Antonio Rial Boubeta (Cangas, 1970) se doctoró en psicología social en 1998 por la Universidad de Santiago de Compostela (USC), presentando una tesis enfocada en psicología del consumidor. Es experto en Metodología de las Ciencias del Comportamiento y técnicas multivariantes de análisis de datos. Actualmente ejerce como profesor titular en la Facultad de Psicología de la USC impartiendo asignaturas vinculadas al análisis de datos. También es el director de la Unidad de Psicología del Consumidor.
El profesor cangués nombra la gran vulnerabilidad de los niños y adolescentes a causa de las redes sociales que lleva a conflictos psicológicos o emocionales y a un aumento de la soledad y la exclusión,“con lo cual, al final, hay más dificultades a nivel emocional y hay más sentimiento de soledad, y por lo tanto, mayor vulnerabilidad”. Por otra parte, considera que todos podemos aportar algo beneficioso para la sociedad: “Nosotros somos un pequeñito grano de arena en un enorme desierto. Lo que podamos hacer es poco, pero hay un objetivo que es generar evidencia científica”.
—La adicción a las redes sociales se ha ido consolidando en la sociedad actual de manera muy rápida, pero todo comenzó sobre el año 2009, coincidiendo justo cuando Facebook introdujo el botón de “me gusta”. ¿De qué modo añadir la opción de este botón ha sido una de las causas para este gran aumento de uso de redes sociales?
—Eso no lo sabe nadie; es decir, es muy difícil. Son muchas las causas de la expansión de las redes sociales y el avance de la tecnología en los últimos años; sobre todo, si es una tecnología de gran consumo. A través de los servicios que ofrece es capaz de llegar a una cantidad cada vez más grande de la población, independientemente del sexo, edad, país o estatus socioeconómico. Las redes sociales y las nuevas tecnologías fueron capaces de conectar con muchas necesidades del ser humano al mismo tiempo. Ese es un elemento porque conecta con la autoestima. Las personas desde que nacemos tenemos necesidades: de movernos, de saciar la hambre o la sed, de tener determinados productos o de acceder a la información, pero también tenemos necesidad de contacto social. Y ese contacto social, que ya desde los griegos, que decían ya que el ser humano es un ser social por naturaleza, necesitamos que nos reporte un poquito de cariño, de autoestima y de placer, que nos haga sentirnos bien con nosotros mismos. Nadie quiere interactuar con nadie para sentirse mal. Cuando te sientes mal, lo que haces es rechazar esa conducta, rechazar ese estímulo y salirte de ese contexto, intentar evitarlo. Justamente, las redes sociales lo que te proporcionan es todo lo contrario.
Hay una zona en el cerebro, que precisamente, como bien dices, ya desde hace casi 20 años hay investigadores que comprobaron que cuando una persona, no un niño, no un adolescente, sino cualquier persona recibe un estímulo positivo, un refuerzo positivo, un reconocimiento, un “like”, que afecta positivamente a su autoestima, hay una zona del cerebro que se activa, que es el sistema límbico de recompensa, que produce dopamina. Esta es fundamentalmente el neurotransmisor, la sustancia química asociada al placer y es la misma que se produce cuando tenemos mucha hambre y la saciamos o cuando tenemos mucha sed y también la saciamos. Por lo tanto, la autoestima es algo realmente muy básico y, efectivamente, como bien dices, las redes incorporaron eso, con lo cual ahí la capacidad de afectar al ser humano se multiplicó por cientos de miles. Pero no solamente eso, sino que escapa de muchas más cosas. No hay, desde el punto de vista de la historia, de lo que dicen los expertos sociólogos en estos momentos, posiblemente nada en la historia precedente, ningún producto o ningún servicio que sea capaz de conectar con las necesidades del ser humano, con todas al mismo tiempo y con cualquier persona de cualquier edad, sexo, región o país.
—Los discursos de odio en la red social X han aumentado un 50% con el liderazgo del magnate Elon Musk, según unos investigadores de la Universidad de California. ¿Cuáles cree que son las causas de este gran aumento?
—Yo soy psicólogo y dentro de la psicología hay expertos que se dedican a la psicología clínica, a tratar trastornos, problemas de salud mental… Hay gente que se dedica a la psicología educativa, gente que se dedica a los recursos humanos, la personal… Yo soy psicólogo social y trato, efectivamente, de analizar esas cuestiones desde un plano más sociológico. Entonces, se debe a muchísimas cosas, sobre todo a que hay una gran industria que tiene una gran capacidad. Todo esto que estáis hablando de las redes sociales, de las nuevas tecnologías, tiene una aptitud inmensa de modular la manera de pensar, la forma de sentir, el modo de emocionarse, la capacidad de desear, la manera de excitarse, la manera de comportarse del ser humano a cualquier edad. No hay nada que tenga tanta capacidad de modular lo que somos, lo que sentimos, lo que percibimos y cómo nos comportamos. Si hay personas que tienen mucho dinero y que tienen unos fines muy concretos, no siempre muy buenos, no siempre positivos, sino a veces no hacer bien, sino hacer mal y tener más poder y dominar, y son capaces de utilizar la cantidad de dinero que tienen para seguir manipulando y seguir haciendo daño. Eso es lo que pasa. Tenemos una herramienta que tiene un potencial incalculable. Además, está en manos de gente que tiene mucho dinero y que tiene psicólogos, ingenieros o sociólogos que están trabajando para sus fines y son capaces de modular el funcionamiento de las redes sociales y conseguir cosas que no son buenas para la humanidad, pero sí para ganar más dinero o tener más poder. Por tanto, la herramienta en sí misma cuando cae en manos no muy honestas, tiene muchísimo peligro. Entonces, lo que están haciendo es generar discurso de odio para cambiar la percepción de las cosas y para que algo que es de una manera tú que lees, que estás ante esos estímulos que te van regando por las redes sociales, la información te llega absolutamente sesgada, te genera, digamos, una porción de las cosas que es muy concreta y muy sesgada, que es la que quieren ellos. Incluso te está inculcando odio hacia terceras personas que nada tienen que ver contigo y que no te hicieron nada mal. Por tanto, para nosotros es muy importante que, cuando educamos a niños, niñas, adolescentes y jóvenes, pero también cuando los mayores consumimos noticias a través de las redes sociales o a través de distintas plataformas o foros en internet, es importante que tengamos un mínimo de pensamiento crítico y un mínimo de conocimiento y de formación cultural y que conozcamos un poquito la historia. Y que aprendamos a pensar, porque si no, estamos vendidos.
—Antes dijo que las redes sociales pueden cambiar el comportamiento de una persona. La relación de Elon Musk con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, es muy buena. ¿De qué manera cree usted que esta relación puede cambiar el pensamiento de los estadounidenses sobre las medidas antiinmigración de Donald Trump?
—Pueden cambiar la vida que quieran, ya que tienen disponibilidad y dinero, siempre que no haya por parte de la ciudadanía, por parte de la sociedad americana, europea y mundial, un posicionamiento realmente reflexivo, consciente, maduro y contrario. Pero eso es muy difícil porque quien tiene la herramienta es capaz de manipular más y mejor. No solamente es evidente esta capacidad de manipular en relación a los movimientos migratorios, a las políticas de migración, sino que hay un estudio muy mencionado que es de cuando hace unos años el Reino Unido formaba parte de la Unión Europea pero durante el Brexit se echaron fuera. Entonces, ahí claramente se llegó a demostrar a través de estudios de la Universidad de Cambridge y de investigadores muy prestigiosos que realmente hubo un movimiento a través de las redes sociales, a través de internet, que fue capaz de cambiar la manera de pensar de la gente. Y eso que los datos económicos mostraban todo lo contrario, que si salían fuera de Europa, de la Unión Europea, entonces les iba a ir peor la economía y los ciudadanos británicos iban a vivir peor. Sin embargo, a lo largo de unos meses, con una política de comunicación muy bien ideada, muy bien orquestrada, fueron capaces de en poco tiempo cambiar la manera de pensar de la gente justo antes de votar. Porque si hay un referéndum para ver qué decidía toda la ciudadanía británica y tomar una decisión que se vio que era errónea, ahora no tiene vuelta atrás, por lo menos en los próximos años. Los intereses económicos, personales, particulares e incluso odios personales que pueda tener un señor como Donald Trump o lo bien o mal que se lleve con determinadas personas, incluso con Musk, eso puede determinar cosas que nos van a pasar a nosotros. Es algo realmente triste.
No vivimos en un mundo tan maravilloso como pensamos porque hay gente que no son buenas personas y que tiene unos medios muy peligrosos en sus manos. Entonces, nuestra obligación como profesores, como sociedad, es formar personas que sean buenas personas, sobre todo. No se trata de que tengan un conocimiento extraordinario de la tabla periódica o de cosas de historia o de cosas de matemáticas, sino que sean personas y que tengan un criterio y unos valores y que aprendan a pensar por sí solos. Y eso es realmente preocupante porque no solamente en Estados Unidos, sino en Europa y en España vemos que hay personas que tienen unas ideas, una manera de pensar, que parecía que estaban abandonadas. Unas ideas que tienen que ver más con la ultraderecha, con la radicalización, con la dictadura, con el dominar unos a otros. Yo creo que estábamos trabajando en una sociedad más democrática, más libre, responsable y respetuosa y eso a día de hoy igual no va por ahí.
—Usted es doctor en Psicología Social por la USC, especializado en Metodología de las Ciencias del Comportamiento. Investigadores y grupos de trabajo de la USC consideran que la pandemia del COVID-19 supuso un aumento del uso abusivo de pantallas y redes sociales entre adolescentes. ¿Por qué razones hubo este incremento durante el confinamiento y durante la crisis vírica?
—Un incremento como tal no fue, pero fue una oportunidad. Yo soy profesor en la universidad, y cualquier profe que está en contacto con gente joven lo veía, lo intuíamos, que había una mayor dependencia de la tecnología; es decir, ves que, entre los niños con los que trabajas diariamente, el teléfono móvil, las redes sociales y todo lo que tiene que ver con la tecnología, como los videojuegos, tiene una presencia cada vez mayor. Además, piensas que esa presencia no tiene que ser mala porque yo tenga un móvil en la mano, que es una herramienta para navegar por internet y para estar en contacto mediante las redes sociales con otra gente, o que no tiene nada malo esta tecnología que nos permite estar aquí reunidos a Claudia, en Dinamarca, a vosotros en el Rosalía y a mí aquí al lado, pero sin necesitar vernos físicamente. Esto ahora mismo es maravilloso. Sin embargo, hay otra tecnología en la que la presencia excesiva termina interviniendo en la vida diaria y termina quitando más de lo que da. ¿Está bien jugar a videojuegos? Al que le gusten los videojuegos, perfecto, porque hay videojuegos muy bonitos y hay otros que no son tan buenos. Además, hay videojuegos que son pura violencia y hay videojuegos que están hechos para que a una niña o niño que le encantan los videojuegos les encanten aún más y esté horas y horas jugando porque les están planteando retos y tareas para superar cada vez más y les están metiendo el gusanillo en el cuerpo. Además, como se juega online, no puedes coger y parar cuando quieras; dependes de otras personas que están en otro lado, y se ha demostrado que los videojuegos tienen un altísimo potencial adictivo. Es más, la Organización Mundial de la Salud (OMS) desde hace 4 años ya reconoció la adicción que se producía como una enfermedad mental. Entonces, ¿qué sabíamos nosotros, los que trabajamos con niños? Que cada vez está más presente la tecnología y a lo mejor ese peso en el día a día, en la rutina, es excesivo, con lo cual eso trastorna. Si uno se tira toda la tarde jugando hasta la una de la mañana y luego quiere dormir, el cerebro no está preparado. La actividad eléctrica en algunas zonas del cerebro es alta e impide desconectar y dormir. Por tanto, todo lo que tiene que ver con la higiene del sueño se va a ver trastocado. Al día siguiente tú no estás para rendir en el colegio, sino que estás más irritable. Por lo tanto, te repercute negativamente en tu salud física y mental.
Nosotros sabíamos que antes del COVID eso ya se estaba produciendo, que cada vez había más peso en la tecnología en la vida de nuestros hijos y que eso podía generar interferencia durante el COVID. ¿Qué ocurrió? Surgió la oportunidad porque estábamos encerrados en nuestras casas y los padres, que no se enteraban de lo que iba, dijimos: "Mi hijo tiene un problema porque depende de la tecnología”. Al mismo tiempo, para no perder las clases, teníamos que estar conectados 24 horas. Por lo cual, lo que hizo fue complicar más el problema y ponerlo encima de la mesa. Hacerlo muy visible. Eso fue lo que pasó. Pero no es el COVID el que lo produjo. Supuso una magnífica oportunidad para la cual la tecnología estaba ejerciendo un peso en la vida de las personas, especialmente las que se están construyendo todavía, y eso las puede estar fastidiando. Porque si tú no duermes, tu cerebro no se desarrolla igual. Es decir, tienes que dormir cantidad y calidad porque tu memoria no se va a desarrollar correctamente. Por tanto, de nada vale que estés haciendo bien las cosas en el colegio, porque tampoco vas a rendir bien en el colegio. Tampoco vas a tener memoria de tu cerebro de la misma manera. Tienes que establecer las condiciones para que eso se produzca. Facilítale las cosas a tu cerebro. Y es el excesivo uso de la tecnología lo que provoca justamente lo contrario y lo que provoca, además, si tenías que estar hablando con tu madre, con tu padre, con tus hermanos, con tus amigos y teniendo una relación más directa, lo que hace es que te aísles más muchas veces o que te relaciones exclusivamente a través de una pantalla, con lo cual no es lo mismo. La empatía no es la misma, porque tú no estás viendo la consecuencia, el efecto de lo que tú estás diciendo y cómo reacciona otra persona. El cara a cara tiene otras cosas. Y si tú te centras en interactuar a través de una pantalla, tiene sus ventajas, pero va a tener sus inconvenientes. Por lo tanto, no es culpa del COVID. El COVID supuso una oportunidad para decir: "Mira lo que está pasando y, además, es un contexto donde se va a multiplicar”.
—Antes dijo que los niños tenían que dormir para luego descansar, para a continuación rendir bien en el colegio, pero ahora en el colegio también hay ordenadores y pantallas. ¿Qué piensa del uso de ordenadores y pantallas en los centros educativos?
—Los ordenadores y las pantallas en el colegio son oportunos, son necesarios y son recomendables en su justa medida. ¿Qué sucede? Los profesores también estamos aprendiendo. Quien diseña las asignaturas y la manera de enseñar la didáctica también está aprendiendo. Hubo una década donde el objetivo era tener muchos equipamientos tecnológicos muy buenos en el aula para poder sacar el mayor rendimiento. A lo mejor nos pasamos y lo que hay que hacer es pararse. Todos debemos reflexionar. El desarrollo de la tecnología va muy rápido y no dio tiempo a que asimiláramos los cambios que genera. Desde mi punto de vista, nos hemos pasado. En estos momentos hay un desequilibrio y tenemos que conseguirlo. Hay que bajar un poquito, utilizar un poquito menos y, sobre todo, elegir bien las cosas y potenciar algunas cosas de la docencia no digital, analógica, que tiene que ver con trabajos en clase, interacción en clase y discusión en grupo. Es algo que no se hace tanto como se debiera.
En conclusión, es una cuestión de tiempo que nosotros seamos generosos y autocríticos y busquemos un equilibrio que en estos momentos creo que no lo tenemos. Desde luego, a la hora de hacer los deberes para casa, yo recomendaría, en todo caso, que no se llevara ordenador y que no se bombardeara a los chavales para que lo utilicen también en casa.
—El 33% de los adolescentes presenta un uso problemático de las pantallas. Además, un 5,7% de los menores muestra patrones de adicción graves. Esto según la UNICEF. ¿Cuáles son las principales causas de estos hábitos problemáticos y cómo cree que está la sociedad enfrentándose a ellos?
—Ese estudio lo dirigimos aquí en la Universidad de Santiago. En el año 2021 me dijeron: "Oye, Antonio, ¿por qué no hacemos una campaña?" Y les dije: "Ahora habría que hacer un estudio porque justamente vamos a tener la oportunidad de ver todo el problema que esto supone". Y lo hicimos con 50,000 participantes y nos salieron esas cifras. Lo hicimos el año pasado con casi 100,000 y nos vuelven a salir las mismas cifras. Pero antes lo hicimos con chavales de secundaria obligatoria y muchos niños y niñas, antes de llegar a primero de la ESO, ya tienen móvil y ya están en las redes sociales. Muchísimos. Por tanto, decidimos empezar a preguntar ya en primaria, en quinto, sexto de primaria, con 10 añitos, y nos encontramos que hay muchos niños que están utilizando de manera muy frecuente e intensiva todos los dispositivos digitales, y no se termina cuando uno acaba de cumplir los 18 años. Al cumplir los 18 años ya se acaba el problema. Lo que pasa es que, si son menores, tenemos más responsabilidad para protegerlos. Entonces, uno de cada tres chavales tiene un problema de enganche a las redes sociales. Porque si tú te pones a ver vídeos de TikTok o de Instagram, es fácil que te pasen minutos y horas y, si no te gusta, pasas al siguiente. Además, en función de aquellos vídeos en los que tú te paras o no te paras, automáticamente las redes sociales aprenden cosas de ti. Tú le estás dando mucha información a través de dónde te metes, a qué le das me gusta, qué comentarios haces o cuánto tiempo pasas en esos sitios. Es como si tú vas por Santiago y te paras en el escaparate de tenis deportivos o de chándales. Si eso lo viera alguien y te hiciera un seguimiento diario, sabría que a Roque le encantan los chándales. Y entonces, ¿qué? Pues cuando se encuentre contigo, va a ir con un chándal de ese equipo. ¿Por qué? Porque sabe que la probabilidad de que tú compres va a ser mayor porque te gustan los chándales de ese equipo.
Por lo tanto, estás dejando rastro de muchas cosas: de quién eres tú, de cómo eres tú, de qué te gusta, de qué te inquieta, de qué te preocupa, de muchas cosas. Entonces, como eso lo saben, lo potencian y provocan a través del algoritmo que tú estés como una ratita dándole a la palanca para que te caiga una gotita de agua, si tienes sed, o un trocito de queso. Porque cuanto más tiempo permanezcas ahí, más sé de ti, más te puedo vender y más le puedo vender la información a empresas para que te vendan ellos. Entonces, mi escaparate, en el que está mucha gente, mucho tiempo y dejando información, tiene mucho valor. Es como si yo quiero publicar una esquela de que se murió Pepito en un periódico y no es lo mismo un periódico local que un periódico nacional. El precio es diferente. Entonces están haciendo negocio, mercantilizando los datos personales y, en este caso, de menores sin ningún tipo de advertencia. Esto pasa porque, cuando tú te registras, nadie se mira toda la letra pequeña para hacer uso de Instagram o TikTok. Aceptas y estás aceptando que tus datos ya no van a ser tuyos y que pueden hacer con ellos lo que les dé la gana, con lo cual van a estar desarrollando cosas para engancharte más, porque van a ganar más dinero. Y eso genera que haya uno de cada tres chavales que ya pierde el control.
Una de las características de esa posible adicción o un subproblema es que a esa persona le cuesta y no es capaz de dejarlo. Entonces, su madre le echa una bronca tremenda y ahí hay conflicto. ¿Y por qué cuesta? Porque es tan fuerte, tan potente, que yo con mi edad, con mi madurez, que no tengo demasiada de momento porque estoy creciendo, estoy formándome, pues es malo que me cueste. Entonces, no se le puede echar, por favor, la culpa al chaval de que no es capaz.
Y uno de cada tres ya tiene dificultades a ese nivel. Y a lo mejor hay un 5% que ya podría tener claros síntomas de una adicción. ¿Por qué? Porque empieza a haber malestar a nivel emocional, que si tú te desconectas, montas un pollo porque estás irritable y agresivo, cuando tú no eres así, porque realmente es muy difícil. ¿Y cómo se llega a todo esto? Pues por muchas razones, pero, ¿qué parte de responsabilidad tienen los chavales? ¿Qué parte de responsabilidad tienen las familias, los papás y las mamás? ¿Qué parte de responsabilidad tienen los centros educativos? ¿Qué parte tiene el Estado? ¿Qué parte tiene la industria tecnológica? ¿Quién es el que está sacando dinero de todo esto? La industria. Por tanto, lo primero es llamarle la atención y tirarle de las orejas. ¿Y qué tiene que hacer el estado? Ponerse del lado de las familias y de los chavales y defenderlos y protegerlos y decirles: "A partir de ahora va a haber sanciones exigiendo que, cuando se lanza cualquier aplicación, cualquier plataforma o cualquier red social, el diseño sea seguro; lo que se llama en inglés Safe by design. Cuando se diseñan los algoritmos, se sabe perfectamente lo que se puede estar provocando porque hay gente muy lista que está detrás desarrollando, entre los que hay psicólogos, ingenieros y demás. Entonces, las causas son múltiples, pero primero hay una industria que está haciendo mucho negocio y que tiene muy poca ética y moral. Las familias y los padres estamos despistados porque, si hay una recomendación que dice que antes de los 16 años no deberíamos estar en redes sociales, ¿por qué el 80 por ciento de los niños en quinto y sexto ya está en redes sociales?
—Antes dijo que si jugabas durante todo el día, durante toda la tarde hasta la una de la mañana, tu cerebro no puede desconectar y dormir. ¿Cómo es que los juegos dejan el cerebro tan activo de manera que le cueste descansar?
—Porque básicamente están diseñados para ejercer una estimulación muy potente en determinadas áreas del cerebro. Por tanto, la consecuencia en el cerebro es bioquímica y es actividad eléctrica. Si tú diseñas la actividad digital de una manera en la que hay psicólogos que saben que eso va a atraer más, va a llamar la atención y lo que estás es teniendo activa con mucha intensidad esa zona del cerebro. ¿Qué quiere decir? Que eso supone un desgaste también y una atrofia sobre otras partes. Ese no es el desarrollo natural del cerebro. Con lo cual, seamos conscientes de, lo que están haciendo con nosotros.
—Hoy en día, alrededor del 70% de los menores de 15 años en España ya dispone de teléfono móvil propio, y el 38% de los niños y el 27% de las niñas presentan un uso intensivo de las redes sociales. ¿Qué le parece el hecho de que los adolescentes no tengan control en los dispositivos electrónicos y qué consecuencias cree que podría tener esta adicción?
—Me parece muy mal, pero la culpa no la tienen ellos. La responsabilidad hay que dividirla en partes; no iguales, sino en partes equitativas, cada uno la suya. Las familias durante mucho tiempo estuvimos despistadas y protestando: "¿Quién eres tú para quitarle el móvil a mi hijo si el hijo es mío y el móvil es mío?” Y estábamos tratando de proteger.
Tenemos que quitar presencia de los móviles en el día a día de los chavales. Desde mi punto de vista no deben estar en los espacios educativos. En los institutos hay otras cosas que se pueden utilizar. No hace falta llevar el móvil porque es más lo que quita que lo que dá, más las desventajas que las ventajas.
¿Qué consecuencias tiene? Muchas. Evidentemente empeora la convivencia y se convierte en una fuente de conflicto. Empeora la convivencia entre iguales debido a mofas, amenazas y ciberacoso, pero también con el sexting y el contacto con desconocidos. Los riesgos son mayores. La rutina también se puede contaminar. Si yo tengo toda mi autoestima y me acepto a mí mismo, pero si mi salud mental depende de lo que subo por obtener likes, eso genera una mayor vulnerabilidad funcional. Lo que primero se ve que está en riesgo es la salud mental.
—En 2014 publicó el libro Adolescentes y nuevas tecnologías: una responsabilidad compartida. Una de las cosas de las que habla es que la clave no es quitar el móvil, sino fomentar la educación digital. ¿A que se refiere con educación digital y cómo afectaría su propuesta a la vida de los adolescentes?
—Yo puedo proponer algo, pero si no es compartido con una parte de la sociedad que está preocupada y que más o menos tiene sentido común, entonces falla algo. Eso ocurre porque la tecnología, que es tan potente, no es inocua en la infancia y en la adolescencia. No es una cosa neutra y tiene mucha capacidad de afectar para bien o para mal. Si muchas de las cosas están diseñadas para ganar dinero a toda costa, la información de las menores es algo que, por tanto, tenemos que proteger. Lo primero es retardar, regular y restringir. ¿Prohibir? Tal vez, pero yo creo que no.
No es lo mismo darle un móvil a tu hijo con nueve años que dárselo con trece. Creo que estaremos de acuerdo. En todo caso hay que ir educando en el uso saludable y responsable de los móviles, de las redes sociales y de la tecnología. Ir educando desde ya, porque, aunque yo no tenga móvil, veo que mis padres lo tienen móvil y otras personas también. Además, las redes sociales ya están metiéndose en mi vida, aunque yo no sea un usuario activo. Por tanto, desde el minuto uno hay que empezar a educar y a enseñar lo que implican esos comportamientos para que tengas un pensamiento crítico y unos valores, y que sepas respetar. Porque no todo es válido ni fuera de la red ni en la Red. Por tanto, hay que trabajar más que nunca las competencias digitales y reforzar más que nunca las competencias humanas. Eso quiere decir trabajar la autoestima. Si una persona tiene una buena autoestima, no depende tanto de lo que le digan o dejen de decir. Si una persona es asertiva no depende tanto de si estos se están metiendo con no sé quién a través de un grupo de Whatsapp o diciéndole cosas en una red social. Porque yo no tengo por qué tener ese comportamiento. Además, si una persona es empática, se da cuenta de que tú estás jorobando a otra persona. Esas son competencias humanas básicas que hay que trabajar más que nunca. Y eso es lo que proponemos. Retardar y educar en lo digital y en lo humano, porque forman un pack.
—¿Y cómo cree que se puede educar dentro del ámbito digital?
—Yo creo que habría que darle una vuelta al sentido que tiene la educación primaria y la secundaria obligatoria, que, por ejemplo, o bien tenemos una asignatura específica para trabajar estas cosas, o bien tenemos las tutorías, el plan de acción tutorial, para todas las semanas trabajar. Pero con una formación al profesorado y un tiempo que se le va a proporcionar para que pueda hacerlo y un acompañamiento, con unos materiales. Deberían meterlo en el ADN del sistema educativo para que los que están preocupados realmente puedan hacerlo. Dejémosle que lo hagan, démosles claves, orientémoslos para que lo hagan bien, reforcemos y apoyemos y acompañémoslos para que lo hagan bien. Y luego en casita tiene que haber coherencia con lo que se hace en clase. Porque, si cada uno hace lo que le da la gana, justo lo contrario, y peleándonos unos con otros, mal vamos.
—Tal y como afirma usted en un informe de El País, “Cada vez hay más adolescentes que no tienen amigos y están muy solos”. ¿Cuáles cree que podrían ser los posibles efectos que provoca este problema masivo y cómo ha llegado a esa conclusión?
—Nosotros estudiamos una disciplina que se llama psicología, que nos da ciertos conocimientos para poder incidir en la sociedad. Si metemos todo ese conocimiento en manos de Elon Musk, que quiere hacer cosas no muy buenas, entonces la cosa va a ir mal. Nosotros lo que queremos es que esto ayude. Entonces, cada vez que hacemos un estudio, preguntamos por cosas que vemos que a la gente le preocupan. Por ejemplo, a mí me preocupa la salud mental, la soledad, la ansiedad, la depresión, la somatización, porque hay cada vez más sufrimiento, pero muy silente, y no lo vemos porque los padres estamos a mil cosas y porque tenemos que trabajar mucho, pero a lo mejor pasamos poco tiempo con nuestros hijos, los escuchamos poco y hablamos poco con ellos. Además, simplemente, el tiempo que tenemos les regañamos, les recordamos lo importante que es estudiar, pero no les preguntamos: “Oye, ¿cómo te va? ¿Qué tal estás? ¿Qué te preocupa? ¿Eres feliz? ¿Estás triste? ¿Qué te ocurre? Cuéntame si te apetece, si no mañana me lo cuentas”. La OMS ha desarrollado a nivel internacional un test para ver eso. Y lo que vemos es que las tasas de esos problemas relacionadas con la salud mental y con la soledad son cada vez mayores. En una sociedad hiperconectada como la nuestra, ser adolescente a día de hoy es peor porque estás muy conectado con mucha gente, pero no tienes a lo mejor nadie, una buena amiga de verdad o dos. Con lo cual, al final hay más dificultades a nivel emocional y hay más sentimiento de soledad y por tanto, mayor vulnerabilidad. Entonces, eso es lo que estamos viendo y es un gran problema. ¿Eso es causa de las redes, como consecuencia de las redes sociales? No lo creo. Es como consecuencia de lo que está cambiando la sociedad y lo que están cambiando las familias. Pero son las redes sociales las que hacen que todavía se pueda estropear más, aunque no creo que el problema original esté en las redes sociales. Por tanto, preocuparnos por este tema, las redes sociales, es una oportunidad para abrir el zoom y decir: “A lo mejor hay otras cosas que están mal, que estamos haciendo mal o no demasiado bien”.
—Habló antes de la OMS y se aprecia diferencia en el cambio o consecuencias del uso de tecnología entre niñas y niños. ¿Cómo cree que es la afectación y su diferencia de género?
—Una de las cosas que la evidencia científica también puso encima de la mesa y ha demostrado es que la manera de relacionarse con la tecnología niños y niñas es diferente. El tipo de adicciones también lo es. Los niños hacen un uso que tiene que ver más con los videojuegos o con temas de apuestas. Hay más problemas con los chavales y las chicas además de las redes sociales, porque lo que se les pide, lo que se les exige, es relativamente diferente. Entonces, eso a la hora de hacer prevención o a la hora de hacer tratamiento, hay que tenerlo en cuenta.
—En El Correo Gallego usted afirma que “los niños que abusan del móvil a edades tempranas tienen una tasa de depresión 4 o 5 veces mayor”. ¿De qué modo cree que esto está afectando a la población y por qué?
— Aquellos chavales que con la llegada del móvil, del entorno digital, de las redes sociales, acceden a edades muy tempranas, con 9 o 12 años, es importante quelos pille un poquito más formados: que tú seas más responsable y maduro, que hayas aprendido o tropezado unas cuantas veces para decir a esto no o a esto sí. Pero esto está llegando cada vez a edades más tempranas. Por eso, si resulta que nosotros necesitamos tener personas de referencia en lo que es el modo de vida y, sobre todo, a nivel emocional y no las tenemos, dependes más de las redes sociales. Entonces, realmente estás más solo y tienes menos estrategias, menos habilidades y menos a quién acudir para enfrentarte a los problemas que la vida en el día a día va a poner en tu camino. Es decir, tú tienes gente: un amigo o dos amigos de verdad, tu padre, tu madre, o tu abuelo o tu tío, que son en tu entorno una red de apoyo social realmente valiosa y que tú sabes que puedes recurrir a ella. Entonces, los problemas que te van a ir surgiendo los vas a ir solucionando porque tienes esa red de apoyo. Es como un arnés, el vínculo emocional que tienes con gente de tu entorno inmediato. Si eso no lo alimentas ni lo riegas como una planta, lo dejas de hacer y es sustituido por una red de apoyo que está en las redes sociales, en relaciones que, a lo mejor, son un poquito tóxicas por ser de quita y pon, el día que tenga un problema estoy solito y, por lo tanto, me voy a agobiar más, frustrarme más, y sufrir mucho más emocionalmente. Y eso está pasando. Y si pasa en edades tempranas, luego la adolescencia se multiplica. Luego, cuando uno sea adulto y tenga que trabajar, criar a otros, eso va a ser un problema que veremos dentro de una o dos décadas, siendo peor todavía. Por tanto, es clave preocuparse por la salud mental de los niños y adolescentes de hoy y ver cómo se relaciona con el uso de las redes sociales. Si se les está proporcionando lo que necesitan o no.
—Según la Fundación Barrié el 26% de los adolescentes hacen uso problemático o compulsivo del móvil, llegando a un 31% en bachillerato. ¿Cómo solucionaría usted ese uso problemático de las pantallas?
—Es muy complicado porque hay que hacer trabajo con los chavales, pero no que venga alguien a darles una charla,porque eso no sirve para nada. Hay que meterlo en el día a día del sistema educativo, en las materias; por ejemplo, una tutoría semanal que tenemos con un tutor que este preparado y que nos vaya acompañando. ¿Desde cuándo? Desde primero de primaria. Todos los cursos, todas las semanas habría que trabajar una horita estos temas transversales, con una buena formación del profesorado y con buenos materiales de apoyo. Luego, habría que trabajar también con las familias. También habría que cambiar el diseño por parte de la industria de muchas cosas y, por lo tanto, habría que establecer restricciones legales y trabajar colectivamente, comunitariamente, desde una pirámide de prevención donde arriba están los chavales, en el medio están las familias y abajo las sociedades y la industria..Hay que trabajar todo esto pero donde más margen de maniobra hay es aquí.
—El gobierno de España está intentando poner en rigor una ley contra el uso de las redes sociales en menores de 16 años. ¿De qué forma cree que esto ayudaría a reducir la adicción a las redes sociales?
—Primero, yo creo que hay un problema de comunicación por parte del gobierno. No se trata solo deponer una ley contra las redes sociales en menores de 16 años, sino que hay que restringir. No nos quedemos con el término prohibir. Y, sin duda, yo creo que ayudaría y que es una medida necesaria, pero es absolutamente insuficiente. Si no trabajas también la educación, si no trabajas con las familias, no sirve.
—Como usted mismo admite en una entrevista en La Región, le “preocupa el uso que hacen los niños de las redes sociales, ya que ahí es donde construyen su autoestima”. ¿Qué cree usted que pueden hacer los padres para prevenir que sus hijos se sientan infravalorados a causa de las redes sociales?
—Esto es como nos pasa en la vida y todo tiene que ver con una balanza. Si tu autoestima, tu bienestar emocional, lo bien que tú te aceptes a ti mismo depende del like que te den los otros, esta parte de la balanza depende solo de eso, pero, si aquí no hay nada, pues tenemos un problema. Necesitamos darle menos peso a esto y, ¿los padres en casa que tienen que hacer? Enseñarle a sus hijos o tratar a sus hijos como personas y seres humanos que tienen un enorme valor, aunque sean completamente diferentes a los otros y tarden más en leer o sean peores en las matemáticas. Y, si es una chica, no son cachos de carne. ¿Por qué tienes que responder a un estereotipo, a un modelo de belleza que es inalcanzable? Pero los chicos también parece que tenemos que ir al gimnasio, tomar vitaminas y proteínas. Sin embargo, lo importante es que tú eres una persona, te queremos y te aceptamos como eres y vamos a ayudarte a que seas feliz y a que desarrolles tus talentos porque los tienes. Entonces, a esa autoestima hay que darle una vueltita. Pero, ¿qué pasa? Que los propios papás y mamás también caemos en esa trampa.
—Como hemos visto, con todas estas nuevas tecnologías se está incrementando mucho el nivel de uso de dispositivos electrónicos. ¿Cuáles son los principales retos de futuro de sus equipos de investigación para controlar el uso excesivo de las redes sociales y de qué manera cree que resultarán efectivas sus propuestas?
—Nosotros somos un pequeñito grano de arena en un enorme desierto. Lo que podamos hacer es poco, pero hay un objetivo que es generar evidencia científica. Para poner encima de aquí de los nuestros, con estudios de chavales españoles y gallegos para que todo el mundo vea-los padres, las familias, la sociedad, los políticos-, que esto también nos atañe a nosotros. Nosotros también tenemos un problema igual que el resto. Es un problema global. Lo que no se ve, por tanto, no se va a abordar, no se va a intervenir. Hagamos una buena prevención a partir de esta evidencia.
Después hay retos que tienen que ver con la propia prevención. Destinen recursos, por favor, y hagan las cosas según lo que marca la evidencia científica. Hagan programas de prevención, háganlos e implántelos y tengan paciencia porque esto tarda años. Y luego hay una cosa que nos preocupa: todo lo que tiene que ver con la IA, porque lo que se viene con la IA es difícil de predecir, pero no es muy halagüeño. No pinta bien.