I
¿Uno qué hace parado mirando por la ventana en un día soleado?
La respuesta es sencilla: esperar a que se junten las nubes
y la lluvia venga sobre todo.
¿Por qué uno espera eso?
Porque se quiere un motivo.
Adentro los muebles pueden ser cómodos,
pero uno quiere irse hacia afuera, a las calles vacías,
a ver lombrices alegres sobre la hierba.
Afuera se escuchan vehículos, a lo lejos, sin pensar en los afanes de la vida.
Se mojan un poco los zapatos, tal vez las medias y así se puede correr,
cuadra tras cuadra, llegar a la frontera, sin volver a mirar.
Nadie está para la cena y cierran las puertas sin percatarse
si uno está adentro o afuera. Suponen que uno está adentro,
pero uno siempre está afuera.
II
Las conversaciones son la clave, por eso llego con una sonrisa cada vez que tengo mucho por decir, o cada vez que me viene un buen recuerdo. Hablar, para mí, es el mejor regalo que puedo dar.
Pero es más lo que escucho que lo que hablo y las paredes se han acostumbrado a tal acto.
Altas como torres, yo las veo, las admiro. Parecen calladas, vigilantes almenas sin arquero.
Vaya que me sorprenden cuando empiezo a hablarles. Me interrumpen. Si les digo que
en el camino vi una serpiente que parecía morderse la cola mientras se hacía un ocho,
ellas me van a interrumpir y me van a contar alguna vieja historia.
Yo me quedo ahí, sentado, escuchándolas con sus milenarias voces que han vivido lo que nunca viviré y olvido que a veces en el camino veo una serpiente que parece morderse la cola mientras se hace un ocho.
III
Una vez quise armar una casita con sombrillas, era pequeño, me gustaba como la luz atravesaba la delgada tela y los colores bañaban mis brazos. Veía mis manos, con las uñas horribles.
Es un acto casi inconsciente y detestable. Me da vergüenza y nada me lo ha podido quitar
ni las manotadas que me daba mi hermano ni el ají que me ponía mi tía,
ni los cuentos de los pseudo-médicos ni las humillaciones de los esteticistas.
Con el pasar del tiempo me acostumbré a vivir con este descarnado vicio.
Tanto que yo no lo notaba, a veces ni me daba cuenta que tenía dedos,
otras veces no hallaba la utilidad de las uñas, a menos que me rascara la espalda.
Pero, ¿a dónde iba yo con todo este asunto? Terminar hablando de mis uñas,
seguramente por ser un síntoma, eso decía mi sicólogo, o hasta inclusive puede ser porque
ahí están las palabras no dichas, en un baúl lleno de calamidades, de
frustraciones-miedos-soledades-exageraciones-ideas descontroladas y fantasmas.
Y la casita llena de colores que armaba me gustaba mucho, eso era lo que quería decir,
me gustaba como iluminaba este castillo embrujado.
IV
Cuando salimos en la excursión yo iba junto a veinte de mis compañeros.
Era una jornada larga y tediosa. El plan era llegar hasta un rio.
Yo aún no sabía montar en bicicleta, por eso tuve que llegar a pie.
En la noche hubo una fogata con unos cánticos que ni me sabía,
de historias vanas y de nudos.
¿Qué hacía yo ahí?
A la mañana siguiente ya no éramos veinte, sino quince. Al día siguiente éramos diez.
Luego fuimos solo cinco. Al volver a casa, yo caminaba sólo.
Y de esa excursión solo me quedan unas piedras de rio.
V
Una vez desperté y aún estaba a su lado. Ella dormía, tenía la boca media abierta y el cabello le caía sobra la cara como una cortina. Una relación demasiado perfecta, si no hubiera sido por mi manía de hacer preguntas, siendo que, además, generalmente, no entendía las respuestas.
Que difícil de lidiar. Como los niños cuando empiezan a hacer preguntas, todo quieren saberlo, y luego, cuando lo saben, no paran de hablar.
VI
Me gustaba atrapar moscardones y verlos, aletargados, caminar, pero me asustaba cuando se me prendían de las mangas. Una vez, de suerte, atrapé una lagartija, la bandida me mordió un dedo y se quedó ahí. Yo sacudía la mano para quitarla, pero ahí seguía; unos minutos después, ella se fue, voluntariamente. También tuve un hormiguero, me gustaba ver sus túneles. Una tarde, lo dejé al borde de una grada y se cayó al suelo. El hormiguero se hizo pedazos. De todo evento me repuse.
VII
Me había comprado un par de tenis negros. Eran cómodos y frescos.
Sin embargo, de esas cosas que uno no entiende, terminé una vez metido en un paraje desértico.
No habría dado ni diez pasos y una familia de conejos estaba a mi alrededor destrozando mis preciados tenis. Me enfurecí y salí corriendo. En el camino tiré los tenis. A pie llegué hasta mi casa en la noche, mis plantas sangraban. Me acosté y dormí. En la mañana buscaba en los bolsillos y en los cajones un nuevo presupuesto para unos nuevos tenis.
MARIO DELGADO ARTE
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Colombia
2022