Cuando hablamos de la Guardia Real solemos pensar en ceremonias solemnes, uniformes impecables y en la custodia del rey. Sin embargo, su historia va mucho más allá. Desde sus comienzos, esta unidad tuvo un papel clave tanto en los palacios como en los campos de batalla.
La Guardia Real española tiene sus raíces en la época de los Reyes Católicos. Concretamente en el año 1504, cuando Gonzalo de Ayora, un conocido militar y cronista, creó una unidad específica encargada exclusivamente de proteger la figura del rey. Esta primera formación, conocida como la Guardia de Alabarderos, supuso un cambio fundamental en cómo se entendía la seguridad personal del monarca en España.
Posteriormente, durante el período de los Austrias, conscientes de la necesidad de proteger eficazmente al rey, se decidió reorganizar y consolidar varias unidades que ya existían desde la Edad Media. Entre ellas destacaban la Guardia Vieja de Castilla, los Alabarderos españoles y alemanes y los reconocidos Arqueros de Borgoña. Estos cuerpos, pensados inicialmente para proteger al rey, no tardaron en convertirse en una fuerza militar imprescindible.
"El ejército real no era simplemente una herramienta ceremonial, era la columna vertebral del poder militar del rey", como señala el historiador Geoffrey Parker en su libro El ejército de Flandes y el Camino español" .
Durante el periodo de los Austrias, especialmente bajo los reinados de Carlos I (1516-1556) y Felipe II (1556-1598), estas unidades de élite experimentaron profundas transformaciones. Fueron reorganizadas en regimientos específicos de caballería e infantería, adaptándose a los cambios tácticos y tecnológicos de la guerra moderna que comenzaba a imponerse en Europa.
Los Alabarderos, con sus largas y temibles armas, los Archeros de Borgoña, herederos de la tradición medieval, y la prestigiosa Guardia Vieja castellana, conformaron una guardia del rey altamente profesionalizada y eficaz. Además, no se limitaron a labores ceremoniales, ya que estuvieron presentes en conflictos bélicos tan decisivos como las guerras de Italia, las campañas en los Países Bajos y las batallas navales del Mediterráneo.
La historiadora Magdalena de Pazzis Pi Corrales menciona en su obra Felipe II y las guerras de religión cómo estas unidades demostraron ser decisivas en numerosas ocasiones, formando un núcleo combatiente de confianza y prestigio que se ganó el respeto de toda Europa.