La lectura y discusión sobre el pensamiento pedagógico de autores como Freinet, Dewey, Piaget, Vigotsky, Freire, Ausubel, Kilpatrick y otros ya tiene un largo rato de venirse escuchando en nuestro medio. De hecho, en algunos momentos de nuestra historia educativa se han incorporado, o se ha querido incorporar, aportes de esos grandes pedagogos en nuestro currículo; sin pretender ser exhaustivo, menciono algunos de ellos:
Metodologías activas como los proyectos (en educación acelerada y en educación media técnica), los centros de interés (en parvularia y básica con el nombre de rincones de aprendizaje), la incorporación de contenidos procedimentales y actitudinales (que sumados a los contenidos conceptuales configuran las competencias) y la inclusión de temáticas de la realidad social, política y cultural tienen su raíz en la Escuela Nueva con Dewey y Decroly.
Piaget aporta la importancia del conflicto cognitivo (elemento del constructivismo) y la necesidad de respetar el nivel de desarrollo cognitivo de los estudiantes.
De las pedagogías no directivas, con Carl Rogers y Alexander S. Neill, surgen la elaboración consensuada de las normas de convivencia y el desarrollo de asambleas de aula.
El empleo de organizadores previos de la información, la diversidad de modos de presentar y trabajar la información, las técnicas de trabajo cooperativo, el diálogo como herramienta pedagógica y la valoración de las temáticas sociales en el currículo surgen de la psicología Cognitiva y la Sociocultural, con David Ausubel y Lev Vigotsky como principales exponentes.
Por su parte, la pedagogía crítica, con Freire aporta el diálogo como herramienta pedagógica para la emancipación del ser humano y la valoración de las temáticas sociales en el currículo.
Algunas de esas iniciativas fueron modas pasajeras y otras se quedaron como accesorios disfuncionales de un modelo pedagógico frontal, reaccionario ante el cambio. Tal vez el error fue la pretensión de imponer reformas desde fuera, sin considerar al docente y su entorno, su cultura pedagógica, sus motivaciones, la cultura institucional y las concepciones pedagógicas subyacentes a una práctica de aula tradicional.
El cambio de enfoque para renovar la práctica pedagógica era altamente necesario; y esa es la virtud del Plan Social Educativo, tanto en su doctrina como en su parte operativa, al situar al docente como el protagonista de la renovación de la escuela y el aula, mediante procesos de reflexión e investigación sobre su práctica. Solo un cambio surgido desde la reflexión del docente asegura, en buena medida, la búsqueda de mayor eficacia en el trabajo docente. Es en este punto donde emerge, de manera natural, la necesidad de una asistencia técnica que acompañe y apoye a los docentes, de manera horizontal y consensuada, mejor aún requerida, en este esfuerzo por mejorar sus prácticas. En tal sentido, como ATP debemos estar a la altura de este reto, para ello es necesario que también nosotros nos comprometamos a involucrarnos en procesos reflexivo-investigativos que fortalezcan nuestras competencias profesionales.
Así, la lectura o relectura de los pedagogos clásicos, cuyos aportes teóricos están en la base de la propuesta del PSE, es obligatoria si queremos apropiarnos del marco filosófico y epistemológico de la Escuela Inclusiva de Tiempo Pleno y de esa manera, tener mejores herramientas para apoyar a la escuela y sus docentes en el esfuerzo por ofrecer aprendizajes pertinentes y significativos a nuestro alumnado.
Como parte del ese esfuerzo y respondiendo también al currículo del curso de formación, adjunto a este artículo algunos trabajos propios y también información de otras fuentes cuya lectura me está sirviendo para lograr una mejor comprensión de las ideas de los principales exponentes de las corrientes pedagógicas contemporáneas.