Este capítulo de la investigación rescata algunos saberes transmitidos por mujeres, recordando a María, quien tuvo un dispensario en una cueva de la sierra de Huéscar.
Algunas de las especies recolectadas por María.
En el margen oriental de una cañada próxima a La Sagra, donde el viento susurra a las piedras y el río entona su canto líquido, vivió una mujer llamada María. Su casa era una cueva natural formada en una alineación de roca caliza dispuesta como si el tiempo mismo la hubiera colocado allí con ese propósito. Aún se conoce como la cueva de la botica.
Esta mujer era conocida entre la gente de Huéscar, de La Puebla y de Santiago de La Espada como María la de El Puerto o María la de la Lorenza. No era una bruja, tampoco beata en exceso, pero era respetada porque poseía un conocimiento antiguo que se transmitía entre generaciones a través del silencio reverencial de la observación y de breves susurros, como si de un secreto sagrado se tratase: los usos medicinales de las plantas. Sabía qué hojas aliviarían la fiebre, qué raíces devolverían la fuerza a un corazón débil o podrían calmar a un alma sufriente, qué matas ayudarían a expulsar las piedras del riñón, a quitar el dolor del hígado o de estómago y a frenar los ataques de gota.
No solo ayudaba con sus remedios a hombres y a mujeres de estos pueblos, y de sus entonces numerosos cortijos, quienes les mandaban recado con los pastores y arrieros para que les enviara una medicina o hiciese un rezo, sino también a los animales. Se decía que María había nacido con gracia, pues lloró en el vientre de su madre antes de nacer, y ya vino al mundo envuelta en una "tela" especial con este conocimiento. También que había aprendido esta ciencia de su madre, y ésta a su vez de su abuela, en una línea ininterrumpida de mujeres sabias o curanderas.
Recién estrenada la noche de luna llena de julio, brillaban las hojas de los chopos junto al río Raigadas y quedaron las piedras convertidas en sombras vivas, cuando el viento trajo el sonido de pausados pasos de cascos de bestia. María estaba moliendo hojas de milenrama en su mortero de cuando el ruido la hizo detenerse. Dos hombres emergieron de la penumbra, uno era alto, vestía una capa fina de viaje y tenía un rostro lustroso con una cuidada barba y una mirada oscura que no reflejaba la luz de la luna. María reconoció de inmediato que era de otra casta, de una familia que no había visto nunca. Pero el otro, aún zagal, era Antonio, el hijo de la Aguedita de la calle Pie de Hierro de La Puebla, lo reconoció enseguida. Antonio solía trabajar con los aserradores en el Pinar del Duque, como tantos otros mozos, otras temporadas se iba de pastor, para ayudarle a su padre, o hacía leña para la casa de los amos del monte quedándose una parte para su casa y para venderla a los vecinos. El hombre extranjero que le acompañaba, francés para más señas, se inclinó para saludarla con un gesto cortés.
- Es don Eliseo, un maestro que estudia las plantas, dijo Antonio adelantando las palabras. - Lleva en la Puebla unos meses y yo le acompaño con la mula al monte a buscar toda clase de plantas. – No viene en busca de cura, hermana María, quiere conocer las matas que crecen en esta sierra y los usos que les damos.
María lo observó en silencio. No era la primera vez que alguien venía con esa petición. Durante años había rechazado a boticarios y a comerciantes que venían a preguntar sobre sus remedios y ungüentos con la intención de hacer dinero. - El conocimiento no es mío para darlo, dijo María al fin. - Pertenece a Dios, a la tierra y a la gente de bien. El hombre avanzó un paso más. - No pido todo, replicó el caballero esforzando su dicción, solo quiero saber para qué males utiliza usted la flora de estos pueblos y si existe alguna hierba capaz de hacer olvidar. Aquello sorprendió a María. Había raíces que inducían el sueño, cortezas que calmaban el dolor y la fiebre, infusiones que limpiaban el estómago, tinturas que curaban heridas, flores que espantaban a las moscas y a los tábanos, pero olvidar... eso era harina de otro costal. El olvido es un río que solo el tiempo puede cruzar, pensó María para sí, no hay planta que borre los hierros en el alma. Finalmente, contestó que ya le mandaría razón al pueblo con lo que quería saber y les indicó la dirección de un cortijo cercano donde podrían darles posada. Pero don Eliseo prefería bajar directamente al pueblo por la vereda de Los Cortijos Nuevos aprovechando la luz de la luna y prensar temprano las plantas que había recolectado aquel día para el herbario que mandaría a centros de investigación europeos para su estudio. Después, siendo domingo, bajaría a la posada de la plaza para beber un aguardiente y hablar con los hombres sobre los tiempos de lluvias, siembras y cosechas, las plantas, los hongos y las frutas silvestres que buscaban cada temporada para alternar con los almuerzos de ajos, ollas y migas, así como sobre los remedios que utilizaban para curar al ganado y los males comunes.
Desde niña María había aprendido a leer en la naturaleza con las indicaciones que le daban su madre y los pastores, entre la primavera y el otoño, sobre la posición de las nubes, los movimientos, sonidos y rastros de los animales, la posición y densidad de las telas de araña, el revoloteo de las mariposas, la forma de cuajarse del rocío y de la escarcha, el momento de floración de las plantas, los cambios en el trasiego de las hormigas y la llegada y emigración de distintas clases de pájaros.
- No se trata solo de conocer y recoger las plantas, le decía su madre mientras deslizaba los dedos sobre una hoja de salvia. Hay que conocerlas, entender cuándo están listas para dar su medicina y agradecer a Dios por darnos estos remedios. Cuanto arrancaba una mata de té de roca acariciaba con sus dedos el musgo removido por esta acción para colocarlo en su posición original como si tratara de reparar el daño causado con una caricia. María aprendió que no todas las plantas se recolectaban de la misma manera. Algunas, como la menta, debían cortarse antes del amanecer, cuando el rocío aún las cubría y su aroma era más puro. Otras, como la raíz de valeriana, se desenterraban en luna nueva, pues se decía que la oscuridad concentraba y potenciaba sus cualidades. También se cortaban los pinos y chopos cuyas vigas iban a soportar las techumbres y tejados de las casas en días de luna nueva o en cuarto menguante, pues se conocía que en estos días la savia se concentra más en las raíces, quedando la madera del tronco menos húmeda, de modo que resultaba más duradera por su menor propensión a pudriciones por hongos o a albergar plagas.
Pero el aprendizaje más profundo de María vino de la propia naturaleza. María pasaba horas en la cañada observando cómo los ciervos masticaban corteza de sauce para aliviar sus molestas heridas o cómo los perros se revolcaban y comían ciertas hierbas para deshacerse de los parásitos.
Cuando María contaba con dieciséis años su madre enfermó. Ninguna infusión, ungüento o rezo pudo salvarla. Antes de partir, Lorenza le tomó las manos y le susurró: - No todo se puede curar, hija. Pero todo se puede comprender. Y en la comprensión, a veces, hay consuelo.
Después de la muerte de Lorenza, María, de quien no se tenía conocimiento de padre, se quedó a vivir en la cueva de la cañada, en una finca cuyos amos siempre las habían tratado con consideración y respeto. Con el tiempo su conocimiento creció, no solo por lo aprendido de su madre, sino por los encuentros con otras mujeres en el río lavando ropa, escardando en los sembrados, ayudando en los amasijos de pan o en las matanzas de casa en casa. Pero también aprendió a escuchar la voz del viento entre los chopos y a leer las señales que la naturaleza ofrece a las personas dotadas de conocimiento. María la de la Lorenza se convirtió en una mano de ayuda en las faenas de allí donde la llamaban, pero también en la mujer que curaba, la que caminaba entre los vivos y los recuerdos con la misma facilidad con que la brisa se desliza por las laderas del monte. Y así el legado de Lorenza continuó, no solo en las manos de su hija, sino en cada semilla que plantaba y en cada vida que tocaba.
Desde la cañada se extendían las tierras de una de las más antiguas y respetadas familias de la comarca. Sus tierras abarcaban prados fértiles, bosques espesos, hermosos bancales y huertas y el risco donde se alineaban las piedras que resguardaban la cueva de María. Esta familia sabía que la cueva pertenecía a su finca, pero nunca intentaron reclamarla. Desde hacía generaciones, sus antepasados habían respetado a quienes habitaban allí por necesidad, y María no era una excepción. Incluso les proporcionaban, como también a la chiquillería de los cortijos vecinos fuera de sus propiedades, un maestro que les enseñara a leer y a escribir. Fue la matriarca de la familia, la anciana doña Elvira, quien en su juventud había sellado un pacto no escrito con la abuela de María. Aún recordaba cómo había ayudado a sanar a su hijo mayor cuando la fiebre estuvo a punto de arrebatárselo.
La presencia de María en esta finca era tan genuina como el mismo río. Las mozas de la finca y de otros cortijos le confiaban sus secretos y la buscaban cuando enfermaban, los pastores y los guardas de las fincas le llevaban ovejas, perros y bestias enfermas o heridas. Y cuando algún miembro de la familia del marqués sufría, ya fuera de cuerpo o de alma, la vereda hasta la cueva se recorría con esperanza.
Un día, Santiago, el hijo menor de la familia, llegó hasta María con la frente perlada de sudor y el aliento entrecortado. - Mi abuela…,logró decir, - se ha caído cogiendo moras, no se despierta. Ella tomó su talega de piel de cabra con ungüentos, flores secas y raíces y corrió con Santiago hasta la casa grande de la finca. Encontró a doña Elvira tendida en su cama con un moratón extendiéndose por la sien. Preparó cataplasmas, infusiones de té de roca y de lavanda, y pasó toda la noche junto a la anciana. Al amanecer, doña Elvira abrió los ojos y susurró con una sonrisa débil: - siempre supe que la cañada guardaba un ángel.
Desde aquel día Santiago, que había sido criado con el respeto de sus mayores hacia la madre y la abuela de María, se convirtió en su protector más ferviente. Se aseguraba de que nadie la molestara, de que siempre tuviera leña en invierno y de que la gente la apreciara. Con el tiempo, aquel profundo respeto se convirtió en amistad y entre conversaciones bajo las encinas, mientras buscaban misclos y trufas un otoño, Santiago comprendió que María no solo sanaba cuerpos sino también corazones, quitando gravedad a los asuntos mundanos. - Siempre tendrás un lugar en esta finca, —le dijo un día—. María nunca había pedido nada, pero en ese momento comprendió que había recibido un hogar, no solo en la piedra de la cueva, sino en la gratitud y el cariño de aquellos que la rodeaban. De modo que no solo fue una curandera en esta comarca, sino también una maestra que comenzó a enseñar lo aprendido.
Es posible que su posición de mujer soltera, que frecuentaba distintos cortijos donde ayudaba en las faenas, fuese el factor que en mayor medida le facilitó su aprendizaje intercambiando conocimientos con otras mujeres de la zona.
En días de luna menguante y nueva recolectaba sobre todo raíces y plantas con propiedades calmantes, purificadoras y de enraizamiento: la valeriana de La Sagra la dispensaba en infusiones para quienes sufrían de insomnio o tenían el alma inquieta. Las decocciones de la corteza de sauce para calmar dolores y reducir la fiebre. Las hojas de secas de artemisa en bolsitas de tela, para colgar en las camas de quienes necesitaban protección o para evitar pesadillas. La salvia, en infusiones, para aliviar inflamaciones y en sahumerios, como también el ajenjo, para limpiar el ambiente de casas y corrales. El ajo silvestre para potenciar el sistema inmune frente a las enfermedades invernales. La ruda, en infusiones muy diluidas, para lavar el cuerpo y limpiarlo de males físicos y del espíritu y, en cataplasmas, para aliviar golpes y heridas. La raíz de bardana para infusiones que, bebidas, ayudaban a desintoxicar los órganos internos y, aplicadas sobre el cuerpo, fortalecerían la piel y el cabello. Con el diente de león preparaba infusiones para limpiar la sangre y el hígado, ayudando a quienes sufrían intoxicaciones o enfermedades crónicas. Con el ajenjo, además de sahumerios preparaba licor de absenta y, en infusiones, daba remedio para problemas digestivos. También usaba la ortiga para hacer tónicos que fortalecían el cuerpo y combatían la fatiga causada por los largos días de trabajo estivales de siega, ablienta y trilla.
Con la luna creciente, cuando la savia está más concentrada en hojas, flores y frutos, recolectaba sobre todo hierbas con propiedades estimulantes, fortalecedoras y regenerativas: El romero lo usaba en infusión para mejorar la memoria y para dar brillo al pelo, en tintura para potenciar la vitalidad y la claridad mental y, macerado en aceite o en alcohol, para aliviar los dolores corporales. Las flores de espliego en infusión bebida para aliviar la ansiedad y el insomnio y, sobre la piel, para baños cicatrizantes; maceradas en aceite las dispensaba para masajes. Guardaba de año en año las semillas de albahaca para espantar a las moscas y dar buen olor a las casas y las repartía entre las mujeres quienes también las sembraban con la intención secreta de atraer buena fortuna para sus hogares.
¿Quién no recuerda una maceta de alábega y su delicioso aroma en la casa de la abuela?
También la usó en infusión o como aderezo en las comidas para dar fuerza y mejorar las digestiones. La cocción de flores de manzanilla siempre fue popular para calmar el estómago, reducir la fiebre y sosegar el ánimo y María la cultivaba en la entrada de su cueva, como también se hacía en la puerta de la mayoría de los cortijos. La menta la usó para aliviar problemas digestivos, para refrescar las picaduras de abeja y de avispa y para despejar la mente y hacer bebidas refrescantes durante el verano. El hipérico, también conocido como hierba de San Juan, en infusión para aliviar la tristeza y macerado en aceite de oliva para hacer ungüentos que ayudaban con los dolores musculares y a cicatrizar las heridas. La milenrama la usaba también en cataplasmas y ungüentos para curar cortes y golpes y el perejil para cortar las hemorragias nasales.
Antes de cosechar, María pasaba su mano y murmuraba unas palabras con matices de respeto y propósito. Ella nunca cortaba o arrancaba una planta sin antes hablarle en voz baja, con un breve susurro que nunca entendimos, probablemente un rezo agradeciendo su medicina, y se aseguraba de no tomar más de lo necesario dejando después una especie de caricia sobre la tierra.
El trabajo comenzaba en primavera, cuando el murmullo del agua del río y de los arroyos se intensificaba con las aportaciones de agua del deshielo. Con su cesto de mimbre en la mano y su capa de lana sobre los hombros, María corrió hacia el borde de un pinar para recolectar violetas de aroma dulce con las que preparar jarabes contra la tos para el próximo otoño e infusiones que limpiaran el hígado después de las comidas grasas del invierno a base de avíos de cerdo. Al pasar junto al arroyo, aprovechó para cotar unos tallos tiernos de cola de caballo, remedio excelente para eliminar la retención de líquidos y para remineralizar huesos y uñas y, en el borde del camino, cortó unas hojas tiernas de diente de león para la ensalada. Los sembrados de trigo ya verdegueaban y se adentró cuidadosamente para recoger unos puñados de vinagreras (acederas) para comer en crudo y de collejas para echarle a la olla. Al regresar a su cueva, María extendió su cosecha sobre la mesa de madera y comenzó a clasificar las partes que pondría a secar, las que pondría a macerar y las que se usarían de inmediato en infusiones depurativas. María sabía que la primavera solo estaba comenzando y que muchas más hierbas despertarían con el paso de los días. También comenzaban a llegar los ganados desde Sierra Morena y desde los campos de La Puebla y de Huéscar. Los muleros que ajorraban la madera también subían hasta su cueva con sus mulas cuando tenían las encías inflamadas o heridas y habían dejado de comer. María las atendía con paciencia y mimo y los muleros le agradecían trayéndole cántaros de agua fresca.
Se decía que su saber venía de tiempos lejanos, heredado de su madre y de su abuela. También que era obra de La Virgen, quien le hablaba en sueños.
Autora: Consuelo Carmen Brígido García