Según la antropóloga Margaret Mead, el primer indicador civilizatorio se encuentra en un fémur quebrado y curado, puesto que prueba que alguien se tomó el tiempo de cuidar al herido. No tenemos ni autoridad, ni la intención de discutirlo, pero creemos que por su forma y densidad un hueso de ese tamaño y proporción debe haber sido de los primeros objetos usados para procesar alimentos y otros materiales destinados al cuidado y subsistencia de la especie humana, y esa disposición, nos parece, también sería un signo de civilización.
Asimismo, y pese a “2001 Odisea en el espacio” (la famosa película de Stanley Kubrick), preferimos pensar que los fémures de diversas especies deben haber sido los antepasados directos de las herramientas, aunque también pudieran fungir como arma. Es evidente que ciertas culturas que presumen de muy civilizadas no piensan lo mismo.
El asunto es que mucho antes de que apareciera el hierro, han existido objetos de hueso, piedra y madera que se usaron como herramientas, más allá de que ignoremos si hubo o no, un nombre que las designara según su materia de composición, como sucede en el caso de nuestras queridas ferramentums (ferrum: hierro, y mentum: instrumento), si nos permiten pluralizar el latinismo.