Contamos con una manada de trece caballos y ponys, cada uno con su propia historia. Algunos los hemos buscado nosotros; otros, quizá, nos han buscado a nosotros. Todos están bienvenidos y queridos.
Les ofrecemos la posibilidad de vivir todo el año acompañados por su manada, moviéndose libremente de pradera en pradera, con acceso a pasto fresco, agua y refugios naturales para protegerse del clima. Los caballos forman una parte fundamental de nuestra granja.
Por un lado, realizan un trabajo estupendo en las fincas: abonan y regeneran la tierra junto a nuestras cabras, y su estiércol es el ingrediente más preciado en las huertas.
Pero, más importante que eso, es su rol como “profesores” en nuestra granja escuela. Si alguna vez habéis estado cerca de un caballo, quizá lo habréis notado: son capaces de llevarnos consigo, de dejarnos por un momento atrás los problemas y el estrés. Con ellos desconectamos para volver a conectar: con nosotros mismos, con nuestras raíces, con la naturaleza y con nuestros seres queridos.
Con un caballo superamos miedos y barreras que no pensábamos poder superar. Con ellos nos conocemos mejor. Nos enseñan a tomar las riendas de nuestra vida, a vivir el aquí y ahora, y a llevar esa atención consciente a nuestra vida cotidiana. Un caballo puede ayudarnos a ser mejores personas.
Para mí, un caballo es el ser vivo más elegante, bello y sensible que he conocido. Me fascinan desde niña, siempre he necesitado tenerlos cerca, y me han enseñado tanto que sé que gran parte de quién soy hoy se lo debo a ellos.
Los caballos me acompañan desde que tenía nueve años. A la vez comenzó mi búsqueda de una relación auténtica entre caballo y humano, sin saber aún muy bien lo que buscaba.
Hoy lo sé: se trata de mutuo respeto y confianza, en la que los humanos debemos aprender el lenguaje de los caballos y no al revés. Una relación en la que las llamadas “ayudas” se basan en el idioma que entiende el caballo, y en la que el caballo nunca es un objeto de deporte, sino un ser vivo.
Emprender este camino es un viaje increíble, mucho más que “aprender los signos del caballo”: es también un viaje para entendernos mejor a nosotros mismos.
El gran maestro en mi vida es Faraón, que me acompaña desde 2013, y espero que lo haga durante muchos años más.