Eucaristía, mistagogia para la vida
Introducción.
Para acercarnos de una manera pedagógica al misterio, la Iglesia ha elaborado a lo largo de los primeros siglos de la vida celebrativa de la fe un camino llamado “mistagógico”. Era el momento en que se revelaban a los neófitos los misterios más sagrados, que se habían tenido escondidos hasta ese momento, en razón de la "disciplina del arcano", para evitar toda profanación posible. La Eucaristía era el centro y el corazón de la catequesis mistagógica. Basta leer las catequesis mistagógicas de san Cirilo de Jerusalén para darse cuenta de la solemnidad y del clima espiritual que se respiraban en dichos momentos.
Por ello, este acercamiento ayuda para introducir a los fieles en las profundidades del misterio. Este apartado de nuestro camino nos ayudará a profundizar en la experiencia de la vida eucaristica.
Del griego εὐχαριστία (eucharistia), es decir, acción de gracias, es la forma como los cristianos de los primeros siglos llamaron a la reunión de carácter celebrativo y cultual que los católicos realizamos como alabanza a Dios, punto culminante de la iniciación cristiana y misterio central de la vida de la Iglesia.
En concreto, en la Eucaristía celebramos reunidos alrededor de la mesa, el altar, el sacrificio de la Nueva Alianza haciendo memorial (revivir) de la pascua del Señor Jesucristo con alegría y gozo, y darle gracias por la vida nueva que nos da en él y, como fruto de este, el convite sagrado de su Cuerpo y su Sangre como alimento para la vida, es decir, sacrificio que se vuelve sacramento en el Banquete. Como lo define el Concilio Vaticano II (CVII), «de la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin.» (SC 10)
La Sagrada Eucaristía es pues el Sacramento en el que Jesús entrega por nosotros su Cuerpo y su Sangre; y para que también nosotros nos entreguemos a él con amor y nos unamos a él en la Sagrada Comunión. Así nos unimos al único Cuerpo de Cristo, la Iglesia.
La Eucaristía es el Sacramento de Sacramentos, y en orden a ella se ordenan los demás sacramentos. Afirmamos que es Sacrificio y Sacramento al mismo tiempo, donde las palabras de institución- consagración es el Sacrificio, y la comunión de las formas consagradas del pan y del vino, es decir, el Cuerpo y la Sangre, es el Sacramento. Con el Sacrificio, Jesús se ofrece al Padre por nosotros; con la comunión se da a nosotros en cuerpo, sangre, alma y divinidad bajo la forma del pan o del vino consagrados.
1. ¿Qué celebramos en la Eucaristía?
En la Eucaristía está real y verdaderamente el Señor Jesús (Mc 14, 22-25). Y le pidió a los apóstoles que celebraran este Santo Misterio (Lc 22, 19). Es un misterio que Él mismo celebró en la Última Cena (Mc 14, 22-26; Mt 26, 26-30) y sus apóstoles difundieron luego (1 Co 11, 23-26). Este testimonio, de hecho, es el punto de partida mas antiguo. Sin ahondar en las fases naturales de una evolución evidente, en el “background” encontramos la referencia al tema de la muerte expiatoria del siervo de Dios enmarcados en los cánticos del siervo, particularmente el de Is. 53, realizado ya no en aquel misterioso personaje, sino en la sangre misma de la inmolación de Jesús, según lo testimonian los textos de Marcos y Lucas, es decir, muerte sacrificial y sello del pacto (cf. Auge M. Liturgia, Historia, Celebración, Teología, Espiritualidad, CPL Barcelona, 1997, 100-101).
Incluso, podemos afirmar que los mismos elementos que han determinado posteriormente los elementos de la estructura de la segunda parte de la misa (la liturgia eucarística), es decir, la presentación de los dones, plegaria eucarística, fracción del pan, comunión, están presentes en los textos paulinos y evangélicos. Tenemos una continuidad en los elementos semejantes de la misma cena pascual judía. Pero un rasgo novedoso es, precisamente, la inclusión de la primera parte de la misa (la liturgia de la Palabra). Esto lo encontramos en el episodio de Emaus, que lo atestigua solo san Lucas (24, 13-35), donde se subraya el vinculo profundo entra palabra y eucaristía. Si bien, hasta que los gestos que los versículos 30 y 31 describen nos hablan cómo descubren la presencia del Resucitado, no habría sido posible sin antes lo introducido y preparado por el mismo Jesús, quien les explicó las escrituras que se referían a Él (cf. 24, 27).
Luego, la misma tradición lucana nos transmite en los textos del libro de los Hechos de los Apóstoles cuando se afirma que la comunidad cristiana era constante en la escucha de la enseñanza de los apóstoles, la vida común, la fracción del pan y las oraciones (cf. 2, 42). Sin duda, es evidente la relación entre palabra y eucaristía en las primeras comunidades cristianas, y con raíces profundas en la revelación bíblica.
El mismo Señor Jesucristo siempre habló con claridad sobre el sentido sacrificial de su misión: la obediencia a la voluntad del Padre le lleva a preparar a sus discípulos para el banquete eucarístico con sus enseñanzas que exigen actitudes sacrificiales. Sus mismas palabras de institución están presentes en los textos evangélicos y paulinos, y hacen que su propio gesto de entrega generosa permanezca como memorial: “hagan esto en conmemoración mía” (cf. Lc. 22,19; 1 Co 11,24-26). Por tanto, hacemos esto porque es un mandato: es nuestra misión hacerlo celebrándolo y viviéndolo, porque es la esencia propia de la vida cristiana: Cada uno de nosotros hace de su propia vida una sacrificio agradable a Dios cuando se hace alimento de vida para los demás.
2. ¿Cómo celebramos este Sacrificio-Sacramento?
Cada una de las dos grandes partes y sus elementos propios de la celebración eucarística tienen su fundamento en los textos bíblicos ya visualizados, así como en la evolución que podemos encontrar en los padres de la Iglesia y el desarrollo de los primeros siglos de ella.
a. Liturgia de la Palabra.
En los comienzos de la Iglesia la liturgia de la palabra estaba separada de la liturgia eucarística. Los discípulos participaban en el culto del templo. Allí escuchaban la lectura de la Biblia, recitaban los salmos y las oraciones junto con los demás hebreos; luego se reunían aparte en sus casas para "partir el pan", es decir, celebrar la Eucaristía (Hech 2, 43). Muy pronto esta praxis se hizo imposible tanto por la hostilidad respecto de ellos por parte de la comunidad hebrea, como porque las Escrituras habían adquirido ya para ellos un sentido nuevo, orientado todo hacia Cristo.
Fue así como la escucha de la Escritura se trasladó del templo o de la sinagoga a los lugares de culto cristiano, convirtiéndose en la actual liturgia de la palabra que precede a la plegaria eucarística. San Justino, en el siglo II, da una descripción de la celebración eucarística en la que ya están presentes todos los elementos esenciales de la actual Misa. No sólo la liturgia de la palabra es parte integrante de ella, sino que a las lecturas del Antiguo Testamento se acercan en ese momento "las memorias de los apóstoles", es decir, los evangelios y las cartas, prácticamente el Nuevo Testamento.
Podemos afirmar que toda la Eucaristía es una unidad, en donde el Sacrificio redentor se nos ofrece como mesa en un doble banquete. La misma Sacrosanctum Concilium habla de la mesa de la palabra de Dios (n.51) que ilumina y dispone la mesa eucarística. Jesucristo es la palabra hecha carne que se da como alimento y que, cuando nos adherimos a él en la fe, nos lleva necesariamente a la comunión con el sacrificio en el mismo rito eucarístico (cf. Jn 6, 49-58)
Por esto, concebimos la misa como banquete, tanto de la palabra como del pan, y esto nos lleva a llamarla Eucaristía, accion agradecida por este acontecimiento salvífico, pues aun dentro del Kronos como inexorable devenir del tiempo, este se realiza como kairos, reconocimiento y acción de gracias por la alianza nueva y eterna.
Es acción de gracias porque en continuidad con la tradicion biblica judía, alabamos y bendecimos a Dios por sus maravillosas acciones y gestos, que se contienen en los textos sagrados de la Escritura y nutren como anuncio gozoso de salvacion (liturgia de la Palabra) y cómo la acción redentora se hace oración agradecida, anamnética y parenética.
Se hace anámnesis porque el contenido es memorial, recuerdo vivificante, y el anuncio se vuelve accion y la promesa cumplimieto. Es pasar por el corazón el gesto y la palabra proclamda y realizada, de tal manera que la asamblea es consciente de las obras admirables realizadas por Dios en la proclamacion de la palabra y se vuelve acción de gracias expresada en la eucología y que tiene como su momento culminante el prefacio y la anáfora.
Las lecturas bíblicas adquieren un sentido nuevo y más fuerte que cuando son leídas en otros contextos. No tiene tanto el objetivo de conocer mejor la Biblia, sino el de reconocer a quién se hace presente en la fracción del pan, el de iluminar cada vez un aspecto del misterio que se va a recibir. El modelo lo encotramos en Lc. 24 ss. En medio de la realidad frustrante, a los discipulos les sale al ecuentro el Resucitado haciendo recuento y “anámnesis” de la ley y los profetas sobre todo lo que hubo acontecido, y que fue necesario. Luego, el gesto de partir el pan y dárselos les permite reconocer la presencia nuva y real del Crucificado-Resucitado, porque han pasado por el corazon la experiencia de la pascua celebrada con el Maestro.
Por tanto, en la misa, las palabras y los episodios de la Biblia no son solamente narrados, sino revividos: la memoria se hace realidad y presencia. Lo que sucedió "en aquel tiempo", tiene lugar "en este tiempo", "hoy" (hodie), como le gusta expresarse a la liturgia. Nosotros no sólo somos oyentes de la palabra, sino interlocutores y actores en ella. A nosotros, allí presentes, se nos dirige la palabra; somos llamados a asumir el puesto de los personajes evocados.
b. La liturgia eucarística.
La segunda parte comprende el gesto central del Sacrificio, es decir, cuando ponemos los dones de pan y vino, “fruto de la tierra y del trabajo del hombre” , junto con nuestros bienes, en la mesa que significa la cruz, el punto central hacia donde nuestras miradas son orientadas desde el gesto mismo de los ritos iniciales, cuando el que preside venera el altar besándolo, como quien asume amorosamente la voluntad de Dios.
Y haciendo anamnesis de las maravillas que Dios ha realizado en su Hijo, por obra del Espíritu Santo, la asamblea se dispone también a ofrecerse juntamente con Jesús. Hay dos cuerpos de Cristo en el altar: está su cuerpo real (el cuerpo "nacido de María Virgen", resucitado y ascendido al cielo) y está su cuerpo místico que es la Iglesia. Pues bien, en el altar está presente realmente su cuerpo real, y está presente místicamente su cuerpo místico, donde "místicamente" significa: en virtud de su inseparable unión con la Cabeza. No hay ninguna confusión entre las dos presencias que son bien distintas, pero tampoco hay división alguna.
Nuestra ofrenda y la ofrenda de la Iglesia no sería nada sin la de Jesús; no sería ni santa ni agradable a Dios, porque sólo somos criaturas pecadoras. Pero la ofrenda de Jesús, sin la de la Iglesia que es su cuerpo, no sería suficiente (no sería suficiente, claro está, para la redención pasiva, es decir, para recibir la salvación; pero sí lo sería para la redención activa, es decir, para procurar la salvación); esto es tan verdadero que la Iglesia puede decir con san Pablo: Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo (cfr. Col 1, 24).
Esta plenitud se anticipa en el amén solemne que la asamblea aclama cuando, por Cristo, con él y en él, rendimos todo honor y toda gloria. Se actualiza el memorial y nos dispone a la comunión sacramental de su Cuerpo y Sangre para transformarnos cada día más en él. Pero nada de esto es posible sin la acción del Espíritu Santo.
En el altar hemos presentado dos "ofrendas" y dos "dones" -el que se debe transformar en el cuerpo y la sangre de Cristo (el pan y el vino) y el que se debe transformar en el cuerpo místico de Cristo-, por lo que encontramos dos "epíclesis" en la misa, es decir, hay dos invocaciones del Espíritu Santo. En la primera se dice: "Por eso, Señor, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que sean cuerpo y sangre de Jesucristo"; en la segunda, que se recita después de la consagración, se dice: "Y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu. Que él (el Espíritu) nos transforme en ofrenda permanente".
Habiendo participado del Sacrificio de la nueva y eterna alianza, donde nos hemos ofrecido juntamente con Jesús, ahora completamos la acción salvadora con la comunión sacramental. Ahora sabemos cómo la eucaristía hace la Iglesia: -la eucaristía hace la Iglesia, haciendo de la Iglesia una eucaristía-. La eucaristía no es sólo, genéricamente, la fuente o la causa de la santidad de la Iglesia; es también su "forma", es decir su modelo. La santidad del cristiano debe realizarse según la "forma" de la eucaristía; debe ser una santidad eucarística. El cristiano no puede limitarse a celebrar la eucaristía, debe ser eucaristía con Jesús. Y esto genera un estilo de vida, una forma de ser y estar en el mundo, porque comiendo de su cuerpo y bebiendo de su sangre, permanece en nosotros y nosotros en él.
c. La comunión eucarística.
Un filósofo ateo dijo: "El hombre es lo que come", queriendo decir con ello que en el hombre no existe una diferencia cualitativa entre materia y espíritu, sino que todo en él se reduce al componente orgánico y material. Y con ello, se ha vuelto a dar, una vez más, el hecho de que un ateo, sin saberlo, ha dado la mejor formulación de un misterio cristiano. Gracias a la eucaristía, el cristiano es verdaderamente lo que come. Hace ya mucho tiempo, escribía san León Magno: "Nuestra participación en el cuerpo y sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a convertirnos en aquello que comemos". Pero escuchemos lo que dice, a propósito de esto, el mismo Jesús: Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí (Jn 6, 57). La preposición "por" tiene aquí valor causal y final: indica a la vez un movimiento de proveniencia y un movimiento de destino. Significa que quien come el cuerpo de Cristo vive "por" Él, es decir, a causa de Él, en virtud de la vida que proviene de Él, y vive "en vista de" Él, es decir, para su gloria, su amor, su Reino. Como Jesús vive del Padre y para el Padre, así, al comulgar en el santo misterio de su cuerpo y de su sangre, vivimos de Jesús y para Jesús.
En efecto, el principio vital más fuerte es el que asimila consigo al menos fuerte, no al contrario. Por ello, el principio divino es quien asimila consigo al humano, no al contrario. De manera que mientras en todos los demás casos quien come es quien asimila lo que come, aquí el que es comido asimila a quien lo come. A quien se acerca a recibirlo Jesús le repite lo que decía a Agustín: "No serás tú quien me asimile, sino que seré yo quien te asimile".
Dicho esto, en la Eucaristía recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo, pero ¡también Cristo "recibe" nuestro cuerpo y nuestra sangre! Él nos dice: "Toma, esto es mi cuerpo", pero también nosotros podemos decirle: "Toma, esto es mi cuerpo". Y junto con él, podemos decirle al hermano: “Toma, esto es mi cuerpo, que se entrega por ti… y mi sangre que se derrama por ti…” para dar vida a los demás en Jesucristo.
3. ¿Para qué celebramos?
Para llevar en nosotros una vida eucaristica, donde cada uno de nosotros, nada más salir a la calle al término de la misa, nos pongamos manos a la obra para realizar lo que hemos dicho; que, a pesar de todos nuestros límites, nos esforcemos realmente en ofrecer para los hermanos nuestro "cuerpo", es decir, nuestro tiempo, nuestras energías, nuestra atención; en una palabra, nuestra vida.
Es la dimensión parenética, o aquella que se refiere al estilo de vida, porque al participar del memorial de nuestra redención, no podemos quedar igual, pues continuamente nos transformamos, como ya lo hemos dicho, en aquello que comulgamos, cuando lo que comemos lo discernimos, como diría san Pablo, a fin de no comer nuestra propia condenación (cf. 1 Cor 11, 29).
Decir: "Esto es mi cuerpo" significa, para un joven, decir también: ¡Esta es mi juventud, mis ganas de vivir, mi entusiasmo, mi alegría, mi esperanza: todo ello cosas de las que quiero hacer un don también para todos! Gracias a la eucaristía, ya no existen vidas "inútiles" en el mundo; nadie podría decir: "¿De qué sirve mi vida? ¿Para qué estoy en el mundo?" Estás en el mundo para el fin más sublime que existe: para ser un sacrificio vivo, una eucaristía con Jesús.
4. Retos y oportunidades de la celebración del Sacramento.
a. En el contexto de la Iniciación cristiana:
La eucaristía, como culminación de la iniciación cristiana, enmarca pedagógica y mistagógicamente un camino de crecimiento postbautismal de idetificación con Jesucristo. La palabra celebrada en la liturgia es, en el camino catequético, la lectura de la propia vida como historia de salvación. El niño, como el neófito, tiene por delante el camino de asimilar las conductas, pensamiento y palabras del mismo Jesús por medio de los evangelios, así como de los textos neotestamentarios que dan testimonio de él y los veterotestamentarios que lo anuncian y profetizan. Cada eucaristía significa para el niño y el neófito confrontarse con su propia vida, pasando del Israel desobediente e infiel al nuevo Israel, obediente y sujeto del amor misericordioso del Padre que nos ha creado para él, pasando del discípulo desorientado y duro de corazón al testigo del Resucitado que le ha explicado las Escrituras por el camino y le sigue repartiendo el Pan de la vida eterna.
Arribar al momento de la primera comunión ha de implicar en el bautizado la conciencia progresiva de ir siendo cada vez más semejante a Jesucristo, aprendiendo a ofrecerse el mismo como ofrenda agradable cuando en el envío, al final de la misa, está el mandato: “Ite, missa est”, Vayan, esta es la misión. Nuestra misión es ser otros cristos en este mundo para que todo, como lo dice san Pablo, sea recapitulado en él, que es el plan eterno de Dios. (cf. Ef 1,10)
b. En el contexto de la formación permanente:
El texto magisterial “Desiderio desideravi” pone de relieve la importancia del lenguaje litúrgico (simbólico) como elemento fundamental para entrar en la dimension celebrativa de nuestra fe. Tanto quienes tienen el ministerio de la presidencia de las asambleas como liturgos de sus comunidades, asi como de quienes animan a la comunidad y celebran, una mistagogia de la iniciacion cristiana, particularmente de la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida de la Iglesia, nos lleva a una vivencia mas actuante del misterio en nuestras vidas, según la vocación y misión que tenemos, haciendola aun más fructifera y provechosa.
Una mayor participación activa, plena y consciente, que se traduce en un ars celebrandi por parte de quienes presiden y de quienes celebran, porque tambien implica actuar el misterio: porque nos ha dado un cuerpo para vivir en su voluntad (cf. Sal 40,6; Heb 10, 5-10).