La última sirena del Mediterráneo
Noviembre de 1983
para Júlia
Ese día el mar era de un azul intenso, un azul fuerte y brillante, tan brillante que casi había que cerrar los ojos. El sol que estaba en el mediodía, en su punto más alto, justo encima de sus cabezas, parecía que se estrellara contra las aguas y que las aguas del mar se negaran a admitirlo y lo devolvieran hacia el cielo con la misma intensidad con que llegaba. Hasta tal punto eso era cierto que, en el centro, el azul del cielo ya no era visible, apagado por ese halo de luz violenta que iba y venía en un mismo instante desde el sol al agua y desde el agua al sol. Se percataron de que no había olas. Ningún punto de espuma blanca se divisaba en el horizonte y el ruido del agua era apenas un murmullo perceptible. En ese sitio, la extensión de agua, más que un mar parecía un espejo, pero un espejo rodeado de un azul intenso, una especie de espejo gigantesco. Desde el punto más elevado del peñasco que presidía la montaña cortada a pico por el mar observaban en silencio el paisaje, mientras acariciaban unos juncos que crecían cerca de un manantial de agua dulce. Lejos, pasaba algún barco que sólo podían vislumbrar en el horizonte en las zonas en las que el resplandor del sol se debilitaba. Ya hacía mucho tiempo que, después de comer en su casa y antes de volver al colegio, pasaba a recoger a varios compañeros de clase y se iban durante quince o veinte minutos a mirar el mar. Cuando eran las dos de la tarde el sol estaba increíblemente fuerte y alto, y los días despejados, sin nubes ni brumas, ofrecía un soberbio espectáculo. Algunas veces acostumbraban a lanzar piedras desde su improvisada atalaya en lo alto del promontorio, hacia el mar, pero ese día ninguno se atrevió a romper el silencio del mar y la tranquilidad absoluta de sus aguas. Ni Julia, ni Juan, ni Antonio, ni Mercedes, ni tan siquiera Mercedes que siempre era la primera en lanzar las piedras. Los juncos entre los dedos de los niños no se rompían, porque los juncos no se rompen casi nunca, se deslizan sigilosamente porque son totalmente lisos. Absortos en la contemplación les pareció oír una voz que venía de abajo. Una voz quebrada, que intentaba llamar su atención.
Mercedes fue la primera que se asomó al acantilado a ver qué pasaba.
- Es una vieja, una anciana que tiene medio cuerpo metido en el agua, -dijo Mercedes-.
Los demás se levantaron del suelo y se acercaron al borde del precipicio donde se encontraba Mercedes. Efectivamente, allí abajo estaba la anciana, como si se estuviera bañando. No la veían muy bien, pero les pareció que no llevaba ninguna prenda encima.
- Nos está haciendo señales de que bajemos, -dijo Antonio-.
- Pues yo tengo miedo. Igual está loca, -dijo Juan-.
La anciana continuaba haciendo gestos para que bajaran y les señalaba un camino apenas visible que descendía entre las piedras. Le hicieron señas y le gritaron que subiera ella, pero seguía insistiendo en que bajaran.
- Yo creo que debemos bajar, -dijo Júlia-. Puede que le suceda algo, que tenga algún problema.
Tras una corta discusión decidieron que lo mejor era bajar. Al fin y al cabo en cinco minutos estarían allí abajo. Eran cuatro, ¿qué podían temer de una anciana indefensa? Bajaron por la vereda sin dejar de mirarla. La anciana permanecía quieta, jugando con las manos en el agua, y les pareció que sonreía. Efectivamente, estaba desnuda. Cuando llegaron al borde del agua, en el pequeño espacio de arena que la separaba de las rocas, Júlia le dijo:
- ¡Hola señora!, ¿qué quiere usted?
- Sólo hablar con vosotros, -le contestó-.
- ¿Quién es usted?, -le preguntó Mercedes-, ¿vive por aquí?
- Soy una sirena. La última sirena del Mediterráneo. Vivo un poco lejos, en el fondo del mar.
"Está loca", -dijo Antonio en voz baja-, "lo mejor será que vayamos a buscar a una persona mayor".
- Las sirenas no existen, señora, -dijo Antonio en voz alta-.
- No me creéis ¿eh?, -dijo la señora-. Está bien, ahora me zambulliré en el agua y veréis aparecer la otra mitad de mi cuerpo. Veréis si soy o no una sirena.
Dicho esto, la anciana se sumergió en el agua. Al instante, emergió del mar una enorme cola de pescado, con unas escamas gruesas y doradas que relampagueaban con el sol. Puso la cola en posición vertical e hizo unos movimientos con la aleta saludando a los niños. Incrédulos y boquiabiertos, observaron el espectáculo hasta que la parte superior del cuerpo de la anciana volvió a salir del agua.
- ¿Os convencéis ahora de que soy una sirena?, -les preguntó-.
Juan contestó por todos.
- Nosotros estábamos convencidos de que las sirenas no existían, pero tenemos que reconocer que estábamos equivocados, que eres una sirena. ¿Qué quieres de nosotros?, -le dijo-.
- Quiero explicaros algunas cosas importantes. Tengo que contaros lo que me sucede, lo necesito, y también os mostraré la cuidad donde vivo.
- Es que tenemos que ir al colegio y no podemos quedarnos demasiado rato, -dijo Mercedes-. Además, ¿no dices que tu ciudad está debajo del agua? Nosotros no podremos bajar, no podemos respirar debajo del agua.
- Lo de la respiración debajo del agua lo puedo arreglar yo. Le diré a las almejas gigantes que recojan en sus conchas aire de la superficie y que os vayan soltando montones de burbujas a medida que vayamos descendiendo. Serán tantas las burbujas que a vuestro lado no habrá agua y podréis respirar como si estuvierais fuera. Sin embargo, lo del colegio es más difícil de resolver, -dijo la sirena con tristeza-. ¡Me gustaría tanto hablar con vosotros y enseñaros mi ciudad!
Antonio, observando la tristeza de la sirena se compadeció de ella.
- Si no te importa demasiado, -le dijo-, podríamos volver mañana. Comeríamos antes y tendríamos casi dos horas de tiempo.
- De acuerdo, -dijo contenta la sirena-. Yo os esperaré aquí mismo. Pero, con una condición. No le digáis a nadie que me habéis visto y cuáles son nuestros planes. Tenéis que volver solos los cuatro.
- Por supuesto que no se lo diremos a nadie, -dijo Julia-. Te lo prometemos. Yo no me pierdo esto por nada del mundo.
Se despidieron de la sirena y volvieron por la vereda hasta el manantial de agua dulce, recogieron las carteras y se dirigieron hacia el colegio, no sin antes haberse prometido mutuamente que guardarían el secreto y que volverían al día siguiente.
Cuando volvieron, a la hora convenida, la sirena les estaba esperando. Bajaron corriendo por la vereda, y, nada más llegar a la pequeña franja de arena de la orilla, Julia le preguntó:
- Yo pensaba que las sirenas no existían, pero es que además nunca pensé que pudieran haber sirenas viejas. Todos los dibujos de sirenas son de sirenas jóvenes.
- Ya os dije que era la última sirena del Mediterráneo. Antes, cuando éramos muchas más, las jóvenes, que eran mucho más rápidas, salían con mayor frecuencia, pero ahora sólo quedo yo. Probablemente me queda poca vida y, antes de morir, quiero mostraros y explicaros algunas cosas y discutir otras con vosotros.
A una señal de la sirena, la orilla comenzó a llenarse de miles y miles de almejas gigantes que abrían sus conchas recogiendo aire y volvían a cerrarlas herméticamente, ocultándose bajo las aguas. La sirena les invitó a quitarse las ropas y a que las dejaran ocultas entre las rocas.
- ¡Vamos, no hay tiempo que perder!, -les decía-. Venid junto a mí.
Cuando estuvieron desnudos y en el agua, la sirena les dijo que se cogieran todos de las manos, los unos a los otros, mientras ella cogía la mano de Julia. En cuanto se metieron bajo el agua, las almejas gigantes, colocadas una tras otra, comenzaron a soltar de sus conchas las burbujas de aire, mientras que una especie muy rara de medusas que nadaban junto a ellos, adoptando la forma de embudos, conducían las burbujas hacia sus narices y sus bocas.
No tuvieron que dejarse arrastrar por la sirena mucho tiempo. La sirena les señaló con su dedo arrugado un palacio que había en el fondo. Era un palacio muy grande, más grande que las iglesias más grandes que conocían, y parecía que estaba hecho de cristal, de un cristal rojo y brillante, aunque dos de sus torres, que terminaban en largas agujas afiladas, estaban medio derruidas, y desde cerca, el palacio daba la impresión de estar abandonado. La sirena abrió una puerta por la que pasaron todos y, después, volvió para cerrarla. Dentro, no había ni una gota de agua. El suelo por el que caminaban estaba seco, pero la sirena continuaba nadando junto a ellos por una especie de canal. En el centro de la habitación había una pequeña laguna rodeada por una gran piedra circular. La sirena les invitó a que se sentaran en la piedra mientras ella permanecía en el agua para que no se le secaran las escamas.
- ¿No hay más sirenas aquí?, -preguntó Mercedes-.
- Ya os he dicho que yo era la última.
- Y, ¿qué ha pasado con las otras? Porque, ¿no habrás construido tú sola este palacio?
- No, por supuesto, -contestó la sirena-. Este palacio lo levantaron nuestros antepasados hace miles de años. Hasta hace poco vivíamos aquí más de doscientas sirenas, pero ya se han ido todas.
- ¿A dónde se han ido?, -preguntó Juan-.
- A unas aguas más tranquilas. A las aguas de los países pobres a las que todavía no van los países ricos. Pero yo me negué rotundamente a irme. Ya soy muy vieja y prefiero morir donde murieron mis antepasados. Además, quería hablar con vosotros.
- Pero, no entiendo por qué se han ido las otras, -dijo Mercedes-.
- Porque el mar Mediterráneo y las demás aguas dominadas por los países ricos son cada vez más insoportables. Y de eso quería hablaros. Las aguas cada vez están más sucias. Van echando al mar petróleo, plásticos, detergentes. Hay días en que esto, más que un mar, parece un estercolero. Hay días en los que las aguas desprenden un olor insoportable. Lo hemos intentado todo. Ponerles las bacterias para que se pudrieran, enterrarlos bajo la arena, llamar a los tiburones para que los trituraran, pero no es posible, hay demasiada porquería.
- Sí, -dijo Júlia-, ese es un problema del que hablan mucho nuestros padres, pero parece que no saben solucionarlo.
La sirena continuó.
- Además, hacen unos ruidos insoportables. Antes no había más que barcos de pescadores que se movían con las velas o con los remos. Ahora llevan motores que hacen un ruido terrible y, en la mayoría de los casos, nos molestan a todos sólo para pasear muy pocos encima, van a toda velocidad y rompen la superficie del mar con violencia. Esos son los peores. Por culpa de las vibraciones de sus motores se han caído las cúpulas de las torres de mi palacio. Así no podíamos seguir viviendo.
- ¿Y esos problemas no los tendréis en las aguas de los países pobres?, -preguntó Júlia-.
- No, -dijo la sirena-, parece que estos problemas todavía allí casi no se notan, excepto en las zonas escogidas por los países ricos para sus vacaciones, y hay algunos países en los que los pesqueros todavía van con velas o con motores muy lentos que apenas hacen ruido.
- ¿Y qué quieres que hagamos nosotros?, -preguntó preocupado Antonio-.
- Nada. No creo que podáis hacer nada. Sólo quiero hablar con vosotros de mis problemas, porque estoy muy preocupada también por vosotros.
- ¿Por nosotros?, -preguntó Júlia-. ¿Por qué por nosotros?
- Pues porque no solamente se han ido mis compañeras por la suciedad y el ruido. También se han ido porque no nos necesitáis. Ya nadie necesita a las sirenas. Mirad, antes era diferente, ¿sabéis? Las familias vivían juntas desde los abuelos hasta los nietos y los abuelos y las abuelas explicaban a los niños muchos cuentos. Esos cuentos se los inventaban, o se los habían inventado sus padres, o los padres de sus padres, y eran cuentos que sucedían siempre o casi siempre en el lugar en que se explicaban: en el molino del molinero del pueblo, en el castillo o en la vieja casa de la ciudad, o en el mar que conocían los pescadores. Ahora los cuentos no se explican. Se ven por la televisión o por el cine, y, en el mejor de los casos, se leen con dibujos. Pero, como lo que le interesa a las casas que publican los libros de cuentos o a la televisión es hacer negocio, y, para hacer negocio necesitan que los compren o los vean el mayor número posible de niños, los personajes y los paisajes de los cuentos ya no son los personajes ni los paisajes de ningún sitio. No me gustan, -continuó la sirena-, esos dibujos japoneses que ponen ahora por televisión, que los hacen máquinas programadas y que cada vez se parecen menos a alguien. O esas historias que llaman del espacio, en las que donde no hay luces artificiales y metales sólo existe oscuridad, en las que cada vez hay más hombres-máquinas.
- Pues a mí me gustan, -dijo Antonio-, me gustan mucho.
- ¿Más que el mar?, -le preguntó la sirena-.
- Hombre, son cosas diferentes, -dijo Antonio-. El mar está muy visto. Siempre es lo mismo.
- ¿Tú crees?, -dijo la sirena-. Yo lo veo siempre diferente. Cada día me fijo en una cosa distinta, cada día aprendo algo nuevo: cómo se mueve un pez, cómo utiliza su instinto y su inteligencia para escaparse de los peligros, cómo se disfrazan los cangrejos, cómo se orientan, cómo son las tortugas cuando salen de los huevos. ¿Lo habéis visto vosotros?
- No, -dijo Mercedes-, y a mí me gustaría verlo.
- ¿Veis como tengo razón?, -dijo la sirena-. Me parece que vuestro gran problema es que no os dejan tiempo para pensar lo que realmente querríais hacer o querríais ver, y eso tiene mucho que ver con la situación en la que nos encontramos las sirenas. ¿Os aburro?
- No,continúa, dijo Juan.
- Yo creo que lo peor de todo ha sido la televisión, aunque para nosotras el problema también había venido antes con los barcos deportivos y con los grandes barcos de pesca. Antes, cuando los pescadores iban en las barcas de vela se veían obligados a estar parados en el mar horas enteras si no soplaba el viento, y entonces dejaban correr su imaginación y pensaban en nosotras, las sirenas. Para compartir la soledad del mar nos llamaban para hablar con ellos en sus sueños. Y, como pescaban sólo para sus familias o para el pueblecito de donde venían, cogían menos peces y todo el mar estaba mucho más contento, porque todos podíamos crecer y había muchas especies. Ahora los hombres lo invaden todo, y, como necesitan comer y necesitan espacio, van acabando con todos los demás. No se dan cuenta que así acabarán con ellos mismos.
- Puede que sí, -dijo Antonio-, pero en cambio ahora los barcos son más seguros y no se ahogan tantos pescadores, y además la gente puede comer mucho mejor porque come más peces.
- Eso puede parecer cierto, si es que vosotros pensáis que así se vive mejor. ¿Qué es para vosotros vivir?, porque a veces, vivir con peligro y con los alimentos justos puede ser preferible a que sobren los alimentos y no se corra peligro, porque entonces a lo mejor no se vive. ¿Se puede vivir sin ilusiones, sin sueños, sin estar contentos y tranquilos del futuro que nos espera?
- No todas las ilusiones son buenas, -contestó Júlia-. Mi padre me ha explicado que en los tiempos de los cuentos de hadas, como la gente era muy pobre, soñaban con casarse con el príncipe o con la princesa para poder vivir bien. Y, eso era imposible, y, si era imposible, era malo.
- Puede ser, puede que tu padre tenga razón, -contestó la sirena-. ¿Pero le has preguntado a tu padre si él sueña con la lotería o las quinielas? Ese es un sueño que cuesta dinero cada semana, cada mes. Ahora, todos los sueños los han convertido en negocio.
- Pero la lotería puede tocar, -dijo Mercedes-.
- ¿Sí?, -dijo la sirena-. ¿A cuántos conoces que le haya tocado en cantidad suficiente para realizar sus sueños?
- A nadie, -dijeron todos-.
- Yo pienso, -dijo la sirena-, que puede que tuviera defectos la situación anterior, pero no me gusta nada, absolutamente nada, lo que vuestros padres están haciendo. Os he hablado de la televisión, que no deja hablar a las gentes. Se mete dentro de las casas y no deja que las personas se cuenten sus problemas los unos a los otros. No es que a veces lo que ponen no sea interesante. A veces es apasionante. Pero, como ponen tantas cosas, la gente acaba no conociéndose a sí mismo, sólo se acostumbran a recibir, nunca a dar. ¿Sabéis que hace muy pocos años vuestros abuelos, cuando volvían del trabajo, se sentaban a las puertas de sus casas, si hacía buen tiempo, y se contaban sus problemas y sus ilusiones y discutían las cosas que interesaban a todos los habitantes del pueblo o del barrio? ¿Sabíais que vuestros padres, cuando eran niños como vosotros, jugaban en las mismas calles donde tenían sus casas? ¿Sabíais que cuando alguien del pueblo caía enfermo todos los vecinos se preocupaban y le ayudaban? Todos se conocían y hablaban y jugaban siempre con todos. Ahora, en las grandes ciudades, ni siquiera se conocen los vecinos de un mismo edificio.
- Pues a mí me gusta la televisión, -insistió Antonio-. Yo he aprendido muchas cosas en la televisión.
- Sí, ¿pero cuantas has aprendido con detalle?, ¿cuantas podrías repetir tú solo?, ¿cuánto has tardado en olvidarlas?, ¿cuántas te han servido realmente? Puede que tengas razón y que yo esté equivocada, -dijo la sirena-, pero el tiempo que pasas viendo la televisión, si hicieras otras cosas, también aprenderías, y habrías hecho algo más que apretar un botón. Se aprende siempre, en la medida en que se vive. La cuestión importante es que puedas escoger tú lo que quieres aprender y que puedas discutir y comprobar lo que te enseñan, y eso me parece que no lo puedes hacer demasiado con la televisión.
- Sí, pero antes, -dijo Júlia-, la gente se moría de hambre y de enfermedades muy jóvenes. Ahora estamos mucho mejor.
- Eso sí, estoy de acuerdo. Vuestros padres han conseguido muchas cosas que están muy bien, igual que los padres de vuestros padres, pero en estos últimos años creo que se están equivocando porque ahora los errores, si son errores, son mucho más difíciles de solucionar. Los hombres de los países ricos hacen sufrir además a los de los países pobres y les provocan para que sigan su modelo, pero en cambio no comparten con ellos los alimentos y las medicinas y otros bienes.
- Yo creo que exageras, que las cosas no están tan mal como dices, -dijo Mercedes-.
- En fin, yo ya os he explicado lo que pienso. Estoy contenta. Vosotros, de vez en cuando, seguid mirando al mar y al sol y escurrid en vuestras manos los juncos del manantial de agua dulce. Ahora tenemos que volver, que es hora de que os vayáis al colegio.
Todos se cogieron de la mano y la sirena les condujo de nuevo a la superficie con ayuda de las almejas gigantes y de las medusas-embudo. Cuando se despidieron en la franja de arena dorada, la anciana sirena les dijo:
- ¡Adiós! Ya sabéis por qué se han ido mis compañeras, por qué soy yo la última sirena del Mediterráneo.
Desde ese día nada volvió a ser como antes. Júlia, Juan, Antonio y Mercedes sabían que no estaban solos en el mundo y que, a veces, lo que a ellos beneficiaba podía perjudicar a otros. Desde entonces, siempre preguntaron por qué se hacían las cosas.