29 DE AGOSTO DE 2013. JUEVES
HÓRREOS EN BEZANES (PARQUE NAT. DE REDES)
Desperté sobre las 8:30h (me acosté sobre las 22:30h) y busqué un lugar para desayunar y aprovechar para asearme, pero estaba cerrado en Campo de Caso. Me comí una barrita de cereales y decidí comenzar la ruta y seguir avanzando. Como quería ver Bezanes, pensé en desayunar allí.
La experiencia de Bezanes fue de las más bonitas del viaje. Imagine el lector que un individuo llega con 9ºC de temperatura (así lo indicaba el termómetro exterior del coche) a un pueblecito en una pequeña vega rodeada de bosques inmensos. Aparca en el parking a la entrada de la aldea y se pone encima toda la ropa de abrigo que tiene: camiseta de manga corta, camiseta de manga larga, polar y chubasquero. En el pueblo no hay un alma, ni un solo turista, apenas nadie ha despertado, la humedad y el frío de la mañana lo impregnan todo mientras yo me interno por sus calles, llenas de pequeños rincones adornados con hórreos y bonitas casas. Alguna mujer abre la ventana y me mira extrañada ("¿qué hace este hombre a esta hora merodeando por el pueblo?", pienso que piensa). A una viejecilla que sale de su casa para limpiar la entrada le pregunto cuando abre el bar-restaurante para senderistas que hay en la aldea y ella me responde que hasta las diez o diez y media. Se ve que no hay prisas, para que abrir antes si nadie va a entrar.
ARQUITECTURA TRADICIONAL EN BEZANES
Pasé cuarenta minutos recorriendo el minúsculo pueblo y la estampa mañanera fue maravillosa: los gallos cantaban, multitud de gatos me escoltaban por las calles desiertas cuajadas de hórreos y cebatus y de casas con fachadas llenas de flores. Un abuelete pasó andando hacia su casa y llevaba dos almadreñas tradicionales, le saludé y me saludó, estuve a punto de hacer un comentario sobre sus curiosos y casi extintos zapatos pero pensé que debía estar harto de esos comentarios de turista imbécil así que lo único que acerté a decir fue lo bonita que tenía su casa. Él respondió que era vieja y yo le dije, sí, vieja pero bonita. El hombre se despidió contento y orgulloso mientras yo no quitaba la vista de sus almadreñas.
En este pueblo descubrí que hay dos tipos de hórreos en Asturias: el tradicional, con tejado a cuatro aguas, y el de estilo beyusco o leonés, con tejado a dos aguas.
PAISAJE CAMINO DEL PUERTO DE TARNA (REDES)
Como tenía comida y el bar no abría, decidí avanzar hacia el puerto de Tarna recorriendo uno de los paisajes más paradisíacos que conozco. El valle se cerró aún más y las crestas rocosas obligaron al coche a recorrer curvas interminables en un entorno alucinante donde el verde del hayedo más tupido que he visto se mezcla con los picos rocosos de montañas con nombres tan sugerentes como Cantu del Osu (Canto del Oso). Ya en el alto del puerto, a más de 1400 metros de altitud, desayuné en un ambiente exterior gélido, dentro del coche y mirando a la vertiente leonesa, mucho más seca, mucho menos arbolada aunque también atractiva. Abandoné Redes con pena, seguro de volver de nuevo algún día a un sitio que sería muy parecido al paraíso si éste existiera de verdad (que no existe).
Ese día hice un montón de kilómetros por carreteras de montaña, sorteé cinco puertos y transité por tres regiones: amanecí en Asturias, pasé por León y dormí en Cantabria.
Tras abandonar Asturias, mi objetivo era la vertiente leonesa de los Picos de Europa, el valle de Valdeón. Para ello recorrí varias carreteras leonesas, crucé el puerto de Panderruedas y alcancé Valdeón. Este valle es muy bonito y las montañas que lo rodean tienen sus laderas cuajadas de bosques. Es un pequeño trozo de León que forma parte de la vertiente Cantábrica y está aislado del resto del mundo, accediéndose a través del desfiladero del Cares o por los puertos de Panderruedas (ya citado) y Pandetrave.
Valdeón es diferente al resto de la montaña leonesa. Que me perdonen los leoneses, pero sus montañas dan miedo, no son acogedoras, generan inquietud y desasosiego, están más desarboladas, el clima es más duro, sus pueblos parecen fantasmas. Las montañas de León no invitan a quedarse y, al menos a mí, me generan sentimientos como tristeza y soledad. Pero Valdeón es otra cosa y allí llegué a mediodía.
PICOS DE EUROPA DESDE POSADA DE VALDEÓN
Escribo y continuo mi cuaderno sentado en un banco de piedra en el precioso pueblo cántabro de Bárcena Mayor, son las 9:20h y no hay un alma. Son mis últimas horas en la montaña y pongo al día mi diario.
En Posada de Valdeón hice lo que no hace nadie, pasear por el pueblo y admirar sus numerosos hórreos, beyuscos y asturianos, de los dos tipos. Digo que no lo hace nadie, por que todo el turisteo dominguero que yo esperaba en Posada se había trasladado al último pueblo casi escondido en la imponente barrera caliza que son los Picos de Europa. Esa aldea, o más bien, esa feria o verbena, se llama Caín y está en un enclave alucinante pero deslucido por la romería que allí se celebra.
Mientras paseaba por Posada pude hacer varias fotos de la muralla montañosa de los Picos de Europa que a esa hora reflejaban toda la fuerza del sol del mediodía y se volvían blancos, con una apariencia casi irreal.
El camino de Posada a Caín es sinuoso y en algunos momentos muy estrecho, a pesar de lo cual el tráfico es continuo (al menos en agosto) y lo recorren también pequeños autobuses que esperan a los que yo llamo "los romeros del Cares" que vienen desde Asturias para devolverlos allá.
Por si alguien no lo sabe, aunque lo dudo, la ruta del Cares une el pueblo asturiano de Poncebos con el leonés de Caín y es seguramente el sendero más famoso de España. El protagonista de este viaje estuvo a unos cientos de metros del comienzo de la ruta pero se negó a hacerla, ni entera ni un tramo. Cuestión de principios, no me gustan las romerías y verbenas; además no cuadran en absoluto con la filosofía de este viaje.
PICOS DE EUROPA VISTOS CAMINO DE CAÍN
Lo que vi en Caín no me gustó desde el principio. Bajando las últimas curvas hacia el pueblo, situado como digo en un lugar privilegiado, ya me desconsoló la enorme cantidad de vehículos que vi aparcados. Eso era de esperar, lo que no me imaginaba es que la mayoría de los múltiples pequeños aparcamientos habilitados (la mayoría eran simples prados) eran privados. A mí me cobraron tres euros. Aunque contrariado, los pagué. Yo no iba a hacer la ruta del Cares, quería hacer una ruta corta de entre una hora y hora y media que transcurre desde Caín a Caín de Arriba, un reducido grupo de casas (cuadras y establos) unos 150 metros de altitud por encima del auténtico Caín.
Junto a una fuente había un letrero de la ruta que estaba consultando, cuando una persona con apariencia de montañero quiso entablar conversación conmigo. Se llamaba Juan, era segoviano pero vivía en Bilbao. Fibroso, bajito, con cuerpo de montañero, me dijo que tenía 69 años (aparentaba no más de sesenta). La conversación empezó con una pregunta que él me hizo y él mismo respondió: "¿montañero o caminante? yo creo que caminante, ¿verdad?. Respondí que sí, que caminante, sobre todo amante de bosques y montañas que camina lo que puede y lo que sus pies enfermos le dejan.
Estuvimos charlando un buen rato. Me contó las múltiples proezas que había hecho y cuando me hablaba de sus rutas y ascensiones se emocionaba. Los dos coincidimos en la belleza de REDES, me recomendó visitas y rutas en Cantabria, yo le hablé de un bosque que, sorprendentemente, él no había explorado: el maravilloso robledal de Muniellos, ese que yo visité hace más de dos décadas en mi primera visita a Asturias. Me preguntó si pretendía hacer el Cares, él había llegado allí para hacerlo con un amigo que nunca había estado. Mi respuesta le sorprendió, creo que positivamente: esto es una romería y a mí no me interesa, podría hacer un tramo del Cares pero no como si estuviera en una feria, eso sí que no. Le dije que quería subir a Caín de arriba y me dijo que era una ruta cortita, apta para mis pies cansados ya desde Somiedo y que no me encontraría a nadie: "Todo el mundo hace el Cares, por ahí arriba no sube un alma". Nos despedimos diciendo nuestros respectivos nombres y con un apretón de manos.
CAÍN VISTO DESDE CAÍN DE ARRIBA
La ruta parecía fácil pero no lo era. Corta seguro, pero intensa y con fuerte pendiente, también. Además eran las horas centrales del día y hacía calor.
Con respecto al tiempo, tengo que reconocer que fue magnífico casi todo el viaje, si por magnífico se entiende soleado y con temperaturas suaves. Solo estuvo completamente nublado a mi llegada a Somiedo, el resto de los días hubo un claro predominio del sol, salvo en Ribadesella, donde con frecuencia se nublaba y por la noche llovió. Reconozco que me hubieran gustado unas poquitas nubes más y algún calabobo. A cambio tuve días de luz intensa, de gran luminosidad, que dificultaban la tarea fotográfica (más con mi vieja cámara pero alegraban el ánimo.
PICOS DE EUROPA DESDE CAÍN DE ARRIBA
Así pues, subí a Caín de Arriba y en el camino me perdí. ¡Tiene narices!. Opté por subir por un sendero muy empinado que salvaba el barranco de los Sedos para luego bajar por una pista hacia el pueblo. Cuando inicié el sendero me relajé y me desentendí de las señales, iba despistado y atontado admirando el paisaje y pasé de largo el sendero correcto. Estuve treinta minutos merodeando por caminos sin salida seguro de no haberme saltado una marca correcta. Cuando volví para atrás descubrí mi despiste y no pude decir otra cosa que "¡ya te vale!, deja de canturrear y mirar abobado el paisaje y céntrate!".
Llegué a Caín de Arriba bastante cansado. Los días de ruta, mi caminata en Somiedo, mis noches en el coche y mi salud algo tocada todavía me pasaron factura. Caín de Arriba eran cuatro cobertizos enclavados en un lugar de belleza de postal. Entre sus habitantes solo pude distinguir dos cabras sorprendidas y un gato negro curioso pero temeroso a la vez. Me senté en una peña, repuse fuerzas, comí algunas almendras y volví sin prisas por la pista hacia el pueblo. Las vistas de Caín desde arriba eran preciosas y a la vez permitían tomar conciencia de la romería que allí abajo había. Las personas parecían hormigas en la misma dirección. Juan, el montañero con el que hablé, me recomendó que hiciera la ruta del Cares en la segunda quincena de octubre, el paisaje es insuperable y la presencia humana escasa. Espero tener vacaciones alguna vez en esas fechas para poder intentarlo, pero de momento paso del carnaval montañés que allí se prepara en verano.
CASA EN CAÍN CON LOS PICOS DE EUROPA DE FONDO
Llegué a Caín, me reabastecí de agua y lo más pronto que pude huí de la feria. Serían las dos y media o tres menos cuarto. Salvo para hacer algunas fotos, no volví a parar hasta más allá de Potes. Salí del Valle de Valdeón por el puerto de Pandetrave y luego encaré el Puerto de San Glorio, ya en carretera nacional, para entrar en Cantabria. Este puerto parece ser una delicia para los motoristas y más de uno debió irritarse mucho debajo de su casco por tener que aguantar a un tipo que viajaba solo y que bajaba el puerto a 30 km/h, con la ventana bajada y sin prisas. En la mayoría del trayecto el adelantamiento era arriesgado, así que aquello a veces parecía un entierro: mi coche era el féretro y detrás un montón de motos avanzando lentamente como almas en pena. Los moteros se desquiciaron pero mi coche lo agradeció, sus frenos apenas se desgastaron.
No paré hasta después de Potes. En un pueblo cercano a la capital de la Liébana compré algunas cosas en un DIA y comí lo que llevaba y lo recién adquirido, sentado en un banco y a la sombra. Serían las cinco de la tarde cuando acabé. Quería llegar al mar, darme un buen baño al día siguiente y descansar en la playa. Al principio pensé en quedarme en Valdeón a dormir, pero la necesidad de asearme y el miedo a pelarme de frío por la noche me llevaron hacia el mar.
Pasé por Unquera y San Vicente de la Barquera pero sus playas en la ría, fuera del mar abierto, no me gustaron por lo que terminé hacia las siete de la tarde en la villa de Comillas. Antes de llegar a la costa recorrí las decenas de kilómetros del desfiladero de la Hermida que aislan la Liébana del mar. Verdaderamente imponente. No pude hacer fotos por que no había sitio para parar y algún mirador habilitado era todo menos mirador, rodeado de vegetación que no permitía disfrutar en su justa medida de la belleza del lugar.
CENTRO URBANO DE COMILLAS
Comillas es un lugar que hay que ver. Hasta este viaje conocía poco de Cantabria, solo Santander, Castro Urdiales y Laredo. Comillas es una ciudad pequeña, con gran encanto, una arquitectura tradicional bien conservada en su casco viejo, una bonita playa y un aire a centro vacacional de gente pudiente; esto último es lo que menos me gusta.
En el centro de la villa abunda el turismo normal pero en las afueras todo cambia. En las villas y casonas vacacionales de la periferia observé la presencia de mucho señorito que disfrutaba en Comillas de su segunda residencia. Paseando camino del mirador con el monumento al marqués de Comillas, podías cruzarte fácilmente con el típico "pijo cincuentón" que se montaba en su Audi de alta gama mientras se despedía de sus vecinos diciéndoles que esa tarde se iba a París.
De todos modos, quiero aprovechar para reflexionar aquí sobre algo que he observado cada vez que voy al norte. En general las gentes más mayores de tierras septentrionales, especialmente en las ciudades y pueblos grandes, son diferentes a los viejecillos del sur. Allí siempre hubo una aceptable clase media letrada y culta y la clase baja-obrera accedió más fácilmente a unos niveles dignos de cultura y nivel de vida.
Cuando uno se fija en los viejecitos del sur los observa y los ve vestidos de forma más anticuada, los oye hablar y detecta una menor cultura e, incluso, parecen más bajos, más arrugados y encorvados. Aquí la clase media escaseó hasta hace poco, la mayoría de los ancianos no pudieron acceder a una mínima formación y su vida fue una vida de sacrificio y trabajo casi animal. Palidecerían los mineros asturianos si vieran como vivían los jornaleros andaluces o extremeños.
Me llamó la atención, al respecto, un viejecillo que se sentó a mi lado en la playa de Ribadesella. Tendría más de 80 años, decía a otros allí sentados que nació en 1930. En Extremadura con su apariencia hubiera pasado por un apacible señor de clase media, bien vestido y parecido y con una conversación dotada de un vocabulario propio de alguien mínimamente formado. Sin embargo, quedé sorprendido cuando empezó a hablar de su vida: hijo de un obrero represaliado, obrero él también y siempre de izquierdas. Un prueba más de que nadie ha sufrido como nosotros, de que los últimos restos de feudalismo pervivieron en las dehesas del suroeste peninsular.
PLAYA DE COMILLAS
Sigo con Comillas, que me enrollo. Este lugar es también pintoresco por la presencia de numerosas construcciones modernistas y algún capricho victoriano. De todos modos, hágame caso el lector, lo mejor es pasear por sus calles y sus plazas y descansar en su playa, no muy grande pero acogedora.
Eso hice después de aparcar el coche un un parking público entre la villa y la playa. El ayuntamiento, con buen criterio, ha prohibido a los turistas estacionar en el casco urbano para evitar así el colapso provocado por un turismo que resulta en algún momento casi masivo y desluce la visita.
Después de un paseo y de ver lo esencial, cené junto a mi coche y decidí buscar aparcamiento para la noche. Como último recurso me quedaría en el citado parking entre dos autocaravanas. Busqué, di varias vueltas conduciendo y nada me convenció: o mucho tráfico, o muy solitario demasiado cerca de la playa (es decir, demasiada humedad). Opté por quedarme en el parking y antes de dormir acercarme al centro urbano. Allí, entre el bullicio de las terrazas de la plaza que hay detrás del ayuntamiento, bajo una farola, seguí escribiendo y poniendo al día mi diario. Tenía mucho que contar y poco tiempo para hacerlo. Nunca pensé antes de empezar el viaje que éste sería tan intenso que apenas tendría ganas ni tiempo para leer. Entre conducir, conocer sitios, sentarme flipao a ver paisajes de todo tipo (urbano, rurales y naturales) se me iba el día. Los ratos que quedaban se destinaban a tareas logísticas o higiénicas y a escribir este diario.
Esa noche me acosté más tarde de lo normal, serían las doce de la noche. Dormí bastante bien y no tuve mucho frío, me bastó el saco de dormir como manta.