Reconocemos en la religión católica el fundamento moral e histórico de la Nación. No como imposición dogmática, sino como raíz cultural, ética y espiritual que ha dado forma a nuestro pueblo, a su sentido de justicia, de comunidad y de sacrificio.
Sin jerarquía, disciplina y responsabilidad, no hay Patria posible. El orden no es opresión: es la condición necesaria para la organización del trabajo, la justicia social y la vida comunitaria. Donde reina el desorden, gobiernan los más fuertes.
La soberanía política y económica no se negocia. La Nación debe decidir su destino, controlar sus recursos y organizar su producción en función del bien común, sin subordinación a intereses externos ni a poderes financieros.
Creemos en la formación, la acción y la entrega de los jóvenes al servicio de su pueblo. La juventud no es un adorno ni una etapa pasiva: es fuerza creadora, responsabilidad histórica y continuidad del proyecto nacional.
La fraternidad, la solidaridad y el trabajo conjunto son la base de toda reconstrucción nacional. Rechazamos el individualismo que fragmenta y debilita; afirmamos la comunidad organizada como forma superior de convivencia social.