Crónicas de las Tierras Quebrati - El Cántico de la Ruina es una novela de fantasía épica grimdark ambientada en un mundo medieval devastado por antiguas guerras y odios ancestrales. Las Baronías de Faustos y Ron, antaño poderosos reinos, viven bajo un frágil armisticio tras la sangrienta Sexta Guerra de las Baronías. Pero la paz es solo la superficie de un conflicto más profundo, donde la política se entreteje con el acero y los juramentos se rompen como escudos en el campo de batalla.
Permitidme empezar con una confesión, una que va en contra de casi cualquier manual de escritura: "El Cántico de la Ruina" no fue concebido para ser amable. No te invita a una silla cómoda junto al fuego; te arroja de cabeza a una biblioteca en llamas. Antes de que un solo personaje respire en la primera página, la obra te exige que te enfrentes a un compendio de historia antigua , un listado de personalidades con sus títulos y lealtades y un glosario de términos arcanos . Es mi forma de decir: "Bienvenido a las Tierras Quebrati. Sobrevive si puedes". Es una declaración de intenciones, sí, pero también es un pacto firmado con la tinta de la honestidad brutal: te ofrezco un mundo total, con sus propias cicatrices milenarias y su compleja red de poder, pero a cambio exijo tu inmersión. No es una lectura para turistas; es una expedición arqueológica a un corazón de tinieblas meticulosamente diseñado, y se espera que el lector traiga su propia pala. Si no puedes, no entres...
Mi objetivo al escribir esta novela no era simplemente contar una historia, sino construir un mundo que se sintiera erosionado por el tiempo, un lugar donde cada castillo en ruinas y cada tratado de paz roto pesaran sobre los hombros de los personajes. El "Addendum al Compendio de Ruinas" no es un mero apéndice, sino el cimiento deliberado sobre el que se asienta toda la estructura. ¿Es una barrera de entrada? Posiblemente. ¿Una sobreexplicación que corre el riesgo de abrumar antes de que la primera espada sea desenvainada? Es un riesgo que decidí correr. Porque para entender la desesperación de un soldado en una frontera olvidada, creía necesario que el lector sintiera, aunque fuera de refilón, el peso de las seis guerras que le precedieron y la ponzoña de las traiciones que aún envenenan la tierra.
Un mundo, por muy detallado que sea, es solo un escenario inerte sin personajes que lo hagan sangrar. Y si la política y la historia son el pesado esqueleto de "El Cántico de la Ruina", sus verdaderos motores, los que le inyectan pulso y velocidad, son aquellos individuos arrojados al fango desde el primer capítulo. Lejos de los tronos y las conspiraciones palaciegas, la novela encuentra su alma en tres trayectorias iniciales que actúan como contrapeso a la grandilocuencia del conflicto global.
Ahí tenemos a Pétar 'Vigilancia', un ladrón de la hermandad Caligati cuya ambición lo lleva a cometer el error de su vida: intentar robarle al mismísimo Barón . Su historia no es la de un héroe, sino la de una rata acorralada en una ciudad que de repente se ha vuelto una trampa mortal. A través de sus ojos, exploramos la podredumbre desde abajo, el pulso febril de las calles donde la lealtad es una moneda tan devaluada como la vida misma. Pétar no se mueve por honor ni por deber; se mueve por el instinto primario de supervivencia, y es esa desesperación creíble la que lo convierte en un ancla a la realidad más cruda de este mundo.
En el otro extremo del espectro moral, encontramos el improbable dúo formado por Nyriss y Tirsa Coenlach . Nyriss, una Hermana Curativa con la capacidad de sanar, es empujada por una visión divina a una misión suicida en Velitele, un valle maldito cuyo nombre se escupe en susurros. Es la personificación de una fe puesta a prueba en un mundo que parece haber sido abandonado por cualquier dios misericordioso. Su contrapunto es Tirsa, una mercenaria cínica y brutal, una mujer que ha sobrevivido a base de violar cada una de las leyes que Nyriss representa. Su dinámica inicial, cargada de desconfianza y necesidad, es el verdadero motor de este arco: la colisión entre la esperanza mística y el pragmatismo forjado a golpes. ¿Puede la fe sobrevivir al contacto con la brutalidad? ¿Puede la fuerza bruta encontrar un propósito más allá del próximo pago? Son las preguntas que su viaje promete explorar.
Estos personajes son mi apuesta personal. Son la invitación a que el lector se preocupe por algo más que el movimiento de ejércitos en un mapa. Si ellos funcionan, si su lucha personal resuena, entonces el peso del mundo que he construido sobre ellos se vuelve sostenible.
Reconozco que la novela exige paciencia. La trama política, centrada en la conspiración para derrocar al inepto heredero de Faustos, se cuece a fuego lento, entre susurros en cámaras oscuras y alianzas frágiles . ¿Podría esta densidad entorpecer la lectura para quien busca acción inmediata? Sin duda. Es una de las características intrínsecas del grimdark que más me fascina y, a la vez, uno de los mayores desafíos narrativos: equilibrar la intriga palaciega con la visceralidad del campo de batalla. La traición en "El Cántico de la Ruina" no es un simple giro argumental, sino el ecosistema en el que respiran los poderosos. Es el motor de la decadencia interna de Faustos, tan peligrosa o más que el ejército ronari que se agolpa en sus fronteras.
Y cuando la guerra estalla, lo hace sin gloria. La descripción del asedio a Sauces Altos es un intento deliberado de despojar al conflicto de cualquier romanticismo . Aquí no hay cargas heroicas ni duelos honorables. Hay barro, sangre, gritos y decisiones terribles tomadas por hombres superados por las circunstancias. La elección de usar a civiles como escudos humanos o el sacrificio de los propios para lograr un objetivo táctico son el corazón de la brutalidad realista que define al género.
Sobre todo ello se cierne la amenaza del Cántico de la Ruina, ese horror sobrenatural que abre la novela con una masacre sin piedad . Es el elemento que eleva las apuestas más allá de una simple guerra de sucesión. No es solo un arma, sino un catalizador del terror, una fuerza de la naturaleza corrompida que recuerda a los personajes —y al lector— que, por mucho que planeen y conspiren, existen fuerzas ancestrales que pueden barrer el tablero de juego en cualquier momento.
Al final, "El Cántico de la Ruina" es mi desafío. Es el resultado de una ambición por crear no solo una historia, sino un universo con una profundidad casi académica. Su mayor virtud es, paradójicamente, su posible mayor defecto: su densidad. El lector que busque una aventura ligera y trepidante probablemente se sentirá abrumado por su escala y su ritmo deliberado.
Sin embargo, para aquel que esté dispuesto a aceptar el pacto inicial, para el lector que disfruta desentrañando complejas redes de poder, que se deleita con un trasfondo histórico que tiene peso real en la trama y que busca personajes moralmente ambiguos que se sientan dolorosamente reales, esta novela ofrece una inmersión profunda y gratificante. Es una obra construida sobre la convicción de que el viaje más oscuro es también el más memorable. La pregunta que dejo al lector no es si la novela es buena o mala, sino si está dispuesto a pagar el precio de la entrada a un mundo que, una vez que te atrapa, no te suelta fácilmente. Yo, como su arquitecto, solo puedo esperar haber construido unos cimientos lo suficientemente sólidos y unos personajes lo bastante carismáticos como para que la expedición merezca la pena, y que la segunda parte, que ya está en construcción, ofrezca mayor sentido.