Ángela tenía catorce años. Era la única hija de su familia. No quería mudarse, pero la realidad era que su barrio no sería seguro nunca más. Con el aumento de la producción de cocaína en Chile, los carteles estaban creciendo en el desierto. La violencia en su barrio había alcanzado un nivel demasiado alto, entonces sus padres decidieron que no podían vivir en ese barrio. El padre de Ángela era un vendedor de recuerdos para los turistas. Después del golpe militar, el turismo bajó mucho y la familia de Ángela sufrió mucho, pero con el paso del tiempo Pinochet reforzó la economía y el turismo creció de nuevo. La familia nunca había experimentado un periodo de tanto éxito. Esa casa nueva era un buen ejemplo cómo estaba cambiando su fortuna. Después de dos excursiones en que la familia llevó todas sus cosas a la casa nueva, Ángela cenó y se fue a la cama. La mañana siguiente era un lunes. Ángela se despertó temprano, porque el camino a la escuela desde su nueva casa era más largo. Comió rápido y se fue a la escuela. Cuando Ángela estaba caminando por la calle, pensó:
<<Me fastidia ir a esta escuela nueva. No tengo amigos ni primos aquí. Además, es la mitad del año. Los profes no quieren enseñarme todo lo que ya han enseñado a los otros estudiantes. Ugghhh. Odio a mis padres. ¿Por qué estamos aquí? Espero que no…>> De repente, un pedazo de tela cubrió su cara. Ella trató de quitárselo. Dio puñetazos y pateó pero no funcionó. Esa persona era demasiado robusta y el fuerte olor la superó. Ella se fue a la oscuridad.
Ella se despertó en una cama grande. Miró a su alrededor. Estaba en un dormitorio con una lámpara en la mesita de noche, pero no había ventanas. La pared estaba pintado pintada con un jardín y flores. Ella se sentó y trató de levantarse, pero estaba demasiado mareada. Entonces ella permaneció sentada mirando el dormitorio. Encontró la puerta y muy lentamente caminó hacia ella. Empujó la puerta, pero no se abría. Golpeó en la puerta con toda su fuerza, pero no se abría. Cada vez tenía más miedo, hizo todo lo que pudo para abrir la puerta y gritó peticiones de ayuda. <<Quiero regresar a mi familia. ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué quieres? Dame la libertad>> ella gritó. Ella oyó un ruido del otro lado de la puerta y se tranquilizó. Se oía el sonido de las cerraduras girando. La puerta se abrió y apareció un hombre. Él tenía los ojos azules y una barba corta. Su pelo castaño estaba despeinado y sus dientes amarillos. Él llevaba una camisa de azul oscuro y pantalones vaqueros. Ángela nunca había visto a este hombre, pero la mera visión de él era lo suficiente como para sentirse un poco disgustada. Él hizo un gesto señalando a la cama. Ángela caminó a la cama y se sentó. Pero ella no querría sentarse; quería salir así que continuó gritando y golpeando la puerta. El hombre se acercó a ella y le puso una inyección y ella se fue a la oscuridad otra vez. Cada vez, ella se despertaba, gritaba y trataba de escapar pero nunca podía hacerlo porque cada vez, cuando ella no se sentaba en la cama con el hombre, él le ponía una inyección para calmarla. Una vez, ella se despertó y no gritó, no golpeó la puerta. Y durante ese momento, el hombre entró en el cuarto. Luego él abrió la boca y empezó a hablar. Explicó que ella estaría viviendo en el sótano de ahora en adelante.
—Hola. Me llamo Roberto —dijo el secuestrador.
—¿Por qué estoy aquí? Quiero irme a casa —dijo Ángela.
—Esta es tu casa nueva —dijo Roberto.
—No, no puede ser. Alguien me encontrará —dijo Ángela.
—Pero, no. No querías vivir en tu casa.
—¡No es lo que querría decir! ¡Quiero mi casa! Quiero a mis padres!
—En cualquier caso, no me importa lo que quieras. Yo quiero dinero.
—¿Y cómo vas a obtenerlo conmigo? Mis padres no tienen mucho pero te darán todo que tienen.
—No me digas esas tonterías. No quiero el poco dinero de tus padres. Vales mucho más.
Ángela empezó a llorar. Sus lágrimas estaban llenas de la tristeza profunda. En ese momento ella se dió cuenta de que no vería a sus padres nunca más.
—Ángela, ¡deja de llorar! Mis clientes no quieren saber que estás triste.
Roberto se puso de pie y se fue del cuarto de forma fría. Ella no dejaba de llorar. Era la única cosa que hacía. Al cabo de unas semanas, un día, un hombre nuevo entró en el cuarto al lado de Roberto. Parecía que solo tenía unos años más que Ángela pero al verle los ojos ya tenía un mal presentimiento. Aun así, Ángela le pidió ayuda.
—¡Por favor! Ayúdame. Este hombre me ha secuestrado, díselo a mis padres. Se llaman...
—¡Cállate, Ángela! Nadie te ayudarás —gritó Roberto.
Al otro hombre esta situación le puso muy nervioso y rojo. Él se fue del sótano y dijo a Roberto que no podía hacerlo. Eso fastidió a Roberto.
—¿Ves lo que hiciste? He perdido a un cliente por tu estupidez. ¡Aprenderás a no meterse meterte en mis negocios! ¡Ven aquí!
Como ella no se acercó a él, Roberto la agarró y la golpeó. La forzó tumbarse en la cama. Abrió sus pantalones y la violó. Desde ese momento, ella nunca volvió a ser la misma chica.
Cada día durante unos años, Roberto traía a un hombre nuevo. A veces los hombres eran simpáticos. No golpeaban a Ángela. Sus besos eran ligeros y sus palabras eran cariñosas. Pero a ella no le gustaba esto tipo de hombre. Le daban demasiada esperanza pero ya sabía que no había esperanza para ella. Por eso, Ángela prefería los hombres antipáticos. Con ellos el sexo era frío. Sus palabras eran maleducadas, y siempre golpeaban a Ángela, pero para ella, eso era mucho mejor porque no confundían sus emociones. Un día, Roberto trajo a un hombre diferente.
—Este se llama Paco. Paco, dime si ella no hace lo que quieres.
—Gracias, hombre —dijo Paco. Y Roberto salió del cuarto.
—Hola, chica. ¿Como estás?
—Vamos. No te importo en realidad.
—Vale. ¿Podemos tener relaciones sexuales? —dijo Paco. Ángela lo miró confundida.
—Ehh, hombre. ¿Y si te digo “no”? Exacto, lo harás sin mi permiso. Así que, vamos. Quiero terminar.
—No, chica. Si no tengo tu permiso, no voy a hacer nada.
—Vale. Yo digo que no.
—Está bien. Podemos hablar.
—Sí pero ya has pagado por este rato. Roberto no va a hacerte un reembolso.
—Lo sé —dijo Paco. Y los dos hablaron el resto de la sesión.
Hombres diferentes iban y venían, y violaban a Ángela, pero Paco no pasó más de dos días sin visitarla y cada vez hablaban todo el tiempo y él se iba. Cada semana Ángela pensaba en pasar tiempo con Paco e hizo su vida soportable tener un amigo. Después de un tiempo Ángela empezó a sentirse enferma. Ella se lo dijo a Roberto, pero él no quería ayudarla. Un día cuando un hombre vino a por su sesión, Ángela vomitó todo sobre él. Roberto estaba más enojado que nunca. Él la golpeó y gritó, pero decidió que ella necesitaba ir al doctor. Antes de que viniera el doctor, Roberto dio una advertencia a Ángela,
—Di algo y te mato.
Ángela fue arrastrado arrastrada a un dormitorio arriba para la visita del doctor. Ella había olvidado el brillante sol que se veía a través de las cortinas. El doctor pasó treinta minutos examinando a Ángela, Roberto en pie al lado de la puerta durante toda la examinación. Por fin, el doctor se dio la vuelta a Roberto y dijo:
—¡Felicitaciones! Tu esposa está embarazada.
Ángela estaba muy sorprendida. Durante las horas siguientes lo único en lo que pensaba era en su bebé. Roberto no había dicho nada sobre las palabras del doctor y ella tenía mucho miedo de lo que pasaría. El día después de la visita del doctor, Paco vino a hablar con Ángela. Ángela le dijo todo. Estaba histérica y lloraba mucho. Paco no le ofreció palabras de consuelo. Él escuchaba en silencio y cuando Ángela había terminado de hablar sobre su problemas, Paco dijo adiós y se fue. Luego, Ángela estaba completamente loca. Todos Todas sus preocupaciones la estaban consumiendo y había perdido a su único amigo. Había pasado desde la visita de Paco y Ángela había abandonado cualquier esperanza de volver a verlo, o de arreglar su situación. Ese día, una semana después de la visita de Paco, ella estaba en una sesión cuando oyó pasos detrás de la puerta. Roberto corrió hacia dentro del sótano y bloqueó la puerta. Más pasos seguían a Roberto quien tenía el miedo en sus ojos.
—¡Policia! Hemos recibido una sugerencia anónima. Vamos a romper la puerta.
Y lo hicieron. La policía se llevó a Roberto esposado en su coche. Ángela se fue con ellos a la estación, y cuando llegó a la estación sus padres la estaban esperando con lágrimas en los ojos.
Se fueron a la casa nueva para resumir la vida de éxito, pero para Ángela había dejado su vida en el camino a la escuela, y nunca la encontró, y nunca volvió a ver a Paco otra vez.