Penitencia
1.Valor del Sacramento
“Pero además nuestro salvador Jesucristo, cuando confirió a los Apóstoles y a sus sucesores el poder de perdonar los pecados, instituyó en su Iglesia el sacramento de la Penitencia, para que los fieles que después del bautismo cayeron en el pecado, pudieron, recobrada la gracia, reconciliarse con Dios. La Iglesia en efecto “tiene agua y lágrimas: agua en el bautismo y lágrimas en la penitencia”. S. Ambrosio, Cartas 41, 12: PL 16, 1116.
2.Recorrido histórico
Sagrada Escritura
Observamos en el Antiguo Testamento una liturgia penitencial cuando acontece una desgracia pública considerada como consecuencia del pecado de una persona o de la comunidad. La penitencia toma una forma de ser, si es que llega hasta el ayuno. Por ejemplo, el caso de los israelitas en el luto contra la tribu de Benjamín.
“El segundo día los israelitas se acercaron a los benjaminitas; pero también aquel segundo día Benjamín salió de Guibeá a su encuentro y volvió a dejar tendidos en tierra a dieciocho mil israelitas; todos ellos armados de espada.
Entonces todos los israelitas y todo el pueblo subieron hasta Betel, lloraron, se quedaron allí delante de Yahveh, ayunaron todo el día hasta la tarde y ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión delante de Yahveh.” Jueces 20, 24
En el Nuevo Testamento el pecado es puesto en relación con Dios en Cristo. Dios está presente en Cristo y en Él es posible afirmar que los hombres han hecho sufrir a Cristo Jesús. Pedro lo reclamará durante su discurso en Jerusalén:
“y matasteis al Jefe que lleva a la Vida. Pero Dios le resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.” Hech. 3, 15
El Nuevo Testamento presenta el pecado como un desobedecer a Cristo: es el rechazo de Cristo.
Patrística de los siglos I y II
Se habla de la penitencia en los formatos más antiguos, así como del perdón de Dios tratando de enseñar la obligación de la santidad del bautismo.
Didaché
“Reunidos en el día del Señor, fraccionad el pan y dad gracias después que confeséis vuestros pecados para que sea puro vuestro sacrificio. El que tenga alguna contienda con su amigo no se reúna con vosotros si antes no se ha reconciliado, para que no sea profanada vuestra ofrenda” XIV-12.
Los pecadores se arrepienten y reconocen su culpa ante Dios y la comunidad: Jerarquía y penitentes rezan en unidad, de donde se piensa la necesidad de la intervención de los presbíteros para obtener el perdón.
Carta de Bernabé
Se evidencia la obligación de la corrección fraterna, el concepto de confesión (exomologesis) comunitaria, cultural; y la santidad que se requiere para participar en el Santo Sacrificio.
*exomologesis, (del griego exomologéō, "reconocer" o "confesar") designa el reconocimiento de los pecados de manera pública y significativa ( a lo largo del tiempo implicará vestir cilicio, ayunar, usar ceniza). Con el paso de los siglos, el término griego será traducido al latín como “confessio”.
“Tú procurarás la paz reconciliando al adversario. Harás la exomologesis de los pecados y no irás a la oración con una conciencia mala” c 19, 12.
Primera carta de san Clemente Romano a los Corintios
Clemente promulga el principio: los pecadores deben convertirse y hacer la exomologesis:
“Es mejor para un hombre hacer la exomologesis de sus propios pecados que endurecer su corazón” 51, 2.
El Pastor de Hermás
Afirma que todos los pecados pueden perdonarse por un tipo de jubileo extraordinario y transitorio logrando obtener así la remisión de sus culpas aún de las gravísimas pero solamente una sola vez (después del bautismo).
Si recaen, ya no hay para ellos lugar para la penitencia:
“Sin embargo yo te lo aseguro (me dijo): si después de aquel llamamiento grande y santo, alguno, tentado por el diablo, pecare, sólo tiene una penitencia; más si continúa pecando, y hace penitencia, será sin provecho; pues difícilmente vivirá.” Mandamiento IV, 3, 6.
El rito de la penitencia en el siglo III.
El rito de la penitencia antigua tenía tres momentos:
a) El penitente solicitaba entrar en la penitencia (acusación de los pecados).
“De esta segunda forma de penitencia y última, el procedimiento es mucho más difícil y áspero y la prueba que uno debe dar es sin duda más laboriosa, así que no solamente debe ser ofrecida para un íntimo examen de nuestra conciencia, sino que también para algún acto abierto y manifiesto. Este acto viene llamado ordinariamente con la palabra griega exomologesis y consiste en confesar sinceramente al Señor la culpa que hemos cometido, y no porque El la ignore, sino porque con la confesión se procura una cierta satisfacción a la justicia divina y por ella surge la penitencia y el Señor viene de la penitencia, mitigado en su justa indignación hacia el pecador.” Tertuliano, de Poenitentia Cap. IX.
b) Se realizaba la penitencia.
En el primer momento se tiene toda una larga y prolongada prueba, se exige una manifestación externa y pública de su culpabilidad. Se trata pues de toda una colección de obras que contienen un carácter privado y otras que revisten un carácter público. Prudentemente el penitente debe someterse a ayunos; a dormir en una cama cubierta de ceniza; a llorar y clamar día y noche; a abstenerse también del baño. Públicamente se exigirá que el penitente se muestre revestido de cilicio, que esté en el vestíbulo fuera de la Iglesia; que se arroje a los pies del obispo y suplique de rodillas a toda la comunidad. El segundo momento ya se desarrolla dentro de la Iglesia, donde los penitentes están en lugar reservado, están suplicando a todos los hermanos en la fe para que intercedan ante Dios. (consultar De Poenitentia c. IX)
c) Había una reconciliación pública dada por el obispo al término del periodo de la penitencia.
Los pecados leves son perdonados con la oración y con las obras de mortificación privada. El mismo Tertuliano da una lista de pecados mortales, en pocas palabras podemos decir que son: idolatría, blasfemia, homicidio, adulterio, fornicación, falso testimonio, fraude, mentira, espectáculos del circo o el teatro. (consultar Adversus Marcionem IV, 9)
Se pueden reconocer dos tipos de personas: los que se llaman libelátici que eran los que habían recibido un certificado o libelo de parte de los magistrados en que se atestiguaba que ellos habían hecho sacrificio a los ídolos, aunque no lo habían hecho; en cambio sí lo realizaron los que llamaban “sacrificati”. La culpabilidad era mayor de éstos.
“Así pues, hermano carísimo, hemos convenido establecer que examinados cada uno de los casos, los libelátici sean readmitidos inmediatamente; mientras los sacrificados sean reconciliados hasta el momento de muerte.” Carta 55, 17 a Antoniano.
Aspectos relevantes del siglo IV al IV.
La paz de Constantino atraerá a los paganos a la cercanía de la Iglesia Católica pero como no estaban preparados religiosamente, se incluirán personas mediocres que no vivirán la inocencia bautismal como los primeros creyentes.
El ejercicio de la penitencia disminuirá, tenderá a suavizarse, pero siguiendo con su misma rigidez. Los cristianos se van alejando cada vez más de la penitencia y muchos recurrirán a ella sólo hasta el momento de su último suspiro.
“El sacrificio del cristiano y la limosna al pobre. Con ésta en efecto se hace propicio a Dios y de estos pecados, sin los que no podemos transcurrir nuestra vida, los hombres son purificados por la limosna”. Serm XVII, l, 1.
El Ordo Poenitentium
Los penitentes forman parte de un grupo, del llamado Ordo Poenitentium. Se pedía la penitencia con un acto público que se desarrolla en presencia de todos los fieles, también cuando se trata de pecados ocultos.
Las obligaciones penitenciales fueron la causa de que las personas se fueran alejando de la penitencia porque eran muy severas. A la persona se le prohibía tanto durante el tiempo de penitencia como después, el prestar servicio militar; ejercitar encomiendas públicas y actividades comerciales; presentarse a tribunales civiles; recibir órdenes sagradas; tener relaciones sexuales si era casado y contraer matrimonio si era célibe o viudo.
Penitencia tarifada.
A un pecado correspondía una tarifa. Había medios que procuraban el perdón de los pecados: la profesión monástica y la conversión. Entonces alguno que había cometido pecado, pero se dedicaba e ingresaba a la vida monástica era dispensado de la penitencia canónica y admitido a la Eucaristía.
Existía otros que se llamaban los conversi. Éstos no se ingresaban a un monasterio sino estando en el mundo hacían profesión de vivir una vida de mortificación, de castidad perfecta. Este estado de convertidos procuraba la remisión de los pecados, sin la obligación de sujetarse a la penitencia canónica.
La penitencia tarifada conserva el rigor antiguo en cuanto a las obras penitenciales. Ejemplos:
“Si uno ha robado, que haga penitencia durante un año”. Poenitentiale Columbani IV; PL 807 225.
“Si alguno ha perjurado, que haga penitencia durante siete años”. P. Columbani XXVI.
Las tarifas se juntaban entre sí según el número y la gravedad de los pecados logrando totalizar penitencias que duraban toda la vida.
Con el paso del tiempo, la penitencia tarifada sufrió algunas modificaciones, como las peregrinaciones penitenciales. Desapareció el rigor y la importancia de la penitencia, prevaleció sobre todo la acusación de los pecados.
El confesor podía absolver al penitente inmediatamente después de acusar los pecados, sin exigir antes al cumplimiento de la penitencia. Ésta se redujo hasta consistir en pocas oraciones.
3. Mistagogia del rito de la Penitencia.
Para redescubrir el ritual de la penitencia (extracto, Notitiae 2015/2)
Celebrar la misericordia de Dios ayuda al hombre a ponerse con honestidad ante su propia conciencia y reconocerse necesitado de ser reconciliado con el Padre, que con paciencia sabe esperar al pecador para darle un abrazo que le devuelva su dignidad.
El fruto más hermoso de la misericordia que se experimenta en el sacramento de la Penitencia es volver a descubrir a Aquél que es el origen y el fin de la propia vida.
En este espíritu, se desea ofrecer unas reflexiones sobre el Ordo Paenitentiae, deteniéndonos, sobre todo, en algunos aspectos teológico-litúrgicos y, más ampliamente, sobre la dinámica celebrativa del Rito mismo.
1. CONTRICIÓN Y CONVERSIÓN DEL CORAZÓN
Pérdida del sentido de pecado
Los hombres, en los juicios de hoy, no son considerados pecadores. Son catalogados como sanos, enfermos, malos, buenos, fuertes, débiles, ricos, pobres, sabios, ignorantes; pero la palabra pecado no se encuentra jamás. Y no retorna porque, distanciado el intelecto humano de la sabiduría divina, se ha perdido el concepto de pecado.
Es necesario recuperar el verdadero sentido del pecado a la luz del sacramento del perdón, teniendo presente que esto se inserta en el marco de la dialéctica entre el misterio del pecado del hombre y el misterio de la infinita misericordia de Dios, que recorre toda la historia bíblica.
Conversión del corazón
«El pecado es una ofensa a Dios, que rompe nuestra amistad con él, la finalidad última de la penitencia consiste en lograr que amemos intensamente a Dios y nos consagremos a él» (RP 5).
El concilio de Trento enumera cuatro actos de la penitencia: tres actos del penitente (contrición, confesión, satisfacción) y la absolución dada por el ministro, y considera esta última la parte más importante del sacramento.
El primero y más relevante es la contrición o «la íntima conversión del corazón» (RP 6). El hijo pródigo es un ejemplo de todo esto, cuando, con corazón contrito y arrepentido, decide volver a la casa paterna.
En la antropología global y concreta de la Biblia, el corazón del hombre es la fuente misma de su personalidad consciente, inteligente y libre, el centro de sus operaciones decisivas y de la acción misteriosa de Dios. El justo camina con «rectitud de corazón» (Sal 101,2), pero «de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos» (Mc 7,21). Por eso Dios no desprecia «un corazón quebrantado y humillado» (Sal 51,19). El corazón es el lugar en el que el hombre se encuentra con Dios. (…) El corazón es, pues, el alma indivisa con la que amamos a Dios y a los hermanos.
«Esta íntima conversión del corazón, que incluye la contrición del pecado y el propósito de una vida nueva, se expresa por la confesión hecha a la Iglesia, por la adecuada satisfacción y por el cambio de vida» (RP 6). La conversión del corazón no hay que entenderla como un acto único, en sí mismo, cumplido una vez para siempre, sino como un decidido alejamiento del pecado para emprender un camino progresivo y continuo de adhesión a Cristo y de amistad con él.
Al amor misericordioso de Dios, se responde con amor.
El ministro del Sacramento
La tradición católica ha señalado cuatro figuras que expresan la tarea propia del sacerdote confesor.
Es doctor y juez -para indicar la objetividad de la ley-,
pero también padre y médico –para significar la caridad pastoral hacia el penitente.
El concilio de Trento afirma que los sacerdotes ejercen la función de perdonar pecados «como ministros de Cristo», cumpliendo esta tarea «a modo de un acto judicial». «Para que el confesor pueda cumplir su ministerio con rectitud y fidelidad, aprenda a conocer las enfermedades de las almas y a aportarles los remedios adecuados; procure ejercitar sabiamente la función de juez» (RP 10).
El Catecismo de la Iglesia Católica resume muy bien todas estas tareas del confesor: «Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador» (n. 1465).
El sacerdote no solo actúa in persona Christi sino también in nomine Ecclesiae.
2. PARA UNA MISTAGOGIA DEL ORDO PAENITENTIAE
Al fijar nuestra atención en una lectura mistagógica del «Rito para reconciliar a un solo penitente» (cap. I) se debe tener presente también la dimensión eclesial, puesta de mayor relieve en el capítulo II: «Rito para reconciliar a varios penitentes con confesión y absolución individual». La naturaleza profundamente personal del sacramento de la Penitencia se asocia estrechamente a la eclesial, siendo un acto que reconcilia con Dios y con la Iglesia (cf. CCE 1468-1469).
La dimensión eclesial y personal se funden, de modo particular, en este sacramento, poniendo de relieve que «la penitencia, por tanto, no se puede entender como puramente interna y privada. Porque (no: ¡aunque!) es un acto personal, tiene también una dimensión social. Este punto de vista es también de importancia para la fundamentación del aspecto eclesial y sacramental de la penitencia».
Acogida del penitente
«El sacerdote acoge con bondad al penitente y le saluda con palabras de afecto».
Todos sabemos lo difícil que puede ser acercarse a la confesión. Cuando se consigue dar el primer paso, ya está actuando la gracia. Por eso, el sacerdote ha de acoger a quien acude a él con la misma actitud del padre del hijo pródigo, que corre al encuentro de su hijo arrepentido en cuanto lo ve de lejos.
Después de haber sido acogido, el penitente hace la señal de la cruz diciendo: «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (RP 84).
Este signo ritual tan familiar, unido a las palabras, subraya el momento en el que inicia verdaderamente la liturgia. La fórmula trinitaria además de recordar el Bautismo, en el que hemos renacido a la vida divina, nos orienta hacia la celebración de la Eucaristía, que conserva, incrementa y renueva la vida de gracia en nosotros.
El sacerdote dice: «Dios, que ha iluminado nuestros corazones, te conceda un verdadero conocimiento de tus pecados y de su misericordia» (RP 84).
¡Qué intensas y dulces resuenan estas palabras en el corazón del penitente si el sacerdote las pronuncia con convicción y desde lo profundo del corazón, consciente del ministerio que la Ordenación le capacitó para cumplir!
Lectura de la Palabra de Dios
A pesar de que en el Ritual esto sea ad libitum, solo debería omitirse en caso de verdadero impedimento. En la economía del Ritual de la Penitencia, la proclamación de la palabra de Dios aparece como un momento importante de la celebración (cf. RP 17).
Los versículos escriturísticos que se ofrecen están caracterizados por expresiones que anuncian la misericordia de Dios e invitan a la conversión (cf. RP 87). El Ritual sugiere doce citas bíblicas (cf. RP 88-93) y otras lecturas alternativas (cf. RP 160-165), pero se puede recurrir también a otros textos de la sagrada Escritura que el sacerdote o el penitente consideren oportunos.
Confesión de los pecados y aceptación de la satisfacción
El momento ritual siguiente es una parte esencial de la celebración sacramental: la confesión de los pecados por parte del penitente y la aceptación de un acto de satisfacción propuesto por el sacerdote (cf. RP 94).
«El sacerdote ayuda al penitente a hacer una confesión íntegra, le da los consejos oportunos» (RP 94).
Es un elemento teológico esencial para comprender correctamente el sacramento. Todo lo que sucede en él se fundamenta en el misterio pascual. El penitente es renovado según el modelo original del bautismo, donde muere con Cristo al pecado y resucita con él a la vida nueva.
Después que el penitente ha confesado los pecados, el sacerdote «le propone una obra de penitencia que el fiel acepta para satisfacción por sus pecados y para enmienda de su vida» (RP 94).
El penitente encuentra, aquí y ahora, a «Cristo crucificado que perdona» y que muestra también el camino para la enmienda y un nuevo estilo de vida.
Oración del penitente
El rito reclama manifestar claramente la contrición en forma de oración.
La fórmula indicada en el RP 101 es una tradicional oración que muchos conocen como “Acto de contricción”. Ha superado el paso de los siglos y quizás no tiene necesidad de comentario.
Quien ora suplica: «Per merita passionis Salvatoris nostri Iesu Christi, Domine, miserere». La Misericordia que celebramos se fundamenta en los méritos de la Pasión de Jesucristo.
Absolución
El sacerdote extiende las manos sobre la cabeza del penitente y comienza a pronunciar las palabras. Este gesto debe ser realizado con la misma atención e intensidad que cualquier otro gesto similar de una acción litúrgica.
El penitente ha de ser capaz de percibir, a través del cambio de postura corporal y del gesto del sacerdote, que se va a realizar un acto sacramental solemne. Las manos extendidas indican que la misericordia de Dios -invisible, pero inmensamente poderosa y presente- va a irrumpir sobre el penitente arrepentido.
La reconciliación, otorgada en este sacramento, viene de Dios, llamado «Padre misericordioso», y expresa lo que ya ha realizado: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo». Tal reconciliación se ha realizado «por la muerte y la resurrección de su Hijo», que la fórmula pone en relación inmediata con la efusión del «Espíritu Santo para la remisión de los pecados». En esta primera parte de la fórmula se encuentra la anámnesis litúrgica, es decir, se recuerda, proclama y anuncia la muerte y resurrección de Jesús. La anámnesis se expresa en términos trinitarios y con un lenguaje que indica inmediatamente la importancia de este solemne acto de Dios que ahora se va a realizar en favor del penitente. Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha infundido sobre nosotros el Espíritu Santo para la remisión de los pecados.
La fórmula continua en el tiempo de presente, y el sacerdote se dirige directamente al penitente. Este paso del pasado al presente indica que el gran acontecimiento obrado por Dios en el misterio pascual se derrama, con todos sus frutos, sobre este penitente concreto, aquí y ahora, por medio de las palabras del sacerdote. Al mismo tiempo, la fórmula explicita que cuanto está realizando Dios adquiere una fuerte dimensión eclesial «ya que la reconciliación con Dios se pide y se otorga por el ministerio de la Iglesia» (RP 19).
Dirigiéndose al penitente el sacerdote dice, ante todo, Dios «te conceda el perdón y la paz». Es un lenguaje que se caracteriza por ser una invocación o bendición; el verbo está en subjuntivo con valor exhortativo (tribuat), característico de muchas invocaciones y bendiciones de la Iglesia, siempre eficaces.
Después cambia el estilo del lenguaje y el sacerdote continúa pronunciando lo que el Ritual llama la «parte esencial» (RP 19). Dirigiéndose directamente al penitente y haciendo la señal de la cruz, dice: «Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».
Con las palabras: «Yo te absuelvo», el sacerdote manifiesta que actúa in persona Christi.
A través de los gestos y de las palabras del sacerdote, en virtud del poder dado por Cristo a la Iglesia para perdonar pecados (cf. Jn 20,23), el pecador es devuelto a la inocencia original del bautismo.
El penitente ve cumplido, de este modo, su deseo de un encuentro personal y profundo con Cristo crucificado y dispuesto al perdón. El Señor ha venido y se ha encontrado con ese pecador, en ese momento clave de su vida, marcado por la conversión y el perdón. ¡Un encuentro como éste constituye la verdadera esencia de la alegría, una gran alegría para los pecadores arrepentidos y una gran alegría para Cristo mismo!
Acción de gracias y despedida del penitente
«El penitente proclama la misericordia de Dios y le da gracias con una breve aclamación tomada de la Sagrada Escritura.
Sacerdote y penitente no dicen palabras suyas, sino expresiones tomadas de la Escritura. Citando las palabras inspiradas en el Salmo 118,1, el sacerdote exclama: «Dad gracias al Señor, porque es bueno». El penitente concluye con el versículo siguiente del mismo Salmo: «Porque es eterna su misericordia» (también Sal 136,1). Estas palabras de alabanza usadas por el pueblo de Israel y por la Iglesia durante milenios se han cumplido de nuevo y de forma concreta, aquí y ahora, con admirable fuerza y absoluta novedad.
La despedida no es otra cosa que la forma ritual del envío de Cristo mismo: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo», dice el Señor Resucitado a sus discípulos (cf. Jn 20,21). Esto es lo que se hace en el Ritual de la Penitencia con fórmulas concisas: «El Señor ha perdonado tus pecados. Vete en paz». El sacerdote las pronuncia como ministro de Cristo y el penitente se da cuenta que es enviado por la Iglesia.
“Misericordiosos como el Padre”
La vocación de la Iglesia es también la de todo discípulo de Cristo, fortalecido por el sacramento del perdón.
La misericordia celebrada per ritus et preces compromete a poner en práctica la enseñanza de Jesús: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36).
4. Consecuencias en la vida del creyente
En los lugares donde hay escasez de sacerdotes sería preferible preparar celebraciones comunitarias de la penitencia, que realizar un número de confesiones auriculares de prisa, por falta de tiempo disponible de parte del sacerdote. Sin embargo permanece la obligación de acusar individualmente los pecados mortales cuando sea posible.
Toda la comunidad eclesial ejercita su sacerdocio común participando activamente en la liturgia de la Iglesia, no sólo por la conversión, sino también en la reconciliación del pecador arrepentido.
El ejercicio del sacerdocio común de toda la Iglesia, en la celebración del sacramento de la Reconciliación, exige el ejercicio del sacerdocio ministerial o jerárquico. Por voluntad de Cristo, el único que puede pronunciar con eficacia en la palabra definitiva del perdón, es el obispo, o el sacerdote en cuanto partícipe del sacerdocio del obispo.
Éstos ministros no obran solamente in persona Christi sino también in persona ecclesiae.
En las celebraciones comunitarias puede suceder que las confesiones individuales se realicen con más rapidez de la práctica normal, y por lo tanto, presente el sacramento menos personal, de una manera rutinaria.
Hay que formar en los fieles su necesidad de la penitencia no sólo bajo un punto de vista moral, sino en el sentido más pleno de su esencia, el retorno a Dios en Cristo Jesús.
Hay que conocer la dimensión litúrgica que valoriza todo aquello que se refiere al sacramento de la penitencia en el mismo ritual.
La propuesta para los tiempos actuales, sería realizar Celebraciones Penitenciales, donde no sólo acudan los que buscan la Confesión, sino que asista la comunidad para elevar a Dios la oración. Que el Espíritu Santo ayude a los presentes a reconocer sus pecados, y los que descubren su necesidad de conversión, se acerquen a la Reconciliación. Que al final del rito, los fieles, se hayan confesado o no, sean agradecidos con Dios por su misericordia.