La masacre de Frías tuvo un impacto social devastador en la vida de Sandra Rodríguez. A los 16 años, embarazada, perdió al padre de su hija y quedó completamente sola, sin apoyo del Estado ni de su comunidad. Sufrió humillaciones, estigmatización y abuso, mientras enfrentaba la dura tarea de criar a su hija en medio del control paramilitar que se instauró en el pueblo. La masacre rompió los lazos de solidaridad entre los habitantes y dejó profundas heridas emocionales que, aunque parcialmente tratadas con ayuda psicológica, siguen marcando su vida. Sandra, a pesar del olvido estatal y la falta de justicia, se ha convertido en una voz de resistencia, luchando por mantener viva la memoria de las víctimas y reclamar el reconocimiento y la reparación que aún les son negados.