A veces, un simple reinicio puede resolver problemas temporales y liberar recursos.
Desinstala aplicaciones que no utilizas. Ve al Panel de Control o Configuración y elimina programas innecesarios.
Utiliza la herramienta de limpieza de disco de Windows para eliminar archivos temporales, cachés y otros datos innecesarios.
Si usas un disco duro mecánico (HDD), desfragmenta el disco para mejorar el acceso a los archivos. Los SSD no necesitan desfragmentación.
Revisa los programas que se inician automáticamente y desactiva los que no necesitas. Esto se puede hacer desde el Administrador de tareas.
Si tu computadora tiene poca memoria RAM, considerar agregar más puede mejorar significativamente el rendimiento.
Mantén los controladores de hardware actualizados, especialmente para la tarjeta gráfica y el chipset.
Realiza un análisis completo con un software antivirus para eliminar cualquier malware que pueda estar afectando el rendimiento.
Asegúrate de que tu sistema operativo esté actualizado con los últimos parches y mejoras de seguridad.
Verifica el estado de componentes como el disco duro, la temperatura de la CPU y la fuente de alimentación.
Si aún usas un disco duro mecánico, cambiar a un SSD puede mejorar drásticamente la velocidad de carga y el rendimiento general.
Como último recurso, considera restaurar el sistema a un punto anterior o reinstalar Windows para limpiar cualquier problema persistente.