Es el modelo de interpretación en el que tradicionalmente se ha formado a las intérpretes a lo largo de los últimos 40 años. Entendiendo que la independencia de las personas sordas pasaba por contar con profesionales que ejerciesen como canal de comunicación entre el mundo sordo y el oyente, la figura profesional queda reducida a ser un mero transmisor del mensaje, sin capacidad de acción. Este modelo es conocido popularmente mediante la metáfora de “puente de comunicación”.
En él destacaría el hincapié en la neutralidad y fidelidad como dogmas en el ejercicio de la profesión, entendiendo neutralidad como pasividad, inacción, invisibilidad o ausencia de capacidad de decisión, incluso en lo intrínsecamente vinculado al desempeño de la profesión. A su vez, la fidelidad es entendida como literalidad para con el mensaje, llevando a la producción de interpretaciones que buscan una correspondencia o equivalencia entre palabra y signo obviando los matices culturales y la intencionalidad del emisor.