Los murales, como el movimiento del graffiti, surge en Estados Unidos, como método tanto de denuncia como de expresión artística, en un movimiento del cual quería expresarse, sin verse limitado a las estéticas impuestas por las modas, o la academia, siendo artes sumamente ligados con las clases trabajadora, y los barrios bajos.
De esta manera, podemos encontrar a los murales chicanos, como lo que realmente son, no una expresión de arte callejero al uso, o una decoración de un vecindario de mala muerte, sino un acto propiamente político, de soberanía y denuncia. De manera que el chicano, alguien excluido de la historia americana, decide contarla a través de sus propios barrios.
Será muy característico de la cultura chicana, usar el arte callejero a través de grandes murales para contar su historia propia. También hay que entender que el mural chicano, surge como una forma de democratizar el arte, surgiendo con fuerza unido al movimiento de los street kits y el graffiti en los 60-70 como herramienta de educación visual, educación que muchos de sus allegados no disponían.
Estos murales chicanos, ejercen un sincretismo visual. Mezclando tres mundos y tres tiempos históricos en un único plano, tratando a la vez, el pasado prehispánico, con imagenes de aztecas, pirámides y dioses prehispánicos, pero a su vez mezclandolo con el fervor religioso, sobretodo unido a la imagen de la la Santísima Virgen y todo esto también unido a la figura de los pachucos, y la brutalidad policial.
Esta mezcla de símbolos crea una "mitología del barrio". Sin embargo, a veces se corre el riesgo de caer en una idealización romántica del pasado indigena que ignora las realidades indígenas contemporáneas, usándolo más como un símbolo de poder que como una conexión real.
Además, destacan también por su prevalencia a lo largo del tiempo, como por ejemplo en el Chicano Park los murales fueron el resultado de una toma de tierras por parte de la comunidad para evitar que se construyera una estación de policía.
El muralismo chicano es la piel de la ciudad. Es un recordatorio constante de que la cultura no es algo estático que está en un libro, sino algo que se vive y se defiende. Su mayor valor no es su técnica , sino su capacidad de transformar un espacio de opresión en un espacio de orgullo.