HNO. JUAN FRANCISCO BARBA ARÁMBULA

(HERMANO ÁNGEL FRANCISCO)

* 10 VIII 1935        + 2 IX 2015

“Manos que trabajan corazones que aman”, es el lema que sustenta el escudo de la tierra que vio nacer al Hermano Pancho.

San Ignacio Cerro Gordo se encuentra enmarcado en el centro de la región alteña de Jalisco, en las faldas del llamado Cerro Gordo, de donde toma parte de su nombre. Tierra roja, llena de agave azul, el tequilero, campos sembrados de maizales y praderas de pastoreo de ovejas y ganado vacuno. San Ignacio se llamó la Hacienda de la Trasquila, por los grandes rebaños de ovejas que allí había.

Juan Francisco Barba Arámbula nace el 10 de agosto de 1935 y sus padres fueron Francisco Barba Contreras y María del Refugio Arámbula de la Torre. El patio de su casa y la mesa familiar se vio adornada con 7 hijos: Ricarda, más tarde religiosa de las Siervas de Jesús Sacramentado, Mercedes, Emilio y Margarita, fallecidos a temprana edad, Beatriz, María de Refugio y Pancho, que fue el benjamín. En ese bello hogar donde el nombre de Dios era respetado y donde la devoción a María Santísima era patente, florecieron dos vocaciones religiosas, la mayor y el menor de los hijos se consagraron al Señor; San Ignacio fue tierra de mártires cristeros, esas tierras rojas se tiñeron de sangre generosa que al grito de “Viva Cristo Rey”, la ofrendaron[1].

La casa familiar se encuentra enfrente de la Plaza principal y a unos pasos de la pintoresca iglesia Parroquial de San Ignacio de Loyola. Su casa tenía una parte que era empleada como hospedería y un gran corral para los animales, que le llamaban el Mesón. Su padre era agricultor y ganadero, tenía varias hectáreas de agave azul, además de los cultivos tradicionales de maíz, frijol, calabaza y las tierras de pastoreo.

Momentos de prueba y dificultad:

Fue un tiempo en que aún las represiones por parte del gobierno federal eran frecuentes; una de esas formas de venganza fueron las llamadas ‘reconcentraciones’, que era una manera, por parte del gobierno, de tomarse revancha por las insurrecciones del tiempo de la Guerra Cristera, de la década anterior. La concentración era una forma de represalias salvajes, que se dieron, principalmente, en Ocotlán, La Barca, Atotonilco, San Julián y San Ignacio y fueron descritas como reino de terror. En esta región de Los Altos, los pobres habitantes de estas poblaciones fueron trasladados, por el gobierno, a campos de concentración, por el solo hecho de haberse distinguido en la lucha cristera o porque se habían levantado en armas.  Se tenía la costumbre de llevarse a la gente de la población, prácticamente con lo que tenían puesto, a otras poblaciones y confinarlas a que sobrevivieran como Dios les daba a entender.

Don Francisco, su papá, cuando había concentraciones o lucha, optaba por irse a los Estados Unidos y enviar desde allá el sustento. A Pancho le tocó, de niño, una concentración y, él, su mamá, y sus hermanas fueron enviados a la concentración y  les tocó vivir esta experiencia en Atotonilco.  Al estar su papá en Estados Unidos, sus abuelos se habían quedado en San Ignacio, entonces toda la familia se pusieron a trabajar en un puesto de ollas, jarros y comales de barro; fue un tiempo en que la situación económica fue apremiante para todos en la familia.

Pancho fue un niño alegre, risueño, rubio, como todo buen alteño, que algo tienen de raíces españolas, muy dedicado a su escuela y a ayudar y participar en las labores del campo, del cultivo de flores, afición que se llevará hasta su muerte.

 Era sumamente travieso. Cuenta su hermana que, un día, su abuelita lo mandó a su casa con dos kilos de masa y, él, por su cuenta le dijo a su mamá que su abuelita lo mandaba para que hiciera tortillas, la pobre señora se atareó y he aquí que llega la abuelita y le dice que la masa era para los cerdos, pero ya por iniciativa de Pancholín su mamá había hecho todas las tortillas, teniendo que descuidar otras obligaciones.

Cuentan que era medio reacio a bañarse, pues el agua era fría; un día en que le ordenaron que se bañara y, ya desnudo se negó a ello, tomó un gabán verde que había en casa y se lo puso y se fue a la calle; su mamá tuvo que pedirle al policía que lo regresara a casa, con la consigna de que si no obedecía se lo llevarían a la cárcel; después de batallar con él, por fin obedeció, pidiéndole a su hermana que le tallara los pies y las piernas.

Un día llamó su papá a sus tres hermanas: Ricarda, Marcela y Mercedes, cuando Pancholín era pequeño y les dijo muy serio, que no lo sobreprotegieran, no fuera a ser que se convirtiera en afeminado, sino que lo trataran con energía; después, ellas mismas dijeron: creo que se nos pasó la mano, pues fue siempre muy rudo y, a la vez bondadoso[2].

Era el nieto preferido de su abuelita, y en el patio de la casa, entre muchos árboles que había, ella guardaba todos los frutos de un durazno y de una higuera, para Pancho, que por ese entonces ya había entrado con los Hermanos, pero como él iba rara vez, esas frutas se echaban a perder, pues eran para Pancho, ya que en aquel entonces no les era permitido ir, sino muy rara vez a la casa.

Una vez ya fallecidos sus padres, su casa paterna se vendió, con gran tristeza de todos, pues había quedado en la familia, pero en un problema económico la vendieron. El Rancho fue repartido entre todos los miembros de la familia pero, un sobrino tuvo la buena idea de comprar las partes de cada uno y que el rancho permaneciera en la familia. El Hermano Pancho lo gozó mucho en sus últimos 20 años, durante las Semanas Santas, ya que llegaba el miércoles por la tarde y hacia revolución entre todos, por el cariño que les expresaba, por las relaciones con los más chicos, a los cuales les contaba chistes, les explicaba y contaba historias; eran momentos de gran fraternidad y alegría.

Le encantaba pasar la Semana Santa en el rancho, y aprovechaba para jugar con los sobrinos más chicos, caminar por los campos y, cada noche compartir con sus hermanas y cuñados.


Entrada al Instituto

El Hermano Ángel Gálvez visitaba con frecuencia la región de los Altos de Jalisco, sobre todo Arandas y Atotonilco, dos ciudades donde se pensaba poner colegios Lasallistas, además de San Juan de los Lagos, con el fin de buscar niños y jóvenes que aceptaran la invitación de ser religiosos. El Hermano visitó a la Familia Barba y ellos aceptaron que Juan Francisco entrara al Noviciado Menor de Tlalpan, “era el año de 1948 cuando inició a estudiar el sexto de Primaria, destacando por su inteligencia y empeño”[3]; la comunidad formadora estaba formada por diez Hermanos, a cuya cabeza estaba el Hermano Víctor Bertrand, que más tarde fue remplazado por el Hermano Luis Lozano Bernal.

Juan Francisco fue un excelente alumno. Uno de sus compañeros mayores atestigua que era el Novicio Menor que siempre obtenía 100 en sus calificaciones y era imposible de alcanzar en el juego de la “bandera”[4]. Dos materias le encantaban: La Botánica, impartida por el Hermano Polito y las Matemáticas, impartidas por el Hermano Director; de la primera realizó un cuaderno con gran número de preguntas y respuestas sobre todas las clases que impartió el Hermano Polito.

Sus primeros días en el Noviciado Menor fueron pesados y la añoranza de su familia se le hizo presente; algunas tardes y noches lloraba. Un Hermano recuerda bien que muchas veces lo animó, diciéndole que pronto se le pasaría ese momento en que los extrañaba y, que muy pronto se adaptaría a la vida del Noviciado Menor, cosa que así fue[5].

De carácter alegre, comunicativo, participaba con entusiasmo en las diversas actividades de juego, paseos y deportes.

Cada jueves se tenía el paseo semanal a diferentes lugares: Los Arenales, El Ajusco, El Xitle, Valle de Águilas, etc. hicieron que el niño Pancho, de pequeña estatura, desarrollara una fuerte complexión física y creciera hasta ser una persona de muy buena presencia. Al final de tercero de secundaria se hacía una excursión al Popocatépetl, conquista fácil para Pancho y, de ahí en adelante tendría el gusto por las excursiones y por alcanzar las cumbres de las montañas.

25 de noviembre de 1951. Con dieciséis años, inicia la segunda etapa de su formación: en Postulantado, tiempo de preparación para su Toma de Hábito, que se realizó el 25 de enero de 1952, recibiendo el nombre de Hermano Ángel Francisco, junto con otros 14 compañeros mexicanos y cuatro cubanos, haciendo un grupo de 18 novicios.

El Hermano Director era un Hermano francés, que ya pasaba los sesenta años, hombre de gran experiencia, ya que había sido Visitador diez años, y era ayudado por el Hermano Subdirector, Javier Bordes Vértiz.