Durante el siglo XIX y hasta mediados del XX, los libros de texto presentaban a Josefa Ortiz de Domínguez de manera romántica y superficial, destacando principalmente su papel como esposa leal y madre abnegada, mientras se minimizaba su participación política consciente. Su historia se reducía al episodio del aviso golpeando el piso, sin analizar su pensamiento estratégico ni su papel como conspiradora. Esta invisibilización formaba parte de un patrón en el que la historia oficial privilegiaba a los “grandes hombres”, relegando a las mujeres a roles secundarios o anecdóticos, y cuando se les mencionaba, era en términos sentimentales o domésticos. En la cultura popular, su figura apareció en monumentos, billetes y nombres de lugares, pero con una narrativa romantizada y pocas representaciones en cine, teatro o literatura, mostrando una iconografía limitada y estereotipada. En las últimas décadas, gracias a estudios de género y nueva historiografía, su figura ha sido reivindicada, reconociéndola como una conspiradora activa y consciente, analizando las estructuras patriarcales que la invisibilizaron e incorporándola gradualmente en programas educativos y movimientos feministas como un símbolo de resistencia.