"A estas alturas, la comunidad (otaku) en el país se transformó de un modo mercantilista y en un negocio, por así decirlo", aseveró Daniel Leal, presidente y fundador de Otakus en Venezuela.
Para Leal, pueden identificarse tres generaciones de la comunidad otaku venezolana, las cuales corresponden a los períodos entre los años ochenta y el 2000, entre 2000-2010 y entre 2011-2015.
En esa última, empezaron a surgir ciertos problemas, de los cuales destacó el auge de eventos alrededor del país, que desgastaron al fanático e hizo que se olvidara la raíz del por qué se reunían.
En la primera generación, Leal explica que la comunidad estaba en sus inicios y había deseos de expandir la cultura, hacer actividades en conjunto y disfrutar con compañerismo y fraternidad. Agregó que en la segunda se conservaban estos valores, pero apareció el individualismo entre grupos y "los otakus ya veían otras metas, empezaron a asistir a eventos y reuniones, hacían cosplays y demás".
"Hasta esta época y debido a la pandemia, la comunidad otaku quedó aislada de todo. Los grupos en su mayoría desaparecieron, igual los eventos en estados, solo quedaron los eventos fuertes", dijo.
La fanaticada otaku se consolidó con la programación de series anime en televisión nacional abierta que se remonta a los años setenta, pero el primer antecedente de la comunidad se encuentra en el programa Zona Otaku de Televen.
En él, un joven Román Lozinski era el presentador del bloque de animación japonesa del canal, se realizaban concursos y se abrían espacios musicales, donde tocaba la banda Ongaku.
De acuerdo con Leal, a partir de este programa "empezaron a salir nuevos aficionados y los que ya habían, que eran padres y adultos, volvieron a revivir".
El experto relató que Televen abrió la sección de Zona Otaku en su propio chat y en este los fans pudieron entablar conversaciones.
En 1997 un miembro de Caracas ofreció la posibilidad de reunirse en el centro comercial Sambil de la ciudad. Allí, contó Leal, los asistentes decidieron que era el momento de crear grupos y reunir personas.
"Se crearon grupos que se reunieron en C. C. C. T, Altamira, en el Celarg, y hasta en la UCV. En el interior se crearon muchos grupos en Lara, Maracay, Zulia, Ciudad Bolívar y Puerto Ordaz", expresó Leal, quien también cofundó el grupo Rengoku en Lara.
Al rato, Leal y compañía consideraron "dar el segundo paso" y en diciembre del 2000 se realizó el 1er Encuentro Nacional de Manga, Anime y cultura japonesa (ENAMCJ) en Barquisimeto.
"Al principio los eventos dependían de los grupos para actividades y traer más gente, pero eso se acabó con la llegada de eventos donde lo más importante era el dinero y no el fanatismo. Desde hace 10 años para acá ha ocurrido así", detalló el presidente de la organización.
Lo anterior, junto con la pandemia y las enemistades que surgieron entre los grupos, fueron las razones por las cuales Leal atribuyó a que los grupos de anime y manga en el país se disolvieran.
Los eventos otaku, en peligro de extinción, están resurgiendo este año. Un ejemplo de ello es la Convención Otaku Brotherhood en Caracas realizada el 12 y 13 de marzo en el Centro Cultural BOD.
Leonard Mendoza, director de Mendoza Evento Otaku Brotherhood F.P, considera que los jóvenes de ahora han "perdido la esencia de lo que es una convención" y que hay que trabajar mucho en ello. "Muchos fanáticos han optado por creer que los bazares diversos de la ciudad son convenciones cuando no lo son", agregó.
"Veo con preocupación que la crisis está consumiendo una parte importante de la cultura que hace vida en nuestro país", mencionó Mendoza.
"Lo que se puede considerar comunidad, es más un fanatismo de algunos de manera individual. No hay una guía estable en este momento", prosiguió refiriéndose a la comunidad otaku nacional.
Aunque la popularidad y existencia de estos eventos disminuyó en los últimos tres años por la pandemia por Covid-19, Mendoza aspira que, innovando, eso pueda cambiar para 2023.
"Actualmente estamos trabajando con el patrocinio y apoyo de empresas internacionales para poder dar auge de nuevo a esos eventos grandes y con presencia de artistas internacionales en nuestro país. Es todo un trabajo", contó el director.
Las convenciones, después de todo, ofrecen esparcimiento al fanático, y algunas inclusive ofrecen ponencias sobre temáticas relacionadas a la cultura japonesa.
Actividades que realizan, géneros favoritos, plataformas empleadas para sus visionados y algunos de sus retos.
Antes de migrar a Brasil, el sociólogo Jeudiel Martínez tuvo impresiones determinadas del otaku en Venezuela. "Más que subcultura, es un gusto. Un gusto que atravesaba todas las clases sociales, aunque fuera más fuerte en la clase media", explicó.
Según Martínez, la idea que se tiene del miembro de una subcultura es la de una persona que no es funcional socialmente, cosa que no corresponde con el otaku nacional. "Aquellos que sí realizaban cosplay podrían entrar dentro de ese cliché que se tiene del otaku, que son un poquito extrañas", aclaró.
Para Martínez, el otaku venezolano "es parte del proceso de la planetarización del anime". Percibió, además, que era mucho menos tribalista respecto al concepto de 'tribu' en otros países como México.
El sociólogo indicó que el aficionado en el país implica una apreciación libre y directa que ya no depende de la televisión, sino fundamentalmente de la piratería. Esta inició con el DvD y el Blu-ray, con un cambio posterior a los archivos torrent en internet.
"La cultura del otaku de tercer mundo es una cultura de fansub, una en la que tienes que piratear", reiteró Martínez.
Sobre ello, Walter Riolo, cofundador de la antigua Asociación Civil New Kai de Mérida, mencionó que ahora el streaming es más accesible y con ello el fan ya no recurre tanto al anime pirateado, aunque quien lo hace es fundamentalmente por no gastar.
Otra particularidad del otaku venezolano a la que hicieron referencia tanto Riolo como Martínez es que el manga (cómic japonés) no fue la vía por la que se forjó.
"Recuerdo que era difícil conseguir tomos compilados y de hacerlo estaban en inglés, o con suerte venían de México", señaló Riolo. "Cada librito era exageradamente caro, ese modelo Glénat no funcionó. Se comenzó a leer en internet, por piratería", dijo Martínez.
Como con otros elementos, el anime también tiene sus detractores. El estigma hacia la animación japonesa, según Martínez, tiene que ver con la forma en que se recibió el producto cultural y su sensacionalismo en cuanto a contenido violento y sexual.
"Ahora es más un estigma asociado no solo a gente rara, sino solitaria", añadió en alusión a la persona que lo consume.
Estigma o no, la influencia del anime en los otakus y consumidores es visible en distintos aspectos, como el visual y el escrito.
"Muchos se han inspirado en el estilo manga, precursor del anime, para iniciar en el mundo de la ilustración", ejemplificó Pedro Guerrero de Anime Sekai Latinoamérica.
Guerrero describió que también gracias al acceso a internet y la posibilidad de ver diferentes obras, otros han optado por incluir el estilo de narrativa del anime en sus propias historias.
Max Taylhardat, asistente del Departamento Cultural e Informativo de la Embajada del Japón en Venezuela, detalló que un 10% de aquellos que quieren aprender japonés lo hacen por el anime y el manga, pero solo un 1% alcanza irse a estudiar a Japón.
Para Taylhardat, las diferentes actividades realizadas por la institución con conferencias que expandían más sobre la cultura muchas veces no se toman con la seriedad que ameritan, dado que muchos fanáticos se centran solo en el entretenimiento.
En última instancia, dijo Taylhardat, esto dificulta que se concrete el diálogo entre Venezuela y Japón de la forma deseada.
"Los que ven solo el anime por entretenimiento en sí mismo son quienes se convierten en el otaku venezolano que va a los festivales, a la Avalancha cuando existía, va a las conferencias y sabe de los personajes y eso, pero no ahonda más en el asunto", confirmó en tono similar Riolo, quien apoyó a la Embajada con la Asociación Civil New Kai en la organización de actividades culturales.
"Y en cierta forma no es tampoco malo, esa es una representación más parecida a lo que sería el fan del anime inclusive en el propio Japón", continuó Riolo.
Para algunos, resulta complicado llamar hoy ‘comunidad’ a los otakus venezolanos por sus tendencias individualistas y mercantilistas, pero su voluntad para preservar la afición en medio de la crisis son reflejo de la influencia del anime en territorio nacional.