El sol brillante caía sobre las dos figuras femeninas. La humana no parecía intimidada por el rostro duro y enfurecido de la drow, casi como si pudiera ver sus intenciones reales.
—Vengo a pedirte un favor —masculló Shri'Tana.
—¿A mí? —sorprendida respondió la humana—. ¿Qué puedo hacer yo por tí? —preguntaba con media sonrisa Isobel.
—Voy a cometer la mayor de las traiciones. Voy a volver a fallar a mi familia y solo tú puedes hacer que este plan funcione —aclaraba cabizbaja la drow.
—No comprendo. ¿Podrías ser más clara? —a media sonrisa como si solo quisiera sonsacarle información para tejer uno de sus telares.
Shri'tana gruño, gesto que se le había pegado de Dócil cuando la gente parecía tomarle el pelo.
—Voy a reclamar el porfolio de mi diosa, de Lloth y obviamente sabemos quiénes van a impedírmelo —decía sin mirar a la humana a la cara.
—¿Y qué quieres que yo haga? No puedo contra ellos, solo soy una antigua taberna —de nuevo con esa media sonrisa.
—No me trates de estúpida, sé lo que puedes hacer con ese violín. Vas a dormirlos, aturdirlos o lo que sea que puedas hacer para que yo cumpla mi cometido —los ojos de la drow ahora clavados en los de la barda no daban opción a una negativa.
—Dócil no me lo perdonará —dolida, comentó la humana.
—Sí lo hará pues le darás un hijo. Le cogerás de los pelos y os iréis a la costa, a la montaña o donde te salga del coño y ahí tendréis una estúpida granja donde plantar tomates —casi parecían dolerle esas palabras.
—¿Y su cruzada? Si sigue habiendo dioses seguirá con ella —no parecían convencerle las palabras de la drow.
—Yo seré su cruzada. Tú romperás esa estúpida espada y yo velaré por vosotros, lo prometo. La Sombra de la Hidra cuida de su familia y vosotros sois la mía. Ningún dios osará molestaros —parecía que la drow se creía plenamente esas palabras.
—Está bien. ¿Cómo lo haremos? —dudosa preguntaba Isobel.
Shri'Tana comenzó a explicar su plan, algo complejo pero a la vez sencillo. Solo había que esperar el momento. Al fin y al cabo ella conocía a los dos machos que siempre la protegían y sabía cómo actuarían.
Atardecía a los pies de la gran escalera y los dos hermanos se encaraban ante su magnitud. Una sonrisa acompañada de una mirada paró el tiempo un instante antes de que ambos comenzarán a subir. Era el momento y aguantando unas lágrimas en sus ojos, Shri'tana comenzó a silbar la canción que tanto daño le había hecho en su infancia. El violín de Isobel empezó a sonar algo alejado, ralentizando así al semiorco que silencioso iba a la espalda de Shri'Tana. El violín sonaba más cerca y ella se giró sonriendo a Dócil.
—Esta estrategia ya la he visto antes —dejó caer con una sonrisa.
El semiorco somnoliento perdía las fuerzas pero en su cara se podía ver una sonrisa de orgullo.
—Virae…—dijo Dócil.
Los ojos de los mellizos se cruzaron de nuevo. La música del violín cada vez más profunda y melancólica se clavaba en sus oídos.
—No puedes hacerlo hermana —dijo el drow con tristeza en su rostro.
—Yo he de hacerlo por vuestra felicidad —las lágrimas recorrían el rostro de Shri'Tana.
—Dame fuerzas para superar esto —gritaba Wruz’roos mientras sujetaba el amuleto de su dios.
—Sé feliz, ¿vale? Yo velaré por ti —se despidió su hermana con gran dolor.
La escalera era larga y al final había una gran luz. Parte de la prueba para reclamar ese porfolio ya había sido superada, pues no se puede ser la diosa de la traición sin una tan grande. Debía dejar atrás quien era para ser lo que un día fue…Una drow por derecho; una asesina; una mentirosa; una solitaria y amargada…Pero esa es la gracia, la diosa del engaño y la tracción no podía conseguirlo sin una gran mentira. Shri'Tana había conseguido luchar contra sus demonios creando una habitación segura en su mente, una habitación que representaba aquellas tabernas donde tantas risas y borracheras tuvo con sus hermanos de La Sombra de la Hidra.
Al aceptar, su cuerpo cambió. En su mente millones de voces aclamaban un nombre que un día ella había gritado. Y las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos.
—Yo lo haré por vosotros —dijo antes de verse como una gran araña intimidante y feroz.
Dentro de los doce podía reconocer muchos rostros: amigos, enemigos, dolor, traición… Pero aún podía ver esos rostros conocidos, todavía se sentía como Shri'Tana.
Tras la última batalla casi no hubo tiempo de despedirse, pues un gran agujero se abrió bajo sus pies. No un haz de luz brillante que la llevara al cielo. No había voces angelicales que la llamaran. Solo la ya conocida oscuridad. Un gran tirón la llevó hacia la entrada de ese agujero y, sin darse cuenta, como una gran araña de ojos brillantes recorrió su camino y tomó su puesto en la Infraoscuridad.
Entre risas y recochineo llamó a todas sus sacerdotisas, entre ellas su hermana mayor y las matriarcas de las grandes casas como las Pirottes. Tomando su antigua forma les exigió lealtad, reclamó su poder y el gusanillo de la satisfacción llenó su cuerpo. No todos fueron rostros de agrado, pero los drow no pueden existir sin aquello que los creó así que solo tenían que acostumbrarse.
Shri'Tana, Lloth, quería hacer cambios. Lo había prometido, pero el poder del porfolio era más fuerte, haciendo que su antiguo alineamiento volviera a llenarla por completo.
Se le olvidó parte de aquella promesa hecha una vez a su hermano: el motivo y la palabra libertad. Comenzó a movilizar y convencer a los drow para salir a las superficie, pero no bajo los deseos de Wruz'roos, sino de conquista y ansia de poder. Guardó algunos guerreros vigilantes siempre en las fronteras con los terrenos enanos, pues sabía que las Fraguas habían sido despertadas y esos pequeños bastardos podían comenzar una guerra.
Una llamada le hizo salir de su telar de mentiras y ansias de poder con traición.
Enki, ahora adorada como Lathander, había convocado a los doce y con una buena razón.
—Hace ya unos años que tomamos estos porfolios. No lo hicimos por nosotros únicamente, sino por nuestros amigos, hermanos, amados o ciudadanos del mundo —sus ojos brillantes paraban en cada uno de los ahora nuevos dioses mientras sus pasos seguros hacían que todos los presentes le prestarán atención—. Tomamos este poder bajo una promesa, con unas nuevas convicciones que ahora no veo en vosotros —su voz casi apagada por la decepción hacía que la diosa mirará al suelo negando con la cabeza—. Por eso os he llamado para recordaros quiénes erais, no quiénes sois, Shri'Tana—La diosa imponente miraba a la gran araña que estaba en el círculo.
—¿Cuánto hace que no escuchas ese nombre? ¿Cuánto hace que piensas en las palabras que un día tú me impusiste a la hora de querer subir esas escaleras? ¿Cuánto hace que no tomas tu verdadero aspecto? —Las palabras de Enki hacían que poco a poco la gran araña se volviera pequeña, que perdiera su aspecto intimidante y mostrará a esa escuálida drow que hacía años fue.
—Shri'Tana… —masculló la drow.
—Sí, tu nombre, tu aspecto —posando su verde mano en el rostro gris de la elfa de la Infraoscuridad—. Un día me hiciste prometer que no seríamos como los viejos dioses, que seríamos mejores y nos venerarían por nuestras acciones, no por miedo o obligación. ¿Lo recuerdas? —hablaba sonriente y con voz calmante.
—Creo que sí… —respondió dudosa Shri'Tana.
—¿Y vosotros? —mientras se movía uno a uno por el resto de dioses—. No podemos fallarles. Ni a nosotros tampoco. No podemos mostrar que nuestro sacrificio fue para nada—. Cada palabra de Enki se clavaba en cada uno de los dioses.—Basta de riñas de enamorados. Ya está bien de no ser verdaderamente justo o buscar una batalla infinita. Es hora de sacar la nariz de los libros y olvidar las guerras que no son nuestras. Es hora de que seamos nosotros y no aquellos que cayeron —parecía que la diosa Lathander era la única que había tenido el poder suficiente durante este tiempo para no sucumbir al poder del porfolio, viéndose en la obligación una vez más con sus palabras y actos a ayudar a sus amigos. Demostraba la lealtad y compañerismo que tenían Los Perros Salvajes.
Todos los dioses salieron diferentes a como entraron ese día, acordando volver a verse pronto. Y así fue, de nuevo gritos, debates y riñas entre los dioses haciendo agotadoras dichas reuniones, pero de nuevo Enki trajo la calma y propuso la idea de volver, solo por un día, volver a ver aquellos a los que queríamos y echábamos de menos y aunque no todos estaban de acuerdo, finalmente accedieron. Todos menos una.
Lloth, Shri'Tana se encontraba muy cómoda en su agujero de araña siendo adorada y viendo cómo los suyos, entre mentiras y traiciones, seguían los planes que ella había tejido.
Shri'Tana prácticamente había desaparecido bajo el poder de ese porfolio y solo quedaba Lloth.
—Quiero que veas algo —dijo Enki alejando a la araña del resto dioses.
Dibujando un círculo en el aire entre las dos figuras se dejaba ver una imagen algo borrosa.
—¿Sabes quién es? —preguntó la diosa sonriente.
La imagen cada vez era más clara, mostrando a una mujer encendiendo el fuego en una chimenea. La mujer reñía a una pequeña niña con colmillos que con un trapo quería quitar una telaraña en la esquina junto a la ventana.
—Lo prometimos pequeña, así ella nos cuida —decía la humana a la pequeña mestiza que simplemente asentía.
La araña no estaba. La drow ahora de rodillas frente a esa imagen no podía dejar de llorar.
—No es lo único que tienes que ver —aclaró Lathander con otro gesto de su mano.
La imagen cambió y en ella se veía un pelo blanco sujeto en una pequeña trenza. Al alejarse lo que parecía ser un drow estaba clavando el tablón de un cartel sobre una puerta, cuando se cayó de la escalera al ser golpeada por un niño y una niña que jugaban a pillar.
Shri'Tana alargó la mano para coger al que sabía que era su hermano, pues no hay muchos drow faltos de una oreja en la superficie, pero la imagen era humo en sus manos. Sin embargo Wruz'roos no caía al suelo, sino sobre los brazos fuertes de aquella paladina que ahora no mostraba armadura, sino un vestido. La imagen antes de desaparecer mostraba cómo ambos reían.
La drow intentaba reír sin poder dejar de llorar.
—¿Cuánto hacía que no los veías? ¿Qué no cumplías tú promesa de velar por ellos? —insistía Enki ayudando a qué se levantará la drow.
—No lo sé. He estado ocupada —se escudaba la diosa de las mentiras.
—No juegues a eso conmigo. Ellos también te necesitan. ¿O acaso ya no eres su Virae? —concluyó alejándose.
Virae…. Cómo esa palabra comenzó en su aventura siendo una mentira, una manipulación, para finalmente convertirse en respeto y hermandad.
Virae… la voz de Dócil pronunciando esa palabra. Virae, Anne asombrada al saber la verdad de la misma y aún así guiñandole un ojo…
Los recuerdos y emociones fueron abriendo una habitación que hacía años que estaba cerrada. Una taberna a la que hacía mucho no acudía Shri'Tana; su sitio de fortaleza, felicidad y seguridad.
Al volver con el resto de dioses aceptó la visita a sus antiguos amigos dentro de unos años, según lo acordado.
El poder del porfolio era fuerte o quizás solo fuera la verdadera naturaleza de Shri'Tana, pero de vez en cuando ella intentaba volver a aquella habitación y comer un filete.
Un día algunos de sus exploradores trajeron a un prisionero que decía conocer a la diosa. Un semiorco, fuerte, testarudo y con ropajes raídos. Fue arrojado al suelo frente a la gran araña.
—Oh mi venerada y amada madre, este asqueroso ser fue encontrado en una de nuestras cuevas con un animal cornudo, puede ser un espía y dice que os conoce —explicó en su lengua el gran guerrero drow chapado de negro de pies a cabeza.
—Claro que la conozco estúpido y no soy un espía, solo se me escapó un buey —respondió el prisionero en común.
Asombrados los guerreros miraban al semiorco mientras se levantaba.
La gran araña frotaba sus patas delanteras y movía sus ojos observando a la criatura.
—Ha pasado mucho tiempo, Virae —sonrió el semiorco.
La araña dio una orden con chasquidos y los guerreros drow tiraron al suelo y pusieron un grillete en el cuello de Dócil.
—Claro que te conoce… —rió uno de los guerreros drow—. Eres ganado, jajaja.
El semiorco suspiró fuerte agachando la cabeza y en dos movimientos la espada del guerrero estaba en las manos del semiorco y estos en el suelo, heridos.
—Dijiste que ibas a ser diferente y que así no tendría que seguir con mi guerra y matarte, Shri'Tana —gritó Dócil mientras con la espada en su mano se encaminaba hacia la gran araña—. Yo no quiero hacerlo, pero no pienso volver a llevar cadenas—. Mientras arrancó el grillete de su cuello—. Tú decides, vieja amiga —concluyó apuntando a la araña con el arma.
Todos los ojos brillantes de la araña estaban clavados en el semiorco y en un oscuro destello, la nada se encontraba frente a Dócil. Por la espalda un cuchillo apuntaba a sus riñones.
—Vienes a mi casa a matarme —dijo una voz familiar para el antiguo guerrero—. Eso está muy feo…
—Vengo a ver a una vieja amiga, a mí familia —respondió tranquilo.
—¿Por qué no debería de matarte?
—Porque somos familia y a la familia hay que cuidarla y protegerla. Esas fueron tus normas —las palabras de Dócil eran tajantes y seguras.
Entonces algo dentro de la diosa se encendió, el Vínculo…
Dócil charló durante un tiempo con la diosa, haciendo que esa habitación que ella había creado fuera más cálida y se llenara de recuerdos otra vez.
Llegó el día de la visita acordada por los dioses y todos parecían nerviosos. Era poco tiempo del que disponían y muchas personas a las que ver.
Shri'Tana, sin pensarlo, en primer lugar fue al muelle donde estaba anclado el barco del que un día su amiga le dijo que sería capitana y una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Sigue libre y a nuestro lado, Anne —dijo lanzando una moneda al mar.
Al final de la escalera todos los que un día fueron llamados “Los Héroes de Faerun” esperaban ansiosos a sus viejos amigos. La drow, alejada, miró cómo se reían y abrazaban entre ellos cuando un escuálido hombre gris parecía buscar a alguien entre la muchedumbre mientras una semielfa le sujetaba del brazo.
Shri'Tana se volvió pequeñita, una minúscula araña que pasó desaparecida entre toda esa gente y con toda la delicadeza que puede tener la diosa araña subió por la pernera del pantalón de su hermano mostrando su forma normal tras un pequeño mordisco.
La tarde noche fue estupenda hablando con los viejos amigos y viéndoles tan felices mientras contaban lo que habían hecho en esos diez años, pero el tiempo pasó muy rápido y cuando la drow se quiso dar cuenta de nuevo ese tirón hacia el agujero del que procedía se apoderó de ella. Tenía unos deberes que cumplir y ahora unos nuevos objetivos que llevar a cabo tras reafirmar quién era y quién debía seguir siendo.
Fin
Relato de: Celia