Además del miedo, el dolor por las pérdidas humanas fue inmenso. Alfredo recuerda que hubo aproximadamente nueve muertos en la plaza principal y varios más en otros lugares, sumando decenas de víctimas entre muertos y heridos. El desmoronamiento del tejido social fue otra consecuencia inmediata y prolongada. Tras el ataque, muchas personas emigraron a otras ciudades buscando seguridad, mientras que los que permanecieron tuvieron que adaptarse a vivir en medio de la violencia. Ernesto menciona que en los años posteriores la presencia de actores armados, como paramilitares y guerrilla, era una constante, y la población debía colaborar con ellos —pagando “vacunas” o contribuciones forzadas— para sobrevivir.