Miguel Ángel Camero Martínez
En un intento por dejar el crujido de la madera, el concreto comenzó a cubrir las casas. La ciudad se expandía, sí, pero también se recogía en sí misma. Bajo la sombra de las nuevas avenidas, los patios antiguos seguían hablando con las plantas, y las ventanas recordaban nombres.
En los años cincuenta, Ciudad Madero, había dejado atrás su nombre de Villa Cecilia y adoptaba su nueva identidad con el mismo ímpetu con que el país se modernizaba. Las refinerías seguían marcando el pulso de la economía, afuera y adentro, en Madero y en Tampico, el puerto del cual nació Madero. Ahora la ciudad recordó las promesas y el futuro, comenzaron a mirar hacia la educación, hacia el comercio, hacia la salud, agua, drenaje y calles pavimentadas con chapapote y ahora había tiempo para regresar la mirada al mar, la playa, el turismo.
Los domingos se llenaban de música tropical. Las casas, aunque de concreto, aún conservaban algo de la calidez de las primeras décadas: un alero amplio con un corredor que por las tardes invitaba a mirar hacia la calle desde cómodas mecedoras.
Había orgullo en los rostros de quienes veían crecer la ciudad, pero también una melancolía discreta, por lo que ya no volvería. Todo estaba en transición: la arquitectura, las familias, el ritmo de la vida. Pero Madero seguía latiendo con su dualidad constante: entre el mar y el petróleo, entre el pasado de madera y el futuro de concreto.
El petróleo pagó y llegó la consolidación, el proyecto que definió el carácter y estilo de un nuevo trazado urbano. “La Unidad Nacional”. El mayor orgullo del movimiento obrero para obreros. ¿Había acaso un proyecto de ciudad?
Textos de Estefanía Montserrat Delgado Nava y Miguel Ángel Camero Martínez.