En la primera parte, se esboza una antropología de la libertad humana, atendiendo a sus condicionamientos biológicos y simbólicos, sus motivos y su irremediable incertidumbre.
La segunda parte pasa de lo teórico a lo más práctico y se centra en diversas elecciones recomendadas por el autor para afrontar mejor nuestro destino humano en las circunstancias actuales.
Si de lo que realmente se trata es de encontrar no el origen del hombre (en su sentido físico, zoológico) sino su principio (o sea aquello a partir de lo cual comienza a ser hombre), sin duda tal principio está en la acción, es decir en una intervención en lo real que selecciona, planea e innova.
El ser humano cuenta con una programación básica -biológica- en cuanto ser vivo pero debe autoprogramarse como humano.
¿Cuál es la diferencia fundamental, orgánica, entre el ser humano y cualquier otro animal? Su casi absoluta ausencia de especialización de ningún tipo.
Los seres humanos son anatómicamente indigentes, padecen un diseño chapucero y carente de adecuación precisa pero soportan las mudanzas y compensan con su actividad inventiva las limitaciones que les aquejan. Hacen de la necesidad virtud y convierten su esencial imprecisión en estímulo y posibilidad flexible de adaptación.
Aunque mal dotados en lo que respecta a pautas de conducta instintivamente codificadas y en la adecuación a un medio ambiente concreto, estamos provistos del instrumento más apto para improvisar e inventar ante las urgencias de lo real. El cerebro es el órgano específico de la acción: conoce, delibera, valora y decide. Funciona acicateado por nuestras carencias e insuficiencias, para buscarles remedio y aprovecharlas a nuestro favor. El ser humano, desde su imprecisión, comete constantes errores pero aprende de ellos y va corrigiendo permanentemente sus derroteros vitales. Porque la otra función del cerebro es almacenar la información adquirida a partir de la experiencia, codificarla en símbolos abstractos y transmitirla por medio del lenguaje. No estamos determinados a vivir en ningún paisaje ni en ningún clima, pero sí a convivir con semejantes que nos enseñen y ayuden. El medio ambiente natural específico de los seres humanos es la sociedad.
No estamos determinados ni programados instintivamente de tal modo que podamos dispensarnos de actuar. Tenemos bastante dónde elegir a la hora de obrar, pero no podemos optar entre elegir o no, entre actuar o no actuar en términos generales.
El hombre necesita un símbolo práctico de lo que es y hace para poder ser y hacer. Ser humano consiste en buscar la fórmula de la vida humana una y otra vez.
Actuar requiere sin duda conocimiento (para saber hasta donde sea posible cómo están las cosas y cuál es su naturaleza) e imaginación (para diseñar virtualmente los proyectos compatibles con tal naturaleza que puedan llevarnos a realizar nuestros distintos y a menudo contrapuestos ideales prácticos), pero consiste principalmente en decisión acerca de lo que va a hacerse, eligiendo entre los proyectos del menú de cuanto parece que puede ser hecho.
Si obramos por ignorancia, es decir, sin suficiente conocimiento o con una noción errónea del estado de cosas en que vamos a intervenir, es justo afirmar que nuestro acto no es totalmente voluntario: hacemos lo que sabemos pero no sabemos del todo lo que hacemos. Si hubiéramos sabido más o mejor es de suponer que habríamos actuado de otro modo. Ahora bien, esa deficiencia no anula totalmente lo voluntario de nuestra decisión. De otro modo, el campo de nuestras acciones voluntarias se reduciría prodigiosamente porque casi nunca tenemos un conocimiento pleno y plenamente fiable de las circunstancias pasadas, presentes y futuras en las que nuestra actividad va a inscribirse. La necesidad de actuar es mayor que la posibilidad de conocer.
Debo actuar a partir de probabilidades y certezas cuestionables. Estas elecciones son voluntarias, pero deben asumir la parte de incertidumbre y por tanto de involuntaridad en que van a incurrir al realizarse. Actuamos de acuerdo con conocimientos de urgencia, por lo que nuestra opción voluntaria incluye también el riesgo parcial de involuntariedad por ignorancia... Nuestro conocimiento es incompleto, pero nuestra vocación de acción no puede ser infinitamente aplazada. Y esto precisamente es lo que nuestra voluntad mejor sabe.
La novedad antropológica que nos define como especie no especializada es el obrar no meramente instintivo o reflejo sino intencional, es decir, la capacidad de acción: la práctica. Sin intención no hay acción. Y ¿cómo puede establecerse a posteriori que un acto ha sido intencionado? Cuando su agente es capaz de responder más o menos satisfactoriamente a las preguntas de "para qué" y "por qué" lo ha hecho.
La pregunta "¿para qué?" se refiere propiamente a la intención del sujeto agente, es decir, a lo que se propone o pretende hacer. La pregunta sucesiva, "¿por qué?", se refiere al motivo o causa que ha determinado tal conducta.
Cada acción humana se exterioriza en forma de algún tipo de movimiento que transforma parcialmente el mundo donde vivimos, pero tiene también un componente interno, no exteriorizado o mental. La dimensión objetiva de la acción puede ser descrita desde fuera por cualquier testigo presente allí donde la acción ocurre, mientras que la dimensión subjetiva o mental sólo puede ser conocida (al menos parcialmente) por el sujeto que la protagoniza.
La causa de cada acción es siempre la voluntad libre que se decide por un motivo y no el motivo mismo.
Por medio de la razón, el yo busca en el tiempo futuro (rememorando en ocasiones las lecciones del tiempo pasado) las acciones más convenientes según los deseos, creencias, compromisos y posibilidades efectivas de que tiene conciencia simbólica.
Hay que partir siempre de algún deseo humano para que nuestra decisión resulte inteligible.
Nuestro querer está en gran medida determinado por el conocimiento racional de lo que somos y de los que es la realidad en que vivimos. Nuestros conocimientos y creencias deciden lo que nos parece conveniente desear.
Todas las cosas son en parte buenas porque son y participan así del bien más común y primero de todos, el pertenecer a la realidad.
Según dijo alguien tan serio como Tomás de Aquino, si pudiera darse lo completamente malo, se destruiría a sí mismo. Vamos, que sería tan malo que no podría ni ser...
Descartando el énfasis absolutista, quedan lo bueno y lo malo según qué (o quién) y según para qué (o para quién).
"Bueno" y "malo" son términos referidos a lo consciente, a aquello por lo que se opta, es decir a ese libre albedrío que constituye la forma más íntima y problemática de la libertad por la cual antropológicamente nos definimos.
No parece bastar el conocimiento de lo bueno para actuar bien automáticamente.
Si podemos decir con verdad que en muchos casos actuamos racionalmente, es inevitable aceptar que lo irracional existe también como una de nuestras posibilidades.
Las decisiones absurdas son casi siempre colectivas, un trabajo de equipo: sometidos a las relaciones de grupo, los individuos se avienen a disparates que repudiarían si pensaran por sí solos.
La acción no sólo es opción y decisión sino que también puede ser creación. Si miramos a nuestro alrededor vemos por todas partes los resultados eficaces del ejercicio de la libertad, superpuestos e impuestos al devenir de los acontecimientos naturales.
Hemos desarrollado una memoria simbólica que dificulta la soltura para desentendernos de los demás. De modo que sólo contamos para valernos en las constantes adversidades con nuestra disposición activa socializada, puesta en común. Ser racionalmente activo es procurar independizarse de los vaivenes de la naturaleza (que no está hecha para satisfacernos) reforzando nuestra dependencia de los vínculos sociales (que sí están inventados a nuestro favor).
La primera y fundamental obra maestra de la libertad humana es la norma social, la pauta de nuestra colaboración y nuestro contrato de protección mutua asegurada.
La visión ingenua supone que seríamos más auténticos y originales si no tuviésemos ningún molde cultural para orientar y prefigurar la mayor parte de nuestras opciones cotidianas. Pero esas restricciones nos descargan de dilemas agobiantes y nos permiten concentrar nuestra inventiva en aquel campo donde podemos ser más fecundamente libres.
La libertad no sólo nos define sino que también ha contribuido decisivamente a configurarnos como especie. El instrumento esencial de tal transformación es el lenguaje, la institución humana por excelencia y de importancia incomparable con ninguna otra, de la que depende la dimensión simbólica que se superpone y en gran medida condiciona nuestra existencia biológica. La mayor parte de las acciones humanas son acciones comunicativas: incluso el propio pensamiento, deudor ya necesario del lenguaje, es siempre comunicación interiorizada. Como vivimos hablando con los demás o con nosotros mismos en una lengua que no hemos inventado sino que recibimos, hasta lo más íntimo de nuestra subjetividad es irrevocablemente social.
Tras el lenguaje, la otra institución decisiva de la libertad merced a la cual amparamos nuestra vulnerabilidad y ampliamos nuestra capacidad de elegir es la técnica. Si de veras un ser humano pudiese salirse completamente del empeño técnico no volvería por fin al seno armonioso de la naturaleza sino que traicionaría a la suya, como un castor que se negase a construir presas en los ríos o una abeja que se declarase en huelga de panales caídos: sería el colmo de lo antinatural...
La libertad no se refiere a lo que queremos hacer sino a lo que podemos hacer; no trata de los motivos ni de las obnubilaciones del albedrío, sino de las relaciones de fuerza entre semejantes, es decir, de jerarquía, sojuzgamiento, igualdad y emancipación.
Hoy en día, probablemente las mayores diferencias entre los libres de hecho y los libres sólo de nombre las establece el acceso a la información: para ser libre es preciso "saber" más que quienes no lo son y controlar los medios de "comunicación" para difundir tanto el conocimiento como las falsificaciones interesadas que ocupan a menudo su lugar...
El que rechaza la verdad de lo real no aspira a nada alternativo más rico ni más complejo, sino sólo a intercalar en las normas objetivas que no le obedecen excepciones arbitrarias de las que pueda sentirse dueño.
La verdad es siempre verdad aquí y ahora, respecto a algo: es una posición y por tanto no puede absolutizarse sin sabotearse a sí misma. Eso no quiere decir precisamente que todas las verdades sean "relativas".
La "verdad" es una cualidad de nuestra forma de pensar o de hablar sobre lo que hay, pero no un atributo ontológico de lo que hay.
Si nada fuese verdad, tampoco nada podría ser falso.
Entre las elecciones de nuestra libertad, ninguna tan imprescindible y llena de sentido como la que opta por preferir y buscar la verdad.
Optar por ampliar lo más posible el consenso sobre las instituciones sociales es reconocer prácticamente que los humanos vivimos en dos mundos: el de la necesidad natural y el de la libertad política. En el registro del primero somo meros objetos de las leyes, pero en el segundo podemos desquitarnos convirtiéndonos en sujetos legisladores.
Con el quehacer político se disminuye la importancia de lo inmodificable (genealogía, herencia, tradición, condicionamientos genéricos o biológicos, etc.) y se potencian las capacidades de opción personal, equilibrando por medio de la educación y la redistribución de ventajas sociales las oportunidades para que cada cual pueda desarrollar un proyecto vital (relativamente) propio.
Mutilarnos de nuestra posible actividad política innovadora es renunciar a una de las fuentes de sentido de la existencia humana. Cuanto mayor es el equilibrio de una comunidad, su justicia, el reconocimiento que concede a las demandas razonables de sus miembros y a la diversidad de sus proyectos, más seguro resulta vivir en ella.
El auténtico problema de la democracia no consiste en el habitual enfrentamiento entre una mayoría silenciosa y una minoría reivindicativa o locuaz, sino en el predominio general de la marea de la ignorancia. ¿Qué otra cosa puede contribuir mejor a resolverlo que la educación cívica?
En nuestras sociedades pluralistas, la cuestión de la educación cívica está directamente ligada al tema de la tolerancia. No es educación cívica la que tolera cualquier idea o conducta. Toda educación es una reflexión sobre la cultura efectivamente compartida para buscar en ella aquello que debe ser promovido y perpetuado. De lo que se trata es de establecer lo mejor no de cualquier cultura o de todas un poco por igual sino de la cultura democrática. No todas las culturas son democráticas y por lo tanto no todas merecen el mismo lugar y reconocimiento en la educación cívica.
En un estado democrático existe el derecho a la diferencia pero no la diferencia de derechos.
Hay que educar para prevenir tanto el fanatismo como el relativismo. Séneca dibujó muy bien el perfil de la persona inteligentemente tolerante, lo suficientemente convencida de sus ideas como para interesarse sin excesos hostiles por las convicciones de sus contrarios, de las que siempre puede aprenderse algo. Es cierto que no hay culturas superiores a otras, si por tal se entiende que no tengan nada que aprender de las demás; pero no es verdad que todas sean igualmente compatibles con la democracia o que la razón no pueda elegir entre ellas los rasgos políticos y sociales más deseables.
La primera objeción contra el concepto de humanidad es que resulta poco inteligible pero está lleno de sobrentendidos. Se presta más a ser invocado como refuerzo retórico que a ser utilizado como argumento de precisión.
Es probable que ninguna conducta humana carezca absolutamente de fundamento genético, pero lo seguro es que ninguna emoción ni pasión humanas tienen su comportamiento genético programado inequívocamente: la naturaleza nos determina a ser humanos, pero nos permite serlo a nuestro modo...
No entronizamos lo falso o lo insolvente, sino que convertimos en falso e insolvente aquello que entronizamos... por el hecho mismo de empeñarnos en entronizarlo sin reserva ni remedio.
El énfasis distorsiona por exceso de intensidad.
La única forma compatible con nuestra contingencia de multiplicar los bienes que apreciamos es intercambiarlos, compartirlos, comunicarlos a nuestros semejantes para que reboten en ellos y vuelvan a nosotros cargados de sentido renovado.