La personalidad de Celia destaca por ser alguien que ayuda a quien la necesite. Amaba su trabajo y tenía una sensibilidad, dulzura y bondad enormes que puso al servicio de la enseñanza, la educación, la sociedad y la literatura.
Según aparece en algunos de sus escritos a Celia le gustaba:
« (...) nadar, montar en bicicleta, subir a las montañas, recorrer carreteras a pie y con alpargatas, tocar la armónica, escuchar música buena, bailar alguna vez, las chaquetas a cuadros, los niños -todos los niños-, los sonetos... y a todo esto hay que añadir la nata con fresas, el cine italiano, el sol, la madrugada, el mar, el pan con aceite (...)».
En una carta a uno de sus alumnos almerienses, Gabriel Espinar, le cuenta lo que hacía durante las vacaciones cuando iba a visitar a su familia a Palma de Mallorca:
«Nos gusta perdernos en el bosque, visitar castillos, comer jamón a todo pasto, nadar, leer, caminar sin camino por rastrojeras (...)».
La alegría es otra de sus características. En una carta dirigida a una de sus alumnas le dice:
«Hay que ser optimistas y alegres por deber, por cariño hacia los demás. No, no estés triste. Hay que sonreír cada mañana. Si llueve porque, precisamente, llueve; si hace sol porque hace sol. En otoño con sorisa de otoño y en primavera con sonrisa de mayo (...)».