Miguel Ángel Camero Martínez
Ciudad Madero ya no crecía con la aprisa de antes, la globalización la alcanzó (el mundo la alcanzó) pasaron la factura. Pero seguía cambiando, las casas comenzaron a vestirse con bardas altas, con picos de hierro o vidrios rayados en la cima.
Como si el terreno se hubiera acabado, llegaron algunos edificios, alzados sin ornamentos, como si hubieran sido dibujados con una regla recta sobre la calle. Son construcciones que no buscan destacar, pero que contienen muchas vidas. Un tipo de intimidad comunitaria con edificios gemelos como reflejos de una misma historia: la de quienes llegaron para quedarse, construyendo futuro aunque las paredes fueran delgadas. Se impuso una nueva regla: economía por sobre bienestar.
Una casa a medio caer puede ser también una promesa a medio construir. Y basta un marco de puerta que sigue en pie, o un auto detenido bajo el sol, para entender que aún hay alguien esperando. Porque hay ciudades que no se rinden: se transforman.
En Ciudad Madero también hay edificios que no se construyen para durar, sino para que algo empiece. Como en este rincón, donde se piensa hacia adelante: con arte, con comunidad, con la certeza de que crear también es construir ciudad.
Textos de Estefanía Montserrat Delgado Nava y Miguel Ángel Camero Martínez.