Antes de aceptar hablar con un par de alumnas un viernes a la tarde en aula tres, Roberto dice que está en un “momento oscuro” para hacer estas cosas, obvio se ríe. Pero, tras 27 años de dar clases, no puede evitar dejar de dar la noticia y convertirse en una. Un personaje que, a pesar del paso del tiempo, la remera negra, la campera de jean, la pelada y la carpeta de noticias, siempre se encuentra en deconstrucción.
Es viernes y los primeros fríos de otoño se sienten en Corrientes. Pero en el aula dos del edificio de COMTULAB por Sargento Cabral nunca hace frío. La calefacción es casi imaginaria. Son las personas, los alumnos y alumnas que miran trabajos de fotoperiodismo en la clase de Gráfico II los que generan esta energía.
Sin embargo, esta sufre una interrupción, no maliciosa, no fría, sino una generada por el ruido de unos pies que un poco caminan y un poco arrastran. Roberto Satina nunca inicia sus clases los viernes a las cinco de la tarde. Son las seis y llega con su mate, corre un banco, mira el aula en general, levanta sus cejas y se sienta.
Un profesor característico de la carrera de Comunicación Social. Pensamientos, ideas, recuerdos en su nombre hay demasiados, incluso las distintas versiones que uno mismo le da a lo largo de los años. Pensar con un periodismo profesional en la región sería imposible sin periodistas que no hayan soñado con la carpeta de noticias, o que no hayan contado las palabras de sus oraciones, o que no se acuerden de cierto pelado al ver una campera de jean. Podría ser innecesario, pero son los detalles, sencillos e iguales para todos, los que generan su nombre.
Roberto Satina tiene 57 años y cuenta los años que le faltan para jubilarse. El primer jueves del año entró a su gran y desastrosa aula uno diciendo que todavía faltaban siete años para no volver. Pero lejos de esperarlos, los disfruta.
¿Cómo hace para venir todos los años a decir lo mismo?
No, no digo siempre lo mismo. Siempre cambio algunas cosas, a esta altura vengo a enseñar, pero también vengo a encontrarme con amigos. Tenemos todo organizado, salimos de acá y nos vamos al bar “La Cucha” (Conocido como El Perro) y terminamos comiendo un Shawarma ahí a la vuelta. Hay un motivacional más, no sé si seguiría haciendo esto si después de acá me tengo que volver solo a mi casa.
¿Qué le gusta de enseñar faltando menos de siete años para irse?
Hoy puedo decir que hicimos de nuestras aulas, un espacio de paz. Si bien esto es una universidad, no un centro terapéutico, vemos el aula como un lugar donde seamos felices mientras estamos acá. Afuera es un desastre, por eso con los profes le ponemos mucha pila al aula.
Cuando entramos a Gráfico o específicamente a sus clases, hay otro ambiente más allá de lo académico, como una red de contención ¿Lo describiría así?
Y mira, no es fácil, al menos en Gráfico II, dar clases de a tres con Rocío (Navarro) y Diego (Acevedo). Somos muy cuestionados por eso. Generalmente en la facultad, las clases teóricas las da un solo profe y las prácticas otro. Pero son tres horas y media donde le ponemos mucha pila, nos turnamos, intentamos hacerlo dinámico. Tampoco tenemos la paciencia larga y la mecha infinita. A veces nos picamos. Se pica.
Pero a nosotros nos gusta poder tener libertad de cátedra. Es uno de los pocos espacios donde se puede tener libertad de pensamiento y expresión de forma plena. Libertad de poder ejecutar un proyecto propio. Así que no nos cansamos, porque elegimos entre todos, podemos elegir material nuevo, viejo, podemos dar clases, parados o sentados. Nuestra cátedra es un proyecto que lo hacemos entre gente amiga, donde vamos sumando y sacando entre todos. Ahora estamos con lo de la inteligencia artificial.
¿Qué piensan de la inteligencia artificial dentro del aula?
Así de entrada, lo que se viene en plagio. Mucha gente lo está usando y nosotros con los profes mucho no sabemos por qué no lo usamos. Entonces no sabemos la dimensión de hasta dónde puede llegar esto.
Buscamos hablarlo, plantear el debate, actividades, encontrar sus cosas a favor como una herramienta y sus cosas en contra. Necesitamos hablar, pero igual hay que trabajar en un plan de acción ante estos casos. Antes, si plagiamos en la facultad, tenías seis meses de suspensión. Así que el mal uso de esto no puede pasar como si nada.
¿Y como periodista qué piensa de esto?
Que se pierde el valor de lo propio. Cuando vos tenés 17, 18 años vas a hacer cabezas de noticias y las vas a hacer mal. Entonces hay que reconstruir el propio texto, buscar la manera de que cierre. Usar esto para escribir es como ir por el camino más fácil, se pierde el valor de lo propio, de volver a intentar.
¿Esto tiene que ver con el hecho de vivir en una época donde todo es inmediato?
Hay un terrible tema con la frustración. Para mí frustrarse es algo mucho más amplio que no aprobar un parcial o equivocarse. Si bien me pongo en el lugar, para un chico que recién entra en la facultad el parcial es el mundo, pero frustración y fracaso son palabras muy pesadas. Entonces, ante estos momentos, es donde se cae en el plagio, en la copia.
¿Pero no es necesaria la frustración para aprender?
Sí, pero hay que frustrarse en todo caso con lo propio, haciendo. No hay que perder el valor de la fuente, de recrear ideas desde la cita.
Hace 27 años que es profesor de esta carrera: ¿Qué reflexión hace que muchos profesores que hoy están en nuestras aulas, fueron sus alumnos? ¿Era distinto al principio?
No cambió mucho, pero obvio no es lo mismo cuando yo entre que ahora. Cambiaron muchas cosas. Cambié yo, me casé, tuve mis tres hijos y un día se empezaron a ir. Quedamos solos. Muchas cosas de mi vida cambiaron.
Pero me gusta reencontrarme con ellos. Hay profesoras y profesores con los que soy más amigo, pero con la mayoría hablo y tengo más o menos confianza. Pero sé que hay un reconocimiento mutuo de que yo les di todo lo que podía dar y que recibí de ellos el mismo esfuerzo. Si bien me parece buenísimo el encuentro, disfruto de estar solo. Pero me gusta encontrar gente, charlar y reírnos que cuando se van poniendo viejos siempre te dicen: “cuando yo cursaba era más difícil”
Y si vamos incluso más atrás de cuando esto empezó, ¿Dónde y qué estudió?
Nací en Sáenz Peña, Chaco. Terminé el secundario en el 86´, estudié trece años en un colegio de curas, en plena dictadura. Cuando salí de ahí me vine a Resistencia, pero fue cuestión de meses que me vaya a Córdoba con mis amigos. Me fui a la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) que para mí fue un cambio de vida.
Me recibí a los cinco años de Licenciado en Comunicación Social en la facultad, que en ese momento, era la de Ciencias de la Información. Cursaba en una pseudo casita de Tucumán. Todavía sigue esa casita vieja de fondo, ahora está todo renovado, pero mantienen ese lugar. Cuando me recibí sabía que iba a volver, porque acá había más que hacer que allá.
¿Por qué eligió el periodismo gráfico?
Si bien hice de todo, radio, televisión, me quedo con el periodismo gráfico.
Siempre me gustó leer de chico. En Sáenz Peña, a la otra cuadra de casa, había un kiosco, que se llamaba el abuelo de los recuerdos. Siempre compraba lo mismo y el abuelo me prestaba sus revistas, donde leía de “todo”. Revista Gente, siete días, de pesca, había “Aire y sol”. Después había unas revistitas, que se llamaban “Selecciones”. Eran unas ediciones chiquitas que siempre ponía como mal ejemplo de periodismo en gráfico I, un año a fin de año un grupo de chicos me trajeron de regalo una edición.
Mi destape de contenido cultural, de valor, fue en Córdoba. Me cambió la mentalidad. Insisto que la facultad no es solo estudiar. La formación te da una serie de herramientas para la vida cotidiana, te mete en un contexto, te sitúa con otra gente, es como un baño de realismo cotidiano. Es distinto a no hacer nada.
¿Qué cree de aquellos que piensan que la facultad es perder el tiempo o venir a que te adoctrinen?
Siempre reflexiono que en un colegio de curas, en dictadura, donde solo tenés una única versión de la historia, es adoctrinar. En esa época solo existía una sola forma de pensar, también una sola biología, la de los animales y las plantas. Conocer temas como el cuerpo, el sexo, las relaciones, era imposible. Se encargaban de que hubiera una sola versión de la historia. Nadie hablaba de nada, además, no había internet, libros o revistas. Uno se educaba en la calle, porque los curas te enseñaban las cosas feas, enfermedades, la parte negativa.
Eso sí que era adoctrinamiento. Trabajaban mucho con el cielo y el infierno, el bien y el mal. A mí siempre me gusta decir que la universidad no solo te da un título, te cambia la vida. Para mí fue una revolución.
Por eso hay que insistir con la empatía, con la capacidad de mirar lo que le pasa a la otra persona. No se trata de que le vaya bien a uno, se trata que tu entorno esté bien. Hay que salir de una sola visión, la construcción rígida, reduccionista, general o juzgadora. La universidad no adoctrina, sino que te hace escuchar y dejar de cerrar la idea. La eternización y la generalización son clausuradoras de ideas.
Siempre menciona que su mayor pasión como profesor es crear lazos entre los estudiantes, ¿Sigue siendo así?
Sí, yo insisto mucho con eso. Tengo 57 años y es muy difícil saber si no te relacionas, no te involucras. Yo puedo terminar mi clase e irme, pero yo necesito saber que piensa un pibe de 17 o 18 años. A mí me sirve mucho charlar dentro del aula, en los pasillos y hasta en Rolo. Que eso también es muy juzgado, no tan bien visto. Pero me gusta ir porque se aprende mucho, te sitúa en otro contexto. Ahora no tengo a mis hijos en casa, entonces no veo o no sé lo que pasa.
“Eso es enseñar con empatía. Hablar con la gente, construir, deconstruir. Me gusta decir que estoy en movimiento o deconstrucción permanentemente. Y eso también es periodismo, más allá de la base, todos los días hay algo nuevo. La rutina me retarda”
¿Hay algo que le gustaría que quede siempre en las aulas? ¿Algo que usted quiera dejar?
No, no pienso dejar nada. Pienso si en llevarme -ríe- es un pensamiento medio egoísta, pero quiero en 10 años encontrarme con ustedes, con gente recibida, ver que hacen, compartir un abrazo, una charla. Eso es lo que importa. Si no, podemos hacer un gran evento en Rolo, con corte de calle y todo.
Bueno, por último, ¿Algo bueno y algo malo que destaque de los medios regionales?
Lo malo es la poca producción periodística que hay, mucho refrito, copia y pegue, mucha gacetilla. Lo bueno es la cantidad de gente con cabeza que se recibe de acá y está trabajando en los medios. En nuestra región hay mucho para escribir, mucha crónica, muchas historias. Entonces hay mucho recurso malo y mucho material humano. Lamentablemente, se ve poca producción de esas grandes cabezas. Pero eso también es culpa de la falta de inversión, de los medios, los gobiernos. Hay mucho sueldo miserable o en negro que están por debajo de la canasta básica y así es imposible.
Por eso sé que el día que me vaya voy a seguir reclamando por los sueldos docentes y de prensa. No tanto por el mío, después de 30 años ha tomado cierto piso de dignidad. Si no el sueldo de quien empieza, que ingresa y cobra solo 100 mil pesos. Yo voy a seguir reclamando, parando, porque lo viví, no hay que perder la memoria de lo que uno pasó en la vida, eso es empatía.
¿CARPETA DE NOTICIAS O DE RECORTES?: UN PROTAGONISTA DE PESADILLAS
El arma de tortura para cualquier estudiante de comunicación tiene nombre y apellido: Para los más nuevos, carpeta de noticias, para los que supieron comprar el diario tres veces por semana, carpeta de recortes. Pero sin duda, nunca, nadie, jamás, olvida esas noches sin dormir. Es interesante mencionar que este mutuante artefacto, que se adapta al paso del tiempo, la tecnología, las pandemias, distintos climas políticos y el mundo genérico de las redes sociales, es importado de la ciudad de Córdoba.
“La carpeta no la invente yo. Me inspiré de una profesora de quinto año que nos hacía hacer una carpetita que nos pedía en hoja oficio. Usábamos textos de papel, los pegábamos y analizábamos. Yo elegí política internacional. Y me quede con la idea”
Satina también supo tener su casita. La facultad de comunicación de la universidad Nacional de Córdoba, antes de ser facultad, fue escuelita. Fundada en 1972 tras el último golpe militar, comenzó a dictar clases de comunicación y periodismo dentro de la Escuela de Ciencias de la Información. El profe describe al lugar como una casita de Tucumán, porque su arquitectura se asimila a una casa colonial.
“Siempre me quedé con la idea, porque era un recurso estratégico para que uno se siente a leer los diarios y que se apliquen conceptos teóricos que capaz no entran en el parcial, pero que son esenciales”, mencionó.
Roberto Satina llegó a los 27 años a una facultad donde nadie quería su puesto de trabajo. Pero él decidió hablar para que otros escriban. “La carpeta se fue achicando, antes eran más que las 66 noticias que son ahora, pero todavía vive. Actualmente, nos dedicamos solo a los medios que están en digital”, comentó.
Esta especie de chiche, trabajo o en corto “SEP” (Segundo Examen Parcial) siempre se encuentra en evolución, deconstrucción y modificación, al igual que quien lo bautizó.
Nota de autora: Quien les escribe, quiere mencionar que la primera vez que recibió una devolución de su carpeta, era el día de su cumpleaños. No importa el resultado, Rolo siempre acompaña. Y gracias a quienes me cantaron un desafinado feliz cumpleaños para olvidarme de ese bajonazo.