Un ensayo acerca de la importancia del derecho a ser lo que somos: estudiantes universitarios. Lo que para otras generaciones era un privilegio o una utopía, para nosotros, es una realidad tangible. Esta reflexión moviliza a quien la lea a defender lo que tenemos, y pelear para que nadie más considere el estudiar como un sueño inalcanzable.
Ella me cebaba mates porque yo estaba tejiendo. La puerta estaba abierta y se notaba de fondo el monte con el cielo nublado. Mientras tanto, sobre la mesa estaba una servilleta de papel con migas que quedaron huérfanas de una porción de bizcochuelo.
Hablábamos de muchas cosas que nos fuimos guardando en la memoria durante todo el tiempo que no pudimos vernos entre las semanas, entre los días, entre las rutinas de cada una. De todos esos temas, me quedé con el de La Fabi y la mirada que unas señoras de 75 años, trabajadoras precarizadas desde temprana edad, tienen de la educación.
Charlar con las abuelas es, a veces, como comunicarse con una bola de cristal: todos los temas sobre los que hablamos terminan, con el pasar de las horas o los días, protagonizando algún hecho social.
La Fabi era una amiga de mi abuela Blanca. Falleció hace poco, pero mi abuela habla de ella en presente. Me contaba de charlas que tenían, una de esas era sobre el estudio. Blanca decía:
- Ella sabía usar la calculadora, la manejaba re bien. Y yo, para animarla, le decía, mirá Fabi si vos hubieras podido seguir estudiando, ahora serías una médica.
Y nos reímos un rato cuando terminó de relatar eso.
Mi abuela Blanca pudo estudiar hasta 2do grado de primaria, hasta aprender lo fundamental: leer y escribir. Ella nació en Formosa, en el campo, lejos de todo. La vida y sus injusticias la alejaron del estudio y cuando puede, cada tanto, a sus nietos y nietas nos dice que tenemos que seguir estudiando.
Recuerdo particularmente esa charla porque dos días después se realizó la marcha en defensa de la educación pública. La cual sigue en riesgo, despreciada, desfinanciada y pisoteada por un gobierno nacional que dice buscar la prosperidad del país, pero destruye todas las herramientas que tenemos para lograrlo.
Recuerdo esa charla también por la ternura que la protagonizó, porque para mi abuela saber usar una calculadora era algo de otro mundo, porque su mundo era chiquito, reducido, con pocas oportunidades. Y es precisamente eso lo que cambia el acceso a la educación en general, pero te amplía la universidad: conoces otros mundos.
Por eso, mi intención no es detenerme en los análisis del gasto universitario, de la situación crítica del país y en cómo pueden hacer las universidades para autofinanciarse, ni en las estadísticas. Me gustaría, por un ratito y en el refugio de estas palabras, recuperar las historias, nuestras historias. ¿Qué hacemos en la facultad? ¿Por qué estudiamos? ¿Qué significa, para nuestra familia, que estemos en la universidad? ¿Cuál es la búsqueda?
La facultad siempre te da revancha
Propongo que pensemos en la universidad más allá de la formación académica. Creo que caminar por una nos da muchísimo más que un título, creo que la facultad nos hace crecer como personas, nos invita a cuestionar quiénes somos y quiénes queremos ser. “La facultad siempre te da revancha” dijo una vez un profesor. Y es cierto, siempre podés intentarlo de nuevo. Y esa posibilidad existe porque es pública, porque es de todos, todas y todes. Porque es, aun con todas sus fallas, uno de los pocos lugares en el que la idea de igualdad no parece una utopía.
Pensar en la educación más allá de un aprobado o reprobado nos permite reconocer y revalorizar nuestra experiencia, nuestro crecimiento personal en esos pasillos y en esas aulas que son también un hogar durante una etapa significativa de nuestras vidas.
Sobran los relatos sobre cómo la universidad pública nos cambia la vida. Propongo recordarlas y tenerlas presente para que sean, de alguna forma, nuestra motivación para seguir recorriendo un camino, el que sea. Porque ejercitar esa memoria emotiva nos permite, de alguna forma, honrar a quienes lucharon por nuestro derecho a la educación pública y de calidad y también por esas abuelas (por todas las familias) que sacrificaron muchas veces el cuerpo y la vida para que hoy podamos escribir en esta revista, estudiar esta carrera y caminar por estos pasillos.
A lo largo de nuestra historia, atentaron muchas veces contra la educación pública (suelen ser los mismos de siempre, con los mismos discursos e ideologías) y, por más cómodo y lindo que sea, nunca se la defendió solamente con las palabras sino con la lucha, en las calles, en las marchas, en las aulas. Por esto, nunca hay que dar por sentado un derecho. Y también recordar que estudiar no es el único derecho que nos permite alcanzar la universidad.
Propongo, entonces, que la cuidemos y que luchemos por la facultad que nos abraza cuando el afuera es hostil, aunque sea por unas horas. Porque sin la universidad no hay derechos, no hay progreso y mucho menos hay libertad.
“Cascarita de huevo era su cuerpo (crónica de un derrumbe)” relata la tragedia que tuvo lugar el 22 de marzo de 2012 en la calle San Martín al 652 de la capital correntina. Allí 11 obreros cayeron al vacío, de los cuales, 8 tuvieron un evitable final.
El libro publicado en el año 2023 debe su creación a María Laura Riba. La escritora, que actualmente radica en Resistencia, Chaco, combina el detallismo al cronicar con tintes periodísticos y la claridad y narratividad propios de la literatura para llevar a cabo la expresión escrita de esta investigación.
A partir de entrevistas y varios años de seguimiento de este caso, el punto cúlmine que impulsó aún más la publicación del texto (que irónicamente es como inicia el libro) es con la sentencia dictada en el año 2022, a diez años, sí, DIEZ AÑOS del suceso. Una sentencia tan esperada que dejó insatisfechos a todos los que merecían justicia.
El libro relata el momento después del juicio, como un padre se aleja de los gritos y el desconsuelo por la sentencia, y empieza a pensar en otras cosas para, de forma inconsciente, no enfrentar lo que acababa de ocurrir. Nos cuenta el día anterior, ese lluvioso día anterior donde la sospecha de lo peor se asomaba en los pensamientos de algunos obreros. “Las maderas van a estar hinchadas”.
Poco después, el hecho se hace protagonista, una cadena de acciones confusas pero que se justifican por la desesperación del momento. El cemento empieza a caer dentro del tanque y estos hombres hacen lo imposible para sacarlo, costándoles así, la vida a muchos de ellos. El peso del cemento hace que el encofrado de este tanque ceda y caiga al vacío. Terminaron cayendo en una casa aledaña de donde fueron rescatados albañiles heridos y otros que ya no tenían la posibilidad de sentirse heridos. La herida se traspasó a sus familias quienes siguen reclamando desde hace 12 años.
Se comprueba en el juicio que no contaban con las medidas de seguridad, que la obra había sido clausurada desde el 19 de marzo del 2012, que se construyeron 2 pisos de más, pero ahí estaban, trabajando.
El libro usa recursos gramaticales como onomatopeyas y efectos visuales como el
c , el cual genera ese impacto necesario.
a
e
Estos recursos se utilizan para que esta historia sea conocida, tenida en cuenta y trate de dar algo de justicia a las familias y heridos de gravedad.
Todos los responsables fueron absueltos, o condenados a una inhabilitación que no cumplen, además de tareas comunitarias.
En una estupenda jerarquización, Riba nos hace viajar a distintos escenarios y nos hace pasar por distintas emociones como la tristeza, el enojo, la nostalgia al pensar desde el lado más humano, más real, dejando de lado la sentencia judicial y dándole protagonismo a la secuencia y consecuencias de esta tragedia. La calificación de este texto no tiene que ver con cosas técnicas, sino con lo que genera en el público, nos hace replantearnos muchas cosas como el rol de la justicia, la desocupación y la puesta por delante del trabajo ante la posible muerte, el dolor de familias a las que se les quitó su todo y no recibieron nada.
La profesora de la Licenciatura en Comunicación Social, Mónica Kreibohn, escribió esta columna en la que reflexiona acerca del futuro que ella ve para el periodismo en la región.
“Angirû es amigo, amiga”, me dice mi cuate Edu Barreto en un audio de Instagram. Para quienes hayan visitado la lengua guaraní, sabrán que por un lado corre el significado y el origen de las palabras; y por otro su uso, de allí mi consulta. La definición que circula es hermosa y fue recuperada por Eduardo Galeano en alguno de sus libros, en su afán de educador de los cientos de sarambi (mezcolanza, enredo) que nutren nuestra identidad latinoamericana.
Y aquí estoy nuevamente con la inmensa misión de definir algo, no importa lo que sea, que se aparece con la vestidura de un vocablo guaraní. Para quienes no me conocen tanto, pasé siete años de mi vida adulta en Asunción del Paraguay: me fui a finales del 2004, dejando familia, trabajos y amigos. Fue una elección propia y costosa, un precio que aún se sigue pagando, y quizás lo que más extrañé en mi exilio elegido fue el aula de Gráfico. Nunca supe qué extrañaba, porque sin dudas no era a mis compañeras y compañeros de cátedra. Y ahora, ante el pedido de “profe podés escribir una columna sobre el futuro del periodismo local para la revista”, parece que comienza a develarse ese enigma personal.
Uno extraña los lugares en los que fue feliz, ese estado que los guaraníes llaman techaga’u, una nostalgia profunda que crece en el centro mismo del estómago al evocar cada che paraje kue (mi lugar querido, entrañable). Eso es el aula para mí: un lugar querido, el lugar desde el que se puede cambiar algo, por mínimo que sea. Y miren si no es verdad: hoy asistimos al nacimiento de Angirû, una revista nacida en las aulas y pasillos de esta facultad, en la efervescencia del cariño de compañeres de cursada. Y todo esto es un montón y es necesario en los tiempos que corren.
A fuerza de equivocarme y decepcionar a las editoras de esta publicación digo que es imposible definir algo como “el futuro del periodismo local”, o nacional o internacional. De lo que sí estoy segura es que el periodismo tendrá siempre su corazón en la necesidad de contar historias. Historias significativas. Historias que eduquen. Historias que levanten la voz de sus protagonistas, y si son locales y periféricas, mejor, porque esas son las historias que constituyen nuestra identidad. Y me atrevo a subir la apuesta: si pueden hacer de los medios en los que trabajen voceros de nuestra historia, habrán hecho demasiado. Si no pueden, no dejen la vida ahí, busquen otros espacios, propios y autogestivos, donde seguir contando historias.
Angirû leo; y la A es una evocación al pórtico de entrada al edificio de la carrera. Angirû es la palabra para mencionar a les amigues, esa familia elegida; y cuando las aulas dan estos frutos se vuelven angirû kuera (mis amigos, mis amigas), compañeres del aula. Añûa, che irûnguera aulape (abrazo mis amigas del aula), que la fuerza de las historias y la verdad las acompañe.