Para construir la cartografía social de Frías, se realizó un proceso participativo en el que se invitó a los habitantes a compartir sus conocimientos y vivencias sobre el territorio. A través de preguntas abiertas y conversatorios comunitarios, se indagó por los lugares que consideran significativos —como escuelas, iglesias, caminos veredales, ríos o espacios de encuentro—, así como por las celebraciones tradicionales o días de gala que fortalecen el sentido de pertenencia, como fiestas patronales, encuentros deportivos o actividades culturales. También se exploraron las principales actividades económicas que se desarrollan en las veredas, tales como la agricultura, la ganadería o los oficios artesanales, y se preguntó por aquellas personas que, por su liderazgo, solidaridad o legado, han dejado una huella perdurable en la memoria colectiva.
Estas preguntas no solo permitieron levantar información geográfica y sociocultural clave, sino que, sobre todo, posibilitaron la recolección de relatos cargados de historia, emociones y saberes locales. Cada respuesta se convirtió en una pieza esencial del mapa identitario de Frías, al visibilizar la riqueza de su tejido comunitario, los valores compartidos y los eventos que han marcado su devenir histórico. En este sentido, la cartografía social no se limitó a representar el espacio físico, sino que se transformó en un ejercicio de memoria viva, donde los habitantes resignificaron su territorio desde la experiencia propia, reafirmando su identidad y reconstruyendo de manera colectiva la memoria del lugar.
Cartografías de Frías realizadas por las víctimas de la masacre
Las cartografías sociales elaboradas por las víctimas de la masacre de Frías constituyen una herramienta poderosa de memoria y reconstrucción del tejido comunitario. En estos mapas, los participantes representaron de forma simbólica y emocional los lugares que han marcado su vida antes, durante y después del conflicto. No se trata únicamente de ubicaciones geográficas, sino de espacios cargados de significado personal y colectivo, como sus casas de infancia, las veredas donde se formaron los lazos comunitarios, los caminos recorridos durante el desplazamiento forzado, y los escenarios donde ocurrieron los hechos violentos que aún habitan en su memoria.
Estas cartografías permiten reconstruir la historia del territorio desde una perspectiva íntima y sentida: la de quienes padecieron la violencia en carne propia. Al dibujar sus mapas, las víctimas no solo identificaron lugares físicos, sino que también narraron sus emociones, revivieron recuerdos y expresaron su profundo arraigo por la tierra que les fue arrebatada y que, en muchos casos, han comenzado a resignificar. A través del acto de cartografiar, se les dio voz para transformar el dolor en memoria, y la memoria en resistencia. En conjunto, estas cartografías construidas desde la experiencia de las víctimas ofrecen una lectura compleja y profundamente humana del territorio de Frías. Son una forma de narrar lo que muchas veces no se puede decir con palabras, y de reivindicar la dignidad de quienes han sobrevivido al conflicto. Además, constituyen un aporte fundamental al Museo Virtual de la Memoria, pues evidencian cómo el espacio puede convertirse en un archivo viviente de la historia, la identidad y la lucha por la justicia
Una dimensión significativa de estas cartografías es el uso del color como código emocional, lo que permite leer los mapas no solo como representaciones espaciales, sino como expresiones afectivas:
Fuente: elaboración residente de frías 2025
Rojo: Representa los lugares de trauma, aquellos donde se vivió el horror de la masacre, la pérdida de seres queridos, el desplazamiento o el miedo constante. Son espacios de dolor, pero también de memoria viva.
Azul: Señala los lugares de esperanza, donde las personas han encontrado refugio, apoyo comunitario, nuevas oportunidades o razones para seguir adelante. Son espacios donde la vida ha logrado abrirse paso pese a la adversidad.
Verde: Marca los lugares de resignificación, es decir, aquellos donde, a través de la resistencia, la solidaridad o las acciones colectivas, se ha transformado el sentido del lugar. Estos puntos reflejan procesos de sanación, reconstrucción y reapropiación del territorio.
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En el marco del Museo Virtual de la Memoria de Frías, se han configurado tres convenciones narrativas y visuales que permiten comprender cómo la comunidad reconstruye y resignifica su historia a partir de la masacre ocurrida en el año 2001. Estas convenciones –casas, lugares que recuerdan y vereda– surgen de un proceso de diálogo y creación colectiva con las víctimas, quienes a través de dibujos, relatos y testimonios han dado forma a una representación simbólica de su territorio y de sus vivencias.
1. Las casas: dibujos de memoria y refugio
Las casas aparecen como símbolos centrales en los dibujos realizados por las víctimas. Más que simples estructuras arquitectónicas, estas ilustraciones reflejan la intimidad del hogar como espacio de afecto, cuidado y pertenencia, pero también como escenario de pérdida y desarraigo. Cada trazo constituye un intento por recuperar lo que la violencia intentó borrar: la vida cotidiana interrumpida, los vínculos familiares fracturados y la sensación de seguridad arrebatada.
Las casas, dibujadas desde la memoria, se convierten en un refugio simbólico donde las víctimas pueden volver a habitar lo que fue destruido, reafirmando que la memoria no solo preserva el dolor, sino también la esperanza de reconstrucción.
2. Los lugares que recuerdan: geografía del afecto y la resistencia
La segunda convención está constituida por los lugares significativos para la comunidad, aquellos que concentran recuerdos personales, historias compartidas o anécdotas que revelan la dimensión humana del territorio. Pueden ser una quebrada donde jugaban los niños, una tienda que servía de punto de encuentro, un camino transitado en faenas agrícolas o incluso un árbol que ofrecía sombra en medio de largas conversaciones.
Estos lugares no son solo coordenadas en un mapa; son espacios cargados de memoria colectiva que permiten comprender cómo el territorio se convierte en depositario de emociones y experiencias. En ellos se entrelazan la nostalgia, la resistencia y el deseo de mantener vivo lo que da identidad al corregimiento. Así, al evocarlos, la comunidad afirma que la violencia no logró borrar del todo la geografía del afecto que los une.
3. La vereda: relatos que construyen identidad
La tercera convención corresponde a la descripción de la vereda, elaborada a partir de la suma de relatos de quienes residen en Frías. Se trata de una construcción coral donde cada voz aporta detalles que, unidos, configuran una imagen colectiva del territorio. Los habitantes describen sus montañas, ríos, caminos y cultivos, pero también evocan las prácticas culturales, las celebraciones comunitarias y las formas de solidaridad que caracterizan la vida en la vereda.
Este mosaico narrativo revela la riqueza de la identidad local y el arraigo de la comunidad a su tierra, incluso en medio de la adversidad. La vereda se presenta, entonces, no como un simple espacio geográfico, sino como el resultado de la memoria compartida, una memoria que se convierte en fuerza para resistir y reconstruir el tejido social.
Asistente virtual del Museo de la Memoria