Traducción de Miguel Turón Stein
Título de la edición original: Einführung in die Philosophie (1950). Este libro es una recopilación de doce conferencias dadas en una emisora de radio de Basilea entre los años 1946 y 1949.
La barbarie del especialismo necesita ser compensada mediante la adquisición de conocimientos fundamentales para todos los hombres de hoy, si no quieren dejar de pertenecer a nuestro tiempo y a nuestro mundo.
Jaspers entiende la filosofía como un saber compartido por toda clase de gente. Estamos, pues, ante una introducción a la filosofía que resulta singular en el género de tales obras, donde es habitual que el filósofo autor del correspondiente tratado pretenda convencernos de la bondad de su escuela o de su adscripción filosófica, sea ésta la escolástica o el marxismo, el estructuralismo o la filosofía neopositivista del lenguaje.
En este caso ocurre lo contrario: Karl Jaspers nos sitúa en el ámbito de nuestra propia libertad, con la secuela inevitable de tener que tomar una decisión personal, de manera comprometida e intransferible. Y no es el caso de que el autor no tenga posición propia; como filósofo de la existencia, no puede dejar de tenerla.
Bajo el nombre de filosofía encontramos ejemplos suficientes para justificar apreciaciones opuestas: se la mira con respeto, como el importante quehacer de ciertas personas extraordinarias, pero también se la desprecia como el inútil cavilar de unos soñadores; por otra parte, se considera que interesa a todos y que, por tanto, en el fondo debe ser simple y de fácil comprensión, pero por otra se la tiene por algo sumamente difícil.
La filosofía carece de principios universalmente válidos. Mientras la ciencia ha adquirido, en cada uno de sus campos, conocimientos de cuya certeza no cabe dudar, la filosofía, a pesar de sus largos esfuerzos realizados, no ha logrado nada semejante: en la filosofía no hay unanimidad acerca de lo conocido. Lo que por razones imperiosas es aceptado y reconocido por todos se ha convertido como consecuencia en un conocimiento científico; por lo tanto, ya no es filosofía.
El pensamiento filosófico tampoco tiene, tal y como es propio de las ciencias, el carácter de un proceso progresivo. Nuestro nivel de conocimientos científicos es superior al que poseía Platón, pero al filosofar propiamente dicho, tal vez ni siquiera estemos a su altura.
Ahora bien, la filosofía bien trabajada está vinculada a la ciencia, en la medida en que la sitúa en el estado más avanzado al que haya llegado en la época correspondiente. Pero el espíritu de la filosofía tiene otro origen. Brota antes que cualquier ciencia allí donde el espíritu humano se despierta.
Esta "filosofía sin ciencia" se manifiesta en algunos fenómenos dignos de mención:
1º) Cuando se trata de cuestiones filosóficas, prácticamente todo el mundo se considera apto para emitir sus propios juicios. Mientras que en materia de ciencia se admite que estudio y método son condiciones indispensables para su comprensión, en el terreno de la filosofía se reivindica el derecho a participar y opinar sin más, considerándose premisa suficiente la propia humanidad, el propio destino y la propia experiencia.
2º) El pensamiento filosófico debe ser siempre original. Cada uno debe llevarlo a cabo por sí mismo.
3º) El filosofar original se presenta tanto en los niños como en los enfermos mentales. Es como si algunas, raras, veces se rompieran las cadenas de la oscuridad y hablase una verdad conmovedora. Hay un profundo significado en la frase que afirma que los niños y los locos dicen la verdad. Ahora bien, la originalidad creadora, a la que debemos las grandes ideas filosóficas, no reside aquí, sino en algunos contados personajes que, desde su libertad e independencia, han dejado constancia de su pensamiento a lo largo de los milenios.
4º) Dado que la filosofía es indispensable para el hombre, está siempre presente, a la vista, ya sea en los refranes tradicionales, en los aforismos filosóficos corrientes, en las convicciones dominantes, en las creencias políticas, pero sobre todo, y desde el comienzo de la historia, en los mitos. No es posible escapar a la filosofía. El problema es si será consciente o no, buena o mala, confusa o transparente. Quien la rechaza adopta a su vez una postura filosófica y profesa, aunque de manera inconsciente, una filosofía.
La palabra griega "filósofo" (philósophos) se formó en oposición a sophós. Es el que ama el conocimiento (el saber), a diferencia de aquel que, estando en posesión del conocimiento, se hacía llamar sabio o sapiente. Este significado de la palabra se ha conservado hasta hoy. La búsqueda de la verdad, no su posesión, es el auténtico sentido de la filosofía. Sus preguntas son más importantes que sus respuestas, y cada respuesta se convierte en una nueva pregunta.
La filosofía es al mismo tiempo la realización del pensamiento vivo y la reflexión acerca de éste. Dicho de otra manera: el hacer y el hablar de él.
En la antigüedad se decía:
La filosofía es (según sea su objeto) la cognición de las cosas divinas y humanas.
Es (por su meta) aprender a morir.
Es la búsqueda consciente de la felicidad.
Es el saber de todos los saberes, el arte de todas las artes, en definitiva, la ciencia que no se circunscribe a ninguna parcela determinada.
Hoy día posiblemente podamos hablar de la filosofía en los siguientes términos; su sentido es:
Ver la realidad en su origen.
Captar la realidad a través del diálogo interior con uno mismo.
Abrirnos a la vastedad que nos rodea.
Aventurarse a un diálogo de hombre a hombre en una lucha amorosa basada en el espíritu de verdad.
Mantener despierta la razón incluso frente a lo más hostil y más extraño.
La filosofía es el pensamiento mediante el cual el hombre llega a ser él mismo en la medida en que se hace partícipe de la realidad.
La filosofía es una tarea jamás acabada, que siempre se repite y se rehace constantemente como un todo presente.
Los comienzos de la filosofía como pensar metódico se remontan a dos mil quinientos años atrás, aunque como pensamiento mítico ya aparece con anterioridad.
El origen es múltiple. Del asombro nacen la pregunta y el conocimiento, de la duda acerca de lo conocido resulta el examen crítico y la clara certeza, y de la conmoción de la persona cuando descubre que se encuentra perdida, la cuestión acerca de su propio ser. Representémonos de momento estos tres motivos:
1º) Platón y Aristóteles sostenían que el asombro es el origen de la filosofía. La visión del espectáculo del Sol, las estrellas y la bóveda celeste es lo que motivó al hombre a investigar el universo. El asombrarse empuja a conocer. Y a través del asombro, el hombre toma conciencia de lo poco que sabe. El filosofar es como un despertar, que se produce mirando desinteresadamente las cosas, el cielo y el mundo, preguntando qué es todo ello y de dónde viene, preguntas cuya respuesta no debe servir para nada útil, sólo para deparar satisfacción.
2º) Satisfechos mi asombro y mi admiración con el conocimiento de lo que existe, aparece la duda. Los conocimientos se suman, pero ante el análisis crítico no hay nada cierto. Nuestros órganos sensoriales filtran y condicionan nuestras percepciones, que, o bien resultan engañosas, o no concuerdan con lo que hay alrededor de nosotros independientemente de que lo percibamos o no. Nuestro intelecto da forma a nuestros esquemas mentales, que se enredan en contradicciones imposibles.
La famosa frase de Descartes, "Pienso, luego existo", era cierta para quien la acuñó, aun cuando dudara de todo lo demás, ya que pese a engañarnos al pensar y estar engañados en cuanto a nuestro conocimiento, nada podrá engañarnos respecto a nuestra existencia.
La duda, como duda metódica, se vuelve la fuente del examen crítico de todo conocimiento. De aquí se deriva que donde no hay una duda radical no puede haber auténtico filosofar. Pero el punto decisivo lo constituye el cómo y el cuándo llegar, a través de la duda, al fondo de la certeza.
3º) Entregado como estoy al conocimiento de los objetos del mundo y tratando de alcanzar la certeza por el camino de la duda, vivo para las cosas, y no pienso ni en mí, ni en mis fines, ni en mi dicha, ni en mi salvación; vivo olvidado de mí mismo, pero satisfecho de alcanzar semejantes conocimientos. Esto cambia cuando tomo conciencia de mí mismo dentro de mi situación (conmoción). Decía el estoico Epicteto: "El origen de la filosofía es el percatarse de la propia debilidad e impotencia".
El hombre se apodera de la naturaleza a fin de utilizarla de acuerdo con sus intereses. A tal efecto, mediante la ciencia y la técnica, la encauza y la hace digna de confianza. Pero incluso en la plena dominación de la naturaleza pervive lo imprevisible, la eterna amenaza y, por fin, el fracaso: no es posible eludir el peso y la fatiga del trabajo, la enfermedad, la senectud, la muerte. Todo lo previsible que existe en el seno de la naturaleza dominada no es más que una excepción en el amplio marco de lo imprevisible.
Y el hombre se une en sociedades para poner primero coto y luego fin a la interminable lucha de todos contra todos; a través de la ayuda mutua busca la seguridad.
Pero también aquí pervive el límite. Sólo en aquellos estados en que la relación entre los ciudadanos es la que impone la solidaridad más absoluta, gozarán la libertad y la justicia de plena seguridad. Pero esto nunca ha sido así. Ni siquiera la tradición, o la patria, o Dios, o los padres, confieren un sentimiento de seguridad y confianza absolutas.
Las situaciones límite -la muerte, la casualidad, la culpa y la desconfianza que despierta el mundo- me demuestran el fracaso. ¿Qué alternativa me queda en vista de este fracaso a cuya realidad no puedo sustraerme por poco que me plantee las cosas honestamente?
El hombre busca la salvación a este fracaso. Ésta se ofrece a través de las grandes y universales religiones de salvación. Su característica es el dar garantías objetivas acerca de la verdad y realidad de la misma. Esto no puede ofrecerlo la filosofía. Y aun así, el filosofar es un superar el mundo, algo análogo a la salvación.
La certeza imperiosa sólo reside allí donde nuestra orientación en el mundo se rige por el saber científico. Pero la admiración y el conocimiento, la duda y la certeza, el hallarse perdido y el encontrarse, no agotan los cauces que hoy nos inducen a filosofar. Por tanto, estos tres principios siguen siendo válidos, pero contextualizados a estos tiempos históricos; hoy el filosofar está subordinado a una condición: la comunicación entre los hombres. Yo sólo soy en compañía de los demás; solo no soy nada.
Así pues, el origen de la filosofía debemos buscarlo en la admiración, en la duda, en la experiencia de las situaciones límites, pero, en última instancia y asumiendo todo lo anterior, debemos remontarnos al afán de comunicación en sí. Desde un principio, la filosofía promueve la comunicación, se expresa, pretende ser escuchada, en el hecho de que su esencia es la participación misma. Sólo en la comunicación se alcanza el fin de la filosofía.
La filosofía tuvo su comienzo a partir de la pregunta: ¿qué existe? De entrada, hay muchas clases de entes, las cosas del mundo, las formas de lo inanimado y lo viviente, muchísimas cosas que van y vienen continuamente. Pero, ¿qué es el ser como tal, o sea, el ser que cohesiona todo, es fundamento de todo y del cual brota todo lo que existe?
Las respuestas son múltiples. La más antigua es la de Tales: todo es agua, sale del agua. Más adelante se dijo que en el fondo todo era fuego, o aire, o lo indeterminado, o la materia, o los átomos, o que la vida era el primer ser, o el espíritu, para el que las cosas son meras apariencias. Tenemos por tanto una amplia gama de ideas que han sido bautizadas con diferentes nombres: materialismo (todo es materia y fruto de un proceso mecánico-natural), espiritualismo (todo es espíritu), hilozoísmo (el universo es una materia viva y animada), amén de otros puestos de vista. En todas esas posturas hay algo de verdadero, pero todas se tornan falsas cuando pretenden ser únicas y explicar todo en base a sus fundamentos. ¿A qué se debe esto? Todas estas posturas tienen algo en común: enfocar el ser como un objeto que encuentro frente a mí. Aquello sobre lo que pensamos y comentamos es siempre algo distinto de nosotros; incluso cuando nos convertimos a nosotros mismos en el objeto de nuestro pensamiento podríamos decir que nos transformamos en algo distinto de nosotros a la vez que seguimos existiendo como un ser pensante que piensa en sí mismo. Este descubrimiento fundamental de nuestra existencia pensante se conoce como la separación del sujeto y el objeto. En palabras de Schopenhauer, "no hay objeto sin sujeto ni sujeto sin objeto".
¿Qué clase de misterio debe encerrar esta separación sujeto-objeto que se manifiesta continuamente? Al parecer, se confirma la incompatibilidad entre lo que es el ser en relación al conjunto sujeto-objeto, y que lo que se manifiesta es el resultado de esta separación: lo Circunvalante.
Obviamente, el ser puro y simple no puede ser un objeto. Todo lo que constituye para mí un objeto se me acerca desde lo Circunvalante, del cual surjo yo como sujeto. Lo Circunvalante permanece oscuro para mi conciencia. Únicamente adquiere claridad a través de los objetos en la medida en la que éstos se tornan más conscientes y luminosos. Lo Circunvalante no se convierte en objeto, se exterioriza mediante la separación del yo y el objeto.
Ahora bien, en todo pensar existe una segunda separación. Analizando, todo objeto determinado está en relación con otros objetos. La determinación implica diferenciación. Incluso cuando pienso el ser en general, por antonomasia pienso la nada.
Por lo tanto, todo objeto, todo contenido pensado, forma parte de esta doble separación. Se encuentra antes que nada frente a mí, el sujeto pensante y luego en relación a otros objetos. En cuanto contenido del pensamiento, no puede abarcar nunca la totalidad, el conjunto del ser, el ser mismo. Cualquier cosa pensada implica su caída fuera de lo Circunvalante. Así pues, lo Circunvalante es aquello que, al ser pensado, sólo se anuncia. Es aquello que no llega a ocurrir, pero en su seno ocurre todo lo demás.
Filosofar acerca de lo Circunvalante implicaría penetrar en el ser mismo. Esto sólo puede ocurrir indirectamente, puesto que cuando hablamos, pensamos en objetos. Necesitamos alcanzar, a través del pensamiento objetivo, los indicios reveladores de ese algo no objetivo que es lo Circunvalante.
Cuando al filosofar pensamos en lo Circunvalante, volvemos a convertir en objeto algo que, por esencia, no lo es.
Lo que nos aporta libertad para filosofar es el hecho fundamental de nuestra existencia pensante, es decir: la separación objeto-sujeto, así como la existencia omnipresente de lo Circunvalante. Esta idea nos libera de todo ente y nos hace girar, por así decirlo, sobre nosotros mismos.
La pérdida de la propiedad absoluta de las cosas, así como de la teoría del conocimiento objetivo, supone para aquel que se apoye en ellas el nihilismo. Nuestro pensamiento filosófico pasa por este nihilismo, que viene a ser la liberación que nos encamina hacia el verdadero ser.
La Biblia y la filosofía griega son las dos plataformas históricas sobre las cuales se basa la idea de Dios en Occidente.
Todo surgió a partir de la nada, de la mano de Dios. En la pérdida de todo sólo queda esto: Dios. Aun cuando una vida pretenda, supuestamente de la mano de Dios, hacer lo más apropiado y fracase, quedará siempre una verdad estremecedora: Dios existe, es.
La teología y la filosofía de Occidente han pensado infinitas variantes de Dios. Pero podemos considerar que la Divinidad se concibe de tres maneras: como razón o ley cósmica; como destino o providencia; como arquitecto del universo. En el caso de los pensadores griegos se trata de un Dios pensado, no de un Dios vivo.
Los filósofos contemporáneos parecen querer evitar la cuestión acerca de la existencia de Dios. Ni dan testimonio de su persona ni la niegan. Mas quien filosofa debe pronunciarse. Si la figura de Dios es puesta en duda, el filósofo debe dar una respuesta. Si no lo hace, no abandona la filosofía escéptica en la que ni se afirma, ni se niega, ni se sostiene nada. O bien se limita al conocimiento científico objetivamente determinado y deja de filosofar sentenciando: sobre lo que no se puede saber, mejor callar.
Sólo podemos saber de Dios porque se ha revelado desde los profetas hasta Jesús. Sin revelación, Dios no resulta real para el hombre. Dios no es accesible a través del pensamiento, sino mediante la fidelidad a la fe.
Un Dios probado no es un Dios, sería un mero elemento más en el mundo. Por tanto, de la misma manera que no puede probarse su existencia, tampoco su inexistencia. Las pruebas acumuladas durante milenios no tienen en absoluto el sentido de pruebas científicas: no son siquiera pruebas, sino maneras de cerciorarse intelectualmente.
Dios tampoco es un objeto de la experiencia sensible. Es invisible, sólo cabe creer en él. Pero, ¿de dónde proviene esta fe? No es originaria de los límites de la experiencia del mundo, nace desde la libertad del hombre. El hombre que es consciente de su libertad también es consciente de la existencia de Dios. Dios y la libertad son inseparables.
Idear a Dios es iluminar la fe. Pero la fe consiste en intuir, permaneciendo a distancia y preguntando. Vivir de la fe no significa apoyarse en un saber calculable, sino vivir de manera que podamos atrevernos a afirmar que Dios existe.
Realizamos acciones incondicionales en el amor, en la lucha y en las grandes iniciativas. Todos los requerimientos condicionales dependen de otras cosas, de fines de la existencia o de la autoridad; por el contrario, los requerimientos incondicionales tienen su origen en mí mismo, nacen en mí y se presentan como el requerimiento que hace mi verdadero yo a mi mera existencia.
Lo incondicional es una resolución con la que yo mismo me siento identificado , y sólo se da mediante una claridad que a su vez procede de la reflexión. Lo incondicional es fruto de la libertad, pero de una libertad que no admite variantes.
Pero lo incondicional no se revela del todo hasta el momento de la oposición del bien y del mal. En lo incondicional se lleva a cabo una elección. El hombre elige lo que, en la dicotomía entre el bien y el mal, entiendo que es el bien. Seguirá el deber o la inclinación, se moverá en la perversión o la pureza, vivirá del odio o del amor. El hombre sólo despierta cuando distingue el bien del mal, y llega a ser él mismo cuando ha decidido hacia dónde va a encaminar sus acciones. Vivir del amor parece incluir todo lo demás. Decía San Agustín: "Ama y haz lo que quieras".
¿Qué es el hombre? Como cuerpo lo estudia la fisiología, como alma, la psicología, como ser social, la sociología; sabemos del hombre como de una naturaleza, igual que conocemos la naturaleza de otros seres vivos, y como de una historia. A pesar de que nuestros estudios permiten un extenso saber, no abarcan al hombre en su totalidad. El hombre es radicalmente más de lo que puede saberse de él. Todas esas ramas del conocimiento conciben algo que hay en el hombre y algo que sucede de hecho; aceptar los conocimientos relativos al hombre es muy positivo, y si se hace con criterio científico, resulta muy enriquecedor. Se averigua entonces qué, cómo y dentro de qué límites se es conocedor de algo y lo parco que es si se lo compara con la totalidad de lo posible.
La vida del hombre no se desarrolla como la de los animales en la sucesión de generaciones, en idénticas repeticiones sometidas a leyes naturales, sino que la libertad del hombre le franquea con la inseguridad de su ser a la vez que le proporciona oportunidades para llegar a ser. Por eso el hombre tiene historia, vive de la tradición y no simplemente de su herencia biológica, y al mismo tiempo su propia libertad ansía una dirección.
El hombre nunca puede estar satisfecho de sí, si en el juicio que haga de sí se apoya sólo en sí mismo, por eso siempre exige el juicio de sus congéneres sobre su actividad. Pero tampoco es decisivo el juicio que los hombres hagan de él: el decisivo es el de Dios.
Cuando los juicios dan prueba de su verdad, lo hacen de dos maneras: como requerimientos morales universalmente válidos (los Diez Mandamientos son una de las formas de la presencia de Dios) y como pretensión histórica.
No tenemos una imagen del mundo, sólo una sistematización de las ciencias. Las imágenes del mundo son siempre mundos particulares del conocimiento que se han erigido falsamente en el ser absoluto del mundo. De distintas ideas fundamentales de la investigación nacen otras tantas perspectivas especiales (el saber es científico por el método). Cada imagen del mundo es una sección de él; el mundo no se puede convertir en imagen. La susodicha "imagen científica" del mundo no es más que una nueva imagen mítica articulada por medios científicos y dotada de un contenido pobre pero mítico.
El mundo no es un objeto; nosotros estamos en él y poseemos objetos en él, pero nunca le tomamos a él por objeto. Renunciar a una imagen del mundo es un requerimiento de la crítica científica.
El mundo no está cerrado. No se puede explicar por sí mismo, sino que en él se explica una cosa por otra hasta el infinito. Nadie conoce el alcance que podrá tener una futura investigación ni a qué se tendrá que enfrentar.
El conocimiento adquirido con métodos científicos puede definirse con la siguiente proposición general: todo conocimiento es interpretación. Pues ningún ser lo tenemos sino en el significar. Cuando lo enunciamos, lo tenemos en el significado de lo dicho; y únicamente lo apresado así en el lenguaje resulta elevado al plano del saber. Todo ser es para nosotros un ser interpretado. Tomar el contenido de una interpretación por la realidad misma resultará siempre una falsificación.
Esta idea supone la existencia de un mundo evanescente: nos encontramos ante un mito que concibe el mundo como la manifestación de una historia trascendente que va desde su creación, pasando por la caída y por las etapas de la salvación, hasta su fin y el restablecimiento de todas las cosas. Para este mito no existe el mundo en sí, sino que se limita a ser un ente pasajero en el curso de un proceso sobrehumano. Mientras que el mundo es algo evanescente, lo que de real hay en esta evanescencia es Dios y la "existencia".
Mientras se filosofa, la discusión no es una pugna por el poder, sino por conocer la verdad de lo que se cuestiona, es una pugna por la certeza, y en ella todas las armas del intelecto se hallan tanto al servicio del adversario como de la expresión de la propia fe.
Los postulados de la ilustración se enfrentan a la creencia ciega que nunca duda, a las acciones que -como las mágicas- no alcanzan lo que pretenden porque se basan en falsos presupuestos, a la prohibición de preguntar e indagar sin restricciones, a las prejuicios tradicionales. Los postulados de la ilustración exigen un esfuerzo ilimitado por alcanzar la evidencia y una conciencia crítica acerca de la naturaleza y los límites de toda evidencia.
Una de las pretensiones del hombre es que lo que hace, quiere y piensa le resulte inteligible. Quiere pensar por sí mismo. Quiere captar la verdad con el intelecto y comprobar su certeza. Quiere participar en experiencias fundamentales accesibles a todos.
La ilustración, en palabras de Kant, es la salida del hombre de la minoría de edad. La ilustración debe considerarse como el camino por el cual el hombre llega a sí mismo.
Quienes combaten la ilustración le han reprochado que destruye la tradición en que descansa la vida, disuelve la fe y conduce al nihilismo; que concede a cada hombre la libertad de usar de su albedrío, con lo que se vuelve fuente de desorden y anarquía; que resulta funesta para el hombre, porque le conduce al abismo. Se la acusa de provocar la autosuficiencia del hombre que considera que se debe a sí mismo lo que sólo le puede conceder la gracia.
Esta acusación pasa por alto que Dios no se expresa por medio de las órdenes y revelaciones de otros hombres, sino en el ser Él mismo del hombre por medio de su libertad; no desde fuera, sino desde dentro. Si se limita la libertad del hombre, obra de Dios y referida a Él, se limita precisamente aquello a través de lo cual Dios se da a conocer de manera indirecta. El hecho de combatir la libertad y la ilustración supone en sí una rebelión contra Dios. Rechazar la ilustración viene a ser un acto de traición al hombre.
No hay ni veracidad, ni razón, ni dignidad humana sin auténtica ciencia.
Ahora bien, el hombre puede entregarse al intelecto con la esperanza de que éste le dé respuestas para todo lo que es decisivo en la vida; sin embargo, el pensamiento no alcanza semejante nivel, y tal aspiración sólo puede conseguirse mediante ilusiones. Pero tampoco debemos abdicar del pensamiento, sino realizarlo con todas sus posibilidades, con la conciencia crítica de sus límites y con el convencimiento de que sus logros válidos se sostienen dentro del orden del conocimiento.
La más pura ilustración es la que con mayor claridad advierte la necesidad de la fe. La fe no puede imponerse por la fuerza de la razón ni mediante las ciencias, y aún menos por medio de la filosofía. Y la falsa ilustración es la que sostiene, erróneamente, que el intelecto es capaz de conocer por sí solo la verdad y el ser.
No hay realidad más esencial que nuestra propia historia. Su conocimiento nos brinda el inmenso horizonte de la humanidad, nos muestra el contenido de la tradición sobre la cual se basa nuestra existencia y nos proporciona los patrones para medir el presente. El objetivo de la filosofía de la historia es la búsqueda de la estructura de la historia universal, de esa unidad. Esta estructura sólo puede hallarse en la humanidad en conjunto.
La historia presenta cuatro profundos cortes:
Primero. Sólo conjeturable es el primer gran paso del nacimiento de las lenguas, de la invención de los útiles, del descubrimiento del fuego. Es la edad prometeica, la base de toda historia, durante la cual el hombre se volvió por primer vez hombre frente a un ser humano sólo biológico que difícilmente podemos imaginarnos. Cuándo ocurrió esto, y en qué períodos de tiempo se realizaron las etapas evolutivas, lo ignoramos. Esta edad por fuerza tiene que retroceder hasta muy lejos, y haber sido infinitamente superior en cuanto a duración que la etapa del tiempo histórico documentado, la cual a su lado es casi insignificante.
Segundo. Entre los años 5000 y 3000 a.C. nacieron y se desarrollaron las altísimas culturas antiguas de Egipto, Mesopotamia, el Indo y, algo más tarde, el Huang Ho, en China.
Tercero. Alrededor del 500 a.C., en el período que abarca desde el 800 al 200, la humanidad se cimentó espiritualmente. De esta fuente bebe hasta hoy, y resulta sorprendente que tal proceso tuviera lugar de modo simultáneo e independiente en China, la India, Persia, Palestina y Grecia.
Cuarto. Desde entonces se ha desarrollado un proceso único y completamente nuevo, espiritual y materialmente decisivo: la era científico-técnica, que se fraguó en Europa desde el fin de la Edad Media, se constituyó espiritualmente en el siglo XVII, se desplegó en el XVIII y ha adquirido un desarrollo vertiginoso desde hace tan sólo unos decenios. La era científico-técnica es como un segundo comienzo, tan sólo comparable a las invenciones de los primeros instrumentos y del fuego.
Novedad es que la historia se torne por primera vez en nuestro tiempo historia universal. Si la comparamos con el actual desarrollo de las comunicaciones a nivel mundial, toda la historia anterior resulta ser un compendio de historias locales.
Para poder creer decididamente en el futuro es indispensable que en la época presente seamos cada vez más positivos, busquemos la verdad y comprendamos los parámetros que nos darán la medida del hombre.
Si consideramos que el sentido de la historia debe desembocar en un estado final de felicidad sobre la Tierra, no encontramos ninguna imagen de tal estado concebible por nosotros, ni el más mínimo indicio de él en la historia transcurrida hasta aquí. La caótica marcha de la historia de la humanidad, su camino de moderados logros y grandes destrucciones, habla más bien en contra de semejante destino. Ahora bien, una meta que sí puede definirse formalmente es la unidad de la humanidad. No es la meta final de la historia, pero es la condición para alcanzar las más altas posibilidades del hombre.
No podemos alcanzar la unidad a través del contenido racional y universal de la ciencia, ya que ésta sólo aporta la unidad del intelecto, no la del hombre entero. Tampoco encontraremos la unidad en una religión universal o en un lenguaje compartido. La unidad sólo puede originarse en las profundidades de la historicidad. Y por otro lado, para que pueda llegarse a esta unidad es preciso que se encuadre en una forma de vida política en que todos puedan unirse precisamente porque gozan de las mismas oportunidades de libertad. Esta forma es el Estado de derecho, pensado y realizado en Occidente, donde la legitimidad está definida por elecciones y leyes, y sólo cabe la posibilidad de alterar estas últimas por un camino legal.
Un orden jurídico mundial, en el que ningún Estado poseyera la soberanía absoluta, garantizaría el final de las guerras. El ejercicio del poder sólo correspondería a la humanidad jurídicamente organizada y en funciones.
La independencia del hombre resulta intolerable para todo totalitarismo, ya se trate de una fe religiosa que pretenda una única verdad como de un Estado que someta todo lo humano a la estructura del poder y no conceda nada propio al individuo.
Pero filosofar significa luchar por la propia independencia en cualquier circunstancia. ¿Qué es la independencia interior? Desde fines de la antigüedad, el concepto que se ha tenido del filósofo es el de un hombre independiente. Independiente porque no tiene necesidades: porque es libre frente al mundo de los bienes y frente al dominio de los impulsos, viviendo ascéticamente; porque no siente temor, puesto que ha advertido la falsedad de las pinturas con las que asustan las religiones; porque no participa en la vida del Estado ni en la política, vive pacífico y sin vínculos, como ciudadano del mundo. Este filósofo se gana la admiración, pero también la desconfianza. Su independencia conlleva pobreza, soltería, falta de profesión y vida apolítica.
La independencia del que filosofa reside en que no aplique sus ideas como dogmas, sometiéndose por tanto a ellas, sino en que llegue a ser dueño y señor de sus pensamientos. De hecho, la independencia puede resulta aparente y engañosa cuando se presenta como la posibilidad de poder ser siempre de otra manera, no comprometida a nada, bajo la forma de indiferencia absoluta.
La independencia absoluta es imposible. En el pensamiento dependemos de la intuición; en la vida dependemos de otros. Por eso somos libres en la medida que nos hallamos vinculados al mundo. La independencia no puede realizarse abandonando el mundo. El hecho de ser independiente implica una peculiar relación con el mundo: estar en él y a la vez no estar en él, estar en él estando a la vez fuera de él.
¿Cómo describir la independencia del filosofar posible hoy en día?
No adherirse a ninguna escuela filosófica.
No tener ninguna verdad enunciable en cuanto tal por la sola y única exclusivamente.
Pugnar por la verdad y la humanidad en una comunicación sin condiciones.
Ser capaz de aprender del pasado, de los contemporáneos y estar abierto a todas las posibilidades.
A los hombres les son imprescindibles unos momentos diarios de reflexión. ¿Cuál es el posible contenido de semejante reflexión?
Primero, la autorreflexión. Me represento lo que he hecho, pensado y sentido a lo largo del día; reviso lo que he hecho mal, mi insinceridad para conmigo y con los demás; me juzgo, veo aquello que hay en mí con lo que estoy de acuerdo y con lo que puedo realzarme.
Segundo, la reflexión trascendente. Siguiendo el camino que señala la ideación filosófica, me cercioro del verdadero ser, de la Divinidad; procuro cerciorarme de lo intemporal o de lo eterno en el tiempo, trato de llegar al origen de mi libertad y a través de ella al ser mismo.
Tercero, la reflexión sobre la tarea que hay que llevar a cabo en el momento presente.
Llegado a este punto, el filosofar se convierte en un aprender a vivir y un saber morir. Debido a la inseguridad que inspira vivir en el tiempo, la vida es un constante ensayar. Aprender a vivir y saber morir es uno y lo mismo.
Si filosofar es aprender a morir, este saber morir es la condición de la vida recta.
La reflexión enseña el poder del pensamiento. Pensar es comenzar a ser hombre. Pero no filosofa aquel que cree poder penetrar todo con la vista, Quien considera el modesto saber científico como un conocimiento del ser mismo y en su totalidad sucumbe a una superstición científica. Quien ya no se asombra, tampoco pregunta. Quien ya no conoce ningún misterio, tampoco busca. El filosofar sabe detenerse en los límites de las posibilidades científicas, comprende lo que se halla en las fronteras del saber como algo susceptible de no ser sabido. En estos límites cesa el conocimiento, pero no el pensar.
Al filósofo se le exige que viva de acuerdo con su doctrina. Pero esta frase no se ajusta a la realidad, ya que el filósofo no tiene una doctrina en el sentido de preceptos bajo los cuales pudieran subsumirse los distintos casos de la existencia real. La vida filosófica conoce su inseguridad y por ello anda buscando constantemente una crítica, un adversario; anhela que la pongan en cuestión y espera los reproches, no para someterse, sino para ser empujada hacia adelante gracias a la propia autoiluminación.
La filosofía es tan antigua como la religión y mucho más que cualquiera de las Iglesias. Sin embargo, al carecer de una forma sociológica propia, la filosofía se sitúa en un plano de inferioridad respecto al ámbito religioso.
Cuanto más ansía convertirse en ciencia, más vacía se vuelve la filosofía, ya que no consigue ser ni una cosa ni otra.
Hemos de superar el prejuicio de que el filosofar compete esencialmente a los docentes. Es algo propio del hombre en sí, con independencia de su clase o rango social. Eso sí, la filosofía no es innata en ningún hombre; siempre es preciso adquirirla, estudiarla desde una triple perspectiva: a nivel práctico, diario, en el obrar interior; a nivel objetivo, mediante el estudio de las ciencias, las categorías, los métodos y los sistemas; a nivel histórico, al penetrar en las diferentes tradiciones filosóficas.
Toda la historia de la filosofía, que comprende dos milenios y medio, puede compararse en un solo gran momento de toma de conciencia por el hombre de sí mismo. Sólo mediante una historia universal de la filosofía podemos llegar a conocer cómo se manifestó históricamente ésta en los más diversos estados sociales y políticos, así como en las situaciones personales. En China, la India y Occidente se desarrolló de modo independiente el pensamiento. Pese a alguna conexión esporádica, hasta el nacimiento de Cristo el abismo existente entre estos tres mundos es tan profundo que cada uno de ellos debe ser comprendido esencialmente por sí solo. Más adelante, el budismo, originario de la India, tuvo en China una influencia parecida a la del cristianismo en Occidente.
La filosofía de Occidente se divide históricamente en cuatro períodos sucesivos:
Primero, la filosofía griega. Recorrió el camino que va del mito al logos y creó los conceptos fundamentales de Occidente, las categorías y las posiciones básicas posibles en la esfera del pensar la totalidad del ser, del mundo y del hombre.
Segundo, la filosofía cristiana medieval. Recorrió el camino que va desde la religión bíblica hasta la comprensión intelectual de ésta, o de la revelación a la teología. De ella surgió la escolástica, que conserva y educa, y sus pensadores crearon un mundo que es religioso y filosófico a un mismo tiempo, sobre todo San Pablo, San Agustín y Lutero.
Tercero, la filosofía europea moderna. Su nacimiento está vinculado a la moderna ciencia natural y a la independencia personal adquirida por el hombre frente a toda autoridad. Kepler y Galileo por un lado, y Bruno y Spinoza por otro, representan los nuevos caminos.
Cuarto, la filosofía del idealismo alemán. Desde Lessing y Kant hasta Hegel y Schelling discurre una línea de pensadores cuya profundidad contemplativa quizá supere todo lo que hasta entonces se había dado en Occidente.
El pensamiento de Occidente se atuvo a las directrices de la antigüedad, la Biblia y San Agustín hasta el siglo XVII e incluso después. A partir del siglo XVIII la cosa cambia. El pensamiento cree poder sustentarse en la propia y pura razón y prescindir de la historia.
Kierkegaard y Nietzsche son dos filósofos que hacen época. Su carisma, fruto sin duda de la crisis de los tiempos en que vivieron, los hace irrepetibles. A gran distancia espiritual se encuentra Marx, cuya influencia sobre las masas fue superior a la de todos los demás.
La unidad de la historia de la filosofía no es un hecho, sino una idea. Aunque busquemos esta unidad, sólo alcanzaremos unidades particulares.
A lo largo de la historia de la filosofía podemos observar series de figuras como, por ejemplo, las que van de Sócrates a Platón y Aristóteles, o de Kant a Hegel, o de Locke a Hume. Sin embargo, constituye un error de apreciación el considerar que la obra del posterior asume y supera los conocimientos de la del anterior. Tampoco se acierta a comprender lo realmente nuevo a partir de lo antecedente dentro de estas generaciones sucesivas. Lo que de esencial había en lo antecedente queda con frecuencia olvidado y muchas veces ni siquiera es comprendido. Interpretar la evolución final de la filosofía como un proceso progresivo puede resultar engañoso.
Consideramos que la historia de la filosofía es algo paralelo a la autoridad de la tradición religiosa. Pero la filosofía no dispone de los libros canónigos que poseen las religiones, ni de una autoridad a la que haya que seguir simplemente, ni de la validez definitiva de una verdad incuestionable. Es la totalidad de la tradición histórica del filosofar la que indica los caminos a la filosofía actual. La historia de la filosofía presenta ejemplos para nuestra búsqueda actual de la verdad. Invita a preguntarse acerca de lo que en ella se intentó, de los que se logró y de por qué se fracasó.
Convertir una filosofía pasada en nuestra es absolutamente imposible. Sería como tratar de producir por segunda vez una antigua obra de arte. Carecemos, al contrario que los piadosos lectores de la Biblia, de un texto que posea la verdad absoluta. Por eso amamos los textos antiguos igual que las viejas obras de arte, acudimos a ellas y nos hundimos en su verdad; pero siempre queda una lejanía, algo inasequible e inagotable con lo que, sin embargo, convivimos de manera permanente y en donde podemos encontrarnos con la fuente del filosofar actual
El sentido del filosofar es la actualidad. No tenemos más que una realidad, la de aquí y ahora.
Las doce conferencias recogidas en este libro son sólo un comienzo, una pequeña parte de las posibilidades que ofrece el pensar filosófico. Su objetivo es incitar a la reflexión propia. Al lector que busque un hilo conductor para su reflexión filosófica, tiene a continuación una orientación:
Sobre el estudio de la filosofía: En el filosofar se trata de lo incondicional, de lo verdadero y de lo que se presenta en la vida real. Todo hombre, en cuanto hombre, filosofa. Ahora bien, captar la esencia de la filosofía de manera rápida y con coherencia es poco menos que imposible. El pensar filosófico necesita un profundo estudio, siguiendo tres caminos:
Primero, tomar parte en la investigación científica. La experiencia de las ciencias, sus métodos y su pensar crítico es requisito indispensable para alcanzar la verdad en el filosofar.
Segundo, estudiar a los grandes filósofos. A la filosofía se llega por el camino de su historia.
Tercero, vivir a conciencia, diariamente, la seriedad de las resoluciones decisivas y la responsabilidad de lo hecho y experimentado.
Acerca de la lectura filosófica: Para entender lo que quiere decir un autor, hay que conocer el lenguaje filosófico, y también el tema del que habla. La capacidad de comprender depende del conocimiento que se tenga. Por lo tanto, tenemos que pensar en el tema en sí y al mismo tiempo en lo que quiere decir el autor; si no se dan ambas circunstancias, la lectura resulta estéril. El filosofar en sí se nutre del legado de las figuras históricas. Al comprender sus textos, nosotros mismos nos convertimos en filósofos. Siguiendo sus postulados, los hacemos nuestros. Pero esa actitud confiada no implica obediencia: la obediencia tiene sus límites, que se alcanzan en cuanto no nos es posible considerar como verdadero más que aquello que logró convertirse en convicción propia en el pensar por nosotros mismos.
Exposiciones de la historia de la filosofía: Siempre es aconsejable leer varias exposiciones de la historia de manera simultánea, para no caer en el error de dar por supuesta una sola, de manera que no nos impondremos involuntariamente un esquema concreto.
Textos: En el Überweg se indican todos los textos que existen en la filosofía occidental, así como sus ediciones, comentarios y traducciones. En el Vorländer se encuentra una selección más sucinta, pero no por ello menos útil. Para el estudio individual conviene hacerse con una biblioteca de los textos realmente esenciales, aunque semejante biblioteca tendrá variaciones personales, ya que por fortuna no existen principios absolutos, únicos y universales. Ofrecemos aquí ciertas orientaciones:
Sobre la filosofía antigua:
+ Presocráticos: El pensamiento de los presocráticos parte de la intuición de una experiencia original del ser. En ellos se advierte por vez primera la ilusión intelectual.
+ Platón: El más fuerte empuje del filosofar parte, hasta hoy, de Platón. Mediante el estudio de Platón no se aprende una cosa concreta, sino que se llega al propio filosofar. El futuro pensador dará su talla en la medida en que haya comprendido a Platón.
+ Aristóteles: De Aristóteles aprendemos las categoría que, a partir de él, dominan todo el pensamiento de Occidente. Fijó el lenguaje del filosofar (la terminología), independientemente de que se piense con él, contra él, o se deje de lado esta fase del filosofar.
+ Plotino: Plotino utiliza la tradición de la filosofía antigua en su totalidad como herramienta para formular una sorprendente metafísica que, en su concepción original, ha pasado a través de los tiempos como la verdadera metafísica.
+ Humanismo renacentista: El humanismo tiene una importancia decisiva. Su origen no es una gran filosofía, sino una actitud del espíritu que, apropiándose de la tradición greco-romana, asimila sin prejuicios y practica una libertad humana sobre la cual se cimienta la base de nuestra existencia occidental.
Sobre la filosofía cristiana:
+ San Agustín: Mediante el estudio de su obra se comprende la totalidad del filosofar cristiano.
+ Juan Escoto Erígena: Concibe un edificio del ser valiéndose de categorías platónicas, pero con libertad en el desarrollo. El edificio se compondría de Dios, la naturaleza y el hombre.
+ San Anselmo: El pensar metódico de la Edad Media es original por primera vez en San Anselmo. Las ásperas formas del pensamiento lógico y jurídico ocultan directas y seductoras revelaciones intelectuales de lo metafísico.
+ Abelardo: Las enseñanzas de Abelardo se centran en la energía de la reflexión, los caminos de lo lógicamente posible y el método de las antítesis dialécticas como vía para la discusión de los problemas. Mediante la oposición de lo contradictorio e incesantes preguntas, Abelardo se convierte en el fundador del método escolástico.
+ Santo Tomás: Es el artífice de un gigantesco sistema que incluso hoy es válido en el mundo católico, en el cual los reinos de la naturaleza y la clemencia, lo racionalmente concebible y lo inconcebible, pero que debe creerse, lo sagrado y lo profano, las posiciones heréticas y lo que de verdad hay en ellas, resultan integrados en una unidad y organizados en una forma que ha sido comparada a las grandes catedrales de la Edad Media.
+ Duns Scoto y Ockham: Representan la ruptura que se produce justo en el momento en que el perfecto edificio del pensar medieval parece acabado.
+ Nicolás de Cusa: Es el primer filósofo de la Edad Media con el que nos encontramos en una atmósfera que se asemeja a la nuestra. En él permanece intacta la unidad de la fe en la Iglesia, la convicción de la verdad de la fe católica, pero sigue caminos metódicos especiales que proceden de su propio intuición. La especulación abre camino a las intuiciones y los conocimientos empíricos.
+ Lutero: Su estudio resulta imprescindible. Pese a despreciar la filosofía -no olvidemos que se trata de un pensador teológico- y calificar de ramera la razón, concibe y sienta las ideas existencias básicas, sin las cuales el filosofar actual apenas sería posible.
+ Calvino: Disciplinado y metódico, aplica la lógica de manera implacable. Sin embargo, y debido a su intolerancia, es el polo trágico opuesto al filosofar, tanto en la teoría como en la práctica.
Sobre la filosofía moderna: Al contrario de la antigua y la medieval, la filosofía moderna carece de una totalidad que la abarque. Se halla dispersa en los más variados intentos, que, por añadidura, no guardan relación entre sí. La filosofía moderna es muy rica, está llena de lo concreto, se muestra libre en la abstracción especulativa y permanece en constante referencia a la ciencia moderna.
Siglo XVI
+ Maquiavelo y Moro: Desde la perspectiva política, sus textos siguen siendo hoy tan interesantes como lo fueron en su día.
+ Paracelso y Böhme: Nos introducen en el mundo de lo que hoy llamamos teosofía, antroposofía, cosmosofía.
+ Montaigne: Es el hombre que, carente de un afán de realización en el mundo, ha conseguido la independencia absoluta.
+ Bruno: Es, por el contrario, el filósofo que, tras infinitas luchas, se consume en la deficiencia.
+ Bacon: Está considerado como el fundador de las ciencias y el empirismo moderno. Sin embargo, entusiasmado por lo novedoso, actitud muy propia del Renacimiento, se entregó en realidad a las ilusiones del poder y la técnica.
Siglo XVII
+ Descartes y Hobbes: Son los fundadores de la nueva filosofía racionalista.
+ Spinoza: Es el metafísico que utiliza conceptos tradicionales y cartesianos para dar cuerpo a su fe filosófica.
+ Pascal: Supone el contraataque al absolutismo de la ciencia y del sistema.
+ Leibniz: Más rico en contenidos e invenciones que todos los filósofos de su siglo, creativo e ingenioso, no supo dar a su metafísica el carácter de una concepción fundamental que fuera profundamente humana.
Siglo XVIII
+ Locke y Hume: La ilustración inglesa tiene en Locke su primer figura representativa. Confirió la base espiritual y política al mundo inglés que emergió de la revolución de 1688. Hume es el eminente analítico. Su escepticismo refleja la dureza y la honradez de un espíritu que osa enfrentarse a lo inconcebible en sus mismos límites y sin hablar de él.
+ Filosofía alemana: La gran filosofía alemana se caracteriza por su energía sistemática y su espíritu abierto a lo más profundo y lejano. La perfección de su lógica y la plenitud de su contenido la convierten en base indispensable todo pensar filosófico serio (Kant, Fichte, Hegel, Schelling).
Siglo XIX
+ La filosofía del siglo XIX es transitoria. En manos de los docentes, pierde fuerza de manera paulatina. Pasa a convertirse en sistemas pálidos y arbitrarios, carentes de validez alguna, así como en historia de la filosofía.
+ Kierkegaard y Nietzsche: Estos dos pensadores son la prueba documental de que la época se caracterizó por la más despiadada autocrítica que se haya llevado a cabo en la historia de la humanidad.
+ Filosofía del Estado y de la sociedad (Tocqueville, Lorenz von Stein, Marx).
+ Filosofía de la Historia (Ranke, Jacob Burckhardt, Max Weber).
+ Filosofía de la naturaleza (K.E. von Baer, Darwin).
+ Filosofía psicológica (Fechner, Freud).
Las grandes obras: Algunas pocas obras filosóficas, por el sentido del pensamiento que contienen, resultan tan infinitas como las grandes obras de arte. El hecho de que elijamos un gran filósofo para estudiar sus obras no significa que debamos ceñirnos solamente a él. Al contrario, al estudiar a uno de los grandes conviene fijarse al mismo tiempo, a ser posible cuanto antes, en lo más antagónico. En el filosofar no cabe la divinización de un individuo, la consagración de un único maestro; al contrario, el sentimiento de filosofar es abrirse a la verdad en su totalidad, no como la nivelada y abstracta verdad en general, sino como la multiplicidad de la verdad en sus altas realizaciones.