28 DE AGOSTO DE 2013. MIÉRCOLES
EN EL PASEO MARÍTIMO DE RIBADESELLA
Si la noche empezó mal (no podía arrancar el coche) el día iba por el mismo camino. Me levanté sobre las 9h con intención de ir a desayunar pero con mi despiste habitual no había caído en lo lejos que estaba el restaurante abierto más cercano. Si algo tenía claro en este viaje es que el desayuno trataría de hacerlo en un bar, quería al menos un vaso de leche caliente por la mañana y una buena excusa para poder entrar en un baño y hacer mis "necesidades superiores". Por cierto, fue un placer comprobar que en los bares y cafeterías asturianos siempre hay papel higiénico y jabón. Eso en mi tierra no siempre ocurre. Como iba diciendo, el bar más cercano estaba muy lejos, pero mis ganas de "hacerlo" iban más rápido que mis pies. La consecuencia trágica fue que me cagué encima, poco, pero me cagué. Ahorro al lector más detalles de tan penoso comenzar del día, no los creo necesarios.
Solucionado el problema fisiológico-higiénico, decidí dar un paseo hasta las 10h, hora a la que pretendía llamar a la grúa. Y ese paseo fue providencial. Entré en una librería y compré una guía de parques naturales asturianos. En él se hablaban maravillas de los hayedos y la arquitectura rural de un parque natural que yo conocía de oídas pero no pensaba que fuera tan bello: el parque natural de REDES.
Decidí que tenía que visitarlo, no sabía cuándo, ni siquiera si el problema mecánico me lo impediría. Primero llamaría a la grúa, luego ya veríamos. Y se vió. Llamé a la grúa, me arrancaron el coche y lo llevé a un taller que me recomendó el gruista. A las 11:30h estaba todo resuelto. Había previsto pasar el día descansando en Ribadesella y luego salir tras una segunda noche hacia Valdeón, en la provincia de León, pero cambié de planes: comería en Ribadesella mi primera comida caliente, antes me bañaría en la playa (primer baño desde mi salida) y luego por la tarde me iría a ver ese lugar maravilloso que es el Parque Natural de Redes.
Comí Fabes con pulpo y chipirones a la sidra en un menú de 10 euros. Estaba bueno. En cuanto a la experiencia con la avería, refutó mi idea de los asturianos, gentes de pocas palabras que a alguien del sur le pueden resultar antipáticas pero que luego resultan afables, incluso con un toque tierno.
Llevo retraso en la puesta al día de este diario. Es curioso, pero pensé que me iba a sobrar muchísimo tiempo para leer y escribir. No ha sido así, apenas he tocado los libros que traía y el diario del viaje lleva tanto retraso que he decidido avanzarlo para no olvidar ninguno de los detalles. Ahora, sentado en un roquedo de la playa de Comillas, a solo tres o cuatro metros de las olas, he decidido ponerlo al día. Es el primero que escribo y no tengo tradición de leerlos, por lo que espero la indulgencia del lector.
CAMINO DEL PARQUE NATURAL DE REDES
Prosigo. No serían las 17:30h cuando animado por lo leído en la guía, decidí abandonar el mar y sumergirme de nuevo en el laberinto de valles y montañas que es el interior de Asturias. Seguí la carretera nacional hacia Arriondas y allí, en vez de dirigirme hacia el sur, tomé la dirección de Oviedo. En Infiesto abandoné el buen camino y me adentré en un paraíso verde atravesado por una carretera infame, de esas que avergüenza a cualquier administración regional.
Mi coche (que se llama Fito) y yo no teníamos prisa, así que el trayecto se hizo más soportable. Fueron varias decenas de kilómetros a menos de 40 km/h. Al principio el trayecto era llano o de leve pendiente pero luego tuve que ascender hasta el puerto de Amicio y el paisaje, hasta entonces de un verde intensísimo, se aderezó con soberbias estampas de montañas cuajadas de hayas.
Si algo es el Parque Natural de Redes, es un inmenso hayedo salpicado de pueblos preciosos. Las hayas son árboles que tienden a crear bosques monoespecíficos (solo una especie, no admiten competencia) y crear un dosel que apenas permite el paso de luz y reduce el crecimiento de hierbas y matorral. Es un árbol muy bello que necesita condiciones de humedad estables todo el año y no soporta veranos secos y calurosos. Es decir, es un árbol muy exigente, al que le cuesta encontrar un lugar apropiado, pero cuando lo encuentra no lo comparte.
Aunque la carretera hubiera tenido buen firme, hubiera sido una temeridad ir más deprisa. Al igual que pude comprobar en Somiedo, el ganado pasta libremente junto a la carretera, la transita y la cruza sin problemas, con total libertad. En mi recorrido por el parque natural me topé con vacas, ovejas y caballos, que utilizan la carretera con un camino que facilita su acceso a nuevos pastos.
CASA TRADICIONAL ASTURIANA EN ORLLÉ
Si estaba extasiado con los bosques, es difícil expresar lo que disfruté paseando por alguno de sus pueblos. La guía recomendaba cuatro o cinco pero yo, por falta de tiempo, solo pude visitar a conciencia tres de ellos: Orlé (Orllé en asturiano), Campo de Caso (Casu) y Bezanes.
El primer pueblo que encontré en mi camino hacia la cabecera del río Nalón que ocupa el Parque Natural fue Orllé. Situado en una ladera, es una localidad que condensa la esencia de la rica arquitectura rural asturiana: bellas casas, muchas de ellas arregladas, numerosos hórreos, fuentes y manaderos, algunos de ellos cubiertos, y los curiosos cebatus, edificios de dos plantas mezcla de establo (primer piso) y pajar (segundo piso). La pared del pajar se hace con adobe y ramas trenzadas de castaño o avellano que confieren al edificio una apariencia singular.
CONSTRUCCIÓN TRADICIONAL. CEBATU
Mientras paseaba por el pueblo podía disfrutar de las montañas cuajadas de hayas que tenía enfrente y pensaba para mí que maravilloso despertar tendría esta gente por la mañana al abrir su ventana y ver esos bosques. Claro que para ellos es el paisaje de siempre, la rutina, a lo mejor ellos se sorprenderían con nuestras encinas y alcornoques y nuestras planicies adehesadas, también de gran belleza.
Lo del cebatu me lo explicó un lugareño que regaba su huerto. Charlé un ratito con él y su mujer y luego no pude evitar preguntarle a ella lo que seguramente le pregunta todo el mundo cuando ve lo que vi en su huerto: ¿es suyo ese espantapájaros? ¿puedo hacerle una foto?. La mujer me dijo que todo el mundo se la hacía, aunque casi nadie pide permiso. Según comentó, estaba ya incluso colgado en internet. El lector se hará una idea del curioso personaje inanimado al ver la foto que le hice.
CURIOSO ESPANTAPÁJAROS EN ORLLÉ
Seguí paseando por el pueblo, escuchando a lo lejos conversaciones en asturiano, esa lengua que ya casi solo hablan los abuelos en algunas zonas rurales del Oriente astur. ¡Qué pena que se pierda una lengua!, se pierde una cultura entera, una forma de interpretar el mundo.
En una pequeña calleja había una linda casita en la que un letrero informaba: artesanía en madera. Justo en el instante en que yo pasaba, un abuelete salía por la puerta y al verle inmediatamente me invitó a entrar por una puerta. Se le entendía fatal pero estaba claro que me quería enseñar lo que hacía con sus manos. Me inspiró ternura mientras me contaba que no subía mucho turismo a Orllé y que el poco que venía se quedaba en las calles más turísticas y no se internaba por callejuelas como la suya. Por eso no vendía casi nada.
Él se conformaba con enseñarme sus cosas hechas a mano en madera de avellanos y castaños, árboles que también abundan en el parque, allí donde la reina haya les deja.
PLATO Y VASO DE MADERA COMPRADOS EN ORLLÉ
Me dí cuenta de que llevaba mucho tiempo sin vender cuando le pregunté el precio de un vasito de madera y no lo sabía o cuando cogí un plato grande y vi una etiqueta ennegrecida por el tiempo. Me dije que ese día ese señor vendería y que un visitante venido de tierras lejanas no tendría inconveniente en escuchar su relato sobre lo difícil del trabajo en madera y las horas que había dejado en ese pequeño taller. Le compré un plato, un vaso y un pequeño cencerro asturiano de madera que desde ese día cuelga del retrovisor de mi coche. Tendría que ver el lector la cara de felicidad del hombrecito. Le dí lo que pidió, este viaje es tan austero que bien está invertido el dinero en la felicidad de un anciano.
Le pedí una bolsa y desde el piso de arriba empezó a escucharse la típica retahila de acusaciones que una abuela le hace a un abuelo: "sube ya que está la cena", "¿qué haces ahí abajo?, todo el día en el taller, que vicio"; todo esto dicho en asturiano pero entendible. Al cabo de unos minutos bajó la mujer cabreada y se quedó de piedra cuando me vió y pensó (eso imagino): "no me lo puedo creer, un cliente de verdad, por fin saca algo de este vicio del taller". Algo así debió pensar por que decir, lo único que dijo fue pedir disculpas por las voces ("no sabía que había alguien más, perdone") y deshacerse en atenciones.
Luego los dos me enseñaron su hórreo, en perfecto estado y convertido en un pequeño museo etnográfico, también hablamos un rato los tres sobre la zona, el despoblamiento, la supervivencia del asturiano y otras cosas. Cuando les dije que era extremeño, me hablaron de un vecino que se casó con una placentina y por aquellas tierras, que son las mías, se quedó. Contento con mis compras me fui para la capital del conceyu, Caso de Campo (Casu).
ORLLÉ Y SUS MONTAÑAS
BOSQUES DEL PARQUE NATURAL DE REDES
Como hice en días anteriores, mi primer objetivo fue buscar un buen lugar para dormir. Parecía ideal la zona de servicios comunitarios con mucho aparcamiento pero su posición elevada garantizaba frío y humedad. Dando un paseo por el pueblo encontré un lugar mejor en una placita resguardada del viento y la omnipresente humedad nocturna. Allí pasé la noche echándome encima todo lo que tenía y vestido con pantalones y polar, ¡en pleno verano!. Lo cierto es que debajo de un saco de dormir, una manta de viaje y una toalla de playa, logré dormir bien y no pasar frío.
Por cierto, lo olvidaba. Se nota que el conceyu de Caso está cercano a las zonas mineras. Vi varios carteles sobre un homenaje a las víctimas del franquismo en la zona y me sentí orgulloso de que la labor que otros realizamos en nuestra tierra por evitar el olvido, en la guerrillera Asturias también se mantenga. El homenaje era el día 31, si hubiera sido más pronto me hubiera gustado estar presente.