Miguel Ángel Camero Martínez
Durante estas décadas, la ciudad dejó de mirar hacia afuera y empezó a construirse hacia dentro. Madero se consolidaba con una arquitectura rebelde y que no pedía permisos con fachadas que mezclaban lo heredado con lo improvisado.
El petróleo seguía ardiendo bajo la tierra, pero ya no era novedad: era herencia. La Refinería Francisco I. Madero, omnipresente, marcaba el ritmo de los días, del viento, del pan sobre la mesa. Las familias vivían al compás de las sirenas de Miramar, donde cada hogar parecía guardar en sus paredes una historia de trabajo y lucha.
En los barrios, la vida era colectiva. Los niños jugaban en la calle hasta que eran amenazados con el robachicos o “el chacal”, las vecinas se gritaban recetas de puerta a puerta, y las radios sonaban al ritmo de ¨ la hora romántica. ¨
Madero ya era otra, construida de retazos de sueños y deseos. Una ciudad que, mientras resguardaba el pasado, abría sus ventanas hacia el porvenir.
Textos de Estefanía Montserrat Delgado Nava y Miguel Ángel Camero Martínez.