En 1886 apareció una de las novelas más importantes de Pardo Bazán, Los Pazos de Ulloa. Se consideró una novela maestra en la que se cuenta una obscura historia de una oligarquía que ha perdido su papel social y guarda solamente sus características negativas – ociosidad, violencia e irresponsabilidad. Una aristocracia feudal con un pasado glorioso pero ya degradado, hidalgos, curas y caciques, luchas electorales, que caricaturizan la vida política de la novela. Todo contribuye a recargar las negras tintas con las que la autora pinta la vida gallega decimonónica y es el ambiente sobre el que se desarrolla un poderoso drama vital de los seres-víctimas de un destino marcado por la Naturaleza.
CONTEXTO HISTÓRICO DE LA NOVELA:
Es la Revolución de 1868, que fue un intento frustrado (en medio de una importante crisis, origen de la propia revolución) de sentar las bases para un desarrollo económico y político burgués. Este contexto está presente en la novela (se produce la revolución estando Julián en los Pazos, preparando la vuelta de don Pedro, ya casado), aunque no es su hilo conductor más importante.
Se expone en la obra de forma clara, además de la revolución septembrina, la decadencia de las formas de vida del Antiguo Régimen, representado por el marqués (que en realidad ya no poseía el título), por su familia de Santiago y por el señorito de Limioso. Decadencia causada, no por la revolución, sino por la inercia. El Antiguo Régimen se resquebraja porque se tiene que resquebrajar. También vemos en la obra la importancia del omnipresente caciquismo (sobre todo, el rural), la descripción del juego político y de las elecciones como una farsa (tema recurrente en nuestro país) y el papel del clero y de sus vetustos compañeros de viaje.
La vida política en España estaba dominada por un sistema parlamentario bipartidista en el que dos formaciones, similares en muchos aspectos, se repartían los tiempos de gobierno, con algunos momentos más autoritarios y con periódicos pronunciamientos. Las elecciones no condicionaban a los gobiernos, sino más bien a la inversa. La Revolución de 1868 (“La Gloriosa”) supuso únicamente un paréntesis, quedando pendientes las necesidades de libertad, a veces soterradas, a veces palpablemente presentes, del pueblo español, por lo menos desde la Cortes de Cadiz.
Tras la Revolución de 1868, Isabel II fue obligada a deponer el trono tras la presión de los grupos anti-monárquicos; la profunda inestabilidad política derivada de estos hechos daría espacio a la creación de un plebiscito y a la convocatoria de elecciones generales, donde el caciquismo (única forma en que el poder se extendía a las zonas rurales) cobraría el mayor protagonismo, filtrándose, inclusive, a la literatura. Los Pazos de Ulloa explora los porqués del caciquismo y sus consecuencias entre los paisanos de menor rango.
En Los Pazos de Ulloa se pone en evidencia desde diversas ópticas la política del momento. El entramado social, los preparativos electorales, los candidatos designados y la captación de votantes configuran y dan vida a hechos reales, conocidos por la propia autora y por los lectores de la época. Las fuerzas sociales se ponen al servicio de una determinada facción para conseguir al candidato propuesto. Las actuaciones de Barbacana y Trampeta en la novela son ejemplificadoras en este sentido, ejerciendo su astucia y estrategia con arreglo a las argucias, las tretas, los engaños para producir el pucherazo electoral ( el episodio del trueque de los votos se describe con ribetes humorísticos. El ingenio para burlar al guardián de la urna y cambiarla por otra evidencia una serie de artimañas puestas en práctica durante esta época histórica.
Todo un mecanismo que se engendra de la siguiente forma: los gobiernos han de contar en las Cámaras legislativas con una mayoría adicta, y para obtenerla necesitan ellos y sus candidatos el apoyo de los caciques: Barbacana y Trampeta; gobierno y diputados pagan después ese apoyo con favores, destinos y recomendaciones…
En Los Pazos de Ulloa los caciques adversarios no tienen ideas políticas, dándosele un bledo de cuanto se debatía en España; sin embargo, por necesidad estratégica, representan cada cual una tendencia y un partido: Barbacana, moderado antes de la Revolución del 1868, se declaraba ahora carlista; Trampista, unionista bajo O’Donell, se adscribía al liberalismo vencedor. La comarca aborrecía a ambos pero Barbacana inspiraba más terror.
Los capítulos XXIV, XXV y XXVI describen las hazañas y venganzas de ambos caciques, respaldados por sus respectivas facciones. El final no puede ser más desastroso para Pedro Moscoso y subordinados, pues traicionado por Primitivo perderán las elecciones. La ley del cacique es brutal y la traición se paga con la muerte. Barcabana, perdedor de las elecciones, se sirve del brazo ejecutor de un facineroso apodado el Tuerto. Él será el que, con tiro certero y ante la mirada atónita de Perucho, ponga fin a la vida del astuto Primitivo.
La política se proyecta en Los Pazos de Ulloa desde diversos ángulos y en todos ellos se percibe miseria e intriga. Emilia Pardo Bazán critica no sólo el fraude electoral practicado de forma sistemática, sino también la figura de Posada Herrera o lo que este representaba en materia electoral. Aunque no se aluda directamente al ideólogo y político, sí subyacen en el texto sus teorías. El sistema funcionaba de la siguiente manera: en el plano superior, el ministro de la Gobernación “decidía” de antemano el resultado electoral de cada provincia, y en el inferior, a cargo de los caciques, se procedía a la suma de votos por medio de la compra y amenaza. En la novela la autora denuncia el inmenso daño que Posada Herrera hizo a la sociedad española: la continua coacción al elector, llevada a cabo gracias a la conversión del voto en un valor negociable, degradó el quehacer político y atentó contra el civismo de los ciudadanos. La corrupción política devaluó un sistema electoral válido.
También la Iglesia tiene un papel importante en Los Pazos de Ulloa. La defensa política de la ideología del clero corría a cargo del sector denominado “neocatólico”, inspirador del carlismo polémico, enemigo no solo del liberalismo, sino también de la civilización industrial. En la novela aparecen tres curas cuyo propósito e intereses no son otros que el de la consecución de votos a cualquier precio: el abad de Loiro, el abad de Naya y el cura de Boán. Todos unen sus esfuerzos para que el candidato del gobierno liberal sea derrotado y en su lugar salga elegido don Pedro Moscoso. La astucia, el engaño, las tretas y el empeño de los representantes eclesiásticos para que el masónico-liberal sucumba ante las fuerzas conservadoras se describen con gran maestría.