Catequesis mistagógica del sacramento del bautismo


 

1.     MIRAMOS

A modo de introducción de esta catequesis mistagógica sobre el bautismo presento una síntesis histórica “apretada” e insuficiente sobre la iniciación cristiana pero que nos sirve como telón para comprender el actual sentido y eficacia de la celebración del bautismo. Posteriormente, se recopilan algunas observaciones actuales respecto a la celebración y apreciación del bautismo.



a)     Síntesis histórica

La iniciación cristiana es el proceso de madurez mediante el cual nos hacemos cristianos, pasando por diversos grados y tiempos. Este proceso de iniciación en la Iglesia primitiva estaba unido a la predicación del Kerigma que suscitaba la fe y la conversión, dando paso a los ritos de iniciación, bautismo en el nombre del Señor Jesús para el perdón de los pecados y para recibir el don del Espíritu Santo, el cual capacitaba para tomar parte en la fracción del pan (cf. Hch 2, 14-42).



Poco a poco en la Iglesia se va gestando un proceso de iniciación. San Justino en el S. II nos da noticia de un proceso de preparación catequético-moral unido a un ayuno penitencial que era acompañado por la comunidad (cf. San Justino, Apol. I 61.2), aunque no da detalles sobre el tiempo o el contenido especifico de dicha preparación, llama la atención la existencia de dicho camino preparatorio. El culmen de este proceso será el catecumenado, del cual da detalle la Traditio Apostolica del siglo III (nn.15-22), como una institución desarrollada y estructurada con el fin de iniciar a los nuevos cristianos. Esta institución por razones diversas experimenta cierta decadencia en el S. VII y ss, de manera que el bautismo de adultos (iniciación cristiana) es algo excepcional y se generalizará el bautismo de los niños y a su vez se fue desvinculando en la praxis el sacramento de la iniciación cristiana. El concilio de Trento tratando de dar respuesta al ataque protestante sobre los sacramentos se preocupa por fortalecer la doctrina sobre éstos; no utiliza ya el termino iniciación y se refiere en singular a cada uno de los sacramentos (cf. Concilio de Trento, Sesiones VII, XIII, XIV, XXI, XXII). Esta desarticulación de la iniciación llega hasta el Vaticano II el cual pide la restauración del catecumenado como proceso iniciático propio de la Iglesia (Cf. SC 64).



b) Observaciones actuales sobre la celebración y apreciación del bautismo.

Algunas ideologías secularistas o agnósticas han permeado las comunidades de nuestra provincia invitando a una religión libre, sin instituciones ni intermediarios, a evitar el bautismo o prolongarlo a la edad adulta como resultado de una decisión no impuesta. A pesar de ello las celebraciones bautismales siguen siendo un número considerable en los servicios pastorales, en algunos casos como requisito religioso o un acto meramente social.

Respecto a los compromisos de los padres, no siempre son asumidos, se delega dicho compromiso a otro miembro de la familia (abuelos); el padrino ha perdido la importancia que tenía en la Iglesia antigua y ha sido tomado como un medio de amistad entre papás (compadrazgo social) a veces se eligen más de dos.



Se distingue también en muchas comunidades una organizada catequesis presacramental haciendo conciencia de la gracia bautismal. La catequesis en las parroquias trata de hacer un itinerario catecumenal, sin embargo, se tilda de “muy tardado”.



En cuanto a la conciencia y vivencia del bautismo “no somos esa Iglesia bautismal de donde brotan los ministerios que reclama actualmente el fortalecimiento del Reino de Dios” (plan global de pastoral 79), sigue imperando en no pocas ocasiones el clericalismo.




2.     RECONOCEMOS

Como en toda catequesis mistagógica, el punto de partida son los ritos que dan forma a la celebración del bautismo que, iluminados por la Palabra de Dios, la enseñanza de los padres de la Iglesia o la teología, nos hacen más conscientes del misterio celebrado, de modo que, al reconocer nuestra identidad bautismal renovemos nuestra vida.



En la celebración del bautismo participamos de estos ritos, mediante los cuales se hace eficaz la obra salvífica de Jesucristo.



a)     Señal de la cruz

La señal de la cruz es el primer gran gesto ritual que recibimos. En el bautismo de niños tiene lugar en la puerta durante el rito de acogida. El ministro, los papás y padrinos trazan en la frente de los niños la señal de la cruz. (Cf. RBN 16.41). En la iniciación cristiana de adultos este gesto tiene lugar en el primer grado, rito de admisión en el catecumenado. Se realiza fuera de la iglesia y ésta consiste en signar no solo la frente sino también los sentidos: oídos, ojos, boca, pecho y espalda (Cf. RICA 83-87).



La signación en primer lugar es eminentemente pascual, porque “dispuso Dios salvar a los creyentes por la locura de la cruz” (1Cor 1,21) y nos recuerda “la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz” (CEC 1235), por lo tanto es fortaleza para cumplir los mandamientos, es manifestación de amor y victoria para que, siguiendo las huellas de Cristo, conservemos en nuestra vida la fuerza salvadora de esta cruz y la manifestemos en nuestras obras (cf. RICA 87); es también un signo de comunión y acogida: “la Iglesia de Dios los recibe con gran alegría”  (RBN 41), nos adelanta la gracia de la incorporación, nos hace sentirnos familia.



b)    Oración de exorcismo y unción prebautismal

En la iniciación cristiana de adultos se tienen los exorcismos menores y los exorcismos. Los primeros se hacen en forma súplica positiva durante el tiempo del catecumenado, incluso en el precatecumando (cf. RICA 101.111); los segundos son 3 que van unidos a los escrutinios, se realizan durante el tiempo de la purificación y de la iluminación (RICA 152-154).



En el bautismo de los niños, después de escuchar la Palabra de Dios en la liturgia de la Palabra que “ilumina con la verdad revelada a los candidatos y a la asamblea y suscita la respuesta de la fe” (CEC 1236), tiene lugar el exorcismo que no nos trata como posesos, sino que hace notar ya la victoria sobre el pecado original y prevé la fortaleza para el futuro combate contra las tentaciones del demonio (Cf. RBN 49). Esta acción es sellada y completada con la primera unción.



Posteriormente, el ministro ungió nuestro pecho o nuestras manos con el óleo de los catecúmenos o impuso la mano para implorar la fortaleza del poder de Cristo salvador (Cf RBN 50-51. RICA 207)



Jesús es el Ungido-Mesías porque sobre Él está el Espíritu para liberar a los cautivos y proclamar el año de gracia (Cf Lc.4, 18-19), este mismo Espíritu sigue dando eficacia a este signo actuando el óleo de los catecúmenos como Cristo (cf. RBN 50), consagrándonos como templos de su majestad y donando con su poder fortaleza al elegido para:  



a)     comprender cada vez más el Evangelio de Cristo,

b)     cumplir con valor las exigencias de la vida cristiana,

c)     sentir la alegría de nacer a la vida nueva y de vivir en la Iglesia (cf. Bendición del óleo de los catecúmenos)



Si el exorcismo reconoce las acciones maliciosas del demonio y pide a Dios nos libre del espíritu del mal, del error y del pecado, la unción entonces es también fuerza para luchar contra el mundo porque “has sido ungido como atleta de Cristo” (Cf. San Ambrosio, de sacramentis I,4), esto queda muy claro cuando los elegidos son ungidos después de la renuncia (cf. RICA 218)



c.       Renuncia y profesión de fe

Muy cerca de la fuente bautismal los elegidos fueron interrogados para realizar personalmente su renuncia a Satanás y la triple profesión de fe (Cf. RICA 217.219) o bien nuestros padres y padrinos en nombre nuestro, de su viva voz, “actualizando su propio bautismo y expresando la fe la Iglesia” (RBN 56).



La respuesta de “renuncio” es ante todo un compromiso (cf. San Ambrosio, de sacramentis I,5-6) de ruptura con la acción maliciosa de Satanás en nuestra persona y en la sociedad, es un compromiso contra el pecado que nos aleja de la amistad de Dios.



El exorcismo, la unción prebaustismal y la renuncia nos han preparado íntegramente; también hemos experimentado la fuerza y la libertad de espíritu para profesar la fe de la Iglesia.



d.     Bautismo

Hemos llegado al rito culmen y esencial de la celebración. El que preside el bautismo derramó agua tres veces sobre nuestra cabeza diciendo nuestro nombre y las palabras: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.



El agua tiene un amplio significado antropológico y bíblico que podemos encontrar de modo sintético en la oración de bendición del agua: Este elemento es una creatura de Dios que tiene la cualidad de dar vida, pero a la vez también causa la muerte para dar fin al pecado y origen a la virtud, como ocurrió en el diluvio; el agua también liberó al pueblo de Israel de la esclavitud; por el agua del Jordán Cristo fue ungido por el Espíritu para obrar la salvación, suspendido en la cruz de su costado brotó sangre y agua manifestando la vida en abundancia que emana de su Misterio Pascual (Cf. RICA 215). Sin embargo, el agua no solo tiene un significado profundo desde el punto de vista teológico, sino que es eficaz. Quien preside el bautismo, en nombre de la Iglesia pide al Padre “que por la obra del Espíritu Santo esta agua adquiera la gracia de tu Unigénito… para que el hombre renazca a la vida nueva por el agua y el Espíritu Santo”. En otras palabras, se pide que el agua sea sacramento, es decir, que sea Cristo agua viva y por lo tanto tendrá eficacia salvífica. Cipriano de Cartago insiste en usar agua purificada y santificada (bendita) “para que con su acción purificadora pueda lavar los pecados del hombre que es bautizado” (Cipriano de Cartago, Carta 70). Por lo tanto, este baño de regeneración, del cual hemos participado, nos da los siguientes efectos (Cf. CEC 1262-1270)



I.                 La purificación de los pecados 

·       Somos liberados de la esclavitud faraónica del pecado, al participar en la muerte de Cristo nos ha hecho morir al pecado, acción que esclaviza y conduce a un reino de muerte personal y social, aunque permanece la concupiscencia (cf. CEC 1264).


II.              El nuevo nacimiento en el Espíritu Santo.

·       Sumergidos en Cristo, agua viva, participamos en su muerte sepultando al hombre viejo que se corrompe con sus malos deseos, así, el agua hace las veces de la tierra y la fuente de la sepultura (cf. San Ambrosio de Milán, Los sacramentos II, 17); a su vez, resucitamos con Él a una vida nueva renovados en el espíritu y en la mente, (Cf. Rom 6, 3-5. Ef. 4, 22-23)


·       Somos reengendrados en el agua y el Espíritu (cf. Jn 3, 1-8): después de nacer del vientre materno nos acercamos a la fuente bautismal, que es el útero de la Iglesia, en donde somos reengendrados por la semilla de la Palabra de Dios (Cf. San Agustín, Sermón 56, 5) y somos dados a luz como hijos en el Hijo (Cf. Rm 8,14; Ef. 1,5) y de la Iglesia, incorporados sacramentalmente a ella.

 



e.       Unción con el Santo Crisma

Después del baño bautismal el que presidió ungió y perfumó nuestra coronilla con el Santo Crisma (RBN 62). El santo Crisma “sacramento de vida y perfecta salvación” (MR, Consagración del Crisma) es confeccionado a base de aceite de oliva y aromas, toma su nombre del mismo Cristo, el Ungido de Dios que, “no fue ungido con óleo o ungüento corporal, sino que el Padre, al constituirlo en Salvador del universo entero, lo ungió con el Espíritu Santo” (Cirilo de Jerusalén, Catequesis XXI)



Este rito tiene una dimensión pneumatológica, ya que la crismación nos fortalece con la unción del Espíritu Santo, que será plena en el sacramento de la confirmación; y también una dimensión cristológica porque esta unción nos configura y consagra con el Ungido participando de su dignidad de profeta, sacerdote y rey  (Cf. Misal Romano, Consagración del Crisma). Ontológicamente, somos cristificados, ungidos, somos cristianos que en un contexto de olor a muerte que emana de la indiferencia ante el mal y la miseria humana (Cf. 2Cor, 2-15-17) perfumaremos el mundo con el aroma de Cristo que es aroma de la compasión y de las obras de misericordia.



f.  Imposición de la vestidura blanca

Posterior a la unción con el Crisma, se nos colocó un alba o vestidura blanca, proporcionada por nuestra familia (desde nuestras costumbres por nuestros padrinos). El color del alba nos recuerda las vestiduras blancas y relampagueantes de la Transfiguración (Lc. 9, 29), acontecimiento que se vincula con la Pascua de Jesús, manifiesta “la inmortalidad, la resurrección, los ángeles del sepulcro, el vestido sacerdotal” (Llopis, 2008, pág. 64). El alba nos evoca la vestidura de fiesta como ciudadanos del Reino de Dios (Mt 22,12), propia de la “nueva dignidad de cristianos” que debemos conservarla sin mancha hasta la vida eterna. (Cf. RBN 63; RICA 225)



g. Entrega del cirio encendido

Después, el que preside tocó el cirio pascual encendido y dijo “Reciban la luz de Cristo” y una de las personas de nuestra familia o el padrino o madrina encendió el cirio (Cf. RBN 64; RICA 226). Con este rito reconocimos que Cristo es la luz del mundo (Jn. 8,12) que ha venido a iluminar las tinieblas de nuestra condición pecadora con la gracia bautismal, por eso el iluminado “se convierte en testigo de la resurrección” (Bonaño, 1998, pág. 176), ya que asociado a Cristo es también luz del mundo (Cf. Mt. 5, 14). Es luz en un mundo que gusta de la oscuridad del relativismo moral o espiritual y de la indiferencia social, ante tan grande tarea el ministro nos exhortó a “caminar siempre como hijos de la luz” y es así que esperaremos activamente al Señor con la lampara de la fe encendida para “salir al encuentro del Señor con todos los santos cuando venga al final de los tiempos” (Formula de entrega del Cirio encendido RICA 226)



h. Effetá

El que preside tocó con su pulgar nuestros oídos y nuestra boca y pidió al Señor que nos conceda escuchar su Palabra y profesar la fe (Cf. RBN 65). Este rito trae a nuestra memoria a Jesús en la región de Decápolis en donde devuelve a un sordo y tartamudo las facultades propias de estos sentidos (Cf. Mc. 7, 31-37. Mediante este gesto y las palabras que lo acompañan, el Señor Jesús quita todo obstáculo para “oír y profesar la palabra salvadora de Dios” (RICA 200). Effetá que quiere decir “ábrete” implora la apertura del oído para escuchar el clamor de los pobres, para escuchar más a los demás y menos a nosotros, para escuchar a Dios y buscar su voluntad porque quien no escucha bien no puede obedecer-cumplir lo oído. Effetá también implora la apertura de la boca para anunciar la Palabra, proclamando las maravillas de Dios en ambientes hostiles e indiferentes con palabras sabias, prudentes, respetuosas y amables, acompañadas con gestos similares hacia quienes se dirigen.



 

 

 

 

 

3. ACTUAMOS

Recuperar la experiencia del bautismo, nos hace consientes de nuestra identidad cristiana y nos convoca a asumir compromisos pastorales para ser una Iglesia viva en comunión, participación y misión:

Ø  Reforzar la catequesis prebautismal con un enfoque mistagógico más que dogmático, (recordemos que la teología la encontramos en los ritos y oraciones de modo inteligible y simbólico), dicha catequesis debe crear conciencia a los padres y padrinos sobre el PROCESO de la iniciación y su compromiso en él.

Ø  Articular un proceso de iniciación cristiana para los niños (Cf. Provincia de Mty, La gracia de los sacramentos) que contenga:

o   Antes del nacimiento

o   Al nacer el niño

o   Bautismo

o   Del bautismo-confirmación-eucaristía.

Ø  Promover la iniciación cristiana de adultos como un proceso compuesto por grados y tiempos en comunión con la comisión provincial de nueva evangelización y catequesis.

Ø  Asumir un proceso personal y comunitario de conversión al reconocer la participación en el Misterio Pascual de Cristo, de modo que se nos note más nuestra condición de redimidos (Cf. PGP 92).

Ø  Compartir en las comunidades la catequesis mistagógica del bautismo transversalmente para experimentar un nuevo pentecostés en la vida diocesana y parroquial y configurarnos como una Iglesia sinodal y misionera.





 

4. CELEBRAMOS

Es conveniente, después de la catequesis mistagógica, hacer una renovación consiente del bautismo para una renovación personal y comunitaria.





Bibliografía

Biblia de Jerusalén

San Agustín, Sermón 56.

San Ambrosio de Milán, Los sacramentos

San Justino, Apología I

Cirilo de Jerusalén, Catequesis XXI

San Hipolito, Traditio apostólica, en Cuadernos Phase 75, Centre de pastoral litúrgica, Barcelona, 1996.

Plan global de pastoral

Catecismo de la Iglesia católica

Conferencia del Episcopado Mexicano, Ritual del bautismo de niños, Buena Prensa, México

Conferencia del Episcopado Mexicano, Ritual de la iniciación cristiana de adultos, Buena Prensa, México

Conferencia del Episcopado Mexicano, Misal Romano, Buena Prensa, México

Dionisio Borobio et Al, La celebración en la Iglesia II, Sígueme

Bonaño, J. A.-M. (1998). Iniciación a la liturgia de la Iglesia . Madrid : Palabra .