La Zirgaya
Septiembre de 1983
para Pau
En el verano las noches son cortas, muy cortas, y, a los que trabajan en el campo y viven de la tierra, apenas si les da la posibilidad de recuperarse del cansancio.
Era un día de verano en un pueblecito perdido en la suave pendiente de una loma, camino de un valle. Las casas se perdían en el paisaje, confundiéndose con los colores de la tierra. Rodeándolas, destacaba la verde hierba del valle: la alfalfa y el ray-gras formaban una alfombra cuarteada en verde oscuro. Al fondo, la tierra se alzaba en el horizonte hacia el cielo dibujando una cadena de montañas.
Como cada día, al empezar a caer el sol, Pau había reunido y contado sus treinta y ocho ovejas y sus nueve cabras y, con ayuda del perro pastor, las había puesto en el camino de regreso, por el sendero que se había ido trazando con el peso y el roce de sus pies y de las patas de sus animales día tras día. Pau examinaba el paisaje comprobando que cada cosa seguía en su sitio, que nadie se las había llevado y que nadie se las podría llevar nunca. Todo estaba en orden. Se aseguró de que había metido en el zurrón el viejo cuchillo de hierro, con la hoja hundida y atada en un trozo de madera semiabierto, y respirando profundamente, como si quisiera llevarse de recuerdo todo el aire puro de la cima de la montaña, comenzó el descenso por el sendero hacia la vaguada. De repente, algo atrajo su atención: la casa, la pequeña casita abandonada que siempre permanecía con su puerta perfectamente cerrada, estaba cambiada, su puerta estaba abierta.
"Es muy extraño", se dijo para sí. "La puerta siempre ha estado cerrada, y, además, muy bien cerrada". Precisamente por eso nunca había entrado en ella, a pesar de que, de tanto en tanto, se acercaba a la puerta y la empujaba, primero tímidamente, con fuerza después, para ver si cedía. Sólo tres días antes había repetido la operación, pero la puerta seguía firme, ajustada a su dintel de forma inamovible. Era realmente muy extraño que ahora estuviera completamente abierta. Nadie se acercaba jamás por aquellos parajes.
Mientras pensaba en todo ello, casi sin darse cuenta, Pau se fue acercando a la casa hasta que se encontró en el escalón de la entrada.
- ¿Hay alguien ahí?, -preguntó-.
No hubo respuesta.
- ¡Cuídate de las ovejas, que ahora mismo salgo!, -le gritó a su perro-.
El animal, que comprendía a la perfección las instrucciones de su pequeño amo, se dispuso inmediatamente a cumplir la misión encomendada.
El pequeño Pau se adentró en la casa, contento por la oportunidad que se le brindaba de curiosearla. Pero en su interior no había nadie, ni en la planta de abajo ni en la superior. Todas las ventanas continuaban cerradas. Sin embargo, una mesa vieja y destartalada se encontraba volcada en el suelo y parecía que había sido volcada recientemente, pues al lado se notaban, libres de polvo, las huellas de las cuatro patas de la mesa. Pau observó también que la puerta había sido abierta forzándola, ya que la hembra de la cerradura había saltado, arrastrando sus tornillos un buen pedazo de la madera del marco. "Ha podido ser el viento", -pensó-, pero esa noche no había hecho viento y, además, cuando había pasado por la mañana la puerta estaba cerrada. Cuando ya se giraba en la puerta para volver con su rebaño, observó que algo brillaba en un rincón de la entrada. Con algún recelo, se acercó al objeto. Era una lata de sardinas en conserva, que aún tenía aceite dentro y no estaba oxidada. "Aquí ha entrado hoy alguien", -concluyó-, "pero, ¿quién?". Sin saber por qué, la curiosidad había ido dejando paso a la intranquilidad y casi al miedo. Decidió salir y entornar la puerta.
- ¿Hay alguien por aquí?, -volvió a gritar-.
Sólo el eco contestó muy tenuamente a la "i" final.
Meditando sobre el misterio de la casa abandonada, Pau, que acababa de cumplir los doce años, aceleró la marcha del rebaño hacia el pueblo para recuperar el tiempo perdido en la investigación y por la ilusión que le hacía llegar a comerse el pastel que su madre le había dicho que haría para celebrar su cumpleaños.
- ¡Hola madre!.
- Te has retrasado. ¿Qué te ha pasado?.
- Nada madre, -contestó Pau-. ¿Celebraremos mi cumpleaños?.
- ¡Mira que pastel!, -dijo la madre retirando un paño que cubría gran parte de la mesa-.
Los ojos de Pau se salían de sus órbitas y súbitamente la saliva hizo irrupción en su boca. Una gran circunferencia cubierta con el marrón de la miel y el almíbar sostenía unas guindas confitadas. Casi sin darse cuenta, pensando sólo en la cena y el pastel, se lavó la cara y las manos, se puso agua sobre la cabeza para aplastarse los pelos, y salió disparado para sentarse a la mesa.
- ¿Ha ido bien el día?, -le preguntó su padre mientras le cogía con cariño la oreja-.
-Sssssí, -contestó Pau, aunque apenas si había prestado atención a lo que le habían preguntado, obsesionado con el pastel que ahora estaba sobre el aparador-.
Cenaban con rapidez porque, antes de dormir, el padre tenía que ir a dar un vistazo a las cerdas ya que dos estaban a punto de parir y, si no se vigilaba el parto y la cerda se giraba durante el mismo, podría aplastar a las crías.
La madre de Pau había guisado unos platos riquísimos y Pau dudaba. Si comía demasiado tenía miedo que no le quedaran ganas para el pastel, pero si no comía bastante era como perderse un festín. De ese modo, por un lado, tenía ganas de que se acabara un plato para pasar al siguiente, y, por otro, le gustaba tanto lo que comía que deseaba que no se acabara nunca. Así es que, cuando acabó de cenar, y sólo entonces, respiró tranquilo al comprobar que había comido de todo y que todo estaba buenísimo. El padre de Pau, una vez que terminó de cenar, se hurgó en los bolsillos del pantalón y del chaquetón y miró por encima del aparador y de la vitrina.
- María, -le dijo a la mujer-, ¿no has visto mi tabaco?
- No lo he visto. A ver si te acuerdas dónde pones las cosas, que un día vas a perder hasta los pantalones. Lo dejas todo tirado.
- Y tú, en vez de ordenar las cosas, las escondes.
- Padre, -interrumpió Pau-.
- ¿Qué quieres?
- Tú siempre dices que padre y madre siempre tienen razón.
- Sí, ¿y.....?, -dijo el padre encogiendo los hombros y continuando la búsqueda en sus pantalones-.
- Pues que eso que dices no es cierto, porque cuando padre y madre discuten porque no están de acuerdo en algo, ¿quién de los dos tiene la razón?.
- ¡Padre!, -contestaron a un tiempo el padre y la madre de Pau-.
- Y entonces madre, si sabes que padre siempre tiene razón, ¿por qué discutes con él?
- Porque es un distraído, y en lo del tabaco seguro que no lleva la razón.
Pau le explicó a sus padres lo que le había sucedido al venir de vuelta con el rebaño: la vieja casa abandonada, la puerta abierta, la cerradura forzada, la mesa volcada, y la lata de sardinas en el suelo.
- ¿Sabes lo que pienso de todo eso?, -dijo el padre-. Que tienes mucha fantasía y te inventas las cosas. No recuerdo esa casa abandonada, pero por aquellos parajes nunca pasa nadie. Y, si hubiese pasado alguien, no habría derribado la puerta, ni volcado la mesa para comerse una lata de sardinas. Piensa un poco con la cabeza, hombre, cuando inventes historias.
- Yo no me he inventado nada. Todo es cierto, -protestó Pau-.
- Mira, si alguien hubiese entrado en esa casa no lo haría para comerse una lata de sardinas, como te he dicho, sino para guarecerse, para pasar la noche. Así que es absurdo que si por la mañana la casa estaba cerrada, al caer la tarde, cuando ya venías de vuelta, la casa estuviera abierta y sin nadie dentro. Huye de las fantasías, que acaban dando muchos disgustos.
- Será todo lo raro que queráis, pero es verdad. Os lo puedo jurar si queréis.
- Niño, ya te hemos dicho que sólo se juran las cosas muy serias. Los juramentos no están para desperdiciarlos en tonterías, -dijo el padre alzando un poco el tono de voz para cortar de una vez la discusión-.
- Lo que ocurre, -dijo la madre-, es que estás muy cansado, Pau. Ya es muy tarde, y te has pasado todo el día trabajando. Vete a la cama a dormir.
- Está bien.....me iré a dormir, pero no estoy cansado; estoy disgustado porque no me creéis. ¿No iban a venir los primos del pueblo por mi aniversario?.
- Tu prima Ana iba a venir hoy, pero no sé qué le ha podido pasar. Puede que venga mañana, porque quería pasar unos días con nosotros. Ya no te debes acordar de ella, hace seis o siete años que no la ves.
- Me acuerdo muy mal. Ya debe estar muy grande.
- Bueno, vete a dormir, que mañana te costará levantarte. Y olvida las fantasías.
Pau se fue a dormir y, como hacía bastante fresco, se cubrió con su piel de cordero desde los pies a las rodillas.
A la mañana siguiente, Pau se levantó, se bebió el tazón de leche que su madre le había puesto sobre la mesa y comió un trozo del pastel que había sobrado de la noche anterior. En un santiamén, cogió el zurrón, metió el pan, el queso y los nísperos que estaban en otro rincón de la mesa, se lo colgó bamboleando del hombro, le dio un tortazo cariñoso al perro y salió con él a recoger las ovejas y las cabras, con las que comenzó a subir por la montaña.
Antes de llegar a la vieja casa abandonada, Pau encontró que la hierba había sido pisada recientemente, y, por la forma de las pisadas, concluyó que se trataba de una persona, una persona con un pie no demasiado grande. Iba mirando a un lado y otro del sendero, intentando descubrir más señales de la presencia de quien fuera, cuando observó a pocos metros una alpargata. Era una alpargata limpia, de color blanco, con las cuerdas de atar al tobillo rotas. Cogió la alpargata y pensó que, por su tamaño, sólo podía ser de un niño o de una niña, y que todo aquello era muy raro. ¿Cómo era posible que otro niño anduviera por allí?. Y, ¿por qué había perdido una alpargata, quedando descalzo de un pie y rompiéndosele las cintas¿ Y, ¿cómo era posible que en el campo pudieran haber unas alpargatas blancas tan limpias? Notó que su corazón le latía más fuerte y más rápido que nunca y que estaba muy nervioso.
"Mis padres son unos incrédulos. Si no se creyeron lo de la casa, menos aún se creerán lo de esta alpargata. La guardaré en el zurrón para que la vean", -se dijo Pau-.
No había caminado aún doce pasos cuando, en el borde del sendero, colgando de las espinas de una abulaga, vio un trozo de vestido. Un trozo de tela que, como la de la alpargata, estaba limpia y era blanca. Parecía ser el bolsillo del vestido, ya que tenía la forma curvada y un pespunte por todos los bordes menos por el vertical superior.
"Esto se pone feo", -pensó-. Quien haya perdido la alpargata y el trozo del vestido debería estar muy asustado. Probablemente huía, pero, ¿por qué?, y, ¿de quién? Metió también el trozo de vestido en el zurrón, y, cada vez más preocupado y nervioso, siguió avanzando con su rebaño.
Cuando divisó la casa abandonada vio que la puerta estaba otra vez abierta de par en par. El día anterior por la tarde la había dejado entornada y volvía a estar abierta. Con más miedo que si se hubiera quedado a oscuras en un laberinto, -su padre le había explicado algunas veces que los antiguos castigaban a los hombres metiéndolos en laberintos de los que era dificilísimo salir y que casi todos morían de hambre y de sed buscando inútilmente la salida, desesperándose más y más a medida que el tiempo avanzaba sin encontrarla-, Pau se dirigió a la puerta de la casa y, cuando se encontraba a dos metros de ella, se quedó clavado.
- ¿Hay alguien dentro?, -dijo notando que casi no le salía la voz-.
Nadie respondió. El perro ladraba detrás de él, por lo que se giró un instante para comprobar que el rebaño no se hubiera desperdigado. Pero el perro no ladraba al rebaño, ladraba mirando fijamente a la casa.
Pau siguió avanzando y se asomó al interior. No se veía a nadie dentro. La mesa volvía a estar en su sitio. Casi instintivamente miró al rincón donde el día anterior estaba la lata de sardinas. No había nada. La lata había desaparecido. Ahora Pau tenía la seguridad absoluta de que alguien había pasado la noche en la casa. Pero, ¿quién?, y, ¿por qué se escondía?, y, ¿por qué había perdido la alpargata y un trozo de vestido?
A pesar del miedo, decidió entrar y llamó al perro para que lo acompañara. Con precaución, pasó por las dos habitaciones de la planta baja. Allí no había nadie. De repente, el perro comenzó a ladrar mirando hacia el piso de arriba desde el último peldaño de la vieja escalera de madera.
- ¡Vamos, baja!, -gritó Pau-. Soy un pastor y no tienes que tener ningún miedo.
Pero seguía sin contestar nadie. Pau entonces pensó que debería subir. Que, al fin y al cabo, no tenía por qué tener tanto miedo, pues, si resultaba que había alguien, era evidente que se escondía, por lo que seguro que también tendría miedo y, en ese estado, difícilmente podría ser peligroso. Además, el pie que calzaba aquella alpargata era un pie pequeño, casi como el suyo, o quizá incluso más pequeño. Sacó la alpargata de su zurrón y puso la suela contra su zapato. Efectivamente, la alpargata era un poco más pequeña. Eso lo acabó de decidir. Subió la escalera y miró en el altillo. A pesar de la oscuridad, detrás de una especie de baúl le llamó la atención una tela blanca. Casi al mismo tiempo que la veía, el trozo de tela desapareció tras el baúl.
- ¡Tú, quienquiera que seas!, -dijo Pau-. ¡Sal de detrás del baúl! ¡Te he visto!
De detrás del baúl fue apareciendo la cabeza de una niña con el pelo rojizo y rizado y la cara blanca, blanquísima, de asustada. De sus ojos brotaban algunas lágrimas.
- ¡No digas que estoy aquí, por favor!, -dijo la niña-.
- Pero si sólo estoy yo y mi perro, -dijo Pau-,.......y mi perro no te hará nada, -aclaró-.
- ¿Y fuera?
- Fuera sólo están mis ovejas y mis cabras.
La niña fue saliendo lentamente de detrás del baúl. Pau se fijó en que a su vestido le faltaba el bolsillo de la derecha y que un pie lo tenía descalzo.
- ¿Por qué has venido aquí?, -preguntó la niña-.
- Eso debería preguntarlo yo, ¿no te parece? ¿Qué haces tú aquí sola y escondida?
- Tú también estás solo, -contestó la niña-.
- Sí, pero da la casualidad que yo paso por aquí cada día porque traigo a pacer el rebaño. Cada día paso dos veces por aquí y nunca había habido nadie. Esta casa siempre había estado cerrada. Vamos, dime, ¿cómo has llegado hasta aquí?, ¿de dónde vienes?
- Es igual. No me creerías, -contestó la niña-.
- Sí, yo me lo creo todo......o casi todo. Mis padres si que no se creen nada de nada.
- ¿Tienes algo para comer?, -dijo la niña-.
- Ya se te han acabado las sardinas en lata, ¿eh?, -le dijo Pau-.
- ¿Cómo sabes que he comido sardinas?
- Porque yo lo sé todo.......o casi todo, -dijo Pau haciéndose el interesante-. Bueno, supongo que has venido con alguien mayor. ¿Esperas a que alguien te venga a recoger?
- No, he llegado aquí sola. No me puede recoger nadie, porque me parece que nadie sabe dónde estoy.
- ¡Ah!, te has escapado de tu casa, ¿eh? Pero, ¿cómo has venido a parar tan lejos de cualquier casa?, ¿cómo has llegado hasta aquí?
- No lo sé.
- ¿Cómo que no lo sabes? Oye, no me tomes el pelo.
- Bueno, sí lo sé, pero es muy difícil de explicar, porque es increíble.
- Ya te he dicho que yo me lo creo casi todo. Pero si no me lo quieres explicar, allá tú, -dijo Pau mientras le extendía un trozo de pan y otro de queso que había sacado de su zurrón-.
La niña miró el pan y el queso en la mano de Pau.
- ¿Para qué me das esto?
- ¿No habías dicho que tenías hambre?
- Sí. ¿Esto se come?
- Pues claro que se come. Es pan y queso, -contestó Pau-.
- No lo había comido nunca.
- Oye, -le dijo Pau-, ya te he dicho que no me gustan que me tomen el pelo.
- Pero, si es verdad, no lo he comido jamás, -dijo la niña mientras se metía poco a poco un trocito de queso en la boca-.
Pau oyó entonces los ladridos de su perro, que había salido de la casa y salió corriendo, disparado. Un pequeño grupo de ovejas se había separado del rebaño y el perro las intentaba agrupar.
- Oye, -gritó desde fuera Pau-, si no esperas a nadie y te has perdido, ¿por qué no vienes conmigo a las montañas? Te daré de comer y, por la tarde, a la puesta del sol, te llevaré al pueblo.
- Muy bien, voy contigo, -gritó la niña mientras bajaba las escaleras de madera-.
- Ya verán los incrédulos de mis padres cuando me vean llegar contigo. Desde ahora en adelante tendrán que creerme siempre, -dijo Pau satisfecho.
En poco tiempo se encontraban en la pequeña altiplanicie. La atención al rebaño y el esfuerzo de la subida habían impedido que Pau abriera la boca. Por su parte, la niña tampoco había soltado palabra.
Una vez hubo llegado al otro extremo de la pequeña meseta, Pau descargó el zurrón de su hombro y se sentó sobre una piedra redondeada por la erosión.
- Aún no me has dicho ni como te llamas.
- Me llamo Núria.
- Lo del pan y el queso era broma, ¿verdad?, -dijo Pau mirándola-.
- Es verdad. No los había visto antes.
- Si sigues así me voy a cabrear, ¿sabes? ¿No quieres decirme de dónde vienes?
- Ya te he dicho que no te lo creerás.
- Es igual. Habla, -dijo Pau mientras se sentaba-.
- Vengo de un país, o de una tierra, que se llama el país de los cucuruteros.
- Y, ¿dónde está?, -preguntó Pau, que ya comenzaba a pensar que quizá Núria estaba algo chiflada-.
- No lo sé, -contestó Núria-.
- Pero, ¿cómo quieres que me crea esto?
- Ya te he dicho que no te lo creerías. Criticas a tus padres porque no te creen, pero tú haces lo mismo. Mejor será que no te explique nada.
Núria se puso a llorar.
- Está bien, está bien, no te pongas así. Continúa explicándome. Te prometo no interrumpirte más.
Núria habló del siguiente modo:
"Mi tierra, el país de los cucuruteros es un país pobre, muy pobre. Todos sus habitantes viven solamente de los frutos del campo y los campos solamente dan tres frutos: unos grandes y ovalados a los que llamamos almendras; otros más pequeños y más redondos que llamamos avellanas; y otros redondos y grandes que llamamos nueces. Una parte de la tierra termina en el mar, de dónde sacamos agua para beber y lavarnos. Algunos habitantes se dedican a pescar, o sea, cogen a unos animales que se encuentran en el agua y que también nos sirven de comida. Nos comemos esos animales cuando los sacan del agua y, a veces, los secamos al sol y los comemos más tarde, y, otras veces hacemos una pasta que guardamos para cuando tenemos demasiada hambre. Yo estaba en el campo con mis padres y mis hermanos, pues tengo dos hermanos más. Ayer nos encontrábamos recogiendo avellanas del suelo como muchos otros días. De repente, apareció una zirgaya y todos nos fuimos corriendo y gritando. Me pareció que la zirgaya estaba muy cerca de mí, pues sentí que todo el aire que me rodeaba se me venía encima con una fuerza terrible.........No sé lo que pasó después. Sólo recuerdo que desperté allí abajo, muy cerca de esa casa donde me has encontrado. A mi lado había algo que brillaba intensamente, lo cogí y vi que ponía "sardinas en aceite". Por el dibujo que tenía vi que era un animal del mar y, como tenía mucha hambre, la abrí con un unas piedras. Me escondí en la casa porque pensé que la zirgaya todavía estaría por allí........No sé dónde estarán mis padres y mis hermanos, sólo sé que estoy muy lejos, porque mi país es completamente diferente".
Núria comenzó a llorar de nuevo. Pau, que se había quedado atónito con la historia que acababa de oír, no sabía qué pensar. Puso la mano sobre el hombro de Núria y le dijo:
- ¿Has dicho que tu mar es de agua dulce?
- No, -respondió Núria entre sollozos-. No es dulce, no sabe a nada.
- ¿No es salada?, -le preguntó Pau-.
- No lo sé, -dijo Núria-. ¿Qué es salada?
- ¿No sabes lo que es la sal?
- No.
- El queso que te has comido es salado. Tiene más sal que el pan. El agua del mar que tú dices, ¿se parece más al queso o al pan?
- No se parece a ninguno de los dos. El agua es líquida.
- Oye, -le dijo Pau-, bebe un poco de mi agua.
Núria se llevó el pellejo de Pau a la boca y bebió.
- ¿Es así el agua de tu mar?
- Sí. Es igual.
Pau estaba muy desconcertado. Por una parte pensaba que lo más probable era que su nueva amiga se hubiera vuelto loca, pero siempre se había imaginado a los locos de otro modo muy diferente. Pasaba por su cabeza que igual venía de un pueblecito perdido en una especie de selva a la orilla de un gran río o de un lago al que ella llamaba mar. Pero era extraño que no conociera la sal, ni el pan, ni el queso. Nunca había oído hablar a su padre ni a su madre de ese país de los cucuruteros.
- Y.....,-Pau quería seguir preguntando-, ¿qué es eso de la cirdaya?.
- ¿No has visto nunca a las zirgayas?, -preguntó Núria extrañada-.
- ¿Qué son?
- Son unos animales enormes, que vuelan y tienen una boca enorme, con unos dientes largos y afilados. Tan afilados que, cuando encontramos el cráneo de algunos de ellos muerto, los utilizamos como cuchillos para cortar o como pinchos para trinchar.
- ¿Cómo son de grandes?
- Seis o siete veces la envergadura de un hombre, sin contar las alas.
Se hizo un silencio prolongado. Pau arrancaba las hierbas de una maleza próxima y hacía restañar los tallos entre sus dedos.
- ¿Le explicarás todo eso a mis padres?
- ¿Por qué no?
- No sé, mejor que no les expliques nada.
Pau se separó de Núria y fue a reunir a sus ovejas. De repente, el cielo se nubló y el perro comenzó a aullar lastimeramente mientras corría de costado con el rabo encogido entre las patas traseras. Pau giró su cabeza hacia atrás y observó que Núria corría hacia él despavorida, con los brazos abiertos, como si quisiera llegar antes. Miró hacia el cielo y el corazón se le estremeció ocupándole todo el pecho y el vientre. Lo que estaba viendo lo dejó petrificado. Un inmenso animal con unas enormes alas de murciélago planeaba por encima de ellos y tapaba la luz del sol. Núria llegó hasta Pau y se le abrazó con todas sus fuerzas, hundiéndole las uñas en la espalda. Sus piernas temblaban, y, con ojos muy abiertos y la boca contraída mostraba un terror que le impedía pronunciar cualquier palabra.
- ¡La zirgaya!, -exclamó Pau-.
Aunque no obtuvo respuesta no era necesario esperar la confirmación. No podía comprender qué estaba aconteciendo, y, dominado por el pánico cogió de la mano a Núria y comenzó a correr alocadamente por la altiplanicie hasta que orientó su carrera hacia un pequeño bosque de abetos que ocultaba el sendero de descenso. Oyó encima de su cabeza los gritos del animal una y otra vez, mientras corría infructuosamente tratando de escapar a su enorme sombra, intentando alcanzar el trozo de sol entre el animal y el bosque, pero la sombra avanzaba al mismo ritmo que ellos, y a veces la sombra se hacía más grande, lo que indicaba que el animal estaba descendiendo peligrosamente.
Por fin, consiguieron meterse entre los abetos, cuando ya la sombra lo ocupaba todo. Pau se pegó con Núria a uno de los gruesos troncos observando entre las ramas el animal que les sobrevolaba. Con la respiración entrecortada le dijo a Núria:
- Tenemos que alcanzar el otro bosque. Desde allí los árboles nos protegerán durante casi todo el resto del camino hasta el pueblo.
- ¡Nos cazará!, ¡no nos podremos salvar!, -gritó Núria-.
Pau cogió fuertemente a Núria y la hizo correr para cruzar el corto trecho que les separaba del segundo bosque. A mitad de carrera se les interpuso el animal que bajaba rápidamente, provocando un auténtico vendaval y enseñando sus garras descomunales. Se dieron cuenta de que corrían hacia él e intentaron volver al primer bosque. Pero ya era inútil. La zirgaya les cortó el paso y les hizo salir otra vez a la altiplanicie, dónde no había un solo árbol bajo el que cobijarse. Continuaron corriendo otra vez en una anárquica huída. Sólo cuando Pau divisó el precipicio se dio cuenta de la encerrona en que se encontraban. No podían retroceder porque sería ir hacia la zirgaya, y no podían seguir avanzando porque caerían por el precipicio. Llegaron hasta el final y se detuvieron al borde del acantilado. La zirgaya se dirigía hacia ellos en medio de sus graznidos ensordecedores. Cuando tenía las garras ante él, Pau intentó hacer un quiebro y perdió el equilibrio, cayendo al vacío. Descendía a una velocidad vertiginosa, deslizándose en paralelo a la pared del acantilado que se había convertido en una especie de muralla lisa de un solo color. Así, hasta que se estrelló contra el suelo y sintió que su cuerpo explotaba.
- Pau, ¿pero qué haces? ¡Despierta!, ¡despiértate!
La voz surgía de algún sitio remoto, lejano, pero se iba aproximando. Pau abrió lentamente los ojos. Se encontraba en el suelo, entre un amasijo de sábanas y cobertores, al pie de su cama. Su madre estaba ante él y, vista desde el suelo, parecía muy alta.
- Te has caído de la cama. Vamos, que es hora de que te vistas y tomes el desayuno. Hay que sacar el rebaño, -su madre le hablaba mientras abría las ventanas de la habitación.
Pau, sin pronunciar palabra, apesadumbrado y contento a un mismo tiempo por la pesadilla, se vistió aún temblando, se tomó la taza de leche que humeaba en la mesa de la cocina, cogió el trozo de pastel que había sobrado del día anterior, se colocó el zurrón, dio una orden a su perro, besó a su madre, y recogió al rebaño al que hizo ascender como cada día por el sendero.
Cuando pasó ante la casa abandonada la puerta estaba abierta. Hizo como que no la veía, se desvió del sendero interponiendo el rebaño entre él y la casa, y cerró los ojos con todas sus fuerzas para no ver ninguna alpargata, ninguna cinta, ni ningún trozo de vestido.