Era el tiempo de las encomiendas por tren, correo y colectivo. La caja debía estar, en lo posible, envuelta en papel madera y atada con hilo sisal. La inviolabilidad del envío se aseguraba con unas grampas de chapa redondas y rojas que apresaban los nudos y los cruces del hilo, acá es cuando aparece la engrampadora de viaje. Luego de recibido y abierto el paquete, estaba el aprovechamiento de todo el embalaje. El papel se guardaba para otra vez, lo mismo que el hilo rescatado de las ataduras. Aunque a veces el reciclado de éste con las grampas todavía fijadas servía de improvisado lazo o ingeniosa manea según los personajes que anduviéramos imaginando en nuestros juegos infantiles...