Julián es un personaje fundamental en la novela. Casi todo lo que se cuenta se focaliza en este personaje. Es un joven sacerdote culto y educado, también de gran inocencia e ingenuidad, bondadoso y pulcro. El narrador insiste en repetidas ocasiones en su carácter pusilánime y en sus rasgos femeninos tanto en el aspecto físico como psíquico. Es un hombre débil y a menudo vacilante, por ello L. Alas Clarín, en la reseña de la novela, le consideró una especie de "Hamlet tonsurado".
Desde el momento de su aparición, don Julián se convierte, por obra y gracia del narrador, en objeto de burla. Sus dificultades con la cabalgadura por el camino real de Santiago están contadas por alguien que se divierte con sus malas trazas de jinete. Después, cuando el el capítulo III, el narrador define a su personaje, lo hace con expresiones ofensivas:
"Julián pertenecía a la falange de los pacatos, que tienen la virtud espantadiza, con repulgos de monja y pudores de doncella intacta. no habiéndose descosido nunca de las faldas de su madre"
Sin embargo, la bondad de su carácter y sus buenas intenciones provocan la simpatía del lector. Esta transformació viene apoyada por otros personajes: la estima que Nucha siente hacia él, su cariño, su necesidad de él, dignifican y elevan su persona.
Se da una evidente evolución de la actitud del personaje : desde el seminarista distante y con ínfulas místicas del principio al maduro capellán del final, diez años después, aunque no por ello deja de emocionarse ante la visión de la tumba de Nucha, de la que se enamoró progresivamente. El lector asiste, así, a un proceso de maduración que tiene que ver con el medio y el ambiente (dos de los condicionantes de la novela naturalista) y que le lleva a conocerse a sí mismo y a evolucionar desde los miedos y escrúpulos iniciales (al áspero paisaje, a la promiscuidad del marqués, a Primitivo, a la cerrazón de la mentalidad rural, etc.) y desde su amoroso instinto de protección (de Perucho, Nucha, su hija, etc.), hasta la resignación y el pragmatismo del final, ya capellán de montaña.
El llanto con que se cierra el libro, frente a la tumba de Nucha, es fruto de un dolor largamente acumulado y reprimido. Será el último y definitivo, consciente de que su caritativo acercamiento e implicación devota no conducen a nada en un mundo, el de la Galicia rural de finales del XIX, tan asentado en determinados hábitos y moral social.
Marcelina, apodada Nucha, es la más joven y quizá la menos agraciada de las hermanas de la Lage, ya que bizquea un poco. Sin embargo, es una mujer bondadosa y muy religiosa que acepta casarse con don Pedro por obediencia a su padre, aunque sus verdaderos deseos eran consagrarse a la vida religiosa e ingresar en un convento. De temperamento nervioso e hipersensible, físicamente débil y enfermiza pero educada y discreta, no podía ser feliz al lado del hombre de temperamento sanguíneo, hosco, violento e ignorante. Debilitatada físicamente por el complicado parto de su hija, que se interpreta en los Pazos como un signo más de debilidad y de fracaso al no haber engendrado un varón, su vida se irá apagando poco a poco. Y a pesar de que intenta adaptarse y consagrarse a la vida doméstica, su temperamento débil y la rudeza y hostilidad del medio en que se ve obligada a vivir al casarse con don Pedro le provocan sucesivas alucinaciones, crisis de pánico y de histeria, que dada su naturaleza enfermiza la llevarán a una muerte prematura.
Primitivo es el capataz de los Pazos, donde ejerce un poder absoluto. Es astuto y cauto como un zorro. Controla sin escrúpulos a todos los demás seres que habitan los Pazos. Nada puede hacerse sin contar con él. Vigila a mozos, colonos y jornaleros. Esquilma hábilmente la hacienda de su señor; encubre, consiente y estimula las relaciones de su hija Sabel con el amo, como una forma más de ejercer su control sobre aquél. Y, en última instancia, se vale de la ingenuidad de su nieto Perucho para poder acusar a Julián, a quien siempre ha considerado enemigo e intruso, de relaciones culpables con la señorita Nucha.
En cuestiones políticas juega hábilmente a dos bandos, el conservador y el liberal, con la finalidad de estar siempre de parte del que consiga vencer, pero esta jugada le sale mal en las últimas elecciones. Es acusado de traidor por el cacique conservador Barbacana y asesinado en una emboscada por el Tuerto de Castrodorna.
Sabel es la hija de Primitivo. Ha vivido desde niña en los Pazos ocupándose de tareas domésticas. Su reino es por tanto la cocina y ejerce allí su autoridad con la Sabia, la vieja bruja, echadora de cartas y conjuros. Es una bella aldeana, descarada, sensual y provocativa. Tiene un hijo, Perucho, fruto de sus relaciones con don Pedro Moscoso. Además, para mantener las apariencias, tiene un novio gaitero, el Gallo, con el que incluso hace planes de boda, pero, como maliciosamente indica la voz del narrador, además de sus relaciones con don Pedro Moscoso, probablemente también las había mantenido con el anterior capellán de los Pazos, pues así se deduce de las insinuaciones a Julián, nada más llegar este al caserón.
En tanto que amante del marqués y madre de su hijo, cumple una función importante al principio de la novela y en la segunda parte, cuando el marqués regresa casado y su esposa no le ha dado un hijo varón. Su actitud asilvestrada se explica, según las pautas naturalistas, es decir, en función de la herencia, el medio y el ambiente.