El fango de los desagües de Miríades era un lodazal inmundo, una sopa espesa de podredumbre industrial y miseria humana que apestaba a óxido y a carne rancia. Se pegaba a la túnica de la Reverenda Dehesa como una segunda piel, fría y pesada. Otro día más hundida en la mierda del mundo. El pensamiento llegó sin fuerza, bajo un eco gastado de una queja que ya había perdido todo su filo. La resignación era un veneno lento, y ella llevaba años bebiéndolo a tragos largos. Apoyada contra un pilar de hierro corroído que lloraba vetas naranjas sobre la escoria, observaba sin ver el paisaje de cañerías reventadas y chatarra retorcida que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El antiguo distrito de Ishul Lira, ahora solo un cementerio de progreso ahogado. Y entonces, lo vio. Un movimiento erróneo en un mundo de quietud estancada. Una luz.
Una antorcha, danzando a través de la penumbra con cada paso cauteloso de su portador. El hombre era una silueta oscura, pero el fuego arrancaba destellos antinaturales de su atuendo. No el brillo honesto del acero de un soldado, sino el fulgor presuntuoso del latón pulido. Un Sicario de Tunis, o algo igual de ridículo. El oro no pinta nada en las cloacas, pensó Dehesa con una mueca que no llegó a sus labios. Las cloacas son para las ratas. Y para las reverendas caídas. Una vieja costumbre, un pequeño ritual de supervivencia, le hizo avivar la maldición que ardía en sus entrañas. Un calor familiar y doloroso, la Caléndula de Lethe, subiéndole por las venas. Si el necio se acercaba demasiado, le enseñaría lo rápido que el oropel se convierte en escoria líquida. Una lección inútil, por supuesto. Nadie aprendía nada aquí abajo.
Avanzaba con la torpeza de quien no está acostumbrado a que el suelo intente devorarlo a cada paso. Espantó con un gesto impaciente a un enjambre de moscardas hinchadas y con venas fosforescentes, y trazó un amplio arco para evitar a dos cosechadoras de quitina —arañas de metal y hueso que se daban un festín con un cadáver hinchado—. El tipo no solo se estaba acercando, sino que parecía que ella misma era su destino. Una estupidez monumental. El yelmo, una pieza ornamentada con filigranas de bronce, se giraba constantemente en su dirección. Miraba al suelo traicionero, y de nuevo a ella. Una y otra vez.
El corazón de Dehesa ejecutó un latido torpe y pesado, un músculo cansado al que se le exigía un esfuerzo olvidado. Levántate. La orden fue una carga. Se irguió con la lentitud de una anciana, el calor de la Caléndula concentrándose en la palma de su mano, oculto bajo los pliegues de su túnica. El brillo anaranjado y malsano le dibujó las falanges a través de la tela. Observó al extraño desde la sombra profunda de su capucha. El Sicario, ahora a apenas una docena de pasos, se detuvo con el agua aceitosa lamiéndole las botas. Se quedó allí, mirándola. El único sonido era el goteo constante de la inmundicia y el zumbido lejano de la colmena industrial de Miríades.
El silencio se estiró, se hizo pesado y denso como el propio aire. Y entonces, se rompió. Una risa. Un sonido seco y rasposo, amortiguado y distorsionado por el metal del yelmo. El hombre se lo quitó con un chirrido de goznes maltratados. Dehesa entrecerró los ojos, el fuego en su mano bailando con desconfianza. El Sicario bajó el casco, lo sujetó a un costado y se sacudió el pelo de la cara. Eran hebras finas, de un rubio ceniza, pegadas a la frente por el sudor. Sus ojos, de un gris frío como el acero de una daga, se clavaron en ella. Y su boca, enmarcada por una barba rala y descuidada, se estiró en una sonrisa tan amplia como inverosímil. Los dientes eran un insulto. Blancos, rectos y limpios. Una dentadura que no pertenecía a aquel sumidero. Una dentadura que solo podía significar problemas.
—Tranquila, Reverenda. No he venido a hacerle daño.
La palabra resonó en el aire viciado, cargada con una familiaridad que le heló la sangre en las venas. Reverenda. No «mujer». No «rata de cloaca». Reverenda. El Sicario sabía exactamente quién era, y de repente, la inmensidad anónima de los desagües se encogió hasta convertirse en una jaula iluminada por una sola antorcha. La sensación de exposición era un picor bajo la piel, una vulnerabilidad que creía haber dejado atrás junto con la luz del sol. Dehesa echó el peso hacia atrás, hundiéndose una pulgada más en el fango, preparando los músculos para lo que fuera a venir. Correr o quemar. Las únicas dos opciones que quedaban.
—¿Qué coño quieres? —el siseo escapó de entre sus dientes, un sonido más propio de una bestia acorralada que de una mujer. Intentaba sonar como una amenaza. Sabía que sonaba a puro y puto miedo.
El hombre de los dientes limpios pareció no inmutarse. Ignoró la pregunta y dio un paso. Uno solo. Lento, deliberado. Un movimiento que medía su reacción. Fue suficiente. Dehesa levantó un brazo, dejando que la manga raída de la túnica se deslizara hasta su muñeca con un susurro de tela mojada. Le mostró la mano. La piel pálida, casi translúcida, estaba envuelta en un guantelete de llamas silenciosas. El aire sobre su palma se ondulaba por el calor antinatural, la Caléndula de Lethe floreciendo en silencio, lista para golpear. Lista para convertir al hombre y su presuntuoso atuendo en un montón de ceniza y metal fundido.
El Sicario se detuvo en seco. Bien. Al menos no es un completo imbécil. Pero en lugar de retroceder, hizo algo mucho más desconcertante. Se arrodilló. El chapoteo del agua sucia rompió la tensión. Clavó la antorcha en el lodo a su lado, la llama parpadeando y escupiendo chispas. Luego, con una fluidez que negaba el terreno de mierda en el que estaban, su mano fue a la espalda y desenvainó una hoja. No era una espada, sino una hoz de guerra, una curva de acero cruel diseñada para destripar. La sostuvo frente a él, con la punta hacia abajo. No la blandió como una amenaza, sino que la hizo girar lentamente, un semicírculo perezoso, permitiendo que la luz temblorosa de la antorcha danzara sobre el filo afilado. El metal reflejó el rostro encapuchado de Dehesa, una mancha de oscuridad distorsionada. El hombre alzó de nuevo la vista hacia ella, y esa sonrisa imposible regresó, más ancha si cabe.
—Mi nombre es Geonosios de Tunis —dijo, su voz extrañamente formal para un sumidero—. Y he venido a ofrecerle un pacto.