Autora: Ninette I. Lugo Valencia
Hay una relación muy estrecha entre el dolor y el duelo desde una perspectiva etimológica, ambas palabras significan dolor. En español se usa el término dolor para relacionarlo con experiencias fisiológicas y el término duelo, para relacionarlo con experiencias emocionales.
El dolor que es consecuencia de perder a una persona amada (hijo o hija, cónyuge, etc.); de perder la confianza, seguridad, la autoestima, nuestra integridad física, nuestra propia identidad, entre muchas otras pérdidas, produce un estado de malestar emocional que nos hace daño, porque nos desequilibra, nos atormenta y que hasta puede producir efectos sensoriales que se sienten y hasta pueden observarse.
Considero que además de la dimensión física del dolor, existe una dimensión espiritual de éste: el dolor espiritual es aquel que aunque sus efectos pueden sentirse física, emocional y mentalmente, su origen radica en el alma, pues este dolor se siente en las entrañas, en el ánimo y en la voluntad.
El dolor espiritual trasciende de la individualidad de la persona, ya que cuando se sufre una gran pérdida, este dolor transmuta en las personas afectivamente más cercanas al doliente.
Este dolor se siente, por ejemplo, cuando se sufren los estragos de un delito: Un secuestro, feminicidio, un homicidio, una violación y/o abuso sexual, la trata de personas, la desaparición forzada, las lesiones graves o calificadas, la violencia en sus diversos tipos que constituyen delito, son ejemplos de hechos dañosos que producen grandes y trascendentales pérdidas, no solo en las personas sobre los que se cometen directamente, sino también de aquellos seres amados y personas cercanas que sufren como víctimas indirectas del delito.
Esta es una consecuencia del delito que generalmente siempre ha estado invisibilizada: el daño a los sentimientos y/o afectos más sublimes de los seres humanos y el dolor aparejados a una pérdida.
¿Cómo se pone un precio a ese dolor? ¿Hay alguna manera de repararlo? Cuando algo así sucede, el sistema de justicia no responde como los dolientes esperan.
¿Se puede vivir en tranquilidad después de tales pérdidas? ¿Se puede conciliar el sueño ante el miedo? La respuesta es sí. El acompañamiento e intervención tanatológica para una elaboración sana del duelo, es una de ellas.
Aunque parezca mentira, una pérdida puede ser saludablemente resignificada y para descubrir poco a poco, lo que siempre ha estado allí: la fuerza para vivir.