios. Su nombre, que no ha cambiado desde los tiempos de David, se debía a los muchos olivos que crecían en él. En tiempos de Jesús debía de estar materialmente cubierto de árboles. Hoy sólo quedan pequeños grupos aquí y allá. Pero, con todo, aún se encuentran, sobre todo en su base, no sólo olivos, sino granados, higueras, almendros, algarrobos e incluso palmeras.
El grupo que acompañaba a Jesús debía de ser bastante numeroso cuando se acercaban a Betfagé.
Betfagé (en hebreo Beth-pa'ghe: Casa de los higos verdes) debía de ser poco más que un caserío al que el talmud consideraba un arrabal de Jerusalén. Estaba probablemente en el mismo lugar, próximo ya a la cumbre, en que se asienta hoy la aldea del mismo nombre y en la que ya en tiempos de los cruzados se levantó una capilla conmemorativa del suceso que contamos.
Al llegar a la aldehuela, Jesús dio una orden que llenó, sin duda, de alegría a todos cuantos le acompañaban. Llamó a dos de sus discípulos y les dijo:
Id al pueblo que tenéis delante y, en cuanto entréis, hallaréis un asnillo atado, sobre el que ningún hombre cabalgó jamás. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os dice: «¿Por qué hacéis eso?», decid: «El Señor lo necesita y enseguida os lo devuelve» (Mc 11, 1-3).
Entramos en una escena en la que todo empieza a hacerse misterioso, o, por lo menos, paradójico. El hecho de que la describan los cuatro evangelistas demuestra, ya desde el primer momento, la importancia que todos le atribuyen. Pero ¿cuál fue su verdadero sentido?
El primer dato sorprendente es que es Jesús quien toma la iniciativa de su triunfo. El, que tantas veces ha huido de este tipo de manifestaciones, casi se diría que la busca ahora. Es él quien manda a buscar el borriquillo.
Escritores piadosos, como Fillion, subrayan la importancia de la selección de la cabalgadura:
Un rey puramente temporal, o bien el Mesías tal y como se lo representaba la mayor parte de los judíos, hubiera hecho su entrada triunfal en la metrópoli montado en brioso alazán, rodeado de brillante escolta de capitanes y soldados, al sonido de trompetas, a banderas desplegadas. El verdadero Mesías obtendrá un triunfo real, pero más humilde, y cuyas manifestaciones sean todas pacíficas y llevarán un sello religioso. Por eso entra en Jerusalén sentado sencillamente sobre un pollino, como un príncipe de la paz, como un rey espiritual, como un salvador de las almas.
Todo esto son, evidentemente, interpretaciones que hoy hacemos los cristianos. Y aplicamos incluso mucho de nuestra mentalidad occidental. Pero el borriquillo no tenía en Oriente ni el sentido rústico que nosotros le atribuimos, ni el ternurismo poético que Juan Ramón Jiménez aportó. El asno era, en Palestina, cabalgadura de personas notables, ya desde los tiempos de Balaán (Núm 22, 21). Jesús, al elegir esta montura, no busca, pues, tanto la humildad como el animal normal entre las gentes de su país, gemelo al que la novia usaba el día de su boda o al que se ofrecía a cualquier persona a quien se quisiera festejar.
Pero busca, sobre todo, el cumplimiento de una profecía. Cuando los evangelistas señalan con tanta precisión la profecía de Zacarías (9, 9) es porque, casi seguramente, el mismo Maestro aludió expresamente a ella:
¡Salta de alegría, hija de Sión!
¡lanza gritos de júbilo, hija de Jerusalén!
He aquí que viene a ti tu rey.
Es justo y protegido de Dios,
sencillo y cabalgando sobre un asno,
sobre un pollino, hijo de asna.
La profecía de Zacarías coloca la escena en su verdadero lugar: se trata evidentemente de un rey, pero de un rey mucho más espiritual que político. Y esta idea aparece acentuada por la frase de Jesús que alude a que el asnillo aún no ha servido de montura a nadie, pues los antiguos estimaban que un animal ya empleado en usos profanos era menos idóneo para usos religiosos.
¿Entendieron los que rodeaban a Jesús este sentido religioso que él quería dar a su triunfo? Si atendemos a sus gritos posteriores hemos de confesar que muy confusamente. Los judíos de entonces no hacían nuestras distinciones entre política y religión. Un triunfo era un triunfo, y todo quedaba envuelto en él. Y en un pueblo oprimido, todo adquiría alusiones contra el opresor. Pero el clima de fiesta tuvo que predominar sobre el de protesta. No se explicaría de otro modo ni el aire de la narración, ni la no intervención de las tropas romanas que tuvieron que ver la manifestación desde lo alto de la torre Antonia. La manifestación debió de tener, pues, mucho más de folklore que de algazara. Aún hoy los palestinos llaman a la procesión jubilosa que cada domingo de ramos baja de Betania a Jerusalén con el nombre español de «fantasía». Algo así debió de ser la primera.
Los apóstoles y muchos de los que acompañaban a Jesús se sintieron llenos de alegría al ver llegar el borriquillo. Se quitaron los mantos multicolores y lo engualdraparon con ellos. Otros tendían los suyos sobre el camino para que pasara sobre ellos el jinete. Los más, cortaban ramas de olivo o de palmera y las agitaban a su paso o las esparcían ante él. Y los gritos llenaron el cielo: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas! (Mc 11, 9-10).
De estas frases deduce Carmichael toda su interpretación política de la escena. Ese «¡Hosanna!» habría que traducirlo por un «¡Libéranos!» que no podía tener otro sentido que el de la liberación política; y la frase «gritaban: ¡Hosanna al Hijo de David!» tiene que deberse a un cambio de líneas que dijera en realidad: «Gritaban al Hijo de David: ¡Libéranos!».
La interpretación tiene mucho más de fantástico que de científico. La palabra «hosanna» en su sentido etimológico primitivo tenía un sentido directísimamente religioso y se traducía por «Yahvé salva». Pero en tiempos de Cristo había perdido su sentido etimológico y se había quedado como puro grito de júbilo que equivaldría simplemente a nuestro «¡Viva!».
A esto se añadía un segundo dato importante. En la fiesta de los tabernáculos todo judío llevaba en sus manos dos ramos el lulag y el etrong el primero de los cuales era de cedro y el segundo una palma, adornada con mirto y sauce. Esta palma, que los judíos agitaban en la procesión de la fiesta citada, había tomado el nombre de «hosanna», precisamente del grito que se pronunciaba al agitarla.
La palabra, pues, había perdido todo sentido político y era una pura manifestación de entusiasmo que podía unirse a cualquier otra frase. De hecho, en este caso, el contexto del «hosanna» es simplemente un sinónimo de «bendito».
Todas las frases que la multitud grita tienen, además, cientos de formulaciones parecidas en los salmos (concretamente en 118, 26 y en los salmos de Salomón) o en otros lugares de la Biblia. Y la frase «¡Hosanna en las alturas!» (que a Carmichael le parece absurda, pues, al entender el hosanna como liberación en este mundo, no entiende qué pueda tener que ver con las alturas) es sinónimo del «Gloria a Dios en las alturas» (Le 2, 14) que nos encontramos ya en los comienzos de la vida de Jesús.
Tenemos pues a unas docenas, tal vez unos centenares de entusiastas que gritan en torno a Jesús viendo en él un líder a la vez político y religioso. No son revolucionarios, no son guerrilleros, son gentes llenas de esperanza que no saben con mucha claridad qué es lo que esperan. Jesús, por primera vez en su vida, autoriza o tolera esos aplausos. Sabe que muy pocos entienden claramente el sentido verdadero de su misión y cuál es la salvación que él trae. Pero les deja gritar, como si quisiera paladear por un momento los aplausos y el triunfo. Sabe que pronto vendrá la noche.
Y, como anticipación de esa noche que le espera, en medio del triunfo del mediodía aparecen ya dos sombras. La primera es la presencia de sus enemigos de siempre. Un grupo de fariseos, que se ha mezclado a la multitud enfervorizada, no puede ocultar su escándalo. No se atreven a oponerse al entusiasmo popular. Y se acercan a Jesús para pedirle que sea él quien corte tanta desmesura. Maestro --le dicen-- reprende a tus discípulos. No dicen siquiera por qué les tiene que reprender. Les parece demasiado evidente dónde está la falta: esos gritos proclamándole hijo de David, ese entusiasmo como si se tratase de un Dios... Saben que Jesús ha cortado otras veces manifestaciones de este tipo. Piensan que volverá a hacerlo ahora.
Pero hoy Jesús desea que todos conozcan lo que tantas veces él mismo ha ocultado. Sabe, además, que es la hora en la que lo que estaba oculto quedará patente para que nadie pueda argüir ignorancia. Por eso responde con sencilla energía: Os digo que, si estos callaren, gritarían las piedras (Le 19, 40).
En ese momento un grupo de chiquillos comenzó a vitorear a Jesús con más fuerza. Quizá lo hacían con esa maldad de los muchachos gozosos de hacer mal a los sacerdotes que veían conversando con Jesús. ¡Hosanna al Hijo de David! gritaban en sus propias narices. Ahora, ellos cargaron su voz de toda la respetabilidad que poseían e, irritados, dijeron a Jesús: ¿No oyes lo que éstos dicen? En el rostro de Jesús debió de aparecer una sonrisa irónica: Sí, dijo, les oigo y les entiendo. Y vosotros también debíais entenderles. ¿No habéis leído en la Escritura: «De los labios de los muchachos y los niños de pecho sacaste alabanzas»? Los sacerdotes y escribas entendieron bien la alusión: Jesús tomaba la frase del salmo 8, precisamente allí donde el autor sagrado contrapone la ingenua alabanza de Dios hecha por los niños y el silencio de los enemigos de Dios. ¿Estaba presentándose como divino, al señalar que quienes no le vitoreaban eran enemigos de Dios? Se alejaron furiosos. Y se decían a sí mismos que tenía razón Caifás al señalar la muerte como la única salida si querían conseguir que la gente no se fuera tras aquel embaucador.
La otra sombra fue más densa, más honda y dolorosa para Jesús. Habían llegado ya a la cima del monte de los olivos y a sus pies había aparecido la ciudad, que brillaba ante sus ojos bajo el sol.
Jerusalén era muy hermosa entonces. Más que hoy, y el actual es ya un bellísimo espectáculo. Treinta años antes, Herodes el grande había volcado en la ciudad todo su ingenio y su orgullo de constructor. A los pies del monte, nada más cruzar el Cedrón, aparecía la mole grandiosa del templo, esplendente de oro y de mármoles cándidos. Unido con él se alzaba el poderoso cuadrilátero de la torre Antonia con sus cuatro torres. Al lado opuesto, hacia occidente, la casa real de Herodes con las tres torres que Tito, cuarenta años más tarde, juzgaría inexpugnables. Entre ambos palacios, un laberinto de casas, de piedra la mayor parte, mezcladas con las cuales se repartían numerosas construcciones suntuosas muy recientes. Y todo ello, ceñido por una doble muralla en la que se abrían hermosas puertas de madera claveteada.
Ante los ojos de Jesús desfilaron en un instante cientos y cientos de imágenes. Vio a David, mil años antes, construyendo esta entonces humilde ciudad. Contempló la jubilosa llegada del arca a la explanada que ahora brillaba bajo el sol. Ante sus ojos apareció el fabuloso templo que allí mismo construyó Salomón. En sus oídos resonaron tantas palabras de los profetas. Esta era la ciudad escogida por Yahvé, su Padre (1 Re 11, 13; 2 Re 23, 27). Esta era una urbe diseñada en los cielos, ciudad santa (Is 52, 1), lugar de salvación (Is 46, 13), trono de Dios (Jer 3, 17). Esta ciudad era la alegría misma de Dios: Jerusalén será mi júbilo, y mi pueblo mi gozo (Is 65, 18-19).
Pero ve también el pecado y la iniquidad: Cuantas son las calles de Jerusalén, tantos fueron los altares alzados para ofrecer incienso a Baal (Jer 11, 13). Por eso la ciudad que era el gozo de Dios, se ha convertido en el gozo de sus enemigos (Lam 2, 17), en un montón de ruinas, cubil de chacales (Jer 9, 11). Oye las terribles palabras de Yahvé: Rechazaré a Jerusalén, a esta ciudad que yo había elegido y a esta casa de la cual dije: Aquí estará ni nombre (2 Re 23, 27).
Ve a esta ciudad asesina que mata a los profetas y asesina a los que le son enviados (Lc 13, 34) y sus ojos recorren las calles por las que dentro de muy pocas horas sembrará su sangre. Y sus ojos se llenan de lágrimas.
Pero no llora por su propio dolor, sino por la tragedia de quienes serán sus asesinos.
Al ver la ciudad lloró sobre ella, diciendo: ¡Si al menos en este día conocieras lo que necesitas para tu paz. Pero ahora está oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti en que te rodearán de trincheras tus enemigos, y te cercarán y te asediarán por todas partes, y te abatirán al suelo, a ti y a los hijos que tienes dentro, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por no haber conocido el tiempo de tu visitación (Le 19, 43-44).
Cuarenta años más tarde todo esto que Jesús entrevé se habrá vuelto dramática realidad. En Jerusalén no quedará piedra sobre piedra. Y las trincheras levantadas por los invasores llegarán precisamente hasta este lugar en el que Jesús llora. Y Tito, el destructor de la ciudad, llorará lágrimas parecidas a las de Jesús. Flavio Josefo cuenta que el general romano cuando, meses después, pasó desde Antioquía a Egipto, volvió a entrar en Jerusalén:
Y comparando entonces la triste soledad que veía, con la pasada magnificencia de la ciudad, y recordando tanto la grandeza como la antigua belleza de los edificios arruinados, deploró la destrucción de la ciudad, no ya envaneciéndose, como otros habrían hecho, de haberla expugnado a pesar de ser tan grande y fuerte, sino maldiciendo repetidamente a los culpables que habían iniciado la revuelta y atraído sobre la ciudad aquel castigo.
Pero si Tito llora tardíamente por los edificios que él mismo había derruido, Jesús lo hace, anticipadamente, por las almas de todos los que ahora gritan en torno suyo y que mañana traicionarán, y que son más importantes que todos los edificios de esta ciudad que brilla a sus pies bajo el sol, mientras los que le rodean no pueden entender sus lágrimas; no podrían, incluso si las vieran, porque tienen tanto que gritar, que ni se enteran de que una sombra de tristeza se ha cruzado en el alma de ese Mesías a quien ellos ven triunfante y se niegan a ver clavado, por ellos, en una cruz.
Los cuatro evangelistas, que han caminado unidos, con muy pocas variantes, en toda la narración anterior, se dispersan al entrar Jesús en Jerusalén. Lucas nada nos dice de su entrada en la ciudad y hace sólo unas alusiones a su posterior predicación en el templo. Marcos se limita a decir escuetamente: Entró en Jerusalén, en el templo. Mateo da, en cambio, mucha importancia a la conmoción causada por Jesús al entrar en la ciudad. Juan ofrece una serie de diálogos y escenas que se habrían producido precisamente en este día.
La narración de Mateo es la más dramática. Nos dice que toda la ciudad se conmovió y que los curiosos preguntaban quién era ese hombre a quien aclamaban entre palmas. Eran, sin duda, muchos los forasteros que llegaban a la ciudad en esos días y buena parte de ellos quizá nada habían oído sobre Jesús. La respuesta que Mateo transcribe a esa pregunta no deja de ser significativa: Este es Jesús, el profeta de Galilea. ¿Por qué no le proclaman ahora «hijo de David» como hace sólo unos minutos? ¿Por qué se repliegan tímidamente a llamarle sólo profeta e incluso le confinan en una alejada región? ¿Es que al estar ya dentro de la ciudad se han vuelto prudentes porque no se consideran seguros, sabiendo que las autoridades están contra él? Es posible. Pero más probable es que se trate de una respuesta de galileos a los que, orgullosos de Jesús, lo que les importa es subrayar su conciudadanía: es nuestro profeta, el de nuestra tierra.
Tras esta entrada en la ciudad coloca Mateo una expulsión de los mercaderes del templo, gemela, aunque más breve, a la que Juan sitúa al comienzo de la vida pública de Cristo y que ya analizamos en el segundo volumen de esta obra. ¿Se trata de la misma escena colocada aquí por Mateo para intensificar dramáticamente las horas previas a la pasión? ¿O fue, por el contrario, Juan quien la anticipó para abrir la vida pública de Cristo con un choque frontal con sus enemigos? ¿O se trata de dos escenas parecidas ocurridas realmente dos veces, una al comienzo y otra al final de la vida pública? Las tres hipótesis se han discutido, demostrado, refutado y cada una de las tres sigue teniendo sus acérrimos partidarios. Probablemente nunca se hará luz definitiva sobre el problema.
A los amigos de la tesis zelota les convence mucho más esta escena como prólogo inmediato de la pasión. El gesto de violencia de Jesús ocupando el templo habría decidido a sacerdotes y romanos al contraataque rápido y violento. Pero los partidarios de esta interpretación (aparte de que esa famosa violencia armada de Jesús en la purificación del templo no aparece por parte alguna) tienen que enfrentarse con el problema del marco en que el mismo Mateo sitúa la narración: es dificil entender una ocupación militar de una fortaleza combinada con unos enfermos que acuden para ser curados y, sobre todo, con el griterío que en torno a Jesús arma la chiquillería. Una ocupación militar realizada por chiquillos que saltan y juegan no es demasiado coherente.
Tendremos, pues, que concluir que esta jornada, que se inicia con una fiesta de aldea y acaba con la aclamación de los niños de la ciudad, tiene poco que ver con un acontecimiento político contra los ocupantes. Es muy probable que en los ánimos de muchos de los que aplaudían y aun de los mismos apóstoles, hubiera una intención y una esperanza política en sus aplausos. Pero ciertamente debieron encontrar sorprendente a este caudillo que «no se decidía», que optaba generalmente por huir de sus partidarios y que, cuando una vez les dejaba vitorearle, reducía todo a sonrisas en una fiesta infantil. ¿Era verdaderamente él? se preguntaban. ¿Debían cambiar de jefe y buscar otro mesías en quien depositar sus esperanzas? ¿O debían cambiar sus esperanzas y su visión del mesías para seguir a este jefe? Estas eran preguntas a las que ninguno de ellos sabía responder.
Tomado del libro:
Vida y Misterio de Jesús de Nazaret