Arturo Barea: La forja de un rebelde

Arturo Barea se exilió en 1938 y se afincó en Inglaterra, donde escribió en los años inmediatos La forja de un rebelde. Esta trilogía de corte autobiográfico está compuesta por los siguientes títulos:

  • La forja (1941), en que rememora su infancia y adolescencia a comienzos del siglo XX en el madrileño barrio de Lavapiés.
  • La ruta (1943), donde da cuenta de sus vivencias en la guerra de Marruecos.
  • La llama (1946), brutal descenso a los infiernos del Madrid de la guerra civil. Es de este último título del que hemos seleccionado algunos fragmentos.


Texto 1

“En el último edificio de la parte ancha de la calle había una clínica de la Gota de Leche, para asistir a las embarazadas. A aquella hora había una larga cola de mujeres, muchas de ellas llevando un niño, que esperaban la distribución diaria de leche. Unos metros más abajo, las prostitutas ejercitaban el comercio. Una bomba había caído en medio de la calle y sus cascos habían rociado por igual a las embarazadas y a las prostitutas. Una mujer se enderezó sobre un muñón sangriento que había sido un brazo, dio un grito y se dejó caer pesadamente. Inmediato a mí había un montón revuelto de faldas y enaguas, entre las que sobresalía una pierna doblada en un ángulo absurdo sobre el vientre hinchado. Se me fue la cabeza y me puse a vomitar en medio de la calle. Un miliciano al lado mío blasfemó y comenzó a vomitar; comenzó a temblar y estalló de pronto en carcajadas. Alguien me dio un vaso lleno de coñac que bebí automáticamente. Ángel había desaparecido. Ahora algunos hombres se afanaban en recoger a los heridos y los muertos y meterlos a toda prisa en la clínica. Un hombre asomó la cabeza en la puerta de la clínica, una cabeza de pelo blanco y gafas sobre una blusa blanca roja de sangre, pateó y gritó:

-¡No hay sitio para más! ¡Llevarlos a la calle de la Encomienda!

De la plaza del Progreso llegaban también gritos. Ángel estaba a mi lado sin que yo supiera de dónde había surgido, con el traje y las manos manchados de sangre.

-¡En la plaza del Progreso ha caído otra bomba!

Llegaban grupos de gente corriendo calle abajo en franca huida, y pares de hombres llevando entre ellos un cuerpo, y mujeres con un chico en brazos gritando y llorando. No veía más que brazos y piernas y manchas de sangre en remolinos y la calle giraba ante mis ojos.”

Texto 2

“Alguien nos dejó montar en un coche hasta Antón Martín y nos fuimos a desayunar al bar de Emiliano. Sebastián, el portero del número siete, estaba allí con un fusil arrimado a la pared.

Cuando nos vio, dejó el vaso de café sobre el platillo y comenzó a explicar con gestos extravagantes:

-¡Vaya una noche! Estoy reventado. ¡Once me he cargado hoy! Ángel le preguntó:

-¿Qué has estado haciendo? ¿De dónde vienes?

-De la Pradera de San Isidro. He estado allí con los compañeros del sindicato y nos hemos llevado unos cuantos fascistas con nosotros. Luego han venido otros amigos de otros grupos y les hemos echado una mano para acabar antes. Creo que hemos suprimido más de ciento esta vez.

Se me contrajo la boca del estómago. Aquí había alguien a quien yo conocía casi desde que era niño. Le conocía como un hombre alegre y trabajador, enamorado de sus chiquillos y de los chiquillos de los demás; seguramente un poco rudo, con pocas luces, pero honrado y decente. Y aquí estaba convertido en un asesino.

-Pero, Sebastián, ¿quién le ha metido a usted en semejante cosa? -Empleé intencionalmente el «usted» en lugar del «tú» que todos usábamos.

Me miró con los ojos llenos de vergüenza:

-Pues, mire usted, don Arturo... -no se atrevió a hablarme como me había hablado durante veinte años-, no va usted a empezar con sentimentalidades. Al menos así lo espero. Tenemos que acabar con todos esos cerdos fascistas.

-No es eso lo que le pregunto, Sebastián. Lo que le pregunto es ¿quién lo ha metido a hacer esas cosas?

-Nadie.

-Entonces, ¿por qué las está usted haciendo?

-Bueno, alguien tiene que hacerlas, ¿no?

No dije nada, y comenzó a tartamudear:

-La verdad es... la verdad es, para decirle la verdad en confianza, es así: ¿usted sabe? Hace un año o cosa así, eché a trabajar con una recomendación de la CEDA que me había dado el casero. Y como después de las elecciones de febrero ya no me hacía falta la recomendación, pues volví al sindicato, claro. Los compañeros todos me tomaban el pelo porque había pertenecido a la CEDA, y decían que me había vuelto un reaccionario y otras cosas. Y así, un día, pues se llevaban a unos fascistas para darles el paseo y fue uno y dijo: «Tú, Sebastián, tú que siempre andas hablando de matar fascistas, vente con nosotros, ahora tienes la ocasión». Y se puede usted imaginar el resto, estaba entre la espada y la pared, porque era lo uno o lo otro, o yo me cargaba a uno de esos pobres diablos o los compañeros se me echaban encima y a lo mejor me daban el paseo a mí. Desde entonces he seguido yendo y cuando hay algo que hacer, pues me avisan... -Se interrumpió, se quedó pensativo y movió la cabeza lentamente-: Lo peor de todo, sabe usted, es que acaba uno tomándole gusto.

Se quedó callado, con la cabeza gacha. Era repugnante y lastimoso. El hermano de Emiliano se bebió de un golpe un vaso de coñac y blasfemó. Yo solté otra palabrota.

Después dije:

-Sebastián, le he conocido toda mi vida y siempre me ha merecido usted respeto. Pero ahora le digo, y puede denunciarme si quiere, que en mi vida volveré a cruzar la palabra con usted.

Sebastián levantó los ojos de un perro azotado, llenos de agua. El hermano de Emiliano blasfemó de nuevo y estrelló el vaso de coñac contra el mostrador:

-¡A la calle! ¡Fuera de aquí!

Se marchó trompicando, los hombros hundidos. Ninguno volvió a verle más. Días más tarde supimos que se había ido al frente. Le mataron de un balazo, en una buhardilla, frente al Alcázar de Toledo.

Texto 3

“Me quedé después un largo rato asomado a la ventana, lavando mis pulmones con aire frío. No podía dormir, estaba embrujado. Quería gritar a los generales que se llamaban ellos mismos «salvadores del país» y a los diplomáticos que se llamaban a sí mismos «salvadores del mundo» que vinieran. Yo los cogería y los encerraría en los sótanos de la Telefónica. Los pondría allí en los jergones de esparto, húmedos de nieblas de noviembre, los arroparía en mantas de soldados, pocas, y los haría vivir y dormir en dos metros cuadrados de pasillo, sobre un piso de cemento, entre mujeres hambrientas y trastornadas de histeria que habían perdido su hogar y que aún escuchaban explotar las bombas y retemblar la tierra profunda que rodeaba el cemento, pugnando por romperle. Los dejaría allí un día, dos días, muchos, que se empaparan en miseria, que se impregnaran de sudor y de piojos de pueblo, y que aprendieran historia, historia viva, la historia de esta guerra miserable y puerca, la guerra de cobardías, de los sombreros de copa brillantes bajo los candelabros de Ginebra, la guerra de generales traidores asesinando a su propio pueblo fríamente y cobardemente. ¡Ah! Arrancarles a tirones sus bandas militares, las levitas y los sombreros de copa de las recepciones, arrancarles a tirones sus cascos de pluma, sus espadas, sus bastones con puño de oro. Vestirlos de pana tiesa, de dril azul o blanco, como los campesinos, o los mineros o los albañiles, y luego, bien churretosos de miseria, tirarlos en medio de las calles del mundo con barba de tres días, con ojos pitarrosos de sueño...

No podía pensar en matarlos o en destruirlos. Matar es monstruoso y estúpido. Aplastar un insecto bajo la suela del zapato es repugnante: tiene un casquido y un churretón de vida que hace vomitar. Un insecto vivo es una maravilla que se puede contemplar horas y horas.

Todo a mi alrededor era destrucción, repugnante y asquerosa como una araña pisada; y era la destrucción de un pueblo; la destrucción bárbara de un rebaño de gentes, azotadas por el hambre, por la ignorancia y por el miedo de ser, sin saber por qué, espachurradas, destruidas.

Me ahogaba el sentimiento de impotencia personal frente a la tragedia. Era amargo pensar que yo era un entusiasta de la paz, amargo pronunciar la palabra pacifismo. Me había convertido en un beligerante. No podía cerrar los ojos y cruzarme de brazos mientras se asesinaba impunemente a mi propio país, sin más finalidad que el de que unos pocos se hicieran los amos y esclavizaran a los supervivientes. Sabía que había fascistas de buena fe, admiradores del pasado glorioso, soñadores de imperios que desaparecieron para siempre, conquistadores que se creían en una cruzada; pero no eran más que la carne de cañón del fascismo. Los otros, los otros, los herederos de la casta que había regido España durante siglos, los que yo había conocido manejando la guerra en Marruecos, con su corrupción estupenda, con sus glorias retiradas, cebándose en latas de sardinas podridas, en sacos de judías llenos de gusanos: esto era lo que había que combatir. No era una cuestión de teorías políticas, sino de vida o muerte. Había que luchar contra los enterradores; los Franco, los Sanjurjo, los Mola, los Millán Astray, que ahora coronaban su hoja de servicios cañoneando su propio país para hacerse amos de esclavos y a la vez convertirse para ello en esclavos de otros amos. Oh, ¿cómo un general puede tener tan poca vergüenza de sí mismo?

Teníamos que combatirlos. Para ello tendríamos que bombardear Burgos y sus torres, Córdoba y sus jardines, Sevilla y sus patios llenos de flores. Teníamos que matar para ganar el derecho de vivir.

Quería llorar a gritos."

Texto 4

"El hombre que me ayudó más entonces, como me había ayudado a través de todas las semanas infernales que habían pasado antes, fue un sacerdote católico, y de todos a quienes he encontrado a través de nuestra guerra, es el hombre para quien guardo mi mayor amor y respeto: don Leocadio Lobo. [...]

Tenía su propia batalla mental. Lo que le hería más hondo no era la furia desatada contra las iglesias y los curas por gentes brutales, enloquecidas y llenas de rencores, sino el conocimiento de la culpabilidad de su propia casta, la clerecía, en la existencia de esta brutalidad y en la ignorancia y la miseria abyectas que existían en el fondo de ellos. Debía ser infinitamente duro para él el saber que los príncipes de su Iglesia estaban haciendo lo mejor para mantener a su pueblo oprimido, que estaban bendiciendo las armas de los generales y los señores, y los cañones que bombardeaban Madrid.