Un extracto especulativo de las Crónicas Dispersas, compilado por Avelar de Lys a partir de fragmentos recuperados del Códice de Hollín el Filósofo. Sobre los Tiempos Pasados…
La herrumbre tenía un sabor. Electerio lo sabía bien. Sabía a fracaso, a tiempo y a la sangre de dioses muertos. Era el sabor del aire en la Ciudad Inmóvil de Y’ha-nthlei, un sabor que se adhería al fondo de la garganta y que ni el vino más fuerte podía lavar. De pie en el pináculo de la Aguja Desollada, con el viento gélido de las tierras septentrionales aullando a través de las geometrías imposibles de la ciudad, Electerio contempló su obra. O más bien, la obra de los que le precedieron. Los Forjadores.
«Un montón de mierda bien ordenada», pensó, mientras una ráfaga de viento casi lo arranca de la cornisa. «Eso es lo que somos. Los últimos gusanos arrastrándose sobre el cadáver de un gigante.»
Abajo, la ciudad se extendía como un circuito grabado en obsidiana. No había curvas en Y’ha-nthlei. Solo ángulos. Ángulos agudos que parecían cortar la vista, ángulos obtusos que creaban sombras antinaturales, plazas trapezoidales donde la luz del sol moría de frío. Era una ciudad diseñada no para vivir, sino para funcionar. Un gran mecanismo cuyo propósito se había perdido hacía miles de años. Y él, Electerio, era su último geómetra, su último mantenedor. El último hombre en el imperio que aún entendía las matemáticas del dolor.
Su trabajo consistía en mantener el Flujo. Una corriente de Talento puro, crudo, que corría por las venas de la ciudad a través de conductos de piedra negra que quemaban al tacto. El Flujo alimentaba las luces que nunca parpadeaban, mantenía la temperatura constante en los habitáculos subterráneos y, lo más importante, mantenía a raya a las cosas que acechaban en los cimientos, en las criptas selladas donde los primeros Forjadores habían encerrado sus errores. El trabajo era simple, en teoría. Consistía en reemplazar los glifos erosionados, en recalibrar los nodos de poder, en asegurarse de que las armonías matemáticas no se desviaran. En la práctica, era un diálogo constante con la locura.
Cada vez que tocaba la piedra negra, su mente se inundaba de ecos. Visiones de cielos alienígenas con soles moribundos, el sonido de huesos rotos que era un lenguaje, los gritos de una civilización entera contenidos en un orbe que pulsaba en el corazón de la ciudad. El Orbe de los Mil Infiernos. La fuente de energía. La batería de almas. El trabajo de Electerio consistía en ignorar los gritos. La mayoría de los geómetras acababan locos, lanzándose desde las agujas, sus cuerpos reventando contra las plazas en una última y patética ecuación de sangre y hueso. Electerio no. Electerio era demasiado cínico para volverse loco. O quizás, ya lo estaba.
«Hay que ser práctico», se decía a menudo, una frase que había aprendido de su maestro justo antes de que este intentara ahogarse en un canal de Talento líquido. «El universo es un mecanismo indiferente. No te vuelves loco por el tictac de un reloj, ¿verdad?»
Pero el reloj se estaba parando. Y Electerio podía sentirlo. El Flujo era cada vez más débil. Los glifos se erosionaban más rápido. Los nodos se descalibraban con una frecuencia alarmante. Y por las noches, desde las rejillas de ventilación de los niveles más profundos, llegaban sonidos. Chasquidos. Murmullos en una lengua que hería los oídos. El sonido de algo grande arrastrándose en la oscuridad.
Fue entonces cuando llegó la orden. Desde el Núcleo Central, la sede de la Teocracia de la Razón Pura que gobernaba los últimos vestigios del Imperio Quebrati. La orden, inscrita en una tablilla de metal que se enfriaba y calentaba rítmicamente, era tan simple como imposible: "Restaurar el Flujo. Plena potencia. Inmediatamente."
Electerio se rió. Una risa seca y amarga que el viento se llevó.
—Claro —dijo a la nada—. Y ya que estamos, ¿por qué no le pido al sol que salga por el oeste? Idiotas.
La única forma de restaurar el Flujo a plena potencia era realizar un "sacrificio de resonancia". Un eufemismo. Significaba conectar un ser vivo, un portador del Talento, directamente al Orbe. La mente del sacrificado sería desollada, su alma entera consumida en una fracción de segundo para recargar la batería. Hacía siglos que no se hacía. La Teocracia lo había prohibido. No por compasión, sino por ineficiencia. Era un parche, una solución temporal que a la larga debilitaba la estructura del Orbe. Y ahora, en su desesperación, recurrían a las viejas y sucias prácticas.
El "sacrificio" llegó dos días después. Una mujer. Joven. No más de veinte ciclos. Se llamaba Berseva. La trajeron dos Preceptores de la Razón, autómatas de carne y hueso con los ojos vacíos de quienes han mirado demasiado tiempo a la lógica pura. Ella no lloraba. No gritaba. Solo miraba a Electerio con unos ojos grises que contenían una tormenta. Era una portadora del Talento de alto nivel, una "cantora de éter", capaz de moldear la realidad con su voz. O lo había sido. Ahora, su garganta estaba marcada por una cicatriz quirúrgica. Le habían cortado las cuerdas vocales. Una cantora sin voz. La crueldad de la Razón Pura era siempre tan… precisa.
—Tengo que prepararla —dijo Electerio a los Preceptores. Era una mentira. El ritual no requería preparación. Solo un cuerpo caliente y una mente llena de potencial. Pero necesitaba tiempo.
Los Preceptores asintieron y se retiraron, con sus pasos sincronizados resonando en el pasillo de piedra.
Electerio llevó a Berseva a su taller, un espacio abarrotado de herramientas extrañas, diagramas de circuitos arcanos y el olor a ozono del Talento residual. Ella se sentó en un taburete, su espalda recta, y su dignidad una armadura invisible. Él se sirvió una copa de vino agrio.
—¿Sabes lo que te van a hacer, verdad? —preguntó.
Ella asintió.
—¿Y no tienes nada que decir? ¿Ni siquiera un "jódete"?
Ella señaló su garganta y esbozó una sonrisa irónica.
«Lista. Me gusta.»
Electerio se sentó frente a ella. Por primera vez en años, no estaba pensando en ecuaciones ni en glifos. Estaba pensando en la injusticia. Una idea tan ilógica, tan ineficiente.
—¿Por qué tú?
Ella tomó una tablilla de cera y un estilete de una de las mesas y escribió con una caligrafía elegante: "Canté una canción prohibida."
—¿Una canción prohibida? —Electerio soltó una carcajada—. ¿Y qué canción puede ser tan jodidamente peligrosa como para que merezca… esto?
Ella escribió de nuevo: "Una canción sobre la esperanza."
La risa de Electerio murió en su garganta. El sabor a herrumbre se intensificó. La esperanza. Claro. La esperanza era la mayor de las herejías para una teocracia basada en la aceptación de la indiferencia cósmica. La esperanza implicaba que las cosas podían ser diferentes. Y si las cosas podían ser diferentes, el sistema no era perfecto. Y si el sistema no era perfecto, la Razón Pura era una farsa.
—Te van a conectar al Orbe —dijo Electerio, su voz más grave—. Consumirán tu alma para mantener las luces encendidas unas cuantas décadas más. Para que esos cabrones del Núcleo Central puedan seguir debatiendo sobre la naturaleza de la nada mientras el imperio se desmorona a su alrededor. No sentirás nada. Será instantáneo. Un destello. Y luego, la nada.
«O quizás no», pensó. «Quizás te unirás a los gritos. Añadirás tu propia voz al coro de los mil infiernos. Otra nota en la sinfonía de la desesperación.»
Berseva lo miró fijamente. Sus ojos no mostraban miedo. Mostraban… una pregunta.
Electerio desvió la mirada. Se levantó y caminó hacia un cofre de metal negro en un rincón de la sala. Lo abrió. Dentro, sobre un lecho de terciopelo raído, descansaba un objeto. Un pequeño cubo de un material que parecía absorber la luz. Un Anulador de Campo. Un artefacto de los Tiempos de la Guerra Civil, cuando los geómetras se mataban entre sí. Podía crear una burbuja de "vacío de Talento", un espacio donde la realidad se negaba a ser moldeada. Un arma terrible. O una herramienta.
—Hay otra opción —dijo, sin volverse—. Podría conectarte al Orbe a través de esto. El Flujo se restablecería igualmente. La energía bruta de tu alma sería suficiente. Pero el Anulador… filtraría tu conciencia. Tu mente. Tu… yo. No serías consumida. Serías… integrada. Te convertirías en parte del mecanismo. En la nueva reguladora del Flujo. Una mente en la máquina. No sentirías nada. No pensarías. No soñarías. Simplemente… serías. Una guardiana silenciosa. Una diosa en una jaula de piedra.
Se volvió y la miró.
—El precio es que nunca morirías. Nunca conocerías la paz de la nada. Estarías aquí, consciente pero inconsciente, por toda la eternidad. O hasta que la ciudad finalmente se derrumbe y se convierta en polvo. La elección es tuya. ¿Un instante de aniquilación total, o una eternidad de servidumbre silenciosa?
«Menuda elección de mierda», pensó. «La quintaesencia de nuestra civilización. Dos sabores diferentes de desesperación.»
Berseva se levantó. Se acercó a él. No escribió nada. Simplemente, tomó el Anulador de sus manos. Su tacto era cálido.
La Cámara del Orbe era un hemisferio perfecto de piedra negra pulida. En el centro, suspendido en el aire por fuerzas invisibles, flotaba el Orbe de los Mil Infiernos. No era grande, apenas el tamaño de la cabeza de un hombre, pero su presencia era abrumadora. La superficie era de un negro absoluto, pero en su interior se arremolinaban luces enfermizas, galaxias de dolor. Y los gritos. No se oían con los oídos, sino con el alma. Un coro incesante de agonía.
Electerio trabajó con una precisión febril, sus manos moviéndose entre los conductos y los paneles de control. Berseva observaba, su rostro una máscara de calma. Cuando todo estuvo listo, se miraron por última vez.
—Cuando active el Flujo, concéntrate —le dijo Electerio—. No en la esperanza. Ni en el miedo. Concéntrate en la canción. La canción que te trajo aquí. Cántala en tu mente. Deja que sea lo último que seas.
Ella asintió. Se colocó en la plataforma de sacrificio, el Anulador apretado en su mano. Electerio regresó a la consola principal. Colocó sus manos sobre los glifos de activación. Por un instante, dudó.
«¿Qué estoy haciendo? Estoy condenando a esta mujer a una eternidad de nada. Estoy jugando a ser un dios. Un dios de mierda, incompetente y cínico.»
Pero entonces, escuchó el sonido. El chasquido. Desde las profundidades. Más cerca esta vez. Y recordó el sabor a herrumbre. El sabor del fin.
Activó el Flujo.
La energía brotó de los conductos, un torrente de luz líquida que convergió en Berseva. Su cuerpo se arqueó, sus músculos se tensaron. El Anulador en su mano brilló con una luz negra. El Orbe pulsó, una, dos veces. Los gritos en su interior se intensificaron, una cacofonía de terror. Y entonces, de repente, se silenciaron.
Un silencio absoluto, total, cayó sobre la cámara. Un silencio tan profundo que dolía.
La luz que envolvía a Berseva se desvaneció. Su cuerpo cayó al suelo, un cascarón vacío. Estaba muerta. Pero Electerio lo sintió. El Flujo. Corría por las venas de la ciudad con una fuerza, una pureza que no había sentido en su vida. Estable. Calmado. Perfecto. Las luces de la ciudad brillaron con más intensidad. El zumbido de poder era una nota musical, una armonía perfecta.
Y el silencio. El bendito, glorioso y absoluto silencio. Los gritos del Orbe se habían ido.
Electerio se acercó al cuerpo de Berseva. Su rostro estaba en paz. Y en sus labios, una levísima, casi imperceptible, sonrisa.
«Lo conseguiste, cantora», pensó. «Tu canción… ha silenciado a los infiernos.»
Se sintió… ligero. Por primera vez en su vida. Había tomado una decisión. No una decisión lógica, no una eficiente. Una decisión humana. Había dado a aquella mujer una opción. Y ella había elegido. Y en su elección, había encontrado una especie de belleza.
Se volvió, listo para marcharse, para informar a los Preceptores de que el ritual había sido un éxito. Y entonces lo vio.
El Orbe. Ya no era negro.
La superficie lisa y oscura se había vuelto transparente. Y en su interior, ya no se arremolinaban galaxias de dolor. En el centro del Orbe, flotando en un vacío de cristal, había una figura. Una mujer. Sentada. Con los ojos cerrados. Y en sus labios, una levísima, casi imperceptible, sonrisa.
Berseva.
Y Electerio comprendió. El Anulador no había filtrado su conciencia. La había transferido. No se había convertido en una reguladora. Se había convertido en el Orbe. Su alma, su canción, había reemplazado a los mil infiernos. Se había convertido en la nueva batería. Una batería de esperanza silenciosa.
Y entonces, el miedo lo golpeó. Un miedo frío y absoluto, peor que cualquier grito.
Porque si un alma era suficiente para alimentar una ciudad… ¿cuánto duraría? ¿Décadas? ¿Siglos? Y cuando su canción finalmente se apagara, cuando su esperanza se agotara… ¿qué vendría a llenar el vacío? ¿Qué harían los Teócratas cuando se dieran cuenta de que la fuente de su poder ya no era el dolor, sino el sacrificio de una sola mujer?
«La buscarán», se dio cuenta. «Buscarán a más como ella.»
Dejó de ser el último geómetra. Se convirtió en el primer hereje. El guardián de un secreto terrible. El carcelero de una diosa silenciosa. Y mientras salía de la cámara y sellaba la puerta tras de sí, el sabor a herrumbre en su boca fue reemplazado por algo mucho peor. El sabor a ceniza. La ceniza de una esperanza que él mismo había ayudado a encender, sabiendo, con una certeza matemática, que un día, inevitablemente, se extinguiría. Y en la oscuridad que vendría después, no habría canciones. Solo silencio. Y el chasquido de las cosas que se arrastran, esperando pacientemente su turno.