Un soldado que vuelve a casa de permiso se cruza con el Diablo. Este le propone un trato: cambiar su violín por un libro mágico que posee el don de proporcionar todo aquello que se le pide. El soldado acepta el trato y pasa tres días con el Diablo para enseñarle a tocar el instrumento.
Cuando regresa a su aldea, nadie lo reconoce. Su familia ha rehecho su vida, todo ha cambiado y se da cuenta de que realmente ha pasado tres años con el Diablo.
El soldado decide utilizar su libro para volverse rico, pero al cabo del tiempo se da cuenta de que el dinero no le ayuda y que lo que realmente necesita es recuperar su violín. Va a ver otra vez al Diablo y le reta a una partida de cartas: el dinero contra su violín. El Diablo gana de nuevo, pero, aturdido por sus ganancias, se deja robar el violín.
En su huida, el soldado escucha que el rey ha prometido la mano de su hija enferma a quien le devuelva su salud. El soldado se dirige entonces al Palacio Real para sanarla con su música. Una vez lo consigue, el soldado y la Princesa huyen en busca de la felicidad, pero en el camino el Diablo les encuentra y se lleva al soldado al infierno.
La versión de Nacho Cabrera toma la misma línea argumental de la obra original pero con pequeñas variaciones. De esta manera, trata temas sociales adaptados al contexto y necesidades actuales, como lo son la libertad en la orientación sexual y la consideración de la mujer dentro de una sociedad llena de estereotipos.
Uno de los grandes cambios que aporta esta adaptación es la inclusión de una protagonista femenina interpretando el papel de soldado del ejército del aire, puesto que aún está masculinizado en la actualidad. Además, en la escena este personaje es representado por un títere que será manipulado por Valeska.
Es de destacar que durante la obra los sentimientos amorosos de la protagonista se dirigen hacia un amor misterioso dejado a la imaginación del espectador, permitiendo así que éste se sienta identificado.
Si en la obra original triunfaba el mal, esta versión establece un final abierto con una victoria que puede ser tanto provisional como definitiva por parte del bien.
Finalmente, toma relevancia la concepción del arte en todas sus facetas como vía para romper los cánones implantados en la sociedad así como para la resolución de conflictos.
Según cuenta el mismo Stravinski las ideas musicales se le ocurrían mientras trabajaba, pero en el caso de Historia de un soldado esto no sucedió así. Las ideas le llegaron en sueños y solo por esta vez pudo recordarlas y escribirlas, lo cual le hizo muy feliz. En su sueño, además de la música, se le aparecía la persona que la interpretaba. Esta era una joven que tenía a un niño en el regazo y lo distraía tocando un motivo repetitivo en un violín. El niño parecía muy contento y daba palmas con la música.
Respecto a la agrupación instrumental elegida, Stravinsky no encontró otras opciones que le satifacieran más, dada la escasez económica que envolvía todo. Escogió instrumentos representativos de las diferentes familias instrumentales: violín, contrabajo, fagot, trompeta, trombón y percusión. A Stravinsky le parecía fundamental el efecto visual que ofrecía el mirar al director y a los músicos y por eso pensó en situarlos al lado de la escena. En total había tres focos de atención a donde llevar la mirada: la escena, el estrado para el narrador y la pequeña agrupación instrumental. Esto lo decidió así porque estaba convencido que la visión del movimiento del cuerpo haciendo música era importante para asimilar la obra en su conjunto. Es cierto que Stravinsky criticaba los gestos corporales superfluos de los instrumentistas, pero encontraba que si estaban justificados por las exigencias de la música era adecuado mostrarlos.
En Historia de un soldado aparece también un elemento típico de sus obras y es el ostinato. Este elemento de repetición tiene un papel de contraste con el desarrollo y la fluidez del discurso musical.